Archivos para marzo, 2012

Receta de mi tierra y los alrededores. Como buena legumbre es un primer plato y puede que único, pero este plato en pequeñas raciones de aperitivo o tapa es todo un lujo.

Unos garbanzos son siempre bien agradecidos, la verdad es que están  buenos de cualquier manera, pero este potaje es especialmente sabroso y sobre todo, nada de grasa, sólo la que aporta el AOVE.

Los garbanzos se ponen en remojo la noche de antes. Esta receta admite garbanzos de bote, para los que no tienen tiempo ni ganas. Yo dispongo de tiempo y me sobran las ganas, sobre todo para alimentarme de primera, así que no me cuesta nada echarlos en agua la noche de antes, y luego echarlos a la olla. Si le echas además un par de hojas de laurel, unos clavos, cuéntalos porque luego hay que quitarlos y no mola encontrarse uno y morderlo, un tomate entero y una cebolla entera, pues mucho mejor. Yo le añadí sal de chile, para darle el punto picante, pero sal normal es lo suyo.

En abundante agua se cuecen, dependiendo del tipo de olla que tengas tardarán más o menos tiempo en estar tiernos, yo uso una exprés de toda la vida y con una hora quedan estupendos. Si le añades unos trozos de tocino de jamón o de hueso tendrán más sustancias, pero no es necesario.

Una vez tiernos se cuela el caldo, reservándolo, y se tiran los clavos y las hojas de laurel.

En una sartén con el culo de AOVE se ponen a freír 3 o 4 dientes de ajo, pelados y enteros y un par de rebanadas pequeñas de pan. Dorándolos bien por todas partes.

Ajos y pan una vez fritos, se batirán junto con el tomate y la cebolla, a mano o a máquina, como prefieras, el pan siempre queda mejor en el mortero, pero cada uno con sus cadaunadas. Se añade también a la picada un puñadito de semillas de comino. Si has cocido tú los garbanzos y le has puesto el tomate y la cebolla, también se trituran en este momento.

Una vez batido todo se vierte sobre una cacerola ya caliente y se rehoga un rato, cuando el aceite ya esté haciendo de las suyas se añade una cuchara generosa de pimentón y rápidamente incluimos unos 300 gramos de espinacas, si son frescas mejor, pero las congeladas también nos valen.

Rehogamos a fuego fuerte hasta que las espinacas hayan disminuido de volumen, entonces añadimos los garbanzos y damos unas cuantas vueltas. Salpimentamos y cubrimos con parte del caldo de cocer los garbanzos, el resto lo puedes reutilizar para lo que se te ocurra…o tirarlo.

A fuego vivo y destapado se deja cociendo unos 10 minutos, no debe quedar muy caldoso. Se sirve bien calentito y está de muerte. ¡Buen provecho!

INGREDIENTES

  • 350 gramos de garbanzos
  • 300 gramos de espinacas
  • un par de rebanadas de pan
  • 3 dientes de ajo
  • 1 tomate
  • 1 cebolla
  • unos clavos
  • un par de hojas de laurel
  • una cucharada de pimentón
  • un puñadito de cominos
  • Sal, pimienta y AOVE

MANUFACTURA

  • Los garbanzos en remojo la noche de antes
  • Se cuecen una hora en olla rápida, o hasta que estén tiernos, en abundante agua con sal, laurel, clavos, y el tomate  y la cebolla pelada, enteros
  • Una vez cocidos se reserva el caldo, la cebolla y el tomate y se tira el resto
  • En una sarten con el culo de AOVE se pone a freír las rebanadas de pan y los ajos, pelados y enteros
  • Cuando estén bien dorados se retira del fuego, se vierte sobre un vaso de la batidora y junto con los cominos, el tomate y la cebolla se bate todo.
  • En una cazuela se echa la picada y se da unas vueltas, a continuación se añade una cucharada generosa de pimentón y en seguida se incorporan las espinacas
  • Se da unas vueltas hasta que bajan de volumen y se echan los garbanzos, y un poco del caldo de cocerlos
  • Se deja hirviendo a fuego fuerte durante unos 10 minutos y se rectifica de sal.
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Ciclo de Jazz del Auditorio Nacional

Ambrose Akinmusire

Madrid, 17 de Marzo de 2012

Ambrose Akinmusire. Nombre peculiar donde los haya. Probablemente nunca lo hayas escuchado, cuesta un pelín aprenderse el apellido del tal Ambrose, pero una vez que lo escuchas…imposible olvidarlo. Si te gusta el Jazz, jazztás tardando 😉 .

Este pedazo de músico tocó anoche en el auditorio Nacional de Música, un escenario completamente a su altura, dentro del ciclo de Jazz organizado por el CNDM, Centro Nacional Para la Difusión Musical. Sí, la música de calidad tiene que estar subvencionada. Es una pena, pero es así. Aunque la pena de verdad es que las subvenciones son cada vez menores y los melómanos al final son los que salimos perdiendo.

El señor Ambrose Akinmusire, que toca la trompeta, iba acompañado de un elenco de músicos habitual: Walter Smith III, saxo tenor, Harish Raghavan al contrabajo,  Sam Harris, piano y Justin Brown a la batería. Formato de quinteto para una velada de la que esperaba algo más.

Un poco de contexto para los amantes de los orígenes y los porqués. Antes de cumplir 17 años, cuando la mayoría de sus congéneres se entretienen con la consola y el facebook, este caballero ya había compartido escenario con Joe Henderson, Joshua Redman o Steve Coleman. Llamarlo niño a lo mejor sería excesivo, pero prodigio no suena descabellado.

A los 25, es decir en 2007, ganó la Thelonious Monk International Jazz Competition, cuyo jurado incluía a músicos como Quincy Jones o Roy Hargrove, principiantes y neófitos como quien dice… Un año después, publicó su primer disco como solista, Prelude to Cora (Fresh Sound), por el que recibió excelentes críticas. Disco muy recomendable, sorprendente en la primera escucha, porque trae reminiscencias setenteras, un poco de psicodelia quizás, pero tras unas cuantas escuchas, prestando atención a los detalles, ves como detrás hay un compositor muy muy interesante y un intérprete aún más, y como el título anuncia, fresco, muy fresco.

Recientemente ha tocado con artistas como Herbie Hancock o Wayne Shorter. Queda claro que su proyección es más que una realidad, y salió de la rampa de lanzamiento con soltura. El año pasado recibió dos de los premios otorgados por la Jazz Journalist Association: como Artista Revelación y como Trompetista del Año. ¿Te ha quedado claro ya, no? Por reconocimientos y premios no será. Pero por talento y genialidad tampoco.

Ambrose Akinmusire fichó por Blue Note, no podía ser de otra forma, y publicó When the Heart emerges glistening, donde compone 10 de los 12 temas. Este segundo disco, en mi opinión es aún mejor, mucho más intenso y creativo, los derroteros por los que desparrama son más duros que en su primera obra, pero sigue evidenciando la maestría de este trompetista. No es bop, no es free, pero es jazz del mejor calibre. Desde el primer al último tema, la trompeta es espectacular.

¿El concierto?…fffffffffffffuuuuuuuuu!!!!!! Frío. Entraron muy tímidos y muy serios, quizás demasiado serios. A la mitad del concierto, cuando Akinmusire presentó a su banda (el no fue presentado así que me quedé con las ganas de saber como suena su apellido…), se relajaron un poco y hasta se le vió aparecer un par de veces una sonrisa blanca y amplia. Pero no se prodigaron en carantoñas. Disfrutando cada uno en solitario, sin mucha comunicación entre ellos, sin mucho feeling.

El primer tema muy buen sabor de boca, una trompeta vibrante, emocionante y tierna, seguido de un diálogo entre la trompeta y el piano, quieto y sostenido. Luego se unen todos durante un ratillo y mientras Akinmusire se retira al fondo del escenario, cosa que hizo en mi opinión demasiadas veces, el saxo cogía el protagonismo. Batería y contrabajo sonando como un muro rítmico lleno de matices metálicos y contundentes. En definitiva, una presentación excepcional que parecía anticipar lo bien que nos lo íbamos a pasar.

Pero fue como si mostraran todas sus cartas en estos primeros 12 minutos. El piano fue bastante neutro todo el tiempo, no le ví ni un sólo momento de brillantez, fue el único instrumento sin hacer solo y mostraba tendencias más clásicas que jazzísticas…un tanto soso :(.

El batería muy bueno, muy muy bueno. Pero siempre estaba ahí, no hubo ni un sólo segundo sin su presencia, cierto es que tocaba todos los vértices y todas las superficies que tenía a su disposición, y con cierta delicadeza y originalidad, y cierto que hizo un solo que fue como una marabunta, como la mayor apisonadora del planeta. Pero debería saber cuando no hay que estar.

El contrabajo también parecía interesante, y luego no aportó mucho más que lo que mostró en el primer tema. Hizo un solo un tanto extravagante y en mi opinión decepcionante.

El saxo elegante y correcto pero sin ser excepcional, aunque tuvo un par de momentos muy muy buenos.

El concierto tuvo un par de momentos realmente álgidos, en el tercer tema la trompeta fue realmente transgresora,  sonando como con múltiples voces  que se reclamaban espacio entre ellas, creo que fue lo que más me gustó, sin duda. También algunos ramalazos de desarmonía total entre saxo y trompeta, en el segundo tema, que me gustaron mucho. El bis a base de solos con el que terminaron…no me parece un adecuado fin de fiesta…

La calidad de la trompeta de Akinmusire es indudable, realmente es un virtuoso de la velocidad y la fluidez, tiene una increíble habilidad para generar nuevos patrones e intervalos y hay momentos en los que parece que te habla en un lenguaje nuevo. Pero no tuvo mucho protagonismo. Se quedó en segundo plano más veces de lo que sería conveniente para un artista de su talla y más teniendo en cuenta que el grupo lleva su nombre, dejando todo el peso a una banda, que siendo, por supuesto como no podía ser de otra forma, buenos músicos, no están a su altura, o cuanto menos no fueron capaces de enseñárnoslo. No había calidez ni emoción, no estaban vibrando al unísono, no había pasión.

Si Akimusire hubiera sido realmente el alma mater del concierto, como se refleja sobre todo en su segundo disco, habría sido un conciertazo, y no dejó de ser, una agradable noche de jazz, que probablemente recordaré cuando Akinmusire se convierta en leyenda…

Teoría del lenguaje y atomismo lógico

Cuando se considera la filosofía del lenguaje de B. Russell lo primero que hay que tener en cuenta es que sus opiniones lingüísticas están absolutamente entrelazadas con otras tesis epistemológicas y ontológicas que forman en conjunto su sistema filosófico.

Según Bertrand Russell, los análisis lingüísticos son inútiles cuando no estan dirigidos propiamente a la solución teórica de problemas lógicos o filosóficos de carácter sustantivo. Compartió con Wittgenstein que el análisis de la estructura del lenguaje constituye una vía válida para la comprensión de la realidad. Y era esa la razón de que en muchas ocasiones los problemas lógico-semánticos se hallaran expuestos y resueltos en contextos epistemológicos u ontológicos. En particular, la concepción medular de la filosofía de Bertrand Russell en su periodo maduro, la del atomismo lógico, impregna las tres disciplinas, semántica lógica, teoría del conocimiento y ontología.

Por lo que concierne a la teoría del lenguaje, Russell mantuvo dos tesis generales referentes a la relación del lenguaje con la realidad y al aprendizaje de éste. Estas tesis son, respectivamente:

  • el realismo semántico, que consiste en la identificación de la teoría del significado con la teoría de la referencia, identificación que implica que el significado de una expresión es la entidad a la cuál sustituye.
  • el principio de aprendizaje por familiarización, postula que el significado de una expresión es la entidad a la cual sustituye, que el significado de una expresión se aprende cuando se conoce a la entidad a la que ésta sustituye.

La teoría semántica depende de las teorías ontológicas y epistemológicas en el sentido de que según sea la estructura de la realidad y nuestro conocimiento de ella, así será la estructura lógica del lenguaje y su significado.

El atomismo de Russell postulaba que la realidad es descomponible en elementos últimos, que no tienen carácter físico sino lógico, son entidades inalcanzables por el pensamiento y constituyen los significados genuinos de las expresiones denominadas puras.

El resto de los significados serán compuestos a partir de ellas, en un lenguaje ideal. Se ha discutido si Russell propuso su teoría como un conjunto de afirmaciones aplicables a cualquier lengua o solamente ciertas tesis sobre una particular idealización. Los estudiosos de Russell se han inclinado por esta última opción.

