El Lago de los Cisnes. Ballet de San Petersburgo

Publicado: 27 noviembre, 2011 en Música
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El lago de los Cisnes. Tchaikovsky

Ballet de San Petersburgo. Auditorio de San Lorenzo de El Escorial.

25 de Noviembre de 2011

No puedo decir que sea una gran amante del ballet. Es una de las artes escénicas a las que menos atención presto. Mi mejor experiencia se remite al Ballet Nacional de Cuba dirigido por Alicia Alonso, que interpretaron Giselle, hará unos cuantos años, más de los que quiero acordarme. Y la verdad, es que iba sin ninguna expectativa, y me gustó. Me lo pasé muy bien, y disfruté un montón, a pesar de que la música era enlatada, cosa que me decepcionó bastante. Me sorprendió gratamente el vigor y la virilidad de los bailarines.

Atendiendo a mi espíritu ecléctico, con el “pequeño” aliciente de unas invitaciones, o sea, gratis total,  y con el gran, enorme aliciente de  Tchaikovsky, compositor al que sí admiro y disfruto frecuentemente, no tuve sin más que acudir a San Lorenzo de El Escorial a ver al ballet de San Petersburgo interpretar el Lago de los Cisnes.

La aventura de llegar al auditorio, y luego salir de él, fue lo más significativo de la velada. Para empezar, aparcamos a unos 4 kilómetros, cuesta arriba del susodicho auditorio, el desconocimiento, la aleatoriedad cósmica, el gps y los smartphones de turno, se conjuraron todos ellos para que nos llevara a una dirección errónea. Teníamos 15 minutos para hacer 4 kilómetros con una pendiente media del 15%. Añadimos que tenía un trancazo mítico, y que el dopaje estaba desapareciendo por momentos. Cuando casi había tirado la toalla, no llegamos, y estoy echando los higadillos por la boca, un amable señor se ofrece a subirnos el resto de cuesta que nos queda. Y llegamos, y no fuimos los últimos. Hasta nos sobraron como 2 minutos.

Primera decepción de la noche. No hay orquesta. La música de nuevo es enlatada, y se me queda un saborcito al fondo de…no es justo, esta música tan sublime no debería sonar por los altavoces, sino directamente de los instrumentos…

El auditorio es espectacular, muy bien diseñado, muy cómodos los asientos, y la visibilidad fantástica. La organización muy buena, aunque los programas se quedaron un tanto escasos, y no todos pudimos disponer de uno, sobre todo los que llegamos con la hora pegada al pompis, porque decir culo en este contexto queda totalmente grosero. Ambiente exquisito y público trajeado, ni en el Real he visto tanta pompa.

El ballet de San Petersburgo ofreció la coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov, de finales del siglo XIX. El primer acto me pareció espectacular. Estuve muy entretenida y pendiente de los bailarines, de la historia, y por supuesto, la música, a pesar de estar enlatada, sublime. La escenografía me pareció excesivamente ortodoxa, no creo que se necesite convertir los cisnes en naves galácticas para hacer algo transgresor y diferente, pero el momento cisnes atravesando el escenario de parte a parte me pareció un tanto trasnochado.

Me dió la sensación un poco a caspa, los bailarines no me parecieron excepcionales, quizás la primera bailarina era la única que estaba a la altura, y desde el punto de vista de la técnica y la ejecución, porque desde el punto de vista de la transmisión de sentimiento, tampoco fue una catarsis. El segundo acto me aburrió, y el tercero me pilló por sorpresa, muere el malo y casi ni nos enteramos.

Demasiada máquina y poco corazón. Pero me lo pasé bien, sobre todo por la música, y porque no deja de ser un gran espectáculo. Supongo que si hubiera pagado los 35 euros que costaban las entradas, de nuevo haciendo accesible al pueblo la cultura, lo mismo habría salido un poco cabreada.

Se que las comparaciones son odiosas, pero los bailarines rusos no comparten, ni de lejos, el poderío, la fuerza y el vigor de los cubanos…será un tópico o no, pero en esta ocasión me parecieron extremadamente blanditos. Los artistas en general me parecieron distantes, y con una sonrisa forzada. No miraban al público ni en los saludos, demasiado ceremoniosos y estudiados. Disciplina in extremis.

Al salir, nos tomamos un pequeño refrigerio y oh!, eran más de las 12 y los taxis habían desaparecido por completo. Las paradas desiertas, el teléfono no lo cogen, y nuestro coche a 4 kilómetros por una carretera oscura y un frío gélido…cuando de nuevo, un señor se nos ofrece amablemente a llevarnos hasta allí. No iba de camino, nos dejó en la puerta del coche, y se volvió a San Lorenzo. Noche rara. Noche mágica.

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