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¿Cómo se convierte uno en músico?

Yo estudié música de pequeña, en el conservatorio. Solfeo, teoría, armonía, canto, y piano. Yo no soy músico. La educación recibida fué bastante deficiente, mi vaguería extrema no apoyaba demasiado a la causa. A pesar de eso, llegué hasta sexto de piano, a tan sólo dos años de acabar la carrera, y además con bastante buenas notas. Nunca me consideré músico, mucho menos ahora que casi tengo el piano abandonado en un rincón. Si hubiera tenido una buena educación y hubiera tenido tenacidad, lo mismo habría llegado a ser una buena intérprete…quien sabe. Pero nunca me he creído capaz de componer nada interesante ni medianamente audible ni aunque me hubiera esforzado y lo hubiera dado todo.

Mi caso no es tan raro y siempre me he preguntado ¿cómo de millones de personas que estudiaron música en su infancia, son relativamente pocos los que siguen tocando de adultos, y aún menos los que pueden considerarse músicos aunque sea potencialmente?

Existe un abismo insondable entre el músico profesional o experto y el aficionado a la música. Pero es curioso que eso sólo pase con la música. Yo no podré nunca cocinar como Ferrán Adríá, pero disfruto enormemente con mis actividades culinarias, las cuales me encanta compartir con amigos y familiares. Quizás porque considero que no lo hago mal y mi entorno me realimenta. En cambio, no me gusta, ni nunca me gustó tocar para los demás, y tampoco lo hacía mal y además el entorno me incitaba a ello…

Aunque muchos de los que recibimos educación musical en nuestra infancia tenemos la idea lapidaria de que no nos sirvió de nada, los neurocientíficos cognitivos han descubierto que eso no es así. Una exposición, aunque sea pequeña, a lecciones de música en la infancia, crea circuitos neuronales para el procesamiento de la música estimulados y más eficientes que los de los que carecen de esa instrucción. Las lecciones de música nos enseñan a escuchar mejor, y aceleran nuestra capacidad para discernir entre estructura y forma en música, haciendo que nos resulte más fácil decir qué música es la que nos gusta y la que no nos gusta. Bien, lo compro, porque me veo identificada.

Pero, ¿cómo consiguen los grandes músicos llegar a serlos? ¿cómo obtienen esa facilidad extraordinaria para tocar e interpretar? ¿Son capacidades o estructuras neuronales diferentes al resto de los mortales? Y aún entre los músicos ¿Son dotes diferentes las que necesita un compositor y un intérprete?

¿Es cosa de talento?

Puede que en realidad estemos hablando de lo que vulgarmente se conoce como talento. Michale Howe, Jane Davidson y John Sloboda pusieron de relevancia esta cuestión partiendo de la siguiente dicotomía:

  • o bien los niveles elevados de pericia musical se basan en estructuras cerebrales innatas, es decir, talento
  • o son sólo resultado de la práctica y de la instrucción

En este caso, este grupo de científicos cognitivos definen el talento como algo que…

  • se origina en estructuras genéticas
  • es identificable en una etapa temprana por gente instruida que puede reconocerlo de manera precoz
  • se puede utilizar para predecir quién es probable que sobresalga
  • sólo se puede identificar a una minoría como dotada de él, porque si todo el mundo lo tuviese, el concepto perdería sentido.

Algunos niños adquieren habilidades más deprisa que otros. Factores genéticos deberían ser considerados como los responsables, pero no los únicos y determinantes, ya que una cantidad ingente de factores secundarios toman protagonismo: personalidad, motivación, dinámica familiar…Los mismos factores que pueden influir en el desarrollo musical.

Parece ser que el oido absoluto tiene un reflejo en el planum temporale, una región del córtex auditivo que es de mayor tamaño en las personas que tienen oído absoluto, pero lo que no se sabe es que empieza siendo más grande en la gente que acabará teniendo oído absoluto o si será más bien que la adquisición del oído absoluto hace que el planum temporale aumente de tamaño.

La cosa está más clara cuando se trata de movimientos motrices especializados. La práctica hace aumentar la parte correspondiente del cerebro que se encarga de ello, pero tampoco se sabe si la tendencia al aumento es preexistente en algunos casos y en otros no.

Una prueba evidente para apoyar la idea de talento es que, simplemente, algunas personas adquieren habilidades musicales más rápido que otras. Pero lo especialistas en música tienen que pasar por largos períodos de estudio y práctica para adquirir las dotes necesarias para sobresalir de verdad. Es decir, la perfección viene con la práctica.

Por lo tanto, el uso de la etiqueta talento es un círculo vicioso: cuando decimos de alguien que tiene talento, decimos que tiene cierta predisposición innata a sobresalir, pero en el fondo, sólo aplicamos el término retrospectivamente, después de que se han alcanzado logros significativos.