No es que haya un lenguaje lógicamente perfecto, o que nosotros nos creamos aquí y ahora capaces de construir un lenguaje lógicamente perfecto, sino que toda la función del lenguaje consiste en tener significado y sólo cumple esa función satisfactoriamente en la medida en que se aproxima al lenguaje ideal que nosotros postulamos.” (Introducción al Tractatus de Wittgenstein)

La noción de forma lógica

El interés de Russell por el análisis lingüístico tenía dos aspectos.

  • Por un lado, tiene una motivación lógico-matemática, pues ese análisis podría según él, contribuir a resolver problemas de fundamentación de las ciencias formales.
  • Por otro, una motivación filosófica puesto que según Russell, edificios enteros (como la ontología de Leibniz) están basados en un análisis lógico gramatical deficiente.

El análisis correcto de la estructura lógica del lenguaje tendrá pues un doble efecto: aclarará los fundamentos lógicos de la matemática y conducirá a una teoría ontológica adecuada.

Del mismo modo que Frege, Russell consideró que el lenguaje ordinario es un lenguaje imperfecto, no sólo porque es inútil para la expresión precisa del pensamiento, sino también porque es engañoso. Las deficiencias del lenguaje común se distribuyen en dos niveles, el sintáctico y el léxico.

  • Respecto a las deficiencias léxicas, el lenguaje común es 
    • ambigüo, por ejemplo existen diversas opciones del verbo ser
    • vago , ya que contiene predicados de alcance indeterminado
    • contundente, porque hace aparecer como significativas oraciones, que analizadas lógicamente no lo son en absoluto.
  • Pero sus deficiencias sintácticas son mucho más perniciosas que las léxicas, son las que conducen a errores filosóficos graves, sustentando sistemas equivocados como el monismo, o induciéndonos a errores categoriales, como el considerar a los cuantificadores como parte del sujeto enunciado.

La principal tarea de la filosofía es el análisis del lenguaje para poner de relieve su auténtica estructura lógica. El análisis ha de estar dirigido a mostrar la forma lógica del enunciado.

El método para obtener la forma lógica de un enunciado es el de descomponerlo en sus genuinos elementos y luego sustituir esto por variables (individuales o predicativas). El resultado es un esquema enunciativo expresado en lenguaje lógico (habitualmente de primer orden). Pero, para aplicar este método, es preciso tener una teoría sobre qué es un componente último de un enunciado y sobre los tipos de enunciados posibles.

Comenzando por lo segundo, Russell dividió a los enunciados (o proposiciones como el las denominaba) en atómicos y moleculares. Los enunciados atómicos son los enunciados inanalizables, aquellos cuyos componentes y sus relaciones son tan simples, que es imposible descomponerlos. Las proposiciones atómicas no incluyen conectivas lógicas, pero mediante ellas pueden unirse para formar proposiciones complejas. Es preciso distinguir, en cuanto proposiciones atómicas los nombres propios ordinarios de los nombres lógicamente propios. Los primeros se denominan entidades complejas.

Diferencias entre Frege y Russell

Según Russell, “Cuando el sujeto de una proposición puede no existir sin hacer a la proposición un sinsentido, es claro que el sujeto gramatical no es un nombre propio, es decir, no es un nombre que represente directamente algún objeto”

Para pensar o emitir un juicio sobre un objeto, uno debe saber cuál es el objeto en cuestión sobre el que uno está pensando.

Según Frege:

  1. Las tesis filosóficas puede probarse por argumentos a priori (logicismo)
  2. La filosofía puede hacer descubrimientos a priori (verdad y falsedad son objetos)
  3. El lenguaje ordinario es un obstáculo para la filosofía

En cambio según Russell:

  1. La filosofía es la ciencia de lo general, la investigación de lo que es posible a priori (y, por tanto, su objeto es la forma lógica)
  2. El conocimiento filosófico está en el análisis lógico de las proposiciones
  3. Este análisis lógico sirve para identificar los errores tradicionales de la metafísica, la ontología o la epistemología

Sobre las descripciones definidas y el problema de los nombres

Mientras que los intereses más primordiales de Frege eran de índole lógica, los de Russell eran, además, metafísicos. Así, Frege podía examinar el argumento ontológico y decir: ¿Lo veis? Se malinterpreta un enunciado de existencia al decir que en él se predica algo de un objeto cuando, de hecho, se dice que algo cae bajo un concepto. Y si el precio que hubiese que pagar por la claridad lógica fuese alto, Frege no dudaría en pagarlo.

La actitud de Russell es bien distinta. La claridad lógica era importante para él, pero no lo era menos el que la descripción del mundo que pudiese resultar de esa claridad fuese razonable. En su opinión, el pensamiento de Frege no armonizaba ambos desideratum.

Un aspecto bien conocido de la obra de Frege es el de su distinción entre el sentido y la referencia de un signo. Esta distinción subraya la existencia en toda expresión de dos dimensiones de su significado. En primer lugar, los signos son nombres de, están en lugar de, representan a, o designan objetos. La relación en la que entra un signo con aquello que designa o representa hace a éste la referencia de aquel. Ahora bien, un signo no tiene o deja de tener referencia sin más, sino siempre de algún modo. La expresión designativa el autor del Quijote refiere a Cervantes en tanto que autor de una obra literaria; y el autor de las Novelas ejemplares tiene la misma referencia, aunque la presente de un modo distinto, a saber, como autor de otra obra. En una situación así, Frege diría que estas dos expresiones tienen la misma referencia, aunque un sentido diferente. El sentido es, así pues, el modo en que un signo presenta su referencia.

Aunque esta dimensión está presente en todo signo, un caso especialmente interesante lo proporcionan las oraciones asertóricas. Estas expresan, por sí solas, un pensamiento y refieren, por sí solas también, un valor de verdad. Pensamiento expresado y valor de verdad son, respectivamente, el sentido usual y la referencia usual de tales expresiones.

Estos principios generales tienen excepciones. Es más, estas expresiones ponen en serio aprieto la validez de algunas reglas de inferencia lógica. Una de esas reglas nos dice que si una oración es verdadera y cambiamos una de sus expresiones componentes por otra con su misma referencia, la nueva oración resultante seguirá siendo verdadera. Este principio lógico se enfrenta a oraciones complejas en las que una oración subordinada se encuentra subordinada por expresiones de actitud psicológica, tales como cree que, me parece que, se teme que, etc. En ejemplos como estos, la doctrina de Frege del sentido y la referencia parece verse entre la espada y la pared.

Frege concluyó que las oraciones subordinadas precedidas por cláusulas como cree que y otras tienen como referencia el pensamiento que expresarían por sí solas. A esta referencia Frege la denominó indirecta. La referencia usual de una oración declarativa (o asertórica) es su valor de verdad, pero su referencia indirecta es el pensamiento que por sí sola expresaría.

Ahora bien, esta conclusión iba más allá de lo que Russell estaba dispuesto a admitir. Las referencias de las expresiones son lo que hay en realidad, y admitir que las expresiones pueden tener referencia indirectas implica aceptar que, junto a personas, ríos, libros o bares donde se vende alcohol a menores, hay entidades como el pensamiento de que las órbitas planetarias son circulares o como el de que 7 + 5 = 13.

La revuelta de Russell contra Frege es, por tanto, una revuelta contra la idea de realidad: “Suponer que haya en el mundo real de la naturaleza todo un conjunto de proposiciones falsas dando vueltas de un lado para otro resulta monstruoso para mi mentalidad. No puedo ni siquiera ponerme a suponerlo. No puedo creer que se den ahí, en el mismo sentido en que se dan los hechos“. (Russell, B., “La filosofía del atomismo lógico”)

Por realidad entiende Russell todo aquello que habría de ser mencionado en una completa descripción del mundo. En esa descripción habría que mencionar, sin duda, las creencias falsas, pero no incluir, pongamos por caso, los pensamientos fregeanos. Hace falta disfrutar de un instinto de realidad bien afinado para no dar entrada a entidades puramente fantásticas; y si el análisis del lenguaje las introdujera, ese análisis sería reprobable. Para evitar ese tipo de errores Russell construye su teoría de las descripciones.

La teoría de las descripciones

Según Russell, una teoría lógica debe ser puesta a prueba por su capacidad para enfrentarse con rompecabezas, y enumera cuatro rompecabezas que una teoría de la denotación debe ser capaz de resolver:

  1. El rompecabezas de Frege: ¿Cómo es posible que un enunciado de identidad de la forma “Clarín es Leopoldo Alas” sea más informativo que “Clarín es Clarín”?
  2. El rompecabezas de los enunciados existenciales singulares: según Meinong, cuando decimos de la montaña de oro que no existe, en el enunciado “La montaña de oro no existe”, estamos afirmando la no existencia de un determinado objeto, a saber, la montaña de oro. Pero, ¿cómo podríamos afirmar algo de la montaña de oro si ésta no existiese? Por tanto, parece que la montaña de oro ha de existir, o al menos subsistir, según expresión de Meinong. ¿Es aceptable esto?
  3. El rompecabezas de los términos singulares no denotativos: ¿cómo puede ser significativa una oración que contenga un nombre vacuo? Si el significado de un nombre es su portador, los nombres no denotativos carecerán de significado. Pero si carecen de significado, las oraciones en las que aparecen carecerán también de él. Esto es consecuencia del principio de composicionalidad, según el cual el significado de una expresión compleja es función de los significados de sus componentes y de su ordenación. Ahora bien, encontramos oraciones con nombres no referenciales que no sólo son significativas sino incluso verdaderas. Russell advierte que las oraciones que contienen términos singulares no referenciales parecen violar la Ley de Tercio Excluso. Consideremos “El actual rey de Francia es calvo”. Parece que no puede considerarse verdadera, en cuyo caso deberíamos poder decir que “El actual rey de Francia no es calvo” es verdadera. Sin embargo, si hacemos una lista con todos los individuos calvos y otra con todos los no calvos, no encontraremos en ninguna de ellas al actual rey de Francia.
  4. El rompecabezas de los contextos oblicuos: sea la oración  “Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley”. De acuerdo con el principio leibniziano de Sustitutividad de los Idénticos, deberíamos poder sustituir ‘el autor de Waverley’ por ‘Scott’, dado que el enunciado de identidad “Scott es el autor de Waverley” es verdadero. Pero esta sustitución arrojaría el enunciado falso “Jorge IV quería saber si Scott era Scott”.

Según Russell, la teoría de las descripciones es capaz de resolver satisfactoriamente estos cuatro rompecabezas. De acuerdo con su teoría, las palabras son símbolos significativos en virtud de lo que simbolizan. Su significado es aquello que simbolizan. En Los principios de la matemática usa la palabra “término” para todo aquello por lo que está, o indica, una palabra y distingue dos tipos de términos: cosas y conceptos, que más tarde llamará particulares y universales. Así, toda palabra indica un término y los términos son parte de la realidad. Todo término tiene ser. Esto lleva a una ontología barroca, pues entre los términos se incluyen algunas cosas que no existen.

Para salvar esta ontología barroca introduce, en “Sobre el denotar”, la noción de “expresión denotativa” mediante los siguientes ejemplos: “un hombre, algún hombre, cualquier hombre, todo hombre, …”. Russell afirma que una expresión es denotativa exclusivamente en virtud de su forma. La cuestión de si una expresión constituye una descripción definida depende únicamente de su forma, no de si hay un individuo determinado que responda a esa descripción. Admite, pues, expresiones denotativas que no denotan nada –descripciones impropias–.

Además de las descripciones impropias, distingue otros dos tipos de descripciones: las que denotan un objeto determinado (expresiones de la forma “el tal-y-tal”, que llamará descripciones definidas) y las que denotan un objeto indeterminado (expresiones de la forma “un tal-y-tal”, llamadas descripciones indefinidas).

Cuando en un enunciado como: Encontré un hombre, aparece una descripción indefinida, Russell afirma que en el enunciado no “interviene” ningún nombre. A este respecto lo contrasta con Encontré a Pérez, ambos enunciados tienen distinta forma lógica; el segundo nombra una persona real, Pérez; en cambio el primero involucra sólo una función proposicional, la función  Encontré a x y x es humano.

Lo que dice Encontré un hombre realmente es que esa función es verdadera para al menos un individuo x. Interviene un concepto. Según Russell, la carencia del aparato de las funciones proposicionales llevó a Meinong a postular la existencia de objetos irreales, tales como la montaña de oro (nuestro rompecabezas 2).

Obedeciendo a su “robusto sentido de la realidad”, Russell insiste en que en el análisis de la proposición no debe admitirse nada irreal. Para ello niega significación al grupo de símbolos “un unicornio” en la frase “Encontré un unicornio”. Tanto la oración completa, como la palabra “unicornio” son significativas, pero la descripción indefinida “un unicornio” no forma un grupo significativo por separado. De lo contrario, nos veríamos abocados a afirmar que debe haber algo que signifique. La teoría de Russell podría resumirse diciendo que las expresiones denotativas no denotan nada, sino que tienen significado sólo en el contexto; esto es, que son expresiones sincategoremáticas.

