Causación y Explicación. Strawson

Publicado: 18 diciembre, 2011 en Filosofía
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A veces suponemos, o decimos que suponemos, que la causalidad es una relación natural que se da en el mundo natural entre eventos o circunstancias particulares, como sucede con la relación de sucesión temporal o con la de proximidad espacial. También asociamos, y lo hacemos correctamente, causalidad y explicación. Pero si bien la causalidad es una relación que se da en el mundo natural, la explicación es cosa distinta. Hablamos como si explicar fuese una relación entre cosas. Pero no se trata de una relación natural entre cosas a  las que podamos asignar lugares y tiempos en la naturaleza. Se da entre hechos o verdades.

A menudo, los dos niveles de relación se confunden fácilmente en el pensamiento filosófico, y no se distinguen con claridad en el pensamiento ordinario, porque la distinción no responde a ningún propósito práctico. En el habla cotidiana la distinción no está señalada tan abiertamente, a menudo el hablante simplemente no distingue los niveles porque no hay necesidad de ello.

¿Qué hace que los hechos sean apropiados para la relación de explicación? ¿Y cuál es la conexión entre la idoneidad de las descripciones, lo apropiado de los hechos, y la relación causal misma, la relación que, presumimos, se da en el mundo natural cuando eventos o condiciones entran en esa relación, sin importar cómo se los describa? Es seguro que la capacidad de un hecho para explicar otro tiene un fundamento en el mundo natural. Hemos de pensar, en caso contrario, que la relación causal misma carece de existencia natural o que no tiene ninguna fuera de nuestras mentes.

Las generalizaciones causales no son generalizaciones de casos particulares de causalidad; más bien, los ejemplos particulares de causalidad se consideran tales por hacer particulares las generalizaciones causales.

La noción de causalidad difiere de la de sustancia individual, con la cual tradicionalmente se le asocia. Ambas nociones son altamente abstractas, ninguna pertenece al vocabulario de la observación particular. Pero mientras que exista una gran diversidad de expresiones para géneros específicos de variedades de sustancias individuales, no hay ningún paralelo evidente de lo mismo en el caso de la causalidad, cuando se la entiende como relación entre eventos o circunstancias particulares.

Si nos basamos en esta consideración negativa, el punto de vista tradicional está justificado. Sin embargo, es un grave error tomar esta observación negativa como punto de partida de la elucidación del concepto de causa.

Deberíamos considerar fundamentales las transacciones mecánicas en nuestro examen de la noción de causalidad en general. Son fundamentales en nuestras intervenciones en el mundo, fundamentales para nuestro hacer que acontezcan los cambios que perseguíamos.

La consideración de las nociones de atracción y repulsión, fundamental dentro de la teoría de la física, confirma esta afirmación. En primer lugar, que la sensación de interacción mecánica sea algo paradigmáticamente explicativo permite dar buena cuenta de un rechazo inicial a aceptar la idea de acción a distancia; y ayuda también a entender la inclinación, relacionada con esa idea, a postular algún medio a través del cual se transmitan los impulsos. En segundo lugar, incluso una vez que se supera este rechazo, el modelo que sigue funcionando indirectamente es el de empujar y tirar. De hecho, la relación es doblemente indirecta.

En general, la búsqueda de teorías causales es una búsqueda de modos de acción y reacción que no son observables en el nivel ordinario y que encontramos inteligibles porque los elaboramos como modelos a partir de, o porque los concebimos en analogía con, esos varios modos de acción y reacción que la experiencia ofrece a la observación grosera, modos en los cuales nos vemos conscientemente implicados o que nosostros mismos sufrimos.

No basta para mostrar que la idea de acción o de reacción causal, tal y como se encarna en las innumerables formas específicas que adopta en nuestros vocabularios ordinarios y teóricos, deriva de la experiencia de regularidades netas de sucesión; o que, por lo que respecta a todo el contenido objetivo, se reduce a semejantes regularidades. Habría que tener en mente dos consideraciones. La primera de ellas es la plena disposicionalidad de nuestros conceptos preteóricos ordinarios de las cosas y sus cualidades. Con esta disposicionalidad viene dada ya la generalidad, que es el núcleo de la concepción reductiva. Por otro lado, las meras regularidades de sucesión no son por sí mismas garantía de haber encontrado causas. Sólo si podemos, más o menos vagamente concebir los fenómenos antecedentes y consecuentes como si estuviesen conectados de una forma más o menos remotamente asimilable, o análoga, a la de los modelos de la acción y la reacción causal que ya poseemos, estamos dispuestos a considerar a los primeros causas de los segundos. A quien posea un tipo de mente inquisitivo no le satisfará una concepción tan vaga y débil, pues querrá conocer el detalle del vínculo, el mecanismo interno de la conexión. Sólo entonces entenderá que ha alcanzado una comprensión plena de la cuestión.

