Strawson: La Verdad y el Conocimiento

Publicado: 24 noviembre, 2011 en Filosofía
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Resumen del capítulo 7 del libro de Strawson Análisis y Metafísica

Veremos en este capítulo la noción de verdad y sus relaciones con la teoría del conocimiento y la teoría del significado lingüístico.

Históricamente, la primera de estas relaciones ha sido la más sobresaliente, estableciendo dos teorías rivales de la verdad:

  • La teoría de la verdad como correspondencia, en la que una creencia es verdadera si y sólo si se corresponde con un hecho, un estado de cosas objetivamente existente.
  • La teoría de la verdad como coherencia, para la cual una creencia es verdadera si y sólo si es miembro de un sistema de creencias que se acepte y que sea coherente, consistente y comprensivo.

Pero no se trata de que una salga victoriosa sobre la otra. Se trata de dónde poner el énfasis, en qué partes o aspectos diferentes de nuestro sistema conceptual debemos situarnos, considerando que:

  1. Algunas creencias lo son de primera mano
  2. Pero la mayoría de las creencias no tienen un fundamento personal
  3. Algunas creencias han de ser generales
  4. Las creencias pueden ser incompatibles
  5. La necesidad de que nuestras creencias sean coherentes
  6. Para añadir una nueva candidata, nos lo planteamos contra un todo que no se cuestiona.

En vez de demostrar que estas dos teorías de la verdad son  incompatibles, veámos que aspecto de la estructura de nuestro pensamiento pone cada una de ellas de relevancia.

Centrándonos en primer lugar en la teoría de la verdad como correspondencia, ésta responde a un rasgo fundamental de la estructura de nuestro esquema de pensamiento: la realidad contiene experiencias y creencias. La verdad de una creencia consiste en que esa realidad, que  existe independientemente, con la cual se relaciona la creencia, es como cree que es quien la tiene por el hecho de tenerla

Considerando la teoría de la verdad como coherencia, el énfasis se sitúa en la dependencia mutua y en la conexión lógica recíproca de los elementos que forman nuestro sistema de creencias. La sola insistencia en la noción de correspondencia puede confundirnos si queremos conseguir una imagen realista de nuestro pensamiento, de nuestra propia imagen del mundo:

  • puede hacer que nos equivoquemos si nos incita a pensar que algunas creencias son capaces de poder emparejarse individualmente con su propio trozo de realidad y  concebir después toda la estructura como algo meramente compuesto, con la ayuda de la maquinaria lógica de la composición y la generalización
  • la obviedad de la correspondencia puede inducir a error si nos lleva a abrazar una imagen confusa, y en última instancia autocontradictoria del acceso a los hechos, a la realidad, como algo que se hace al margen de conceptos. En contra de semejante imagen, la teoría de la coherencia insiste en que no se puede tener ningún contacto cognitivo y por ello ningún conocimiento de la realidad que no lleve consigo la formación de creencias, la realización de juicios y el uso de conceptos.

Los teóricos de la correspondencia insisten en un rasgo fundamental de cualquier sistema o estructura de creencias, que son sistemas o estructuras de creencias sobre una realidad concebida como algo inexistente con independencia de esas creencias particulares que tratan de ella. Insisten en la interdependencia de las partes de la estructura y en la idea de que no se puede corregir una creencia sin formar otra: insisten, de hecho, en que nuestras estructuras de creencia son estructuras de creencia.

Vamos a abordar de nuevo la cuestión pero matizándola y refinándola. El punto de partida será ahora una verdad obvia acerca de la verdad:

es verdad que p, si y sólo si p

La fórmula parece aplicarse a todas las proposiciones posibles. Si alguien dice que Juan es calvo, lo dice y es verdadero si y sólo si Juan es calvo. Aunque inatacable, este esquema apenas si es instructivo. Su contenido teórico es mínimo. Cuando los filósofos plantean preguntas sobre la naturaleza de la verdad quieren algo más substancial.

Sólo puede conocerse lo que es verdadero: las condiciones bajo las cuales una creencia puede ser considerada conocimiento incluye, aunque no quedan agotadas por, la condición de que la creencia sea verdadera. La idea de condición bajo la que una oración expresa una verdad ocupa un lugar central en la idea de significado de la oración. La noción de verdad sirve de vínculo entre la teoría del conocimiento y la teoría del significado. No es el único vínculo entre ambas. Otro vínculo lo aporta la noción de comprensión de una oración. Una teoría del significado de un lenguaje dado debería mostrar cómo los significados quedan sistemáticamente determinados por los significados de sus elementos constituyentes y por los modos en que esos elementos se combinan. También debería dar una explicación de cómo comprendemos los significados así determinados. Una teoría del significado tendría que incluir una teoría de la comprensión.