Ahora podemos ver como una oración como “Una montaña de oro no existe” (rompecabezas dos) puede ser significativa y verdadera, sin comprometernos con la existencia o el ser de esa entidad fantástica. Esa oración es equivalente a “No hay nada que sea una montaña y sea de oro”, donde la expresión “una montaña de oro” no es un componente.

Las descripciones definidas como símbolos incompletos.

Russell define un nombre como un símbolo simple que designa directamente un individuo que es su significado y que tiene ese significado por derecho propio, independientemente de los significados de todas las demás palabras.

Por el contrario, las descripciones no tienen un significado por sí mismas, aunque contribuyen al significado de las oraciones en las que aparecen. La idea básica es que las descripciones no son auténticas expresiones singulares, no están por un objeto que es su significado, como sucede con los nombres. Así Russell pretende mantener a la vez una teoría referencial del significado y evitar la jungla meinongiana de los objetos irreales.

Russell ofrece una prueba de que las descripciones son símbolos incompletos. La prueba tiene dos partes.

  • Primero, muestra que las descripciones definidas impropias como ‘el círculo cuadrado’ son símbolos incompletos. Una descripción como ésta no está por un objeto porque no hay un objeto así. Sea el enunciado ‘El círculo cuadrado no existe’. Ese enunciado es verdadero, pero no podemos concebirlo como la negación de la existencia de un cierto objeto determinado ‘el círculo cuadrado’. Si hubiese tal objeto, existiría. No podemos asumir que hay un objeto denotado por esa descripción y luego negar que lo haya. Pero, dado que el enunciado en cuestión es significativo y verdadero, la descripción que contiene no puede denotar el objeto descrito.
  • La segunda parte de la prueba trata de mostrar que todas las descripciones definidas son símbolos incompletos, o lo que es lo mismo, que no son nombres. Para demostrar esto Russell da cinco argumentos:
    • El argumento basado en la distinción simple/complejo: un nombre es un símbolo simple. Una descripción es un símbolo complejo: consta de partes que son símbolos. Así ‘el autor de Waverley’ consta de cuatro palabras cuyos significados ya están prefijados y determina a su vez el significado de la descripción. En cambio un nombre como ‘Scott’ es un símbolo simple cuyo significado no queda ya determinado al determinar el significado de las restantes palabras del lenguaje. Para entender el significado de ‘el autor de Waverley’ basta entender la lengua española; para entender el significado de ‘Scott’ hay que saber a quién se aplica.
    • El argumento basado en la paradoja de la identidad: tomemos el enunciado (1) Scott es el autor de Waverley. Si en (1) intentamos sustituir la descripción por un nombre cualquier, ‘c’, obtenemos (2) Scott es c. Ahora bien, sólo hay dos posibilidades: que ‘c’ sea el nombre de alguien distinto de Scott, en cuyo caso (2) es falso, o que ‘c’ sea un nombre de Scott, en cuyo caso (2) se convertiría en una tautología. Pero (1) no es ni falso ni tautológico. Por tanto, ‘el autor de Waverley’ no significa nada; no es un nombre.
    • El argumento basado en las descripciones impropias: según Russell, no hay nombres vacuos, pero hay descripciones vacuas. La función semántica de un nombre requiere que tenga un portador, pero la función de una descripción deja abierta la cuestión de si tiene o no tiene denotación. Pues podemos entender una descripción sin saber si tiene denotación o sin saber cuál es su denotación, pero no podemos entender un nombre sin saber cuál es su referente. La alternativa al punto de vista de que hay descripciones impropias es la posición que le atribuye a Meinong: distinguir entre ser y existencia de modo que podamos decir que algunas cosas que no existen sin embargo tienen ser o subsisten. Pero Russell objeta que esta posición infringe la Ley de Contradicción, porque comporta, por ejemplo, que el círculo cuadrado es cuadrado y también no cuadrado.
    • El argumento basado en la noción de alcance: Russell afirma que las descripciones son sensibles a las distinciones de alcance, mientras que los nombres no lo son. En los Principia Mathematica se entiende por alcance de una expresión que no sea un paréntesis la fórmula más breve en la que ocurre. Diferencias relativas de alcance pueden conllevar diferencias de significado. Por ejemplo, ‘¬$x Fx’ y ‘$x ¬Fx’ significan cosas distintas debido a los alcances relativos diferentes del negador (¬) y del cuantificador existencial ($). En la primera el alcance del negador es toda la fórmula y el alcance del cuantificador es ‘$x Fx’. En la segunda sucede al revés: el negador cae dentro del alcance del cuantificador. Sea el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’. Un enunciado así contiene una ambigüedad de alcance. O lo que es lo mismo, la descripción ‘el actual rey de Francia’ es sensible al alcance del negador. Decimos que una expresión es sensible al alcance cuando hay una expresión ambigüa en la que aparece que puede desambigüarse en términos de los diferentes alcances de esa expresión en relación a otras expresiones. Según Russell, el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’ puede significar que no existe un individuo que sea actualmente rey de Francia y sea calvo, en cuyo caso tiene la forma (1) ¬$x (Fx & “y (Fy ®y = x) & Gx). (1) no entraña ‘El actual rey de Francia existe’. Aquí la negación tiene alcance largo y la descripción aparece en una intervención secundaria en el enunciado más amplio que empieza por el negador. Pero el enunciado en cuestión puede leerse también como afirmando que el individuo que es actualmente rey de Francia no es calvo, en cuyo caso tiene la forma (2) $x (Fx & “y (Fy ® y = x) & ¬Gx). (2) sí que entraña ‘El actual rey de Francia existe’. En este caso la negación tiene alcance corto y la descripción tiene intervención primaria. Por el contrario, Russell afirma que los nombres propios son insensibles al alcance. Así, en ‘Scott no es humano’, no hay posibilidad de doble negación como la que existe en el caso de una expresión descriptiva.
    •  El argumento basado en los existenciales singulares: según Russell, no tiene sentido un enunciado existencial cuyo sujeto sea un nombre propio, pero sí podemos hacer enunciados existenciales rellenando con una descripción en blanco en ‘–– existe’ o en ‘–– no existe’.

Significación lógica y ontológica del análisis de Russell

El análisis de Russell tiene el efecto de asimilar las descripciones definidas a las expresiones cuantificacionales y de sacarlas de la clase de los términos singulares o expresiones referenciales singulares. Las expresiones de la forma ‘un F’ y ‘el F’ son cuantificadores. La primera contiene el cuantificador existencial. La segunda contiene lo que podríamos llamar el cuantificador singular ‘el x tal que Fx’. De modo que Fx es G’ dice que todo F es G y hay exactamente un F.

Ontológicamente, la teoría de las descripciones tuvo un efecto liberador. Al tratar las descripciones como símbolos incompletos, Russell ya no necesita asumir que designan entidades que deben incluirse en el “mobiliario de la realidad”.

La teoría de las descripciones también contribuyó a advertir sobre la posibilidad de que la forma gramatical superficial de una oración pueda ser desorientadora en cuanto a su forma lógica profunda. Si comparamos la forma lógica de ‘El autor de Waverley era un poeta’ [$x (Fx & “y (Fy ®y = x) & Gx)], con la que tiene la oración ‘Scott era un poeta’ (Ga), vemos que hay una enorme diferencia. Mientras que esta última es una oración de la forma sujeto-predicado, aquélla es una generalización existencial en la que no hay ningún símbolo que corresponda a la expresión descriptiva.

Soluciones a los rompecabezas

La paradoja de la identidad: para que un enunciado de identidad sea verdadero y a la vez informativo es necesario que al menos uno de los flancos del signo de identidad esté ocupado por una descripción definida. Si ambos flancos están ocupados por auténticos nombres propios, el enunciado es “sólo una tautología”. Sobre la base de este supuesto hecho, Russell argumentó que los nombres propios ordinarios son descripciones definidas disfrazadas, abreviadas, o truncadas.

Enunciados existenciales singulares: según Russell, no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios. Suponiendo que ‘a’ sea un nombre propio genuino, la afirmación ‘a existe’ sería trivial, redundante, puesto que el hecho mismo de usar el nombre ya presupone que su referente existe. A su vez, la afirmación ‘a no existe’ sería contradictoria: presuponemos que existe el portador del nombre usado y luego procedemos a decir que no existe. Russell considera que esto es un corolario de la idea de Frege según la cual la existencia es una propiedad de segundo orden, esto es, no una propiedad de objetos sino de conceptos. Según esto, cuando decimos que existe un satélite de la Tierra estamos afirmando que el concepto satélite de la tierra no es vacío, es satisfecho al menos por un individuo. Si tiene sentido decir que ‘Rómulo no existió’ es porque ‘Rómulo’ no es un nombre propio sino una descripción definida disfrazada.

En esa proposición Rómulo no interviene como elemento constitutivo, pues, si lo hiciera, el enunciado de que no existió sería autocontradictorio. Una consecuencia de la posición de Russell en este punto es que el argumento ontológico de la existencia de Dios es inválido. La primera premisa del argumento dice que Dios es el ser más perfecto. ‘El ser más perfecto’ es una descripción definida. Por tanto, esta premisa entraña que el ser más perfecto existe. Pero esto es lo que el argumento pretende probar y asumirlo en la premisa es pedir la cuestión.

Términos singulares no denotativos: el enunciado ‘El actual rey de Francia es calvo’ es unívoco y tiene la forma ‘La propiedad G se predica del x tal que Fx’. Este enunciado entraña que el actual rey de Francia existe y por ello es falso. Por tanto, por tercio excluso, su negación debe ser verdadera. Pero el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’ es ambiguo. Si la descripción tiene incidencia primaria, entraña asimismo que el actual rey de Francia existe y por ello es también falso. Por tanto, bajo esta lectura, no es el contradictorio del ‘El actual rey de Francia es calvo’, ya que ambos son falsos, sino su subcontrario. El contradictorio de ‘El actual rey de Francia es calvo’ es aquel enunciado interpretado de manera que la descripción tenga intervención secundaria, pues entonces niega que una y sólo una persona sea a la vez rey de Francia y calva; y éste sí que es verdadero, si aquél era falso. Así pues, la Ley de Tercio Excluso no resulta dañada.

Contextos oblicuos: ‘Scott es el autor de Waverley’ no contiene como constituyente ‘el autor de Waverley’ y por ello no hay nada que podamos sustituir por ‘Scott’. Cuando reescribimos ‘Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley’ y ‘Scott es el autor de Waverley’ empleando el análisis de las descripciones definidas, la descripción desaparece con el análisis y ya no hay descripción que reemplazar.

El principio de familiaridad y los nombres lógicamente propios

Russell concluye que los nombres ordinarios son en realidad descripciones definidas disfrazadas por dos razones: porque no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios y porque, de lo contrario, los enunciados de identidad entre nombres propios tendrían que ser o triviales o falsos.

Una tercera razón sería la siguiente. Russell distingue dos tipos de conocimiento de cosas, en cuanto distinto del conocimiento de verdades, el conocimiento por familiaridad y el conocimiento por descripción. El conocimiento del primer tipo es directo o inmediato, obtenido “sin el intermediario de proceso alguno de inferencia o de conocimiento alguno de verdades”. Se trata de una relación cognitiva directa con un objeto por la que tenemos apercepción directa del objeto mismo. Tenemos conocimiento directo solamente de ciertos particulares como nuestros datos sensoriales y de ciertos universales, como la rojez, que tienen ejemplificaciones particulares con las que estamos familiarizados y sobre cuya base abstraemos el universal. Al no depender de inferencia ninguna, el conocimiento así obtenido es indubitable, no está sujeto a error. En cambio, el conocimiento por descripción siempre involucra algún conocimiento de verdades como su fuente y fundamento. En este caso no se trata de una relación cognitiva directa con el objeto, sino que conocemos el objeto como “el tal-y-tal”, esto es, como el único objeto que satisface una cierta función proposicional.

