Strawson. Un Metafísico Tolerante

Publicado: 27 octubre, 2011 en Filosofía
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Comienzo con esta entrada, un resumen del libro Análisis y Metafísica de Strawson. En primer lugar, abordaré la introducción del libro, a cargo de Vicente Sanfélix, donde se da una visión muy clara y acertada de la filosofía de Strawson. Espero que te sea útil e interesante.

En la tradición analítica es usual la referencia a los pensadores clásicos. Strawson es plenamente consciente de la historicidad del pensamiento filosófico. Frente a las veleidades antimetafísicas de los positivistas lógicos y de otros autores analíticos, Strawson siempre ha defendido que esta vieja y venerable disciplina constituye el núcleo de la actividad filosófica.

Retrocedamos un poco. Aristóteles nos da pie para dos concepciones muy diferentes de la Metafísica:

  • Por una parte se trata de una ciencia ocupada de un ámbito especial de la realidad, que trasciende o está más allá de lo físico. Sería el estudio de las sustancias inmateriales, Dios y el alma.
  • Por otra parte, se trata de una disciplina cuyo objeto sería clarificar los rasgos más generales de la realidad, el estudio de lo que es en tanto que es.

Se establece una complicada relación entre la metafísica especial o trascendente, y la general u ontológica. Baste con decir que Hume y Kant coinciden en reivindicar la segunda a la vez que se niega la viabilidad de la primera.

Cuando Strawson reivindica la metafísica no está reivindicando la metafísica especial o trascendente. A Strawson le debemos una de las críticas már rigurosas y exhaustivas de la concepción cartesiana de lo mental, de lo psíquico concebido como una entidad trascendente y separable de lo físico. Por lo tanto, la metafísica que Strawson reivindica es una metafísica general. Cuando él habla de metafísica lo que quiere decir es, en realidad, ontología. Su planteamiento ontológico es, como el de Kant o como el de Hume, reflexivo. Se trata de investigar la estructura general de la realidad partiendo de nuestra concepción de la misma.

Resumiendo, Strawson entiende que el núcleo de la filosofía es la metafísica, y por metafísica entiende en realidad ontología, y por ontolgía entiende a su vez, la tarea de presentar la estructura general de nuestro pensamiento sobre el mundo. Todo esto es compatible con una concepción metafísica que no es todavía la de Strawson, la histórica o historicista, semejante a la que defendió Collingwood, por eso es necesario seguir avanzando para perfilar la metafísica que Strawson defiende.

Concedamos el principio de que la tarea de la metafísica es presentarnos los rasgos generales de nuestro pensamiento sobre el mundo. Añadamos ahora la premisa de que nuestro pensamiento más fiable sobre el mundo es aquel que nos suministran las teorías científicas. Dado que éstas cambian a lo largo del tiempo, lo que nos queda es que la metafísica es, realmente, un estudio esencialmente histórico.

¿Qué objetar a la concepción historicista de la metafísica?. En primer lugar vamos a concederle

  • que la tarea que se propone no sólo es legítima sino probablemente de sumo interés, el enfoque historicista es legítimo.
  • que el recordar el carácter histórico de muchos de los conceptos con los que pensamos la realidad puede ayudarnos a no confundir, como le pasó a Kant, lo que son presuposiciones del pensamiento de una época con presuposiciones del pensamiento sin más.

Por lo tanto, historicismo sí, pero no sólo. Porque si una parte de los conceptos que utilizamos para comprender la realidad son de naturaleza histórica y mudable, otra parte no lo son en absoluto. Y es precisamente esta parte inmutable de nuestro pensamiento sobre el mundo la que, según Strawson, debe fundamentalmente preocuparse por sacar a la luz la ontología.

La concepción strawsoniana de la metafísica no es una metafísica especial, ni trascendente, tampoco es una metafísica historicista. Es una metafísica general, una ontología reflexiva que pretende describir el núcleo inmutable del esquema o sistema conceptual del que nos servimos para pensar la realidad. Strawson lo bautizó como Metafísica Descriptiva.

