Intencionalidad y Racionalidad

Publicado: 27 mayo, 2012 en Ciencia, Filosofía
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Queremos explicar lo que hace la gente

En las ciencias sociales, la inmensa mayoría de los hechos para los cuales pretendemos encontrar alguna explicación son acciones llevadas a cabo por seres humanos; queremos explicar lo que la gente hace. Estas acciones pueden ser individuales o colectivas, aunque se ha discutido mucho si esta última noción, la de «acción colectiva», representará algo más aparte de la combinación de las acciones de varios individuos.

El objeto de cada una de las ciencias sociales consiste, por lo general, en una enorme masa de acciones humanas, que esas ciencias deben, en primer lugar, ordenar y clasificar según ciertas categorías, y en segundo lugar, explicar en función de ciertos principios teóricos. La tradición principal de las ciencias sociales se basa en el supuesto de que las acciones de las personas son generalmente el resultado de alguna decisión.

Incluso cuando lo que hay que explicar es la falta de acción de un sujeto en una circunstancia determinada, como por ejemplo no atender una llamada de socorro, casi siempre lo explicamos como fruto de la decisión de no actuar. Así pues, en muchos casos lo que se hace en las ciencias sociales es intentar explicar por qué la gente toma las decisiones que toma, en vez de otras.

Pero las decisiones no se observan

Algunos autores, influidos por las filosofías empirista y positivista, sobretodo a mediados del siglo XX, criticaron esta idea, con el argumento de que las decisiones son acontecimientos esencialmente inobservables (en particular, las decisiones de los demás), y por lo tanto, afirmaban, son imposibles de contrastar empíricamente.

Esta postura llevó al desarrollo de varias escuelas, entre las cuales la más famosa fue el Conductismo (en Psicología), cuyo ideal era la búsqueda de leyes empíricas que establecieran la conexión entre ciertas situaciones y ciertas acciones, sin necesidad de introducir descripciones de lo que pasaba «dentro de la cabeza» de los individuos.

Esta postura ha sido prácticamente abandonada, no sólo por las críticas al modelo positivista de la ciencia, o porque otras disciplinas también utilizan conceptos no observacionales (quark, gen, etc.), sino sobre todo por la escasa capacidad explicativa de las teorías sociales que ignoran radicalmente las decisiones de los sujetos, y por la plausibilidad intuitiva que tiene, para nuestro sentido común, la idea de que los actos de las personas son fruto de «lo que pasa por su mente». Al fin y al cabo, parece que cada uno es consciente de sus propias decisiones, y lo más lógico para él es pensar que los demás seres humanos (al contrario que la mayoría de los animales y que todos los demás seres) también lo hacen. Pese a esto, existen en las ciencias sociales varias concepciones distintas acerca de cuál es el modo como la gente toma sus decisiones.

¿Qué es lo que hacemos al tomar una decisión?

¿Cuáles son las principales diferencias entre una acción que sea el resultado de una decisión, y un acontecimiento «natural» que no lo sea? La diferencia más notable parece ser la de que en el primer caso la acción está originada, de alguna manera, por las creencias y los deseos del individuo, es decir, por la forma en que él percibe la situación a la que se enfrenta, y por la forma en la que él quiere que se transforme dicha situación.

La acción sería, por lo tanto, una cierta manera de ajustar las circunstancias a nuestras preferencias. En cambio, en otro tipo de acontecimientos (la lluvia, la fotosíntesis de las plantas, la digestión de los alimentos en nuestro aparato digestivo), diríamos que todo lo que sucede ocurre de forma «mecánica», en el sentido de que los elementos físicos involucrados en dichos procesos no están organizados de tal modo que haya un pensamiento guiando cada parte del proceso.

Esta diferencia es un poco engañosa, en la medida en que nos lleve a concluir que nuestras decisiones no son «en el fondo» el resultado de los procesos físico-químicos de nuestro cerebro; al fin y al cabo muchos fenómenos naturales pueden explicarse a través de algún concepto de finalidad.

Pero lo importante es el hecho de que, en la toma de decisiones, nosotros somos conscientes de esa finalidad y de las razones que nos permiten tomarla como un motivo para actuar de un modo u otro. A las acciones voluntarias se les llama también acciones intencionales, puesto que responden a alguna «intención» por parte del sujeto, pero también, y esto es lo más importante desde el punto de vista filosófico, porque las creencias y los deseos que intervienen en el proceso de la toma de decisión son «representaciones» de hechos y entidades externas a la propia mente del individuo (tienen lo que suele llamarse un «contenido semántico» o «intencional»).

La explicación de las acciones tiene que partir, por lo tanto, de algún análisis de las creencias y los deseos, y de la forma en la que éstos están relacionados entre sí y con las acciones. A este tipo de explicación se le conoce como explicación intencional. También podemos decir que es el tipo de explicación basado en el principio de que los seres humanos actúan racionalmente.

Racionalidad

El concepto de «racionalidad» es seguramente el más fundamental en la filosofía de las ciencias sociales, pero también es uno de los más polémicos. De hecho, muchos autores distinguen varios «tipos» distintos de racionalidad. Tan intensa es la diferencia entre las distintas teorías, que los actos que algunos enfoques consideran como paradigmáticos de la acción racional son calificados más bien como irracionales por otras concepciones. Veamos algunas dificultades filosóficas que todas ellas comparten.