La idea general es que, aunque en realidad aprendamos mucho sobre la operación de la causalidad en el mundo observando regularidades de sucesión, esto es así sólo porque las nociones generales de eficacia causal y de respuesta causal, de efectos que se logra que se den de diversas formas específicas se encuentran ya alojadas en nosotros mismos: se encuentran ya implícitas en una amplia gama de conceptos de cosa, cualidad, acción y reacción que pertenecen a nuestro surtido básico de conceptos de lo observable.

Tenemos conocimiento inmediato de lo que nos importa, de lo que hacemos o tratamos de hacer, conocimiento de nuestros deseos y objetivos cuando nos movemos para tratar de satisfacerlos o cumplirlos. En la medida en que podemos concebir que ciertos efectos, deseados o temidos por nosotros, se hallan dentro del poder de ciertos agentes, concebimos también que podemos influir para producir o evitar esos efectos en tanto que podemos proporcionar a esos agentes la motivación oportuna.

Podemos aprender de la motivación humana a través de la experiencia. Pero de esta clase de aprendizaje, debe decirse que presupone una conciencia general y específica, de la propensión causal, además, la experiencia que se tenga dentro de este área normalmente da resultados positivos gracias a un género característico de avance en la automprensión o comprensión empática.

¿Cómo se establecen las leyes teóricas?¿Cómo se aplican en la práctica? Estas preguntas pertenecen a la filosofía de la ciencia y queda fuera del alcance de la competencia que Strawson se plantea, pero añade que el establecimiento de tales leyes exige, primero, la elaboración de hipótesis, y segundo, que las hipótesis sean comprobadas y que quizá se las dote de una forma cuantitativa específica, en situaciones observacionales cuidadosamente ideadas. No añade nada más sobre la función de las leyes que no tienen excepciones. Concibiendo el ámbito natural a diferentes niveles, podemos suponer que hay un nivel en el cual reinan leyes generales, sin excepciones, leyes susceptibles de ser descubiertas. Voces autorizadas dicen que hay otro nivel en el cual eso no sucede: un nivel en el que a lo sumo todo lo que podemos esperar hallar son leyes probabilísticas, por lo que concierne al nivel de la explicación causal ordinaria de eventos y circunstancias particulares, nivel en el que empleamos el vocabulario descriptivo común, mejor que los vocabularios técnicos de las teorías físicas, no hay razón para pensar que nuestras explicaciones presupongan, o descansen en, la creencia de que existan leyes generales, sin excepciones, susceptibles de ser descubiertas y expresables en términos de ese vocabulario común. No hay razón para pensar que nuestras explicaciones sean en alguna medida defectuosas por esa razón.

Una consecuencia de negar las diversas maneras en que la noción de causa forma realmente parte de nuestras ideas ordinarias de las cosas, es la doctrina de que, por lo que respecta a su contenido objetivo, la noción de causa puede reducirse a la de invariabilidad de la asociación de los tipos de acontecimiento y circunstancia. La terminología preferida al utilizar esta noción es la de las condiciones necesarias y suficientes.

Parecemos obstinados en pensar que, mientras que las causas preceden a sus efectos o que ambos son simultáneos, los efectos nunca preceden a sus causas. Tenemos el problema de justificar, o cuando menos de explicar, nuestra obstinada adhesión a este punto de vista.

Hay asimetrías naturales más que suficientes para mostrar que la noción de prioridad, que de acuerdo con el punto de vista recibido es una adición trivial o un fruto del capricho, pertenece a su misma raíz. Sería extraordinario que los filósofos pudiesen llegar a un punto en que resultara problemático un rasgo tan fundamental de un concepto tan fundamental. Pero quizá, si se piensa de nuevo en ello, habría que reconocer que este hecho forma parte de la grandeza del tema.

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