La Concepción Positiva del Mal

Publicado: 18 agosto, 2011 en Filosofía
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La concepción clásica del mal se resume en la afirmación de que la nada y el mal son coextensivos, como lo son el ser y el bien, al menos eso dice Kolakowski. Pero no sólo él, porque se trata de una creencia compartida por la gran mayoría de los pensadores de la tradición greco-cristiana, desde Proclo a Schelling. Proclo, en Sobre la existencia del mal, sitúa el mal en una estructura lógica enmarcada por las categorías de substancia, causa eficiente y causa final. El mal es el vacío que amenaza la integridad y la completitud del ser, el principio de la ruina que corroe al ser. Dado que el ser se identificó con el Uno que es el Bien, el mal no goza de substancialidad, sino que adquiere su existencia sólo de manera relativa, dependiente del ser. La necesidad de conceder una cierta densidad ontológica, aunque sea derivada, al mal le viene exigida porque un mal absoluto, completamente negativo, caería en el abismo de la indecibilidad, escapando al logos, incapaz de ser captado por el discurso.

Proclo concede al mal la cuasi-existencia como su estatuto ontológico y afirma que el ser le pertenece por accidente y no substancialmente. Este carácter dialéctico del mal, su oscilación ontológica entre el ser y el no ser, se mantiene a lo largo de toda la tradición occidental hasta culminar en Schelling, el cual considera que el mal es una nada y a la vez un ser muy real, cuyo estatuto ontológico se expresa en formulaciones paradójicas, positividad de lo negativo, ser de la negación.

El optimismo dominante en la tradición cristiana, defendido por Leibniz, Pope, Shaftesbury y Bolingbroke, consideraba el mal desde el punto de vista de la creación en su conjunto y concebían la providencia divina como un gigantesco mecanismo de redistribución que ajustaba continuamente los bienes y los males para que su conjunto fuera siempre el óptimo.

Cuando Voltaire comenzó a criticar el optimismo universal, partió no del punto de vista del conjunto sino desde el punto de vista de los que sufren las consecuencias directas del mal y desde este enfoque denunciaba el optimismo por inhumano. En Cándido, considera los males morales, y en clave ilustrada, sitúa la fuente principal de dichos males en el hombre mismo, en sus instituciones y costumbres. Voltaire afirma que no se puede decidir entre las diferentes teorías que se han dado a lo largo de la historia sobre el origen del mal, y entre las cuales el optimismo es una más. La crítica última de Voltaire al optimismo residía en el hecho de que dicha doctrina al justificar todos los males impedía a los hombres la eliminación de ninguno de ellos. Debía pensarse que ya que el hombre es el autor de sus males, es también el único que puede remediarlos mediante la educación y la tolerancia, en resumen, mediante la ilustración.

Tenemos pues, por un lado, los que niegan densidad ontológica al mal aunque reconocen su existencia (la tradición griega y la cristiana); por otro los que reconocen la entidad del mal y tratan de analizar sus causas (históricas y no ya metafísicas) para eliminarlo. Pero hay una tercera postura: la de aquellos que más que a eliminarlo tienden a provocarlo como signo de afirmación del carácter creador del hombre que se opone así a Dios en tanto que principio de bien; ésta ha sido la postura de los malditos, que desde Sade hasta Bataille y Klossowski, pasando por los visionarios ingleses, han entendido el mal positivamente como una trasgresión activa de las leyes naturales y religiosas, como la afirmación última y radical de la humanidad. El prototipo de esta actitud lo constituye el Divino Marqués, cuya obra pretende ser la puesta en acto de un proceso creativo que a través de la trasgresión constante dé lugar a un principio del mal tan radical que sea capaz de sustituir a Dios en tanto que principio del Bien. Es la Perversión misma, y afirma el mal liberando aquello que como anomalía es reprimido por el bien que constituye la norma y garantiza la ley. El goce del libertino puesto en escena en los relatos sadianos, está rigurosamente planificado y medido; es más el producto de un plan minucioso que el súbito arrebato de la pasión. El gozo sadiano es contenido, refrenado por el método y la razón.

El afán transgresor de Sade es tal, que su figura del libertino real no es nada más que una imagen pálida de un libertino ideal (personificación del Diablo) que hiciera el mal continuamente y con intensidad infinita. La figura de Sade como defensor de la Perversión frente a toda neurosis, fuente y resultado a la vez de la cultura, ha dado lugar a una estructura caracteriológica definida como sádica, opuesta clásicamente a la estructura masoquista

Las pretensiones de instaurar un humanismo ateo y materialista mediante la transgresión consciente y premeditada de todos los tabúes sociales, concediendo un estatuto ontológico positivo al mal que ya no depende esencialmente del bien, sino que se sustenta en sí mismo y pretende incluso desplazar al bien, no es patrimonio único de Sade y los materialistas franceses, también los poetas visionarios románticos ingleses y alemanes pretenden lo mismo, aunque de otra manera, más mística y con un lenguaje religioso aplicado directamente al hombre.