En primer lugar, el principio de racionalidad afirma que los individuos no son una «mera» marioneta de fuerzas que les determinen «desde abajo» (es decir, según las leyes físicas de los elementos de los que están compuestos nuestros organismos), ni «desde arriba» (es decir, según las leyes que gobiernan las macroestructuras sociales), sino que poseen algún tipo de autonomía, pueden «determinarse a sí mismos». Que esto sea compatible o no con el hecho de que estamos efectivamente constituidos por elementos átomos y moléculas que obedecen «ciegamente» las leyes físicas está asociado al determinismo.

En segundo lugar, podemos discutir la posible coherencia que exista entre las explicaciones intencionales y los otros tipos de explicación científica que hemos analizado en las entradas anteriores.

  • A primera vista, la explicación intencional puede considerarse directamente tanto como un tipo de explicación teleológica (pues obviamente la acción intencional es acción dirigida a unos fines), y también como un tipo de explicación causal (en la medida en la que consideremos que las decisiones, y los motivos que las producen, constituyen las causas de la acción). De todas formas, esto último puede conducir a algunos problemas. Por una parte, no está claro que las razones sean automáticamente causas (p. ej., puedo tener razones estupendas para hacer una cosa, y a pesar de ello no hacerla); este problema puede resolverse indicando que una razón es una causa ceteris paribus, es decir, suponiendo que ninguna otra causa más fuerte interviene en la situación. Por otro lado, las razones, o los motivos y deliberaciones, son acontecimientos de tipo «mental», y resulta problemático entender de qué manera puede «lo mental» tener alguna influencia sobre «lo físico» (es decir, sobre la conducta de mi organismo).
  • Con respecto a la explicación nomológica, el principal problema consiste en determinar cuál es la forma apropiada de representar las leyes que intervendrían en un explanans basado en la explicación intencional. Imaginemos que intento explicar por qué el cartero no ha venido hoy; en el explanas podríamos tener cosas como: «hoy se ha convocado una huelga de trabajadores de Correos», «el cartero cree que los motivos para la huelga son justos, y no teme las represalias que pueda sufrir si hace la huelga». Si dejamos la explicación así, resulta que no tenemos ningún enunciado con forma de ley (es decir, que sea una regularidad), sino sólo enunciados singulares; además, sólo a partir de esos dos enunciados no puede deducirse el hecho que queríamos explicar. Lo que falta, por tanto, es alguna «ley» que afirme (o de la que pueda inferirse) algo así como que «todo el mundo que es convocado a una huelga, que no tiene motivos para oponerse a ella, y que tiene motivos para secundarla, la secundará». Considerado como una «ley», esto sería (¡en el mejor de los casos!) una regularidad empírica de validez muy restringida; para lograr una auténtica explicación científica necesitamos, en cambio, alguna ley más general, de la que podamos inferir regularidades en muchos ámbitos distintos. Pues bien, el «principio de racionalidad» podría desempeñar ese papel, si lo reformulamos de una forma parecida a ésta: «todos los individuos harán aquello que creen que es más apropiado hacer en cada situación, teniendo en cuenta sus preferencias y su percepción de la situación» (esto es lo que Karl Popper ha denominado «el principio cero de las ciencias sociales», entendido como un supuesto que, según este autor, debería subyacer a cualquier explicación social). Esta estrategia tiene varios problemas, de todos modos.
    • El más grave sea tal vez el hecho de que el «principio de racionalidad» expresado al modo de Popper no es un enunciado empíricamente falsable: en principio, cualquier acción que pudiéramos observar, por muy absurda e «irracional» que pareciese, podría ser compatible con el supuesto de que el individuo ha actuado «racionalmente» (basta con suponer que eso precisamente es lo que quería hacer, o lo que le parecía más apropiado). Independientemente del valor que demos a esta crítica, resulta al menos curioso que la principal propuesta de Popper sobre la metodología de las ciencias sociales sea contradictoria con su propia recomendación de utilizar únicamente teorías falsables en la investigación científica.
    • El segundo problema es que el principio es casi totalmente vacío, pues, como se ve en el ejemplo del cartero en huelga, hace falta bastante más información para pasar del enunciado abstracto del principio de racionalidad a la conclusión referida a un hecho tan específico como por qué un cierto sujeto ha realizado determinada acción; dicho de otra manera, el principio de racionalidad, tal como lo hemos definido, no nos explica por qué ciertas acciones les parecen a ciertos individuos más «apropiadas» que otras. Esta crítica, de todas formas, no es excesivamente grave: al fin y al cabo, la situación es la misma en las propias ciencias naturales, donde existen principios muy generales y abstractos (las leyes de la termodinámica, la segunda ley de Newton, etc.) que sólo pueden generar predicciones concretas cuando les añadimos otras leyes o hipótesis más específicas y numerosas condiciones iniciales, que se apliquen al caso que estemos estudiando. La cuestión importante sería, pues, la de cuáles pueden ser esas «leyes de más bajo nivel» que debamos añadir al principio de racionalidad para obtener explicaciones aceptables de los fenómenos sociales.
  • Finalmente, indicaremos una diferencia muy notable entre la explicación intencional y los otros tipos de explicación. Se trata del hecho de que, cuando explicamos la conducta de los individuos según las razones que les han llevado conscientemente a actuar así, estamos utilizando la palabra «explicar» en un sentido muy distinto al que tiene cuando decimos que la ley de la gravedad explica las órbitas de los planetas, o que los órganos de los seres vivos deben ser explicados mediante su función biológica. En el caso de la acción intencional, lo que conseguimos cuando la «explicamos» es comprender el sentido que dicha acción tiene para el individuo que la ha llevado a cabo. La explicación intencional consiste, por lo tanto, en comprender la acción «desde el punto de vista» del sujeto (lo cual no significa que la tengamos que aprobar moralmente), algo que es imposible con los fenómenos en los que no interviene una conciencia racional.
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