Strawson debe empezar por suministrarnos una lista de conceptos que según él son inmutables, y la da: espacio, tiempo, objeto, suceso, alma, cuerpo, conocimiento, verdad, significación, existencia, identidad, acción, intención, causalidad y explicación. No necesita postular la existencia de un concepto de alma o de cuerpo perfectamente invariable a través de todas las culturas y de todas las épocas históricas. Lo único que necesita es que estos conceptos, en su carácter más fundamental, no cambien.

Strawson apunta a un tipo de argumento conceptual al que acuden los que quieren oponerse a un relativismo radical. Si algo debe contar como un lenguaje diferente al nuestro, deberá ser inteligible. Y si es inteligible, es traducible al nuestro, por grande que sea la diferencia de los recursos conceptuales de los distintos lenguajes, debemos comprometernos con la existencia de un mínimo núcleo conceptual común que garantice la intertraducibilidad.

Esta réplica al historicista nos permite situar mejor a Strawson en el contexto de la tradición analítica. Es habitual colocarlo entre los filósofos del lenguaje ordinario, pero tal adscripción debe ser seriamente matizada. Para Strawson lo importante no es la concreción que cualquiera de esos conceptos cuya clarificación constituye el objeto de la metafísica descriptiva pueda tener en un lenguaje particular, sino el carácter más fundamental de los mismos, común a todos los lenguajes. Strawson no es un filósofo del lenguaje ordinario, es un filósofo del sentido común. No sólo reinvindica la figura de Moore, sino que cuando define la tarea de la metafísica le asigna la descripción de los conceptos más generales con los que pensamos la realidad de una manera no refinada, ordinaria.

La metafísica revisionista es una metafísica cuyo propósito no es describir esa estructura común con la que pensamos el mundo, sino producir una estructura mejor. La actitud de Strawson frente a ella es tan compleja y matizada como su actitud frente al resto de maneras de entender la metafísica. Strawson no condenó la metafísica especial, se limitó a manifestar su desinterés por parte de la misma -la teología-. Tampoco se deducía de la concepción strawsoniana de la metafísica la imposibilidad o falta de interés de la metafísica historicista. Esta misma actitud tolerante hacia los enfoques alternativos es la de Strawson con respecto a la metafísica revisionista.

Lo que el metafísico descriptivo tiene que decir al revisionista y al escéptico es que los conceptos del sentido común que él quiere clarificar son no sólo muy generales, sino también irreductibles a conceptos más básicos y necesarios, en el sentido trascendental de que cualquier imagen del mundo que quiera construirse, debe presuponer su validez; y también en el sentido naturalista de que ningún argumento, aún coherente, podría tener la consecuencia de hacérnoslo abandonar.

La crítica strawsoniana a la metafísica revisionista nos puede ayudar también a perfilar un poco más el sentido y la tarea de la metafísica descriptiva que él propone. Se trata de clarificar aquellos conceptos más generales con los que pensamos la realidad. Si los conceptos de los que trata la metafísica descriptiva son tan generales como Strawson pretende, entonces el científico también deberá servirse de ellos en su específica práctica científica. La clarificación conceptual de aquéllos resulta pues igualmente útil para ésta, y bien puede decirse que la metafísica descriptiva no traiciona el rol fundamental que respecto a las ciencias particulares siempre ha tenido la filosofía primera.

La irreductibilidad de los conceptos de los que trata obliga a que el análisis que de los mismos pueda suministrarnos sea conectivo: los conceptos se clarifican al mostrar sus mutuas relaciones. Nos topamos de nuevo con el cariz trascendental de la metafísica strawsoniana, el negocio único de una filosofía trascendental es sacar a la luz esas interconexiones entre los conceptos.