Russell cree que el conocimiento de las cosas ordinarias es por descripción. En Los problemas de la filosofía formula así el principio de familiaridad:

  • Toda proposición que podamos entender debe componerse totalmente de constituyentes con los que estemos familiarizados.
  • Es decir, en último análisis toda proposición inteligible debe ser analizable en términos de proposiciones cuyos componentes tengan un significado que podamos captar por familiaridad. Del principio se desprende que la existencia de los portadores de los nombres propios ordinarios está sometida a duda y sólo tenemos garantía epistémica acerca de los objetos de conocimiento directo. Si a esto añadimos la teoría referencial del significado de los nombres, según la cual el significado de un nombre es su portador, se sigue que los nombres propios ordinarios no son auténticos nombres y que los únicos nombres lógicamente propios deben designar objetos de conocimiento directo.
  • Los nombres propios ordinarios no son nombres propios genuinos porque los objetos que parecen denotar no son particulares simples sino entidades complejas. Y no son conocidos sino por descripción. Los nombres lógicamente propios son signos puramente demostrativos, carentes de todo contenido descriptivo o connotación y se caracterizan porque su significatividad garantiza la existencia del objeto denotado. Y puesto que los únicos particulares garantizados epistémicamente son aquellos que nos son dados inmediatamente en la experiencia, sólo los signos que se refieran a nuestros datos sensoriales privados contarán como genuinos nombres propios. Esto reduce la categoría de esas expresiones a los demostrativos ‘esto’, ‘eso’ y ‘aquello’, pero sólo cuando se usan para referirse a nuestros datos sensoriales actuales. Sólo los datos sensoriales que percibimos están enteramente garantizados desde un punto de vista epistémico. De ahí que ‘esto’ sólo funcione como nombre auténtico cuando se refiere a los datos sensoriales presentes.

Otra consecuencia es que un lenguaje lógicamente perfecto será un lenguaje privado:

  • Un lenguaje perfecto, si fuera posible construirlo, sería no sólo intolerablemente prolijo, sino, en buena medida, y por lo que respecta a su vocabulario, del dominio privado del que habla, es decir, todos los nombres que en él intervinieran serían de la exclusividad de aquél último, y no podrían entrar a formar parte del lenguaje de otro interlocutor.
  • La razón es que en un lenguaje lógicamente perfecto los nombres propios ordinarios no tendrían ningún papel que desempeñar. Serían sustituidos por descripciones definidas. Y los únicos nombres serían los demostrativos usados para designar los datos sensoriales privados del hablante.

Nombres lógicamente propios

Russell excluye a las descripciones definidas de la categoría de expresiones referenciales. Sin embargo, Russell defiende la viabilidad de un nombrar genuino: el que viene posibilitado por el uso de lo que llama nombres lógicamente propios.

Las únicas palabras de que, de hecho, nos servimos como nombres, en el sentido lógico del término, son palabras como “esto” o “aquello”. Podremos hacer uso de “esto” como de un nombre referido a algún particular directamente conocido en este instante. Supongan que decimos “Esto es blanco”. Si convienen en que “esto es blanco” refiriéndose a “esto” que ven ustedes, estarán usando “esto” como un nombre propio. Pero si tratan de aprehender el sentido de la proposición por mí expresada al decir “Esto es blanco”, ya no podrán usarlo como tal. Si se refieren a este trozo de tiza en cuanto objeto físico, ya no estarán usando “esto” como un nombre propio. Sólo cuando usen “esto” refiriéndose al objeto inmediatamente presente a sus sentidos, funcionará de hecho aquel vocablo como un nombre propio. Y precisamente en este punto posee “esto” una propiedad bien extraña para ser un nombre propio, a saber, que raramente significa la misma cosa en dos momentos consecutivos ni significativa lo mismo para el que habla que para el que escucha. Se trata de un nombre propio ambiguo, mas no por ello es menos un auténtico nombre propio, y casi la única palabra que alcanzo a imaginar que se use estricta y lógicamente como un nombre propio en el sentido en que he venido hablando de los nombres propios (La filosofía del atomismo lógico, en J. Muguerza, La concepción analítica de la filosofía)

Según Russell, sólo el pronombre demostrativo neutro usado por el hablante para referirse a un dato sensorial en presencia de aquello que lo provoca es un nombre propio en sentido lógico. De acuerdo con el sentido común, un nombre propio es una palabra que sirve para referirse a un particular. Ahora bien, si se cuestiona que las cosas que se consideran como particulares desde el punto de vista del sentido común sean tales, y se conciben como entidades complejas, mientras se mantiene la definición de los nombres propios como “palabras que se refieren a particulares”, obviamente cambiarán el tipo de expresiones que pueden clasificarse como nombres propios. Éste es el punto de partida de la teoría de Russell. Russell define los particulares como “términos de relaciones de los hechos atómicos”.

Los hechos más simples imaginables son aquellos que consisten en la posesión de una cualidad por parte de una cosa particular.

Los particulares son privados y evanescentes, difieren de un individuo a otro y sólo persisten lo que dura la experiencia del sujeto. Russell funda su epistemología sobre la distinción entre el conocimiento directo y el conocimiento por referencia (o descripción): Diremos que tenemos conocimiento directo de algo cuando sabemos directamente de ello, sin el intermediario de ningún proceso de inferencia ni de ningún conocimiento de verdades. “Así en presencia de mi mesa, conozco directamente los datos de los sentidos que constituyen su apariencia –su color, forma, dureza, suavidad, etc.–; de ello soy inmediatamente consciente cuando veo y toco mi mesa. […] Mi conocimiento de la mesa, como objeto físico, no es al contrario, un conocimiento directo. Es obtenido, tal como es, a través del conocimiento directo de los datos de los sentidos que constituyen la apariencia de la mesa […] Mi conocimiento de la mesa es de la clase que denominaremos “conocimiento por referencia”.

La mesa es “el objeto físico que causa tales y cuales datos de los sentidos”. Así se describe la mesa por medio de los datos de los sentidos.

Sólo se puede nombrar un particular; no es posible nombrar nada de lo que no se tenga conocimiento directo; conocemos directamente los datos de los sentidos y éstos son los particulares que podemos nombrar. ¿Por qué sólo podemos nombrar aquello de lo que tenemos conocimiento directo? ¿Qué sucede con los nombres propios en sentido usual?

Nombrar algo viene a ser equivalente a señalarlo mediante un signo lingüístico, siendo la relación entre el nombre y su portador directa, pues el nombre, en su mera calidad de signo, es suficiente para identificar al referente. Esta asociación directa entre el lenguaje y una entidad extralingüística sólo es posible cuando el nombre designa el dato sensorial que el hablante está experimentando; es decir, una entidad particular percibida directamente.

A una entidad compleja “construida” a partir de particulares (datos sensoriales) resulta imposible nombrarla, puesto que sólo somos capaces de identificarla merced a las verdades, descripciones, que conocemos acerca de ella. Si decido poner un nombre propio a la mesa de mi estudio, “Frida”, lo único que conseguiré será poder aludir a ella de una manera más breve; en lugar de decir “la mesa de mi estudio” podré utilizar el nombre propio “Frida” que, de este modo, funcionará como una descripción definida abreviada. No identificamos el referente porque un signo lingüístico nos los señala, sino porque se ajusta a las descripciones que sabemos acerca de él.

Nosotros no conocemos directamente a Sócrates y, por tanto, no podemos nombrarlo. Cuando empleamos la palabra “Sócrates”, hacemos en realidad uso de una descripción. Lo que pensamos al decir “Sócrates” podría traducirse por expresiones como “El maestro de Platón”, “El filósofo que bebió la cicuta” o “La persona de quien los lógicos aseguran que es mortal”, mas no emplearemos ciertamente aquel nombre como un nombre en sentido propio (La filosofía del atomismo lógico)

La categoría de los nombres propios queda, pues, reducida a los pronombres demostrativos neutros usados por el hablante para designar sus datos sensoriales cuando los está experimentando. Ninguna información acerca del referente está asociada al nombre propio en sentido lógico; su función es exclusivamente la de estar por el referente, de ahí que su significado sea el portador del nombre y conocer este significado sea conocer el referente, tener conocimiento directo del particular nombrado. Los particulares se conciben como completamente autosubsistentes, existiendo cada uno de ellos con total independencia de los demás, y el reflejo semántico de esta tesis metafísica es al asignación a los nombres propios de un significado autónomo, independiente del contexto.

Pollo Teriyaki con Wok de Verduras

Publicado: 16 marzo, 2012 en Cocina
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Hoy toca cena japonesa. Ni en Japón son tan japoneses cenando 😉

La gastronomía japonesa va mucho más allá que el pescado crudo.

Marinamos unas pechugas de pollo de corral echa filetitos en salsa teriyaki, durante unas cuantas horas, si es de un día para otro tampoco haces nada malo.

Para preparar el wok con las verduras, escogimos un surtido realmente interesante y colorido. Tú puedes usar las que te de la gana y más te gusten y sobre todo…que tengas en la nevera 😉

Cortamos en tiras un calabacín, una berenjena, una zanahoria, un pimiento verde. Cortamos en rodajas un par de guindillas rojas frescas. Cortamos en arbolitos pequeños un brócoli y media col china en trozos medianos tirando a grandes. No será por verdura. Lo único que no cortamos fueron unos champiñones dorados a los que sólo les quitamos las raíces.

Se pone a calentar el wok pintado de aceite, y cuando este eche humo se van añadiendo las verduras, una detrás de otras sin parar de mover. Se añade salsa sukiyaki y se saltean unos minutos. Es wok, las verduras tienen que quedar crujientes, se hace en menos de 5 minutos. Quedan estupendamente.

Mientras se va haciendo el wok, se pone a calentar el teppan o plancha, pulverizándolo de AOVE. Cuando esté caliente se echan unas guindillas rojas y que se vayan dorando un poco. Cuando cojan un color bonito se añaden los filetitos de pollo y se cocinan hasta que estén dorados.

Se sirven los filetitos de pollo teriyaki acompañados de una ración del wok de verduras sukiyaki…y te mueres de gusto porque están de muerte ambos dos. ¡Buen provecho!

INGREDIENTES

  • Pollo
    • Unos escalopines de pollo de corral
    • Un par de guindillas rojas frescas
    • Salsa Teriyaki
  • Wok
    • Verduras variadas
    • Salsa Sukiyaki

MANUFACTURA

  • Se marinan los filetitos en salsa Teriyaki durante 6 horas mínimo
  • Las verduras se lavan, se pelan si es neecesario y se trocean en juliana o bastones
  • Se hacen en un wok con un poco de aceite sin parar de remover, aderezadas con salsa sukiyaki
  • En una plancha caliente pintada con AOVE se echan las guindillas en aros, y cuando estén empezando a dorarse se incorpora las pechugas de pollo previamente marinadas
  • Se sirve las pechugitas con las verduras salteadas al wok

Lakatos fue discípulo de Kuhn y de Popper. Ahí es nada. Intentó adaptar el sistema de Popper a la nueva situación creada por Kuhn. Su intención era crear una reconstrucción racional de la historia de la ciencia, mostrando que ésta progresaba de modo racional.

La historia de la ciencia muestra que ésta no avanza sólo falsando las teorías con los hechos, hay que tener en cuenta la competencia entre teorías y la confirmación de teorías. Por ello sustituye el falsacionismo ingenuo de Popper por un falsacionismo sofisticado.

Por si no te suena o por si te interesa, en estos enlaces puedes encontrar información adicional relacionadas con el falsacionismo:

En la realidad la ciencia no evalúa una teoría aislada, sino un conjunto de ellas que conforman lo que Lakatos llama “programa de investigación científica”. Un programa de investigación se rechaza al completo cuando se disponga de un sustituto superior, que explique todo lo que explicaba el anterior, más otros hechos adicionales. Lakatos reconoce que la dificultad de este esquema radica en que, en la práctica, puede costar años llevarlo a cabo, o incluso ser inaplicable en programas de investigación muy complejos.

El concepto central de Lakatos es por tanto el de Programa de Investigación: “es una estructura que sirve de guía a la futura investigación tanto de modo positivo como negativo”.

La heurística negativa de un programa conlleva la estipulación de que no se pueden rechazar ni modificar los supuestos básicos subyacentes al programa, su núcleo central. Está protegido de la falsación mediante un cinturón protector de hipótesis auxiliares, condiciones iniciales, etc.

La heurística positiva está compuesta por líneas maestras que indican cómo se puede desarrollar el programa de investigación. Dicho desarrollo conllevará completar el núcleo central con supuestos adicionales en un intento de explicar fenómenos previamente conocidos y de predecir fenómenos nuevos. Los programas de investigación serán progresistas o degeneradores según consigan o no conducir al descubrimiento de fenómenos nuevos.

Veamos con algo más de detalle los conceptos básicos del Programa de Investigación:

  • Núcleo central: es la característica definitoria de un programa. Toma la forma de hipótesis teóricas muy generales que constituyen la base a partir de la cual se desarrolla el programa. Es infalsable, y no se le pueden atribuir las deficiencias explicativas de un programa.
  • Cinturón protector: laberinto de supuestos que envuelve al núcleo central. Consta de hipótesis auxiliares explícitas que completan el núcleo central, de supuestos subyacentes a la descripción de las condiciones iniciales y de enunciados observacionales.
  • Heurística negativa: exigencia metodológica de que el núcleo central quede intacto y no sea vea afectado por el desarrollo del programa. El científico debe decidirse por un programa y “tener fe” en su núcleo.
  • Heurística positiva: indica las líneas de investigación, lo que se puede (y se debe) hacer. Es un “conjunto parcialmente articulado de sugerencias, o indicaciones sobre cómo cambiar y desarrollar las “variantes refutables” del programa de investigación, cómo modificar y refinar el cinturón protector “refutable”. Junto a estas hipótesis auxiliares, incluye el desarrollo de técnicas matemáticas y experimentales adecuadas.

