Habermas según Steven Levine. Verdad y Validez Moral. Parte I

Publicado: 27 agosto, 2012 en Filosofía
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Habermas no es Kantiano

Habermas establece que hay una distinción categorial entre verdad y rectitud moral, y por lo tanto entre razón teórica y práctica. Levine argumenta en contra de esta conclusión, tratando de demostrar que la nueva teoría pragmática de la verdad de Habermas no refuerza la distinción entre verdad y rectitud moral, de hecho la vicia.

En su libro Verdad y Justificación, Habermas caracteriza su proyecto teórico como un tipo de Pragmatismo Kantiano. Según Levine, lo que distingue al pragmatismo kantiano del pragmatismo lingüístico integrado en la teoría de la acción comunicativa de Habermas es su intento de integrar la teoría de la comunicación con una teoría pragmática de la acción y el aprendizaje.

En esta nueva teoría, el discurso ya no se ve como el acompañamiento autónomo de una razón lingüística descentralizada, sino como fundamentalmente entrelazado con las acciones y contextos del mundo de la vida. Habermas realiza este giro pragmático porque, en un compromiso con Rorty, estimó que cualquier visión que se centrara sólo en las interrelaciones comunicativas horizontales entre sujetos no puede permitir una contextualización en la que la verdad de una proposición siempre esté indexada a un contexto de justificación. Porque los sujetos están a expensas de sus  relaciones verticales con el mundo, establecidas a través de la acción. Habermas abandona su antigua teoría de la verdad discursiva por su dificultad.

La teoría de la verdad discursiva de Habermas

Brevemente resumida, la teoría de la verdad discursiva de Habermas, que es en sí misma un tipo de teoría pragmática, comienza por una tesis familiar: después del giro lingüístico, lenguaje y realidad están inextricablemente entrelazados.

Este hecho descarta las versiones metafísicas de la teoría de verdad como correspondencia porque los agentes no pueden salirse del círculo del lenguaje para examinar si sus proposiciones corresponden a una realidad independiente del  lenguaje.

Por lo tanto, para establecer la afirmación de una verdad imponderable, no podemos simplemente apuntar a los hechos independientes del lenguaje, en su lugar, debemos justificar o dar razones para esa afirmación. Sin embargo, sólo porque la verdad de una afirmacion puede ser solamente establecida a través de la justificación y dando razones, no significa que pueda ser equiparada con lo que está justificado y garantizado ahora.

De lo que sabemos de los sustratos pragmáticos, podemos extraer que nuestro conocimiento es falible y sujeto a revisión. Esto nos abre una distinción entre verdad y aceptabilidad racional que es interna a nuestras prácticas epistémicas. Algunos filósofos, como Rorty, piensan que el salto entre verdad y aceptablidad racional no puede nunca superarse. Según Levine, nuestro objetivo epistémico no debería ser la verdad sino la consecución de acuerdos motivados racionalmente en audiencias más grandes y mejor formadas epistémicamente. Para Habermas, la verdad de una proposición realiza una afirmación incondicional que apunta más allá de todas las evidencias de las que disponemos.

¿Cual es la naturaleza de esta afirmación incondicional? Una declaración es verdad no cuando está justificada en las condiciones actuales, sino en condiciones ideales. Si bien esta medida no separa la verdad de prácticas justificativas y escrutinadoras todas juntas, como hacen las teorías metafísicas de la verdad, tampoco la reducen a lo que es racionalmente aceptable en el aquí y el ahora. Habermas aquí siguió a Peirce, pero por buenas razones eliminó su noción de justificación ideal, ya que sólo sería asequible en un límite ideal, por ejemplo al final del escrutinio. En su lugar, idealizó los mecanismos del discurso: lo que es verdad es lo que puede ser aceptado como racional en condiciones ideales.

Habermas abandonó el barco

¿Cual es el problema de esta teoría de la verdad? ¿Por qué la abandonó Habermas?. A través de un compromiso con el trabajo de Wellmer, Lafont, Rorty y Putnam, Habermas se convenció de que la verdad no es un concepto epistémico en absoluto. La verdad es una propiedad absoluta que no puede perderse. La verdad trasciende todos los contextos de justificación, incluso los ideales. El concepto de verdad como lo aceptado como racional bajo condiciones ideales, no puede dar cuenta de esta intuición en la medida en que incluso aunque nuestras creencias hayan sido justificadas pueden llegar a estar equivocadas.

Una proposición es verdad no porque sea el producto de un consenso racional forjado bajo condiciones ideales, sino más bien porque es verdad. Como dijo Habermas, una proposición es conforme a todos los sujetos racionales porque es verdad, no es verdad porque podría ser el contenido de un consenso obtenido bajo condiciones ideales.