Kant saca a la luz la conexión existente entre nuestros conceptos, además de una función clarificadora, tendría una virtualidad antiescéptica. Los argumentos trascendentales, a la vez que nos muestran las relaciones entre determinados conceptos, fundan la validez objetiva de los mismos. Hay algo de chocante en el planteamiento kantiano. ¿Cómo puede un argumento que establece la necesaria conexión entre ciertos conceptos establecer, a la vez, que a los mismos les corresponde necesariamente algo en la realidad?¿cómo puede convertirse un argumento sobre nuestra forma de pensar en un argumento sobre la forma de la realidad?

Que Strawson combine la argumentación trascendental con una estrategia naturalista para oponerse al escéptico ya nos indica su desconfianza hacia este aspecto de la concepción kantiana de la filosofía trascendental. Las conexiones necesarias entre nuestros conceptos se convierten en rasgos necesarios de la realidad porque, según Kant, nunca podemos conocer la realidad como en sí misma es, sino sólo como se nos aparece conforme a la estructura de nuestra subjetividad.

Strawson siempre ha considerado que este idealismo es erróneo. Sin idealismo, la reflexión trascendental ya no nos garantiza la invulnerabilidad de nuestros conceptos frente a los ataques del escéptico. Sin embargo, a pesar de la enmienda, el proyecto strawsoniano de una metafísica descriptiva todavía conserva un fuerte sabor kantiano. El análisis conectivo strawsoniano, como la analítica trascendental kantiana, aspira a presentarnos los conceptos que hacen posible nuestra experiencia del mundo; un mundo, para Strawson ( y ahí está la diferencia con Kant) que ya no necesita calificarse de fenoménico, sino que es real tout court.

¿Cómo proceder sistemáticamente a ese análisis conceptual en que consiste la misma? El camino que Strawson propone vuelve a entroncar con una larga y vieja tradición. Si algo es un concepto, es fundamentalmente aquello que interviene en nuestras creencias, las cuales  a su vez expresamos en nuestros juicios. La lógica nos muestra algunos de los rasgos de la estructura fundamental de nuestros juicios, y por lo tanto del discurso y del pensamiento. La lógica nos suministra el hilo conductor para empezar a establecer cuáles son esos conceptos fundamentales.

Si queremos hacer ontología bueno será empezar por fijarnos en el logos, en la manera como hablamos. De todos los posibles usos del lenguaje, aquél que le interesa básicamente al metafísico es el uso descriptivo, aquél que está animado por una voluntad de verdad. Una oración es el resultado de lo que Strawson denomina la combinación básica de dos tipos diferentes de elementos: aquel que representa aquello de lo que algo es dicho -el sujeto- y el que representa aquello que es dicho de aquél -el predicado-. La estructura sujeto-predicado constituye un rasgo fundamental de cualquier lenguaje, y por ende, de cualquier pensamiento humano. He aquí la que quizá sea la tesis más básica de Strawson. La lógica nos suministra así el inicio del hilo conductor que puede dar a la metafísica descriptiva strawsoniana un carácter sistemático. Pero sólo el inicio. Y es que Strawson desconfió de la potencialidad filosófica de la lógica formal.

El lógico presupone que los símbolos que constituyen la combinación básica oracional tienen referencia y ésta sentido. Pero justamente porque lo presupone  no se preocupa de explicar cómo es ello posible. Así la lógica nos puede enseñar que la estructura sujeto-predicado es universal; puede incluso proporcionarnos una serie de diferencias formales entre el primero y el segundo, pero lo que no puede hacer es explicarnos en qué consiste la diferencia entre referirse a algo como sujeto y predicar algo de él.

Aunque el hablante sigue las reglas de la gramática, no tiene por qué ser consciente de las mismas ni capaz de formularlas explícitamente. Lo que la gramática filosófica se propone desentrañar es, precisamente, las reglas que relacionan determinados conceptos que, aunque implícitos o presupuestos en nuestro hablar y pensar, no tienen por qué resultarnos inmediatamente accesibles.