Se debe permitir que un programa desarrolle su potencial. Por eso, al principio, las confirmaciones son más importantes que las falsaciones. Sólo cuando el programa es sólido y está consolidado tiene importancia la falsación.

Por otro lado, un programa de investigación debe descubrir “nuevos fenómenos”. El programa se puede modificar, siempre que esta modificación no sea “ad hoc”, es decir, siempre que la modificación parezca razonable y verosímil. Las modificaciones han de ser comprobables. Los cambios en el cinturón protector son convenientes y expresan la naturaleza “viva” de la teoría.

La comparación entre programas debe tomar como criterio su progreso o fecundidad y su degeneración. Con todo, estos criterios no son absolutos y es difícil predecir qué programa será más efectivo, cuál sobrevivirá y cuál desparecerá. No se puede decir cuál es “mejor”. Esto se puede hacer “sólo retrospectivamente”.

Si quieres completar el tema, puedes visitar Las estructuras como teorías 1. Los programas de investigación, capítulo del libro ¿Qué es esa cosa llamada Ciencia? de Chalmers

Invención de cena ligera con un montón de propiedades estupendas. Mu rica 🙂

El wakame es un alga y sí, las algas se comen. Respondidas ya las dos preguntas acuciantes que gran parte del pópulo se plantea, tengo que alabar a la maravillosa alga wakame, gran desintoxicante natural, gran contenido en yodo, que estimula el metabolismo y la catálisis de las grasas, vamos que viene muy bien para perder peso, y también es estupenda para la retención de líquidos, muchos minerales y vitaminas, mucho calcio, reduce el colesterol…bueno vale ya. Los japoneses la incluyen en su dieta habitual, junto con otras algas, y hay quienes las relacionan con su gran longevidad…pues no se, pero a mí me gustan, así que las uso.

Para usar el wakame en este salteado, primero hay que hidratar las algas. Como unos 30 gramos para un salteado de dos personas. Se ponen en un bol con agua tibia y se dejan unos 10 o 15 minutos, no necesita más.

Este plato me lo inventé una noche de esas en las que la gastromusa te visita, y la verdad es que salió muy rico. Luego lo repetí y no estaba tan bueno. Como improviso sobre la marcha nunca recuerdo exactamente lo que hago, así que no supe que había cambiado de una a otra. Afortunadamente, encontré de nuevo el punto de la primera vez y como ahora publico mis recetas, para compartirlas con quienes gusten y conmigo misma y mi cerebro gruyère, tengo un sitio al que acudir cuando quiero repetir.

Yo hago este salteado en un wok, pero igualmente vale una sarten grande, y si puede ser algo profunda mejor.

Previamente, hay que asar los pimientos, al horno o al fuego, hasta que la piel esté negra. En mi horno a 180 tarda una hora. Se dejan enfriar dentro de una bolsa de plástico, ya que al sudar, la piel se separa de la carne y luego resultará mucho más fácil quitarla. Una vez que tengamos los pimientos fríos, se les quita la cabeza, la piel y las pipas y se parten en tiras medianas. Si los quieres conservar en la nevera utiliza el caldo que sueltan para conservarlos dentro. Aguanta unos cuantos días. Y si es verano, no los dejes demasiado tiempo dentro de la bolsa, en cuanto estén tibios límpialos, porque con el calor pueden estropearse.

Se cortan en rebanadas 4 dientes de ajo y una guindilla. Nosotros usamos un rocoto africano, muy muy peligroso. En la sarten con AOVE muy caliente se echan los ajos y la guindilla, y se baja el fuego para sofreírlos lentamente hasta que cojan el color, siempre sin parar de mover.

Una vez que cojan color dorado añadimos las algas y seguimos salteando a fuego  medio alto, sin parar de mover, durante unos 5 minutos o poco más. Añadimos un chorreón de vinagre de arroz y un chorro pequeño de soja, cuidado con no pasarse que el alga ya es salada. Cuando las algas estén cocinadas podemos incorporamos unos 200 gramos de gula.

Salteamos un par de minutos sin parar de mover  y por último incorporamos las tiras de pimiento asado. Un minuto más salteando y a servirlo calentito.

Si lo montas con la ayuda de un molde queda espectacular, la mezcla de colores es impresionante. Y la mezcla de sabores aún más.

¡¡¡Vaya pedazo de cena que te has marcao!!! ¡Buen provecho!

INGREDIENTES

  • 30 gramos de alga wakame
  • 2 pimientos rojos
  • 200 gramos de gula
  • 4 dientes de ajo
  • una guindilla
  • un chorreoncito de vinagre de arroz
  • un chorreoncito de salsa de soja

MANUFACTURA

  • Las algas se ponen en remojo unos 15 minutos
  • Los pimientos rojos se asan y se les quita la piel y las pipas, se parten en tiras medianas
  • En un wok o sarten ponemos los ajos en rebanadas y la guindilla a sofreír con un poco de AOVE
  • Cuando estén dorados incorporamos la guindilla, un par de vueltas y añadimos las algas
  • Salteamos unos 5 minutos
  • Añadimos la gula y los pimientos y salteamos unos minutos más
  • Servir caliente

¿Cómo se convierte uno en músico?

Yo estudié música de pequeña, en el conservatorio. Solfeo, teoría, armonía, canto, y piano. Yo no soy músico. La educación recibida fué bastante deficiente, mi vaguería extrema no apoyaba demasiado a la causa. A pesar de eso, llegué hasta sexto de piano, a tan sólo dos años de acabar la carrera, y además con bastante buenas notas. Nunca me consideré músico, mucho menos ahora que casi tengo el piano abandonado en un rincón. Si hubiera tenido una buena educación y hubiera tenido tenacidad, lo mismo habría llegado a ser una buena intérprete…quien sabe. Pero nunca me he creído capaz de componer nada interesante ni medianamente audible ni aunque me hubiera esforzado y lo hubiera dado todo.

Mi caso no es tan raro y siempre me he preguntado ¿cómo de millones de personas que estudiaron música en su infancia, son relativamente pocos los que siguen tocando de adultos, y aún menos los que pueden considerarse músicos aunque sea potencialmente?

Existe un abismo insondable entre el músico profesional o experto y el aficionado a la música. Pero es curioso que eso sólo pase con la música. Yo no podré nunca cocinar como Ferrán Adríá, pero disfruto enormemente con mis actividades culinarias, las cuales me encanta compartir con amigos y familiares. Quizás porque considero que no lo hago mal y mi entorno me realimenta. En cambio, no me gusta, ni nunca me gustó tocar para los demás, y tampoco lo hacía mal y además el entorno me incitaba a ello…

Aunque muchos de los que recibimos educación musical en nuestra infancia tenemos la idea lapidaria de que no nos sirvió de nada, los neurocientíficos cognitivos han descubierto que eso no es así. Una exposición, aunque sea pequeña, a lecciones de música en la infancia, crea circuitos neuronales para el procesamiento de la música estimulados y más eficientes que los de los que carecen de esa instrucción. Las lecciones de música nos enseñan a escuchar mejor, y aceleran nuestra capacidad para discernir entre estructura y forma en música, haciendo que nos resulte más fácil decir qué música es la que nos gusta y la que no nos gusta. Bien, lo compro, porque me veo identificada.

Pero, ¿cómo consiguen los grandes músicos llegar a serlos? ¿cómo obtienen esa facilidad extraordinaria para tocar e interpretar? ¿Son capacidades o estructuras neuronales diferentes al resto de los mortales? Y aún entre los músicos ¿Son dotes diferentes las que necesita un compositor y un intérprete?

¿Es cosa de talento?

Puede que en realidad estemos hablando de lo que vulgarmente se conoce como talento. Michale Howe, Jane Davidson y John Sloboda pusieron de relevancia esta cuestión partiendo de la siguiente dicotomía:

  • o bien los niveles elevados de pericia musical se basan en estructuras cerebrales innatas, es decir, talento
  • o son sólo resultado de la práctica y de la instrucción

En este caso, este grupo de científicos cognitivos definen el talento como algo que…

  • se origina en estructuras genéticas
  • es identificable en una etapa temprana por gente instruida que puede reconocerlo de manera precoz
  • se puede utilizar para predecir quién es probable que sobresalga
  • sólo se puede identificar a una minoría como dotada de él, porque si todo el mundo lo tuviese, el concepto perdería sentido.

Algunos niños adquieren habilidades más deprisa que otros. Factores genéticos deberían ser considerados como los responsables, pero no los únicos y determinantes, ya que una cantidad ingente de factores secundarios toman protagonismo: personalidad, motivación, dinámica familiar…Los mismos factores que pueden influir en el desarrollo musical.

Parece ser que el oido absoluto tiene un reflejo en el planum temporale, una región del córtex auditivo que es de mayor tamaño en las personas que tienen oído absoluto, pero lo que no se sabe es que empieza siendo más grande en la gente que acabará teniendo oído absoluto o si será más bien que la adquisición del oído absoluto hace que el planum temporale aumente de tamaño.

La cosa está más clara cuando se trata de movimientos motrices especializados. La práctica hace aumentar la parte correspondiente del cerebro que se encarga de ello, pero tampoco se sabe si la tendencia al aumento es preexistente en algunos casos y en otros no.

Una prueba evidente para apoyar la idea de talento es que, simplemente, algunas personas adquieren habilidades musicales más rápido que otras. Pero lo especialistas en música tienen que pasar por largos períodos de estudio y práctica para adquirir las dotes necesarias para sobresalir de verdad. Es decir, la perfección viene con la práctica.

Por lo tanto, el uso de la etiqueta talento es un círculo vicioso: cuando decimos de alguien que tiene talento, decimos que tiene cierta predisposición innata a sobresalir, pero en el fondo, sólo aplicamos el término retrospectivamente, después de que se han alcanzado logros significativos.

La teoría de las 10.000 horas

En multitud de estudios multidisciplinares aparece la cifra de 10.000 como las horas necesarias para convertirse en experto de cualquier cosa, desde la música hasta el baloncesto. Unas tres horas diarias o veinte a la semana durante diez años. Claro que, de donde no hay no se puede sacar, y hay quienes no llegan a ninguna parte tras esas 10.000 horas, mientras otros le sacan un gran partido al tiempo invertido.

La teoría de las 10.000 horas coincide con lo que sabemos sobre cómo aprende el cerebro. El aprendizaje exige la asimilación y consolidación de información en el tejido neuronal. Cuanta más experiencia tenemos de algo, más firme se hace la huella recuerdo/aprendizaje de esa experiencia. Aunque la gente difiera en el tiempo que tarda en consolidar neuronalmente la información, el aumento de práctica significa una huella más profunda o muchas más huellas. La fuerza de un recuerdo está vinculada al número de veces que se ha experimentado el estímulo original.

La fuerza del recuerdo depende también de cúanto nos interesemos por la experiencia. Etiquetas neuroquímicas asociadas con recuerdos los marcan según su importancia, y tendemos a codificar como cosas importantes aquellas que aportan mucha emoción, tanto positiva como negativa.

El interés puede explicar en parte algunas de las diferencias iniciales en las velocidades de aprendizaje de diferentes individuos. Si estoy tocando un instrumento que me gusta prestaré atención con mayor facilidad a diferencias de tonalidad y a cómo puedo moderar y modificar la tonalidad de mi instrumento.

En definitiva, el interés conduce a la atención, y juntos conducen a cambios neuroquímicos mensurables. Se libera dopamina, asociada con la regulación emocional, la alerta y el estado de ánimo, y el sistema dopaminérgico ayuda en la codificación de la huella mnemotécnica.

El argumento de las 10.000 horas es convincente porque aparece en un estudio tras otro en todos los campos, y a los científicos les gusta el orden y la sencillez. Pero esta teoría, como todas, tiene agujeros. Para muestra está Mozart.

Por todos es conocido que a los 4 años ya componía sinfonías. En verdad, Mozart  empezó a componer a los 6 y su primera sinfonía fue a los 8. En cualquier caso, la precocidad es asombrosa y las 10.000 horas no aparecen por ninguna parte…¿o sí? Teniendo en cuenta que su padre era considerado el mejor profesor de música de toda Europa y que Mozarte empezó a practicar a los 2 años, suponiendo que trabajara 22 horas por semana, a sus 8 años ya había almacenado las 10.000 horas de rigor.