Según Habermas, esta intuición de que la verdad no está epistémicamente indexada no es metafísica, pero es un aspecto gramatical de las afirmaciones de verdad. ¿Cómo puede uno hacer justicia a este aspecto gramatical y no cortar de raíz todas las conexiones entre prácticas de justificación y verdad, al ser necesario evitar teorías metafísicamente realistas de la verdad?.

Una vez que se ha puesto sobre la mesa la intuición gramatical sobre la naturaleza absoluta de la verdad, la concepción teórica del discurso parece estar sujeta a un dilema irresoluble: No importa cómo se mejora el valor de las condiciones epistémicas a través de idealizaciones, o satisfaciendo el caracter incondicional de la afirmación de la verdad mediante requisitos que cortan todas las conexiones con las justificaciones de las prácticas conocidas, o incluso reteniendo esa conexión con las prácticas conocidas y pagando el precio en el que la aceptación racional no excluye la posibilidad de error incluso bajo esas condiciones ideales, es decir, no simula una propiedad que puede perderse.

Si tomamos el antiguo camino de desconectar completamente la verdad de la justificación, minamos la base para respaldar la noción de sentido común, en la que nuestras investigaciones y las prácticas de justificación ayudan a estar más cerca de la verdad. Si cogemos el camino posterior y defendemos una concepción epistémica de la verdad, entonces sólo tenemos la posición convencional en la que lo mejor que podemos hacer es apostar porque no es verdad,  expandiendo el círculo de solidaridad de Rorty.

Habermas construye un barco nuevo

Según Habermas, aunque no podamos cortar la conexión entre verdad y justificación, esta conexión epistémicamente inevitable no debe convertirse en una conexión conceptualmente inseparable en la forma de un concepto epistémico de verdad. Es decir, aunque la justificación discursiva sea la única manera de establecer afirmaciones de verdad imponderables y esté además epistémicamente conectada a la verdad, eso no significa que la verdad pueda ser identificada con lo que está justificado, incluso en condiciones ideales. Pero si no hacemos esta identificación ¿cómo vamos a tener en cuenta a la verdad?

Para responder a esta pregunta Habermas formula una nueva teoría pragmática de la verdad. Para articularla recurre a algunos aspectos de la tradición pragmática clásica que muchos filósofos contemporáneos habían dejado atrás. Particularmente se centró en la teoría pragmática sobre la acción y la investigación. En todas las figuras pragmáticas clásicas, Peirce, James y Dewey, hay un sentido agudo de que la cognición debe ser vista como un momento en un ciclo de una acción más grande que comienza cuando los agentes se enfrentan a situaciones problemáticas en el mundo. Confrontando estas situaciones. los modos habituales de hacer frente fracasan, haciendo surgir la duda.

Para hacer frente a esta brecha, y sustituir la duda por la creencia (reglas de comportamiento), los agentes deben emprender el camino hacia un nivel superior de cognición e investigación, por ejemplo la teoría de la comunicación, experimentación. En este caso, los agentes no sólo se ajustarán a la situación, sino que además se comprometerán con ella de manera creativa, trayendo algo nuevo al mundo (como una teoría, una practica moral, invención, etc.). Si la investigación es exitosa, los agentes adquieren nuevas creencias que reestablecen la rutina de la acción y del discurso.

Para el pragmatismo clásico esta adquisición es el fundamento del aprendizaje y del crecimiento de la experiencia porque los movimientos realizados para resolver el problema original están, a través de mecanismos de retroalimentación, integradados en el sustrato de la comprensión del agente actuante.

Para el pragmatismo, la acción siempre está incluida en un contexto donde se establece un problema objetivo, que es revelado por un sustato de comprensión garantizado. Incluso la duda solo aparece en un contexto de creencia que es casi siempre tomado como garantía de verdad.

Así que, cuando la acción estalla en la cara de la recalcitrante experiencia, lo que específicamente se convierte en duda lo hace sólo contra el sustrato de una red holística de expectaciones estables, creencias y certidumbres de comportamiento que guían la acción rutinaria  y la comunicación.

Como decía Habermas, el pragmatismo nos hace consciente de que la práctica diaria descarta la suspensión de la afirmación de la verdad. La red de prácticas rutinarias se basa más o menos en las creencias implícitas que tomamos como verdaderas en contra de un amplio sustrato de creencias compartidas intersubjetivamente o suficientemente solapadas. Este sustrato es el origen de nuestro concepto de verdad como incondicional: Las prácticas del mundo de la vida  (el aprendizaje) están soportadas por una conciencia de certidumbre que en el curso de la acción no deja lugar a dudas sobre la verdad.

El mundo es objetivo: independiente y el mismo para todos

La conducta que resuelve problemas procesa las frustraciones que se producen en contra del sustrato de expectaciones estables, en el contexto de un gran cuerpo de creencias que han sido ingenuamente tomadas como verdad. Los actores confían en las certezas de la acción en sus relaciones prácticas con el mundo objetivo, el cual ellos presuponen que es independiente y el mismo para todo el mundo. Y esas certezas implican a su vez que las creencias que guian a las acciones se están asumiendo como verdad absolutamente.

