Prospectos y Conceptos

Publicado: 8 julio, 2012 en Filosofía
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Extensión e intensión de un concepto

La lógica es reduccionista, y no por accidente sino por esencia. Pretende convertir el concepto en una función de acuerdo con la senda que trazaron Frege y Russell. Pero para ello, es preciso primero que la función no se defina sólo en una proposición matemática o científica, sino que caracterice un orden de proposición más general como lo expresado por las frases de la lengua natural. Por lo tanto hay que inventar un tipo nuevo de función, puramente lógico.

Lo que define la función es una relación de dependencia o de correspondencia. Que la mayoría de proposiciones tengan variables independientes carece de importancia, también incluso que la noción de variable vinculada a un número indeterminado sea sustituida por la de argumento. La relación con la variable o con el argumento independiente de la función proposicional define la referencia de la proposición, o el valor-de-verdad de la función para el argumento. El conjunto de valores de verdad de una función que determinan unas proposiciones afirmativas verdaderas constituye la extensión de un concepto.

De este modo el propio concepto es función para el conjunto de objetos que constituyen su extensión. Todo concepto completo es un conjunto; los objetos del concepto son los elementos del conjunto.

Las condiciones de referencia que marcan los límites o intervalos, en el interior de los cuales una variable entra en una proposición verdadera, constituyen la intensión del concepto.

El problema consiste en saber cómo se llega, a través de estas presentaciones intensionales, a una determinación unívoca de los objetos o elementos del concepto, de las variables proposicionales, de los argumentos de la función desde el punto de vista de la exorreferencia (o de la representación): es el problema del nombre propio y la cuestión de una identificación o individuación lógica que nos haga pasar de los estados de cosas a la cosa o al cuerpo mediante operaciones de cuantificación.

La proposición diluye al concepto

Haciéndose proposicional, el concepto pierde todos los caracteres que poseía como concepto filosófico: su autorreferencia, su endoconsistencia y su exoconsistencia.

Los actos de referencia son movimientos finitos del pensamiento mediante los cuales la ciencia constituye o modifica estados de cosas o cuerpos. El hombre histórico lleva a cabo modificaciones de este tipo, pero en unas condiciones que son las de la vivencia en las que los functores se sustituyen por percepciones, afecciones y acciones. No ocurre lo mismo con la lógica: como ésta considera la referencia vacía en sí misma en tanto que mero valor de verdad, sólo puede aplicarla a estados de cosas o cuerpos ya constituidos, bien a proposiciones establecidas de la ciencia, bien a proposiciones de hecho, bien a meras opiniones.

Todos estos tipos de proposiciones son prospectos de valor de información. La lógica tiene por lo tanto un paradigma, es incluso el tercer caso de paradigma, que ya no es el de la religión ni el de la ciencia, y que es como la recognición de lo verdadero en los prospectos o en las proposiciones informativas.

La proyección de este paradigma es lo que hace que, a su vez,  los conceptos lógicos sólo se vuelven figuras y que la lógica sea una ideografía.

La lógica y la servidumbre de la recognición

De todos los movimientos incluso finitos del pensamiento, la forma lógica de la recognición es sin duda la que llega menos lejos, la más pobre y la más pueril. Un problema en tanto que creación de pensamiento nada tiene que ver con una interrogación, que no es más que una proposición suspendida, la copia exangüe de una proposición afirmativa que supuestamente debería servirle de respuesta.

La lógica siempre resulta vencida por sí misma, es decir, por la insignificacia de los casos con los que se alimenta. En su deseo de suplantar a la filosofía, la lógica desvincula la proposición de todas sus dimensiones psicológicas, pero por ello mismo conserva más aún el conjunto de los postulados que limitaba y sometía el pensamiento a las servidumbres de una recognición de lo verdadero en la proposición.

Confundiendo los conceptos con funciones, la lógica hace como si la ciencia se ocupara ya de conceptos. Pero ella misma tiene que sumar a las funciones científicas funciones lógicas, que supuestamente han de formar una nueva clase de conceptos meramente lógicos. En su rivalidad o en su voluntad de suplantar a la filosofía, lo que mueve a la ciencia es un auténtico odio. Mata al concepto dos veces. Sin embargo el concepto renace, porque no es una función científica, y porque no es una proposición lógica, no pertenece a ningún sistema discursivo, carece de referencia. El concepto se muestra, y no hace más que mostrarse. Los conceptos son en efecto monstruos que renacen de sus ruinas.