Blake desarrolla una visión prometeica del hombre que gracias al genio poético es capaz de trascender en cada instante su finitud y elevarse de forma apocalíptica a la eternidad. El hombre es un ser dual, por un lado es una criatura y tiene una existencia finita, por otro lado puede devenir creador gracias a la divinidad que contiene en su ser. En su obra se invierten los símbolos del bien y del mal, mientras que Satán aparece como el depositario de la energía creadora, el Ángel aparece como el defensor del dogmatismo ascético e hipócrita típico del cristianismo tradicional.

Junto a Blake, forman parte de la Escuela Satánica inglesa Byron, Shelley e incluso Keats. Estos poetas crearon un mundo imaginario, producto de sus visiones, que oponían al cristianismo, y en el que el Mal entendido en un sentido positivo y creativo tenía un papel preponderante. El antropocentrismo consideraba al hombre como el auténtico ser creador debido a su capacidad imaginativa y a su genio poético. Es el pecado lo que caracteriza al hombre, pero dicho pecado en lugar de ser motivo de vergüenza, es ocasión de orgullo, ya que es el producto genuino de una humanidad que desafía a los dioses. Con estos autores nace un satanismo opuesto a la divinidad y símbolo antropocéntrico que, a través de Baudelaire y el Simbolismo llegará hasta nuestros días, como Símbolo del genio poético y la capacidad creativa del hombre.

Baudelaire en sus Flores del Mal, coloca a Satán como aquel que sujeta los hilos que nos mueven. El Diablo es considerado el más sabio y el más bello de los ángeles, el Dios traicionado, y como padre adoptivo de los expulsados del paraíso, al que Baudelaire dirige su plegaria. La recuperación del Diablo frente a Dios es símbolo de la postulación de un nuevo humanismo que rechaza el teocentrismo cristiano, cuya noción de bien sería la rechazada como mal por la tradición. Baudelaire sin embargo, es ambiguo en su satanismo y con su rechazo de Dios reafirma la importancia de éste.

El satanismo del humanismo ateo y revolucionario es retomado también para condenarlo sin paliativos por Dostoyevski, que plantea numerosas veces la cuestión del origen del mal. Especialmente en Los Demonios, presenta el demonismo de Stavrogin y sus secuaces, como la afirmación radical del mal, llevada a cabo por ateos revolucionarios que pretendían oponer al cristianismo ruso las doctrinas extranjerizantes anarquistas y socialistas. Este satanismo ateo y revolucionario, que se expandió por toda Europa después del romanticismo, frente a la inexistencia de Dios pretende erigir un nuevo orden mundial basado no ya en el bien sino en el mal.

Este tipo de pensamiento dio origen a lo que se puede denominar con Lukács un ateísmo cristiano, que aunque afirma la inexistencia de Dios y la primacía del hombre, permanece adherido a toda la cosmovisión cristiana, frente a la cual no opone más que la mera transgresión y violación de sus valores, en lugar de dar origen a unas nuevas tablas de valores en el sentido de Nietzsche, que no sólo cambien la jerarquía de los valores, sino la forma misma de valor, y sustituyan el sitio vacío de Dios no por otro valor supremo como la Razón o la Humanidad, que cumplen su función, sino por un vacío descentrado y descentrador que realice afirmativamente la transvaloración de todos los valores.

Bataille desarrolla su obra en torno a la prohibición y la transgresión. Se prohíbe aquello que puede constituir un factor de desorden en el universo, especialmente la muerte y la sexualidad. Ambas realidades son muestras del exceso que desborda la concepción utilitaria y económica de la naturaleza y del ser humano. Parte de la hipótesis de que las sociedades producen más energía de la que necesitan para su reproducción simple, y deben por tanto consumir el excedente en un gasto improductivo. Son las diferentes maneras de gastar el excedente lo que distingue a las sociedades entre sí más que el mecanismo de producción. Frente a la concepción ascética, regida por la escasez, típica de la tradición occidental que ve el gasto como algo pecaminoso, Bataille concede un valor positivo a este gasto improductivo considerado malo en la tradición clásica.