No caminamos sobre  un puente de estabilidad dudosa. Al realismo de la práctica diaria, aquí se corresponde un concepto de verdad incondicional, o verdad que no está epistémicamente indexada.

Esta concepción de la verdad disuelve el anterior dilema, haciendo justicia al carácter incondicional de las afirmaciones de verdad mientras que mantiene una conexión epistémicamente inevitable entre verdad y justificación. Mientras que la única manera de resolver afirmaciones de verdad es a través de la justificación, cuando los agentes entran en el discurso, ya poseen una concepción incondicional de la verdad que opera por debajo de los niveles de la razón.

El concepto no epistémico de verdad es relevante para el reino de la razón, porque se proyecta dentro del discurso formando un horizonte implícito de expectación sobre nuestras prácticas discursivas. De esta manera proporciona un punto de referencia de  justificación trascendente para afirmaciones de verdad discursivamente tematizadas. Descubrir una verdad que exceda toda justificación es el objetivo de las justificaciones. Por lo tanto, la justificación no puede nunca ser final o completa. Este es el origen del sentido de que  nuestras interpretaciones y justificaciones en el espacio de razones sean siempre falibles.

Esta conciencia falibilista que nos puede hacer errar incluso en el caso de unas creencias bien justificadas, depende de una orientación hacia la verdad cuya raíces se extienden dentro del realismo de las prácticas diarias. Sin embargo este falibilismo, aunque en principio nunca termina, de hecho llega a un final ya que el concepto de verdad facilita el ascenso de certidumbres prácticas al discurso, proporcionando discursos con un punto de referencia trascendente a la justificación, además también permite una retransformación de afirmaciones racionalmente aceptables en certezas performativas.

En otras palabras, debido a que la verdad es operativa tanto en contextos de acción como en el discurso, cuando el argumento llega al final y las afirmaciones de verdad se desproblematizan, tenemos permiso para volver al marco de la acción en el que las creencias  justificadas se transforman en certidumbres de comportamiento. Haciendo esta transición no dejamos detrás la verdad, pero sí que la hacemos retornar a su lugar de origen.

Al proporcionar un punto de referencia con justificación trascendente en nuestras prácticas discursivas, Habermas piensa que ha logrado el primer paso para superar el contextualismo, es decir, la visión de que la verdad de una proposición siempre está indexada en un contexto de justificación.

El segundo paso requerirá conectar nuestro concepto implícito de verdad con un concepto de objetividad que a su vez está implícito en nuestra acción dirigida hacia el mundo. El contextualismo puede ser superado finalmente, dice Habermas, porque las certidumbres que son el origen de nuestro concepto de verdad son certezas en las que agentes actores  confían para sus relaciones prácticas con el mundo objetivo, un  mundo que se presupone independiente y el mismo para todos.

En otras palabras, las certezas que conforman el origen formal de nuestro concepto de verdad son siempre acerca de un mundo objetivo.

Objetividad

Pero, ¿por qué los agentes actuantes presuponen en primer lugar que hay un mundo independiente y objetivo? ¿Cual es el origen del concepto de objetividad?

En la conceptualización pragmática de Habermas, la objetividad se da en primer lugar no por nuestra representación lingüística del mundo, sino a través de nuestras acciones sobre él y dentro de él. Específicamente, el concepto de objetividad surge a través del fracaso.

Cuando las acciones fracasan, experimentamos en la práctica que el mundo revoca su disposición a cooperar, y esta negativa hace surgir el concepto de objetividad. Esta experiencia de fracaso, de nuestros proyectos individuales y cooperativos realizados con otros, genera un concepto implícito de un mundo independiente que retroalimenta nuestro sistema sutrato de creencias, guiando nuestra acción futura y comportamiento. A partir de ahora, en o dentro de la acción presuponemos el mundo objetivo como un sistema de referentes posibles, como una totalidad de objetos, no de hechos.

Como el concepto de verdad, el concepto de objetividad dado en la práctica asciende hacia el discurso, garantizando que nuestras declaraciones refieren a objetos que existen independientemente de nuestras representaciones lingüísticas. En este sentido, la objetividad se convierte en una presuposición práctica no sólo de accion sino también de comunicación. Como sujetos capaces de discurso y acción, los usuarios del lenguaje deben ser capaces de referir a algo en el mundo objetivo desde el horizonte de sus mundos de la vida compartidos si quieren alcanzar un acuerdo sobre  algo en la comunicación entre ellos.

Basado en  Truth and Moral Validity: On Haberma’s Domesticated Pragmatism

Steven Levine

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