El concepto no reflexiona sobre la función, como tampoco la función se aplica al concepto. Concepto y función deben cruzarse, cada cual según su línea.

Para la ciencia, a menudo la filosofía parece recubrir un mero caso, que impulsa a ésta a decirle: sólo teneis elección entre el caos y yo, la ciencia. La línea de actualidad establece un plano de referencia que secciona el caos: saca de él unos estados de cosas que, ciertamente, actualizan también en sus coordeandas los acontecimientos virtuales, pero sólo conservan de ellos unos potenciales ya en vías de actualización, que forman parte de las funciones.

Inversamente, si consideramos los conceptos filosóficos de acontecimientos, su virtualidad remite al caos, pero en un plano de inmanencia que lo secciona a su vez, y del que sólo extrae la consistencia o realidad de lo virtual. En cuanto a los estados de cosas demasiado densos, sólo encontramos alusiones a él en el plano de inmanencia y en el acontecimiento.

Por lo tanto ambas líneas son inseparables pero independientes, cada una completa en sí misma son como los envoltorios de dos planos  tan diversos. La filosofía sólo puede hablar de la ciencia por alusión, y la ciencia sólo puede hablar de la filosofía como de una nube. Si ambas líneas son inseparables, es en su suficiencia respectiva, y los conceptos filosóficos intervienen tan poco en la constitución de las funciones científicas como las funciones intervienen en la de los conceptos.

Es en su plena madurez, y no en el proceso de su contitución, cuando los conceptos y las funciones se cruzan necesariamente, en tanto que cada cual sólo está creado por sus propios medios, en cada caso un plano, unos elementos, unos agentes. Por este motivo siempre resulta nefasto que los científicos hagan filosofía sin medios realmente filosóficos o que los filósofos hagan ciencia sin medios efectivamente científicos.

Los conceptos se originan en la vivencia

Los conceptos filosóficos serán funciones de la vivencia como los conceptos científicos son funciones de estados de cosas; pero ahora el orden o la derivación cambian de sentido puesto que estas funciones de la vivencia se convierten en primeras. Se trata de una lógica trascendental (también puede llamarse dialéctica), que asume la tierra y todo lo que ésta comporta, y que sirve de suelo primordial para la lógica formal y las ciencias regionales derivadas. Será por lo tanto necesario que en el propio seno de la inmanencia de la vivencia a un sujeto se descubran actos de trascendencia de este sujeto capaces de constituir las nuevas funciones de variables o las referencias conceptuales: el sujeto, en este sentido, ya no es solipsista y empírico, sino trascendental.

Kant había empezado a realizar ta tarea, mostrando cómo los conceptos filosóficos se referían necesariamente a la experiencia vivida a través de proposiciones o juicio a priori como funciones de un todo de la experiencia posible. Pero quien llega hasta el final es Husserl, descubriendo, en las multiplicidades no numéricas o en los conjuntos funsionales inmanentes perceptivo-afectivos, la triple raíz de los actos de trascendencia (pensamiento) a través de los cuales el sujeto constituye primero un mundo sensible poblado de objetos, después un mundo intersubjetivo poblado por otros seres, y por último un mundo ideal común que poblarán las formaciones científicas, matemáticas y lógica. Los numerosos conceptos fenomenológicos o filosóficos (tales como el ser en el mundo, la carne, la idealidad, etc.) serán la expresión de estos actos.

No se trata únicamente de vivencias inmanentes al sujeto solipsista; no se trata de variables perceptivo-afectivas, sino de las grandes funciones que encuentran en estas variables su recorrido respectivo de verdad.

No son sólo juicios u opiniones empíricas, sino protocreencias. El concepto como significación es todo esto a la vez, inmanencia de la vivencia del sujeto, acto de trascendencia del sujeto respecto a las variaciones de la vivencia, totalización de la vivencia o función de estos actos. Diríase que los conceptos filosóficos sólo se salvan aceptando convertirse en funciones especiales, y desnaturalizando la inmanencia que todavía necesitan.