Recapitulando, la lógica formal nos enseña que la combinación de sujeto y predicado es la estructura de todo lenguaje y, por tanto, de todo pensamiento. Por eso es preciso pasar del terreno de la lógica formal al de la gramática filosófica y preguntarse qué es lo que subyace a esta distinción. Ella nos permitirá mostrar el orden sistemático de nuestro esquema conceptual, de nuestra concepción general de la realidad.

La tesis fundamental de Strawson: de entre todos los actos de referir y de predicar, hay uno que tiene carácter prioritario y paradigmático; aquél en el que nos referimos a entidades particulares espacio-temporales atribuyéndoles propiedades generales que nos permiten reconocerlas. Es la distinción ontológica entre particulares y universales, y la distinción epistemológica entre intuición y concepto, la que subyace a la distinción  lógica entre sujeto y predicado. Las oraciones que expresan nuestras creencias más básicas son aquéllas en las que nos referimos a entidades particulares intuibles para predicar de ellas conceptos de propiedades que permiten reconocerlas en el espacio y a través del tiempo. Strawson es bien consciente de que con esta tesis se vuelve a situar en el seno de una antigua tradición metafísica occidental, de la que Aristóteles fue su figura clave.

El carácter básico que las entidades particulares tienen en nuestro esquema conceptual explica las tendencias hacia el nominalismo, pero aunque Strawson comprende el impulso nominalista, no lo comparte, apostando de nuevo por una posición más tolerante, en la que sin caer en el realismo mitológico propio del platonismo, en el que lo más real sería justamente lo universal, se concede a éste una realidad derivada o secundaria.

De este modo, al ordenar los actos de referencia según su simplicidad o complejidad, Strawson pone también un orden sistemático en el ámbito de lo real. El ciclo se ha cerrado. De la lógica a la gramática, y de ésta a la ontología – la teoría de aquéllo que existe fundamentalmente-

Aristóteles, Hume y Kant son los clásicos que sin duda Strawson  más reconoce. Todos enraizaron la reflexión metafísica en la naturaleza o en la estructura de la razón humana. Se trata de una actividad cuya justificación estaría de más. En este aspecto el planteamiento de Strawson coincidiría con el de estos filósofos. Aunque la metafísica esté para todos ellos enraizada en la naturaleza humana, no es menos cierto que inscriben la misma en un contexto, que, por seguir a Strawson, podríamos denominar de edificación.

  • Aristóteles la ve como la disciplina liberal por antonomasia y como la actividad que culmina una ética de la excelencia.
  • Hume le exige una utilidad mundana que él cifra en su virtualidad antisupersticiosa y la inculcación en quien la practica de un carácter, por escéptico, tolerante.
  • Kant pretendía con su crítica limitar el conocimiento para hacer un sitio a la fe.

Si Strawson fuera coherente con sus declaraciones explícitas acerca del alcance de su metafísica descriptiva, en este aspecto estaría enmendando la tradición que en otros continúa. Enmienda que no consiste sino en un empobrecimiento de los objetivos perseguidos. Sin embargo, dudo de que la especulación strawsoniana carezca de todo propósito y significado edificante.

La metafísica descriptiva es tolerante con la metafísica especial, con la historicista y hasta con la revisionista. A todas ellas les reconoce Strawson su legitimidad e interés. Tolerante es también su ontología, en la que, aunque se conceda primacía a cierto tipo de entidades particulares, no por ello se destierra al  limbo de la ilusión las entidades de otro tipo. Tolerante, en fin, es como acabamos de ver su anticientificismo, que no pretende tanto negarle el pan y la sal a la perspectiva científica, cuanto defender los derechos filosóficos del mundo vivido.

La metafísica strawsoniana es un buen instrumento para la formación de la persona educada. Si en su origen tuvo este propósito, el círculo se habría cerrado definitivamente. La apuesta por la tolerancia habría llevado a la edificación de una metafísica que la ejemplifica y la justifica. Un círculo moral y filosófico cuya honestidad, como la de los círculos que genera el análisis conceptual que Strawson propone, dependerá, según el propio criterio del pensador británico, de la amplitud que pueda alcanzar.

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