La transgresión de las prohibiciones es la forma usual de consumir ese excedente vital y dicho consumo improductivo transgresor está institucionalizado en la fiesta y la religión. La fiesta supone la inversión de la vida cotidiana y la suspensión de sus prohibiciones de forma controlada y limitada. Igualmente la religión permite en ocasiones especiales y a seres especiales el levantamiento de las prohibiciones. Sus personajes libertinos construyen una moral transgresora en la que el mal ocupa el lugar del bien y es buscado por sí mismo en un intento profanador de los valores religiosos y morales cristianos tradicionales.

La misma voluntad transgresora y profanadora se muestra en Klossowski, en donde los cuerpos y el lenguaje se entrecruzan dando lugar a un juego perverso cuyo fin último es la construcción de una antiteología que subierte el orden divino. También desarrolla una economía generalizadora, basada en el don y el intercambio de personas que da lugar al exceso transgresor.

La idea del Mal está ligada esencialmente a esta proliferación de simulacros, de dobles, que disuelven la personalidad y la individualidad en una multiplicación indefinida de seres que se conciben como distintos grados de intensidad, productos de una repetición fundamental. La verdadera repetición se dirige a alguna cosa singular, incambiable y diferente, sin identidad. En lugar de cambiar lo semejante y de identificar lo mismo, la verdadera repetición autentifica la diferente.

Frente al orden de Dios basado en la identidad: identidad de Dios como fundamento; identidad del mundo como ambiente; identidad de la persona; identidad del cuerpo como base e identidad del lenguaje como potencia de designar todo lo demás, Klossowski opone un orden del anticristo, caracterizado por la muerte de Dios; la destrucción del mundo; la disolución de la persona; la desintegración de los cuerpos; el cambio de función del lenguaje que ya sólo expresa intensidades. La inversión del orden divino en el orden del anticristo es notorio. Se intenta erigir un mundo que sustituya al originado por Dios pero sin liberarse de su sumisión última a éste.

Concluimos pues que el intento de concebir el mal como un principio positivo mediante la mera inversión transgresora de la tradición clásica llega a un callejón sin salida por permanecer sometida al orden que invierte y que al ser transgredido confirma su validez.

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comentarios
  1. […] LA CONCEPCIÓN POSITIVA DEL MAL La concepción clásica del mal se resume en la afirmación de que la nada y el mal son coextensivos, como lo son el ser y el bien, al menos eso dice Kolakowski. Pero no sólo él, porque se trata … Source: filotecnologa.wordpress.com […]

  2. Maria Dolores Monagas Santana dice:

    ¡ Uf! este si ha sido duro .Para resumir , la concepción positiva del mal ha transgedido el orden moral judeo-cristiano basado en la búsqueda de Dios como principio de Bien , o sea , una teodicea en busca del santo grial , Dios , para convertirlo en la antítesis : la búsqueda del mal , como principio ontológico basado en el poder creador del hombre : antropocentrismo , o también , anticristo , es decir , la muerte de Dios , pero no una muerte real , sino un despertar del hombre ante la única verdad , la soledad frente a su destino ( Niestche ) , la religión es un cuento chino que ha servido al hombre de muleta en su caminar por el mundo , mientras estaba ciego , la religión y la política ha permitido esa invalidez del hombre , para controlarlo . En el momento que se ha quitado la venda de los ojos , se ha dado cuenta que el libre desarrollo de su creatividad sexual le ha permitido convertirse en una especie de Dios . ( el marqués de Sade ) y otros .

    En suma , los dos temas primordiales en los cuales el exceso de energía del hombre tienden son : la muerte y la sexualidad , la religión y la política se han dado cuenta de que si controlan estos dos aspectos del instinto humano controlan al hombre . La cuestión es : ¿ Quiere el hombre ser controlado ? . Los que no , son seres que no pueden admitir las leyes religiosas ni las normas políticas .

  3. A grandes rasgos en un resumen muy preciso.
    Pero estás pensando en las religiones del libro. Hay muchas religiones en el planeta que no controlan la sexualidad y la muerte, sino que las veneran y las festejan. Sobre todo en Asia.
    La religión puede ser buena para el espíritu, pero religión en su concepto amplio, uno en el que cada individuo gestione sus dios, sus principios, su moralidad…
    Cuando lo leas un par de veces más te parecerá una chorradita 😉

    • Maria Dolores Monagas Santana dice:

      Tienes razón , me refería a las religiones en las que el hombre no tiene individualidad , sino que se pierde en el mar religioso , como : el cristianismo , el islam , y todas las variantes del cristianismo ….

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