Un concepto no es una función

Por muy peligroso que resulte para la filosofía depender de la generosidad de los lógicos, o de sus arrepentimientos, cabe preguntarse si no se puede encontrar un equilibrio precario entre los conceptos científico-lógicos y los conceptos fenomenológicos-filosóficos.

Granger propuso una división en la que el concepto, como estaba determinado primero como función científica y lógica, deja sin embargo un lugar, de tercera zona, aunque autónoma, a unas funciones filosóficas, funciones o significaciones de la vivencia como totalidad virtual.

Así pues la ciencia se ha arragado el concepto, pero hay de todos modos conceptos no científicos, soportables a dosis homeopáticas, es decir, fenomenológicas, de donde proceden los más asombrosos híbridos, que vemos surgir en la actualidad, de frego-husserlianismo o incluso de wigenstteniano-heideggerianismo.

Se trata de una inacabable retahíla de malentendidos sobre el concepto. Bien es verdad que el concepto es impreciso, vago, pero no porque carezca de contornos: es porque es errabundo, no discursivo, en movimiento sobre un plano de inmanencia. Es intensional o modular no porque tenga unas condiciones de referencia, sino porque se compone de variaciones inseparables que pasan por zonas de indescernibilidad y cambian su contorno.

No hay referencia en absoluto ni a la vivencia ni a los estados de cosas, sino una consistencia definida por sus componentes internos: el concepto, ni denotación de estado de cosas ni significación de la vivencia, es el acontecimiento como mero sentido que recorre inmediatamente los componentes.

El concepto es una forma o una fuerza, pero jamás una función en ningún sentido posible. El único concepto es filosófico en el plano de inmanencia, y las funciones científicas o las proposiciones lógicas no son conceptos.

Prospectos en general y doxa en particular

Los prospectos designan, en primer lugar los elementos de la proposición (función proposicional, variables, valor de verdad…), pero también los tipos diversos de proposiciones o modalidades del juicio.

Si se confunde el concepto filosófico con una función o una proposición, no será bajo una especie científica o incluso lógica, sino por analogía, como una función de la vivencia o una proposición de opinión. Lo que la opinión propone es una relación determinada entre una percepción exterior como estado de un sujeto y una afección interior como paso de una estado a otro ( exo y endorreferencia). Tomamos una cualidad supuestamente común a varios objetos que percibimos, y una afección supuestamente común a varios sujetos que la  experimentan y que aprehenden con nosotros esta cualidad.

La opinión es la regla de correspondencia de una a otra, es una función o una proposición cuyos argumentos son percepciones y afecciones, en este sentido función de la vivencia.

La doxa es un tipo de proposición que se presenta de la manera siguiente: dada una situación vivida perceptivo-efectiva, alguien extrae una cualidad pura, pero al mismo tiempo, él mismo se identifica con un sujeto genérico que experimenta una afección común. Así pues, la discusión trata de la elección de la cualidad perceptiva abstracta, y de la potencia del sujeto genérico afectado.

La opinión es un pensamiento abstracto, y el insulto desempeña un papel eficaz en esta abstracción, porque la opinión expresa las funciones generales de unos estados particulares. Extrae de la percepción una cualidad abstracta y de la afección una potencia general.

La opinión es un pensamiento que se ciñe estrechamanete a la forma de la recognición: recognición de una cualidad en la percepción (contemplación), recognición de un grupo en la afección (reflexión), recognición de un rival en la posibilidad de otros grupos y de otras cualidades (comunicación). Otorga a la recognición de lo verdadero una extensión y unos criterios que por naturaleza son los de una ortodoxia.

La opinión en su esencia es voluntad de mayoría. La opinión triunfa cuando la cualidad escogida deja de ser la condición de sustitución de un grupo, y no es más que la imagen o la marca de un grupo constituido que determina él mismo el modelo perceptivo y afectivo, la cualidad y la afección que cada cual tiene que adquirir.

La filosofía de la comunicación se agota en la búsqueda de una opinión universal liberal como consenso, bajo el que nos topamos de nuevo con las percepciones y afecciones cínicas del capitalista en persona.

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