Pero esa primera obra de Mozart, sólo inspira un interés histórico, no estético, y si Mozart no hubiera devenido Mozart, nadie la conocería. Mozart compuso sus obras verdaderamente grandes mucho despues de que hubieran cumplido las 10.000 horas.

¿…Y que dicen los genetistas?

Suponen que si hay una aportación genética a la música, aparecerá en el seno de la familia. Pero puede resultar muy difícil separar la influencia de los genes de la influencia del entorno, sobre todo en una actividad como la música que implica una componente de aprendizaje.

Aún así, la música tiende a ser cosa de familia, es más probable que al hijo de músicos se le estimulen más sus tempranas tendencias musicales que a los que nacen en un hogar de no músicos.

Si un rasgo parece ser hereditario, podemos intentar aislar los genes que parecen que estén relacionados con él. Con la complejidad añadida de que pueden existir genes relacionados que no están activos.

Estudios centrados sobre todo en gemelos idénticos separados al nacer confirman que, debido a las sorprendentes similitudes encontradas, la religiosidad, la delincuencia y la músicalidad tienen una fuerte componente genética. También podrían explicarse dichas coincidencias por medio de la estadística o incluso teniendo en cuenta aspectoa psico-sociales, ya que muchos de los incidentes que nos ocurren en la vida están condicionados en cierta medida por cómo nos ven otros. No tiene nada de raro que al ser gemelos idénticos, puedan acabar teniendo personalidades, hábitos o peculiaridades similares. En este último caso los genes están influyendo, aunque de una manera indirecta y secundaria.

No es difícil extrapolar este argumento a los músicos. La esencia de la interpretación musical es ser capaz de transmitir emociones. Si el artista las está sintiendo o si nació con la capacidad de hacer que parezca que la siente puede no tener importancia.

La genética es un punto de partida que puede influir en la personalidad o en la carrera, o en las cosas concretas que uno elige cuando emprende una carrera.

Los músicos utilizan el cuerpo además de la mente. El papel del cuerpo en el manejo de un instrumento musical o en el canto significa que las predisposiciones genéticas pueden contribuir notablemente a la elección de instrumentos que un músico pueda tocar bien. Sin embargo, hay guitarristas y pianistas de manos pequeñas y violinistas de manos grandes.

Algunas personas tienen predisposición biológica hacia instrumentos concretos o hacia el canto. Puede también haber un grupo de genes que trabajen juntos para crear las dotes que uno ha de tener para convertirse en músico: buena coordinación ojo-mano, control muscular, control motriz, tenacidad, paciencia, memoria para ciertos tipos de estructuras y pautas, un sentido del ritmo y de la sincronización.

Uno tiene que tener esas cosas para ser un buen músico. Algunas de ellas son necesarias para ser bueno en cualquier cosa, sobre todo la resolución, la seguridad en uno mismo y la paciencia.

La emoción no se enseña

Ni siquiera en las grandes escuelas de música. La emoción no forma parte del curriculum de ninguna escuela de música. Sólo en ocasiones excepcionales, en escuelas  excepcionales y para alumnos excepcionales, se les intenta limar el aspecto emocional, que en definitiva es de lo que se trata en una experiencia musical.

¿Por qué algunos músicos son superiores a otros, no en la dimensión técnica de la música, sino en la emocional? Éste es un gran misterio del que nadie conoce la respuesta.

No podemos meter a un músico interpretando dentro de un escáner cerebral, a día de hoy tenemos que estar completamente quietos para este tipo de pruebas. Seguro que es cuestión de tiempo, pero por ahora no disponemos de la información científica que podríamos obtener con esta prueba.

A partir de entrevistas y diarios de músicos tan dispares como Tchaikovsky, Bernstein, B.B. King o Steve Wonder, parece deducirse que en la tarea de comunicar emoción participan factores mecánicos y técnicos y además algo que sigue siendo misterioso.

Recordar la música entraña volver a poner las neuronas que estuvieron activas originalmente en la percepción de una pieza musical en su estado original, reactivando su pauta concreta de conectividad y logrando unos índices de activación lo más próximos posibles a sus niveles originales. Esto significa reclutar neuronas en el hipocampo, la amígdala y los lóbulos temporales en una sinfonía neuronal orquestada por los centros de planificación y atencíon del lóbulo frontal.

Los oyentes no músicos son exquisitamente sensibles a los gestos físicos que hacen los músicos. Observando una interpretación musical con el sonido apagado, y atendiendo a cosas como los movimientos del  brazo, el hombro y el torso del músico, los oyentes ordinarios pueden detectar una gran cantidad de intenciones expresivas de éste. Si se añade el sonido, aparece una cualidad emergente: una comprensión de las intenciones expresivas del músico que va más allá de lo que es asequible sólo en el sonido o sólo en la imagen visual.

La memoria musical

La pericia en cualquier campo se caracteriza por una memoria superior, pero sólo para cosas incluidas dentro del campo de esa pericia. Los músicos se basan en el conocimiento de la estructura musical para esquematizar su conocimiento.

Cuando los músicos memorizan canciones se basan para hacerlo en una estructura y los detalles encajan en esa estructura. Se trata de una forma eficiente y frugal que tiene el cerebro de funcionar. En vez de memorizar cada acorde o cada nota, construimos una estructura dentro de la cual pueden encajar diferentes sonidos, una plantilla mental que puede incluir gran número de piezas musicales.

Los músicos no suelen aprender nuevas piezas nota a nota una vez que han llegado a un cierto nivel de experiencia, conocimiento y pericia. Pueden apoyarse en las piezas previas que conocen y limitarse a anotar las variaciones que pueda haber respecto al esquema estándar.

La memorización por fuerza bruta también funciona, simplemente hacemos todo lo posible para memorizar una información repitiéndola una y otra vez. Pero esta memorización mecánica se facilita enormemente con una organización jerárquica del material. Este tipo de vieja y sencilla memorización es lo que hacen los músicos cuando aprenden los movimientos musculares necesarios para tocar una pieza determinada.

Por lo tanto…

Ser un músico experto adopta muchas formas: destreza tocando un instrumento, comunicación emotiva, creatividad y estructuras mentales especiales para recordar la música.

Ser un oyente experto, cosa que la mayoría de nosotros somos a los 6 años, entraña haber incorporado la gramática de nuestra cultura musical en esquemas mentales que nos permitan formar expectativas musicales, la esencia de la experiencia estética de la música.

Aún sigue siendo un misterio neurocientífico cómo se adquieren todas esas formas diversas de pericia. Pero el consenso emergente es que la pericia musical no es algo individual, sino que incluye muchos componentes, y no todos los expertos musicales estarán dotados por igual de estos diversos componentes.

Convertirse en un músico famoso es otra cuestión completamente distinta, y puede no tener tanto que ver con factores intrínsecos o con la habilidad como con el carisma, la oportunidad y la suerte. Pero un aspecto esencial es el que corresponde a la repetición. Todos somos oyentes musicales expertos, capaces de tomar decisiones muy sutiles sobre la música que nos gusta, y esa historia es otra faceta muy interesante de la interacción entre las neuronas y las notas, que veremos en otra ocasión.

Si te ha gustado/interesado esta entrada, te recomiendo encarecidamente que te leas Tu cerebro y la música. El estudio científico de una obsesión humana de Daniel J, Levitin.

 Introducción

En el segundo período filosófico de Wittgenstein, su teoría filosófica del lenguaje contribuyó decisivamente al replanteamiento del concepto de lenguaje, ajeno en principio a las tradiciones propiamente lingüísticas, pero posteriormente influido en ellas.

Wittgenstein nunca estuvo interesado en una teoría propiamente lingüística cuya función fuera describir un presunto sistema de símbolos utilizados en la comunicación humana. Su orientación era estrictamente filosófica, daba una explicación de problemas referentes a nuestra relación con el mundo. Hay que subrayar la esencial continuidad del enfoque metodológico: cualquier instrumento de análisis o teoría sustantiva fue considerado en la medida en que podía aportar claridad al problema central de la fundamentación de nuestro conocimiento del mundo y de nuestras acciones.

La teoría figurativa del Tractatus constituyó una respuesta al problema de las condiciones necesarias de la representación lingüística de la realidad y una elucidación de la lógica interna del lenguaje natural. Uno de los mayores logros de Wittgenstein es haber enseñado a considerar el lenguaje humano bajo un nuevo prisma, como una realidad social y comunicativa, en vez de un puro sistema de representación del mundo y de nuestro conocimiento de él. La evolución de su pensamiento consiste en el abandono de dos ideas características del Tractatus:

  • La progresiva insatisfacción acerca del diagnóstico y tratamiento de los problemas filosóficos. La idea es la de que tienen su origen en la imperfección del lenguaje natural, siendo el remedio adecuado un análisis lógico en un lenguaje preciso, inequívoco y construido, la auténtica forma lógica del pensamiento.
  • La idea de que cualquier simbolismo, y en particular el lenguaje natural, debe su virtualidad semiótica a su capacidad representadora, reproductora de una realidad simbolizada. Abandonará la idea de que la lógica es una condición posibilitadora de la representación y la médula espinal de las relaciones entre la realidad, el pensamiento y el lenguaje.

El primer paso en esa evolución fue la revisión del concepto de representación propuesto en el Tractatus, que le conducirá a una concepción diferente sobre la función del lenguaje humano.

En el Tractatus el concepto de representación es concreto y unívoco. Si conocemos la forma lógica de una proposición, podemos determinar el hecho representado sin lugar a error. Wittgenstein expresó dudas acerca de la univocidad. No sólo que no asegure un único resultado sino que resulta dudoso que conserven una estructura común, una forma lógica. Si el lenguaje natural es una representación de la realidad, ese lenguaje no dispone de un único método de proyección, sino que las diferentes convenciones tácitas determinan una heterogeneidad, la forma lógica del lenguaje ya no muestra de forma unívoca la de la realidad.

Nombrar y Jugar

En el Tractatus Wittgenstein distinguía dos relaciones semánticas:

  • Nominación, propia de las expresiones nominales
  • Descripción figurativa, propia de las proposiciones

Fue abandonando la idea de que eran las dos únicas funciones semióticas de los signos lingüísticos:

  • Que una expresión nominal denomine realmente un objeto depende de factores externos a sus propiedades estrictamente lingüísticas.
  • Que un nombre denomine efectivamente un objeto depende de su aplicación como nombre, y ésta no está en una relación interna con el nombre.

Los nombres refieren a objetos independientemente de los propósitos de su utilización, este es el primer hecho básico en el proceso de aprendizaje del lenguaje cuestionado en las Investigaciones. Con ello criticó sus propias tesis del Tractatus y toda la tradición filosófica representada por Agustín de Hipona y que se remonta hasta Platón y de acuerdo con ella, los signos significan porque están en lugar de aquello que designan.

La nueva teoría en las Investigaciones es la propuesta de un nuevo modo de entender lo que es la significación de un signo y su comprensión. La estrategia seguida por Wittgenstein fue:

  • Imaginar circunstancias comunicativas para las que fuera verdadera la concepción nominativa del lenguaje
  • Demostrar que el uso nominativo del lenguaje está intrínsecamente unido a ellas
  • La conexión entre lenguaje y situaciones da sentido a la función lingüística nominativa y a cualquier función lingüística.

El propósito era demostrar que lo que el Tractatus y la tradición lingüística consideraban esencial en el lenguaje, no lo era en realidad. El juego nominativo no es esencial a la comunicación lingüística, está al mismo nivel que otras formas de utilizar el lenguaje para la comunicación. Tampoco es esencial para el aprendizaje lingüístico, ni siquiera primario. La alternativa no excluye los juegos elementales como la denominación, pero subraya el aspecto social de los juegos.

Lo esencial es que el niño aprende a nombrar como una forma de comportamiento en un entorno social que le proporciona aprobación o reprobación. Nombrar no es distinto de otros tipos de acciones no verbales que requieran el adiestramiento social. Cuando el niño aprende a nombrar un objeto no está aprendiendo lo que es la denominación. Aprender el significado del nombre no consiste en evocar las imágenes o cualquier otro fenómeno mental concomitante. Consiste en aprender una forma de conducta que puede estar asociada a procesos psicológicos.

Tanto en el racionalismo como en el empirismo clásicos, los fenómenos mentales tienen un papel esencial en la explicación de los fenómenos semióticos. Los juicios eran la expresión de pensamientos, representaciones mentales de la realidad. La comunicación era un proceso mental mediante el cual se hacían llegar las representaciones mentales de un hablante a un auditorio. Ese proceso elemental como columna vertebral de la comunicación es lo que las Investigaciones pusieron en cuestión, proporcionando tesis diferentes que provocaron un vuelco en las concepciones tradicionales del lenguaje.