Consideremos de nuevo la sencilla fórmula, que podría no resultar tan vacía como parece. Incorpora una doble referencia: a un creer o un decir por una parte y a eso que hay en el mundo sobre lo que trata el enunciado o la creencia por otra. Y ello invita a entender la verdad como algo que consiste en una cierta correspondencia o ajuste entra estas dos cosas. Un enunciado que empareja un nombre particular con un predicado general es verdadero si y sólo si, el elemento nombrado satisface el predicado. Las oraciones simples de este tipo se encuentran en el fundamento de cualquier teoría semántica.

Los juicios morales, las ecuaciones matemáticas y las tautologías de la lógica no son enunciados o proposiciones y por consiguiente no son ni verdaderos ni falsos. Se las debe asociar más bien a reglas o a imperativos. Se relacionan con el mundo natural ordinario, pero no lo hacen como enunciados que versen acerca de él, sino como instrucciones para actuar dentro suyo o para calcular o razonar sobre él.

Otra reacción, opuesta a la anterior, es abrazar lo que en matemática y quizás en lógica se conoce como platonismo y aceptar la existencia de cualidades y relaciones no naturales en la esfera de la moral. El filósofo que sigue este curso no pone límites al concepto de verdad, a diferencia de lo que hace su oponente. En lugar de ello fuerza o extiende el concepto de realidad o el de mundo.

Ambas reacciones son consideradas insatisfactorias. La primera parece que ignora o pasa por alto de una forma excesivamente arrogante el alcance que en realidad damos al concepto de verdad. La segunda reacción ofrece de hecho esa explicación, pero espúrea o vacía. Si ambas reacciones son instatisfactorias y si comparten una presuposición común, es esa presuposición común lo que debe cuestionarse. Es el modelo simple de la correspondencia palabra-mundo lo que incita a una parte a confinar la extensión del concepto de verdad dentro de los límites del mundo natural.

Cuando una persona sabe de hecho que alguna proposición no observacional es verdadera, entonces alguna proposición o conjunto de proposiciones observacionales, constituye la razón, o la razón última, que esa persona tiene realmente para creer en la proposición no observacional. Esta tesis es bastante absurda. Se convierte en una que lo resulta ligeramente menos si se extiende la clase de las proposiciones observacionales de forma que no sólo incluya las proposiciones que consignen lo que el sujeto observa, sino también las proposiciones que consignen lo que puede recordar que observó en el pasado.

La tesis presupone una imagen del sistema de creencias de un individuo que distorsiona grandemente los hechos de la vida mental. Esa imagen de una clase de estructura jerárquica de creencias, en la que los miembros superiores descansan en otros inferiores, que son la evidencia que tiene el individuo a favor de los primeros o las razones por las que cree en ellos, y estos miembros inferiores descansan en otros todavía más inferiores, hasta llegar al nivel ínfimo, el nivel fundamental. Pero es falso que el sistema de creencias de un individuo o que sus conjuntos de creencias se encuentren organizados de esa forma. Los elementos del sistema de creencias de un individuo están conectados entre sí de formas numerosas y complejas. Podría decirse de muchas proposiciones que cuanto más firmemente arraigadas se hallan en un sistema de creencias, menos apropiado resulta preguntar cuáles son las razones para creer en ellas.

Como imagen del modo en que se halla organizado el sistema de creencias de un individuo, la tesis que estamos considerando carece totalmente de realismo. Ninguna de nuestras creencias sobre el mundo escapa en principio a la duda o a su cuestionamiento, cuando una de nuestras creencias se cuestiona seriamente, cualquier procedimiento racional para resolver el problema normalmente supondrá que nos pongamos a nosotros mismos en posición de llevar a cabo alguna observación pertinente. Así pues, puede decirse que las proposiones observacionales son al menos los últimos puntos de comprobación del conocimiento.

En cualquier estadio en el que se pidan razones, en que se efectúen críticas o en que se extraigan conclusiones, los cuerpos de conocimiento o creencia preexistentes proporcionan un trasfondo indispensable para estas operaciones reflexivas. Y es sólo contra tal trasfondo que las proposiciones observacionales desempeñan su función de comprobación.

El carácter progresivo y continuo de la exposición del individuo al mundo es evidente. En cada momento, puede decirse que nuestro sistema de conocimientos (o de creencias) tiene que adaptarse a las creencias que el curso de nuestra experiencia (el curso de nuestra observación) nos imponga en ese momento. Qué creencias nos imponga el curso de nuestra experiencia es algo que dependerá del carácter del sistema preexistente. Pero la necesidad propia de este género de acomodamiento a nuestra experiencia en curso es una necesidad que nos acompaña siempre, y que nos ha acompañado siempre, desde el momento mismo en que por primera vez puedo atribuírsenos una creencia.

No toda creencia aceptada ni toda presunta muestra de información puede contrastarse o comprobarse con la evidencia de nuestros ojos y oídos, pero algunas pueden y deben serlo. En el peor de los casos, un escepticismo radical y que lo invada todo es algo que carece de sentido, y en el mejor una pérdida de tiempo. Pero una de las cosas que aprendemos de la experiencia es que un escepticismo práctico y selectivo es sabio.

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