Strawson. Lógica, Epistemología y Ontología

Publicado: 9 noviembre, 2011 en Filosofía
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Resumen del capítulo 4 del libro de Strawson Análisis y Metafísica

Recordemos cómo apareció en escena la lógica. El uso de los conceptos, o al menos su uso fundamental, está en el juicio, en la formación o posesión consciente de creencias sobre lo que es el caso. Lo que el juicio persigue es la verdad. Queremos formar creencias verdaderas en lugar de creencias falsas; y un juicio o creencia dado es verdadero en la medida en que las cosas son en realidad como cree que son quien hace el juicio o sostiene esa creencia. Ésta es la perogrullada que encierra eso que se conoce con el nombre de teoría de la verdad como correspondencia. En nombre de esa teoría se han cometido errores. Uno de los méritos del término correspondencia es poner de manifiesto que, contrapuesta al juicio y a las creencias, se halla la realidad o el mundo natural, las cosas y los eventos con los que se relacionan o de los que tratan nuestros juicios o creencias, y que lo que hace que nuestros juicios o creencias sean verdaderos o falsos es cómo son las cosas del mundo natural.

La relación de los juicios morales con el mundo natural es materia para el debate. Las verdades de la lógica y de la matemática pura son regiones en las que el pensamiento se alimenta de sí mismo para generar estructuras cuya validez es independiente del modo en que las cosas son en realidad. Este punto de vista es defendible. También puede ser negado en nombre de una realidad matemática propia; o se lo puede rechazar por considerar que descansa en una distinción insostenible que tiene que ver con las formas en que se validan las creencias. En cualquier caso, hay tema de debate.

Los juicios, mejor dicho, las proposiciones, que nos conciernen más fundamentalmente, son juicios acerca de cómo son las cosas del mundo natural; y cómo sean de hecho es lo que determina la verdad o falsedad de estos juicios. Así pues, de una parte tenemos el uso de los conceptos en el juicio y la creencia; de la otra, la realidad, el mundo, los hechos; y el estado de la segunda determina la verdad o falsedad de los primeros.

¿Cómo llega a formar creencias el usuario de conceptos? Básicamente llega a ser consciente de la realidad en la experiencia; la experiencia del mundo le capacita para usar conceptos al juzgar sobre ese mundo.

Tanto la pregunta como la respuesta son de orden epistemológico. No es que la experiencia sea un vínculo que capacite al usuario de conceptos a actuar como hacedor de juicios con buenas perspectivas de llegar a tener creencias verdaderas. La conexión entre el juicio, el concepto y la experiencia es más estrecha que todo eso. Los conceptos de lo real no pueden significar nada para sus usuarios a no ser que se relacionen, directa o indirectamente, con una posible experiencia de lo real. Los conceptos en cuyos términos formamos nuestras creencias primitivas adquieren sentido para nosotros en la medida en que son conceptos que juzgaríamos que se aplican en situaciones de posible experiencia.

Los conceptos que no desempeñan ninguna función en el conocimiento son vacíos, a no ser que guarden relación con posibles experiencias. La dualidad inicial es la dualidad del sujeto que juzga y de la realidad objetiva sobre la que juzga. El riesgo inherente a la insistencia empirista, es el de que se pierda de vista esta dualidad. Al subrayar que la experiencia no sólo colma el hiato que hay entre sujeto y objeto, sino que dota de contenido significativo a todos los conceptos que usamos, corremos el riesgo de que la noción de realidad objetiva quede sepultada totalmente en la de experiencia o de que sea absorbida por ésta. Muchos idealismos y todos los fenomenalismos son resultado de este sepultamiento, y la historia de mucha de nuestra epistemología, si no es la historia de este hundirse en este abismo, es la de la lucha por salir de él. En cualquier caso, es mejor desde el principio mantenernos lejos del abismo.

Nuestra labor es conectar esta noción lógica con la noción ontológica de realidad objetiva sobre la que juzgamos; con la noción epistemológica de experiencia que por sí sola dota de sentido y contenido a nuestros juicios. La forma fundamental del juicio afirmativo, en virtud de la cual juzgamos que un concepto general tiene aplicación en un caso particular es ambigua, pues oscila entre dos tipos de formas: las formas de las proposiciones atómicas y la forma cuantificada existencialmente. Podemos considerar semejante ambigüedad posiblemente útil, porque  lo que hemos de preguntarnos es muy general: ¿qué hemos de entender, por lo que respecta a la noción de juicio que versa sobre la realidad objetiva, por caso particular al que se aplica un concepto general?

Si hemos de usar conceptos, tenemos que poder encontrar en la experiencia diferentes instancias particulares suyas y distinguirlas en tanto que diferentes y, al mismo tiempo, hemos de reconocer también que son semejantes por el hecho de que a todas se  les pueda aplicar el mismo concepto.

Es necesario introducir las dos grandes nociones de espacio y tiempo y conectarlas con la noción de diferentes instancias particulares de un mismo concepto. La imagen que tenemos de la realidad objetiva es la imagen de un mundo en el que las cosa se encuentran separadas y relacionadas en el tiempo y el espacio, en el que coexisten diferentes objetos particulares, cada cual con su propia historia, en la que diferentes eventos acontecen sucesiva o simultáneamente, y en el que diferentes procesos se completan en el tiempo. El objetivo de Strawson es simplemente el de concretar las nociones de espacialidad y temporalidad con las de diferentes instancias o casos particulares de un concepto general; es decir, con la noción lógica de objeto individual.

La condición para que tengamos conceptos generales de lo objetivamente real, de objetos en la naturaleza, que no sean en absoluto conceptos de cosas espacio-temporales, sería que tengamos una cierta clase de experiencia; una experiencia en la cual espacio y tiempo no desempeñen cometido alguno o, cuando menos, en la que no guarden ninguna relación con nuestra conciencia totalmente empírica de las diferencias numéricas entre diferentes instancias particulares de uno y el mismo concepto.

La conexión de las dos nociones de espacio y tiempo con las de diferentes instancias particulares de un concepto general es, de hecho, una característica general básica de nuestra estructura conceptual.

Hay dos distinciones conectadas entre sí: la distinción lógica entre referencia y predicación y la distinción ontológica entre individuos espacio-temporales y los conceptos generales de propiedad y relación. Son precisamente esos objetos espacio-temporales los objetos fundamentales de referencia o los sujetos de predicación. Si aceptásemos esto, tendríamos la clave de la doctrina de que en realidad estamos comprometidos a creer en la existencia de precisamente esas cosas que, de forma absoluta, debemos tratar como objetos de referencia, si hemos de poder expresar nuestras creencias.

Supongamos ahora que la noción de existencia estuviese ya ligada en nuestras mentes a la de los particulares individuales, es decir, a la de cosas cuya identidad misma es inseparable de la posibilidad de distinguirlas espacio-temporalmente de todos los otros miembros de su género. Es decir, estamos predispuestos naturalmente a considerar al particular individual, con su propio lugar en el espacio y el tiempo, es paradigma mismo de lo genuinamente existente, de lo real. Añadamos ahora el hecho de que parece que en nuestros juicios básicos sobre la realidad objetiva los individuos espacio-temporales serán realmente los objetos de referencia, o como Quine diría, los elementos recorridos por nuestras variables de cuantificación. Si ponemos juntas estas dos ideas, dispondremos posiblemente de parte de la explicación que antes habíamos echado en falta, explicación tanto del punto de vista de que aquello en cuya existencia realmente creemos es lo que no podemos sino tratar como objeto de referencia, como del impulso asociado a la economía ontológica: el deseo de reducir al mínimo estos compromisos ontológicos.

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