La clave de la nueva concepción es la noción general de juego, y en particular de juego lingüístico. En las Investigaciones se realiza un minucioso análisis de las propiedades que comparten los juegos y las actividades lingüísticas; proyectó ésas en el comportamiento lingüístico, tratando de penetrar en su lógica interna. Juego de lenguaje presenta acepciones diferentes:

  • Modelos simplificados de comportamiento lingüístico, como ciertos sistemas de comunicación inventados por él.
  • Actividades lingüísticas reales.

La noción de juego no sólo tiene un aspecto metodológicamente descriptivo, sino también una dimensión heurística: como los modelos simplificados de otros ámbitos de la ciencia, nos permite captar con claridad los mecanismos esenciales de los fenómenos que estamos tratando de explicar. Los juegos y el lenguaje humano son internamente heterogéneos.

Otro de los puntos que rechazó del Tractatus y de la tradición fue, que desde Platón a Frege, la denominación es la función semántica paradigmática, la que establece la conexión esencial entre el lenguaje y la realidad. En las Investigaciones, la nominación es un juego del lenguaje más.

Decir que cualquier expresión nombre algo, tiene cierta capacidad explicativa pero no tiene mucho contenido. Captar el papel significativo de una expresión supone el conocimiento concreto de su función en un juego de lenguaje. Sus críticas están dirigidas contra la idea de que existen expresiones lógicamente simples y básicas en todo lenguaje, que establecen una relación directa e inefable con la realidad. En las Investigaciones, la falsa concepción del lenguaje básico es fruto de la forma peculiar de equivocarse los filósofos. La confusión filosófica consiste generalmente en extraer una expresión del juego de lenguaje en el que tienen su propio sentido, y extrapolarlas a otro ámbito distinto, con pretensiones de generalidad o esencialidad. Esta legítima búsqueda es el velo que impide ver la esencial complejidad y heterogeneidad del lenguaje, que es una consecuencia de la heterogeneidad y complejidad de las formas en que vivimos.

Vivir en el lenguaje

La noción de juego de lenguaje en las Investigaciones es correlativa con la de forma de vida, es imposible explicar una sin recurrir a la otra. Tienen una función metodológica, ilustran mecanismos y conexiones que se dan en las situaciones reales de comunicación; hacen ver en una forma muy esquematizada la complejidad de nuestros usos lingüísticos y la estrecha conexión que tienen éstos con nuestras acciones sociales.

Los juegos de lenguaje son una muestra de la inabarcabilidad de las formas en que utilizamos realmente el lenguaje. Luchar contra esa imagen de que existe un reino de objetos no lingüísticos y otro de expresiones lingüísticas, y que la significación consiste en la relación entre ambos ámbitos es uno de los principales propósitos de las Investigaciones; el significado no es una cosa sino un uso.

La noción de uso lingüístico ha recibido múltiples y matizadas interpretaciones, pero queda claro que no es ningún objeto. Una explicación de significado implica una descripción de actividades humanas, una especificación de su función en una determinada forma de vida. Desde el punto de vista gramatical existen varios tipos de oraciones que se distinguen por características estructurales; pero lo importante para Wittgenstein es dilucidar si los tipos de oraciones determinan tipos de significado, clases homogéneas de uso.

La respuesta es rotundamente negativa: las aparentes homogeneidades estructurales esconden una infinita variedad de usos, indeterminadas posibilidades de que tales oraciones entren a formar parte de juegos lingüísticos. Lo interesante es que los aspectos gramaticales o estructurales de la oración no determinan su significado. Existe la libertad de inventar y vivir nuevas formas de comunicación que den lugar a nuevos juegos de lenguaje, a nuevos significados. El lenguaje no determina la realidad, tampoco determina la vida.

El imperio de las reglas

El concepto clave para entender la concepción lingüística general es el de regla. El mismo concepto es objeto de una indeterminación propia de todos los términos generales e incluso de los nombres propios. La fuente de donde mana el sentido de nuestros términos es funcional, relativa al contexto de la forma de vida de la que participan, el significado de un término no puede constituir una realidad fija, sino que es esencialmente abierto. Así sucede con el término regla, del cual existen muchas clases o acepciones.

Es posible que las reglas lingüísticas no tengan mucho que ver con otros tipos de reglas. La concepción lingüística en el Tractatus estaba basada en una regla lógica parte constituyente de un sistema y que se aplica de forma determinista. Ésta noción de regla es la que rechaza en las Investigaciones. Para el segundo Wittgenstein las reglas lingüísticas son ante todo reglas de uso lingüístico, rigen la correcta aplicación de los términos en relación con situaciones comunicativas concretas. Pueden admitir diferentes modalidades de enunciación y no son universales, sino relativas a comunidades de comunicación concretas. Tampoco son homogéneas. Guardan entre sí un aire de familia, relaciones de parecido no transitivas que constituyen un conjunto pero no un sistema.

La gramática no es una totalidad estructurada internamente por propiedades formales ni genera una realidad homogénea, no es trascendental. El papel de las reglas es el de inducir regularidades en la conducta que posibiliten la comunicación. El concepto de regularidad está lógicamente unido al de identidad relativa: cuando afirmamos que existe una regularidad, se produce una misma conducta. Por eso el análisis del concepto de regla implica el análisis de la identidad de conductas y una respuesta a una eventual postura escéptica acerca de la observancia de reglas. Para el análisis:

  • Primero elucidamos lo que es observar una regla de la conexión que se establece entre creencia y conducta.
  • Segundo se demuestra que la observancia de reglas es necesariamente un proceso público controlable y valorable intersubjetivamente, este es el archiconocido argumento de Wittgenstein en contra del lenguaje privado.

Seguir una regla ha de conceptualizarse como una práctica, es preciso distinguir cuidadosamente entre las reglas y las formulaciones de reglas. El hecho de que una expresión sea considerada como la formulación de una regla depende de la forma en que se use la expresión, no de ninguna propiedad de la expresión misma. Tampoco hay que confundir la regla con lo expresado por la formulación de la regla. Ello conduciría a un platonismo desaforado, reino de entidades abstractas como las reglas conducirían a un callejón sin salida.

Si se distingue entre la regla y su aplicación, se abre una especie de regreso al infinito: para saber cuando es correcta la aplicación, deberíamos dominar otra regla, para la cual nos sería precisa una de orden superior y así sucesivamente. Es preciso concebir las reglas de forma que sean inseparables de sus aplicaciones, hay que pensarlas como prácticas sociales, objeto de adiestramiento y de transmisión cultural. Wittgenstein extrajo dos consecuencias:

  1. Seguir una regla es diferente e independiente de pensar que se sigue una regla
  2. No se puede seguir una regla privadamente.

El concepto de observancia de una regla es lógicamente inseparable del concepto de corrección, cosustancial a la gramática de regla, a las condiciones que definen el uso de esa expresión, que podamos enjuiciar y estar de acuerdo en que estamos observando una regla. Si la observancia de una regla fuera lo mismo que la creencia de que se sigue la regla, la posibilidad de desacuerdo, evaluación o corrección desaparecería. Siempre podría existir una regla en concordancia con la conducta.

Si existen reglas privadas, las que regulan el uso de términos como dolor son perfectas candidatas. Todas las sensaciones son privadas en un sentido general. Si lo que diera significado a los términos fueran sensaciones particulares, el significado sería privado y tal lenguaje sería incorregible en dos sentidos:

  • No podría dudar de la corrección de mi aplicación de una regla privada
  • Ninguna otra persona sería capaz de decir si utilizo correctamente el lenguaje

Como la observancia de una regla implica poder decir si se sigue o no, criterios de corrección, el hipotético lenguaje privado no puede consistir en la aplicación de reglas, carece de reglas, es un absurdo lógico. La alternativa que ofreció Wittgenstein fue la de considerar el uso de los términos de sensaciones como una forma más de manifestación de esas sensaciones, como una práctica aprendida para expresar tales sensaciones.

Tal práctica no sólo está sujeta a criterios de corrección, sino que también posibilita la mentira y el fingimiento, es pública y observable, íntimamente entretejida con otros actos y desde el punto de vista filosófico, es independiente tanto del ámbito platónico de los objetos ideales como del cartesiano de las representaciones mentales.

Gramática y Filosofía

El análisis de las nociones de regla y de observancia de una regla muestra las continuidades y discontinuidades del Tractatus respecto a las Investigaciones. Entre las continuidades:

  • La filosofía sigue concibiéndose como un conjunto de técnicas de análisis del lenguaje
  • La aplicación de esas técnicas ha de tener como consecuencia una aclaración de la propia naturaleza del lenguaje
  • Tal iluminación permite trazar un límite a lo que se puede decir con sentido
  • La filosofía es una práctica que no es equiparable a la ciencia: su objetivo no es la profundización en nuestra comprensión del lenguaje y de la comunicación
  • Esa mejora en nuestra comprensión nos ha de permitir desembarazarnos de los problemas filosóficos, ha de suprimir el desasosiego que provocan: o Un problema filosófico tiene la forma ”no se como salir del atolladero” o La filosofía no puede en modo alguno interferir con el uso efectivo del lenguaje, a la postre solo puede describirlo
  • Pues no puede tampoco fundamentarlo

Deja todo como está o La filosofía expone meramente todo y no explica ni deduce nada. Puesto que todo yace abiertamente, no hay nada que explicar. Las diferencias se sitúan en dos planos, el de diagnóstico y el de la metodología filosófica. Wittgenstein compartió con Frege y Russell la idea de que la causa de los problemas filosóficos es la incomprensión de la naturaleza lógica del lenguaje.

Las expresiones que parecen enunciar profundos problemas filosóficos, ocultan su auténtica naturaleza lógica. Cuando el análisis se ha efectuado desvelando la forma lógica real de la expresión, el problema queda resuelto. El lenguaje toma contacto con la realidad a través de esa estructura lógica. Al abandonar la teoría del lenguaje como representación también abandonó la idea de que los problemas filosóficos surgieran de la incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Llegó a la conclusión de que el lenguaje natural no tiene una forma lógica. El análisis ha de tener entonces como objetivo el lenguaje tal como se nos presenta.

Los problemas filosóficos no surgen de la naturaleza del propio lenguaje, sino del uso que hacemos de él. El método que propone el Tractatus es el del análisis lógico intervencionista, consiste en analizar las proposiciones hasta que sus últimos componentes y las conexiones lógicas entre ellos queden completamente claras. El método propio de las Investigaciones no es lógico, sino elucidativo.

Como el lenguaje natural está en orden se trata de comprenderlo mejor, el camino fundamental es la captación de la gramática de las expresiones. La filosofía es una investigación gramatical. Por investigación gramatical hay que entender la que consiste en averiguar cuáles son las reglas que regulan la aplicación correcta de una expresión. Para descubrir tales reglas, es preciso analizar los diferentes juegos del lenguaje en que puede entrar la expresión, determinar la función que desempeña en esos juegos y elucidar las relaciones entre unos y otros usos.

Los problemas filosóficos son resultado de pulsiones lingüísticas, consiste en reformular preguntas como si fueran referentes a la gramática de las expresiones correspondientes. Cuando realizamos tal reconsideración, observamos que los problemas filosóficos no se resuelven, sino que se disuelven: su irrealidad queda puesta de manifiesto en el análisis de funcionamiento comunicativo de las expresiones.

Estofado de Bulgur con Verduras

Publicado: 11 marzo, 2012 en Cocina
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Me encanta el bulgur, creo que es mi manera favorita de comer trigo…el pan no cuenta 😦

Esta vez he escogido bulgur de espelta, que está más bueno si cabe.

Lo voy a estofar con un montón de verduras, puedes utilizar las que quieras, porque le va todo bien. Yo utilicé una zanahoria grande, un pimiento verde, un tomate, un manojo de espinacas, unas guindillas rojas y unas cebolletas chinas.

Lo corté todo en rodajas de diferente tamaño, que al final prácticamente desaparecieron  con el bulgur dando pequeños destellos de color.

En una cacerola con el fondo de AOVE, no mucho, una cucharada o poco más, se empiezan a rehogar las verduras, las vamos añadiendo por orden de dureza. La zanahoria la primera, luego el pimiento y la cebolleta, cuando ya estaban prácticamente rendidos, el tomate pelado, sin pipas y en cuadraditos pequeños y las hojas de espinacas. Remover todo bien.

Mientras se van haciendo las verduras preparamos un majado de especias. Echale lo que se te ocurra, probando es la única manera de mejorar y averiguar lo que queda mejor y lo que te gusta más. Yo añadí en un mortero unos granos de cilantro, unos granos de pimienta de jamaica, unos granos de pimienta multicolor y unas semillas de comino. Añadí también la sal al mortero, porque así es más fácil majar los granos.

Cuando esté todo bien molido, prácticamente polvo, lo incorporamos a las verduras y seguimos removiendo.

El bulgur lo lavamos bien con agua fría, un buen rato, y a continuación lo incorporamos en la cazuela, subimos el fuego y lo rehogamos, sin parar de remover. Tiene que estar un buen rato removiéndose, e irá cambiando de color. Unos 10 minutos o así.

Entonces añadimos agua, la misma cantidad de bulgur que de agua. Cuando empiece a hervir bajamos el fuego y lo tapamos, para que se haga lentamente. No tarda demasiado, en menos de 10 minutos estará listo.

Este plato puede utilzarse como primero, como guarnición de carnes o pescados o como plato único si le añadimos algo de proteinas. Aguanta bastante bien en la nevera un par de días incluso 3. ¡Buen provecho!

INGREDIENTES

  • 240 gramos de bulgur de espelta
  • Verduras varias, todas las que quieras. En este caso
    • 1 tomate
    • un manojito de cebolletas
    • 1 zanahoria
    • unas guindillas
    • espinacas frescas
    • 1 pimiento verde
  • Mezcla de especias:
    • Semillas de cilantro
    • Pimienta de Jamaica
    • Pimienta multicolor
    • Semillas de cominos
  • Sal, AOVE

MANUFACTURA

  • Se pelan y se parten las verduras como más te gusten
  • Se muelen las especias
  • Se saltean las verduras en un poco de AOVE
  • Se añaden las especias y se remueve un par de minutos
  • Se añaden el bulgur despues de lavarlo bien con agua fría
  • Se rehoga 1o minutos a fuego medio bajo
  • Se echa la misma cantidad de agua que de bulgur
  • Se tapa y se cuece a fuego medio
  • Se sirve caliente o tibio

Todos los conceptos filosóficos son fragmentarios, no ajustan unos con otros, puesto que sus bordes no coinciden. Sin embargo la filosofía que los crea presenta siempre un Todo poderoso, no fragmentado. Los incluye a todos en un único y mismo plano, denominado plano de consistencia, o mejor dicho plano de inmanencia de los conceptos, o planómeno.

Los conceptos y el plano son estrictamente correlativos. El plano de inmanencia no es un concepto, ni el concepto de todos los conceptos. Si se los confundiera, nada impediría a los conceptos convertirse en universales y perder su singularidad, pero también el plano perdería su apertura. La filosofía es un constructivismo que tiene dos aspectos complementarios que difieren en sus características: crear conceptos y establecer un plano. El plano recubre los movimientos infinitos que los recorren y regresan, pero los conceptos son las velocidades infinitas de movimientos finitos que recorren cada vez únicamente sus propios componentes. El problema del pensamiento es la velocidad infinita, pero ésta necesita un medio que se mueva en sí mismo infinitamente, el plano, el vacío, el horizonte. Es necesaria la elasticidad del concepto y la fluidez del medio. Ambas cosas son necesarias para componer los seres lentos que somos.

Los conceptos son disposiciones concretas como configuraciones de una máquina, pero el plano es la máquina abstracta cuyas disposiciones son las piezas. Los conceptos son acontecimientos, pero el plano es el horizonte de los acontecimientos, el depósito o la reserva de los acontecimientos puramente conceptuales, no el horizonte relativo que funciona como un límite que cambia con un observador y que engloba estados de cosas observables, sino el horizonte absoluto, independiente de cualquier observador, y que traduce el acontecimiento como concepto independiente de un estado de cosas visible donde se llevaría a cabo.

El plano de inmanencia no es un concepto pensado ni pensable, sino la imagen del pensamiento, la imagen que se da a sí mismo de lo que significa pensar, hacer uso del pensamiento, orientarse en el pensamiento…No es un método, pues todo método tiene que ver eventualmente con los conceptos y supone una imagen semejante.

Tampoco es la opinión que uno suele formarse del pensamiento. La imagen del pensamiento implica un reparto severo del hecho y del derecho: lo que pertenece al pensamiento como tal debe ser separado de los accidentes que remiten al cerebro, o a las opiniones históricas. El pensamiento reivindica sólo el movimiento que puede ser llevado al infinito. Lo que el pensamiento reivindica en derecho, lo que selecciona, es el movimiento infinito o el movimiento del infinito. Él es quien constituye la imagen del pensamiento.

El movimiento del infinito no remite a unas coordenadas espaciotemporales que definirían las posiciones sucesivas de un móvil y las referencias fijas respecto a las cuales éstas varían. Orientarse en el pensamiento no implica ni referencia objetiva ni móvil que se sienta como sujeto y que, en calidad de tal, desee el infinito o lo necesite. Lo que está en movimiento es el propio horizonte: el horizonte relativo se aleja cuando el sujeto avanza, pero en el horizonte absoluto, en el plano de inmanencia, estamos ahora ya y siempre.

Lo que define el movimiento infinito es un vaivén, porque no va hacia un destino sin volver ya sobre sí. El movimiento infinito es doble y tan sólo hay una leve inclinación de uno a otro. En este sentido se dice que pensar y ser son una única y misma cosa. El movimiento no es imagen del pensamiento sin ser también materia del ser. El plano de inmanencia tiene dos facetas, como Pensamiento y como Naturaleza, como Physis y como Nous. Es por lo que siempre hay muchos movimientos infinitos entrelazados unos dentro de los otros, plegados unos dentro de los otros, en la medida en que el retorno de uno dispara otro instantáneamente, de tal modo que el plano de inmanencia no para de tejerse, gigantesca lanzadera.

Volverse hacia no implica sólo volverse, sino afrontar, dar media vuelta, volverse, extraviarse, desvanecerse. Incluso lo negativo produce movimientos infinitos: caer en el error tanto como evitar lo falso, dejarse dominar por las pasiones tanto como superarlas. Varios movimientos del infinito están tan entremezclados que, lejos de romper el Uno-Todo del plano de inmanencia, constituyen su curvatura variable, sus concavidades y sus convexidades, su naturaleza fractal en cierto modo. Esta naturaleza fractal es lo que hace que el planómeno sea un infinito siempre distinto de cualquier superficie o volumen asignable como concepto.

Cada movimiento recorre la totalidad del plano efectuando un retorno inmediato sobre sí mismo, plegándose pero también plegando a otros o dejándose plegar, engendrando retroacciones, conexiones, proliferaciones, en la fractalización de esta infinidad infinitamente plegada una y otra vez (curvatura variable del plano). Pese a ser cierto que el plano de inmanencia es siempre único, puesto que es en sí mismo variación pura, tanto más tendremos que explicar por qué hay planos de inmanencia variados, diferenciados, que se suceden o rivalizan en la historia, precisamente según los movimientos infinitos conservados, seleccionados.

El plano no es ciertamente el mismo en la época de los griegos, en el siglo XVII y en la actualidad. No se trata de la misma imagen del pensamiento, ni de la misma materia del ser. El plano es por lo tanto objeto de una especificación infinita, que hace que tan sólo parezca ser el Uno-Todo en cada caso especificado por la selección del movimiento. Esta dificultad referida a la naturaleza última del plano de inmanencia sólo puede resolverse progresivamente.

Resulta esencial no confundir el plano de inmanencia y los conceptos que lo ocupan. Sin embargo los mismos elementos pueden presentarse en el plano y en el concepto, pero no con las mismas características.

Para el ser, el pensamiento, el uno, entran en unos componentes del concepto y son ellos mismos conceptos, pero de un modo completamente distinto del que pertenece al plano como imagen o materia. Inversamente, lo verdadero sobre el plano sólo puede ser definido por un volverse hacia. Pero no disponemos así de ningún concepto de verdad. Si el error es en sí mismo un elemento de derecho que forma parte del plano, sólo consiste en tomar lo falso por verdadero, pero únicamente recibe un concepto si se le determinan unos componentes.

Así pues, los movimientos o elementos del plano sólo parecerán definiciones nominales respecto a los conceptos, mientras se ignore la diferencia de naturaleza. En realidad, los elementos del plano son

  • características diagramáticas
  • movimientos del infinito
  • direcciones absolutas de naturaleza fractal
  • Intuiciones

Los conceptos son

  • características intensivas
  • ordenadas intensivas de los movimientos del infinito, como secciones originales o posiciones diferenciales,
  • movimientos finitos cuyo infinito tan sólo es ya de velocidad, y que constituyen cada vez una superficie o un volumen,
  • un perímetro irregular que marca una detención en el grado de proliferación.
  • dimensiones absolutas, superficies o volúmenes siempre fragmentarios, definidas intensivamente
  • intensiones

No hay que concluir ciertamente que los conceptos resultan del plano, es necesaria una construcción especial distinta de la del plano, y por este motivo los conceptos tienen que ser creados igual que hay que establecer el plano. La correspondencia entre ambos excede incluso las meras resonancias y hace intervenir unas instancias adjuntas a la creación de los conceptos, es decir a los personajes conceptuales.

Así, si la filosofía empieza con la creación de los conceptos, el plano de inmanencia tiene que ser considerado prefilosófico. Se lo presupone, no del modo como un concepto puede remitir a otros, sino del modo en que los conceptos remiten en sí mismos a una comprensión no conceptual.

Aun así, esta comprensión intuitiva varía en función del modo en que el plano es establecido.

  • En Descartes, se trataba de una comprensión subjetiva e implícita supuesta por el Yo pienso como concepto primero
  • En Platón era la imagen virtual de un yo pensado que duplicaba cualquier concepto actual.
  • Heidegger invoca una comprensión preontológica del Ser, una comprensión preconceptual que parece efectivamente implicar la incautación de una materia del ser relacionada con una disposición del pensamiento.

Prefilosófico no significa nada que preexista, sino algo que no existe allende la filosofía, aunque ésta lo suponga. Son sus condiciones internas. La filosofía no puede contentarse con ser comprendida únicamente de un modo filosófico o conceptual, sino que se dirige también a los no filósofos, en su esencia. La filosofía definida como creación de conceptos implica una presuposición que se diferencia de ella, y que no obstante le es inseparable. La filosofía es a la vez creación de concepto e instauración del plano. El concepto es el inicio de la filosofía, pero el plano es su instauración. El plano consiste en un plano de inmanencia que constituye el suelo absoluto de la filosofía, su Tierra, su desterritorialización, su fundación, sobre los que crea sus conceptos.

Pensar suscita la indiferencia general. Y no obstante no es erróneo decir que se trata de un ejercicio peligroso. Incluso resulta que sólo cuando los peligros se vuelven evidentes cesa la indiferencia. Y es que uno no piensa sin convertirse en otra cosa, en algo que no piensa, un animal, un vegetal, una molécula, una partícula, que vuelven al pensamiento y lo relanzan.

El plano de inmanencia es como una sección del caos, y actúa como un tamiz. El caos, en efecto, se caracteriza menos por la ausencia de determinaciones que por la velocidad infinita a la que éstas se esbozan y se desvanecen: no se trata de un movimiento de una hacia otra, sino por el contrario, de la imposibilidad de una relación entre dos determinaciones, puesto que una no aparece sin que la otra haya desaparecido antes, y una aparece como evanescente cuando la otra desaparece como esbozo.

El caos deshace en lo infinito toda consistencia. El problema de la filosofía consiste en adquirir una consistencia sin perder lo infinito en el que el pensamiento se sumerge. Dar consistencia sin perder nada de lo infinito es muy diferente del problema de la ciencia, que trata de dar unas referencias al caos a condición de renunciar a los movimientos y a las velocidades infinitas y de efectuar primero una limitación de velocidad: lo que es primero en la ciencia, es la luz o el horizonte relativo. La filosofía por el contrario procede suponiendo instaurando el plano de inmanencia: en él las curvaturas variables conservan los movimientos infinitos que vuelven sobre sí mismos en el intercambio incesante, y que a su vez no cesan de liberar otros que se conservan.

A la pregunta, ¿la filosofía puede o deber ser considerada griega? Vernant responde que los griegos podrían ser los primeros en haber concebido una inmanencia estricta del Orden en un medio cósmico que corta el caos a la manera de un plano. Si se llama Logos a un plano-tamiz, hay mucho trecho del logos a la mera razón, como cuando se dice que el mundo es racional.

La razón no es más que un concepto, y un concepto muy pobre para definir el plano y los movimientos infinitos que lo recorren. Resumiendo, los primeros filósofos son los que instauran un plano de inmanencia como un tamiz tendido sobre el caos. Se oponen en este sentido a los sabios, personajes de la religión que conciben la instauración de un orden siempre trascendente, impuesto desde fuera por un gran déspota o por un dios superior a los demás. Hay religión cada vez que hay trascendencia, Ser vertical, Estado imperial en el cielo o en la tierra, y hay Filosofía cada vez que hay inmanencia.

Resumen de el capítulo 2. El plano de Inmanencia de ¿Qué es la filosofía? de Deleuze y Guattari