La teoría de las 10.000 horas

En multitud de estudios multidisciplinares aparece la cifra de 10.000 como las horas necesarias para convertirse en experto de cualquier cosa, desde la música hasta el baloncesto. Unas tres horas diarias o veinte a la semana durante diez años. Claro que, de donde no hay no se puede sacar, y hay quienes no llegan a ninguna parte tras esas 10.000 horas, mientras otros le sacan un gran partido al tiempo invertido.

La teoría de las 10.000 horas coincide con lo que sabemos sobre cómo aprende el cerebro. El aprendizaje exige la asimilación y consolidación de información en el tejido neuronal. Cuanta más experiencia tenemos de algo, más firme se hace la huella recuerdo/aprendizaje de esa experiencia. Aunque la gente difiera en el tiempo que tarda en consolidar neuronalmente la información, el aumento de práctica significa una huella más profunda o muchas más huellas. La fuerza de un recuerdo está vinculada al número de veces que se ha experimentado el estímulo original.

La fuerza del recuerdo depende también de cúanto nos interesemos por la experiencia. Etiquetas neuroquímicas asociadas con recuerdos los marcan según su importancia, y tendemos a codificar como cosas importantes aquellas que aportan mucha emoción, tanto positiva como negativa.

El interés puede explicar en parte algunas de las diferencias iniciales en las velocidades de aprendizaje de diferentes individuos. Si estoy tocando un instrumento que me gusta prestaré atención con mayor facilidad a diferencias de tonalidad y a cómo puedo moderar y modificar la tonalidad de mi instrumento.

En definitiva, el interés conduce a la atención, y juntos conducen a cambios neuroquímicos mensurables. Se libera dopamina, asociada con la regulación emocional, la alerta y el estado de ánimo, y el sistema dopaminérgico ayuda en la codificación de la huella mnemotécnica.

El argumento de las 10.000 horas es convincente porque aparece en un estudio tras otro en todos los campos, y a los científicos les gusta el orden y la sencillez. Pero esta teoría, como todas, tiene agujeros. Para muestra está Mozart.

Por todos es conocido que a los 4 años ya componía sinfonías. En verdad, Mozart  empezó a componer a los 6 y su primera sinfonía fue a los 8. En cualquier caso, la precocidad es asombrosa y las 10.000 horas no aparecen por ninguna parte…¿o sí? Teniendo en cuenta que su padre era considerado el mejor profesor de música de toda Europa y que Mozarte empezó a practicar a los 2 años, suponiendo que trabajara 22 horas por semana, a sus 8 años ya había almacenado las 10.000 horas de rigor.

Pero esa primera obra de Mozart, sólo inspira un interés histórico, no estético, y si Mozart no hubiera devenido Mozart, nadie la conocería. Mozart compuso sus obras verdaderamente grandes mucho despues de que hubieran cumplido las 10.000 horas.

¿…Y que dicen los genetistas?

Suponen que si hay una aportación genética a la música, aparecerá en el seno de la familia. Pero puede resultar muy difícil separar la influencia de los genes de la influencia del entorno, sobre todo en una actividad como la música que implica una componente de aprendizaje.

Aún así, la música tiende a ser cosa de familia, es más probable que al hijo de músicos se le estimulen más sus tempranas tendencias musicales que a los que nacen en un hogar de no músicos.

Si un rasgo parece ser hereditario, podemos intentar aislar los genes que parecen que estén relacionados con él. Con la complejidad añadida de que pueden existir genes relacionados que no están activos.

Estudios centrados sobre todo en gemelos idénticos separados al nacer confirman que, debido a las sorprendentes similitudes encontradas, la religiosidad, la delincuencia y la músicalidad tienen una fuerte componente genética. También podrían explicarse dichas coincidencias por medio de la estadística o incluso teniendo en cuenta aspectoa psico-sociales, ya que muchos de los incidentes que nos ocurren en la vida están condicionados en cierta medida por cómo nos ven otros. No tiene nada de raro que al ser gemelos idénticos, puedan acabar teniendo personalidades, hábitos o peculiaridades similares. En este último caso los genes están influyendo, aunque de una manera indirecta y secundaria.

No es difícil extrapolar este argumento a los músicos. La esencia de la interpretación musical es ser capaz de transmitir emociones. Si el artista las está sintiendo o si nació con la capacidad de hacer que parezca que la siente puede no tener importancia.

La genética es un punto de partida que puede influir en la personalidad o en la carrera, o en las cosas concretas que uno elige cuando emprende una carrera.

Los músicos utilizan el cuerpo además de la mente. El papel del cuerpo en el manejo de un instrumento musical o en el canto significa que las predisposiciones genéticas pueden contribuir notablemente a la elección de instrumentos que un músico pueda tocar bien. Sin embargo, hay guitarristas y pianistas de manos pequeñas y violinistas de manos grandes.

Algunas personas tienen predisposición biológica hacia instrumentos concretos o hacia el canto. Puede también haber un grupo de genes que trabajen juntos para crear las dotes que uno ha de tener para convertirse en músico: buena coordinación ojo-mano, control muscular, control motriz, tenacidad, paciencia, memoria para ciertos tipos de estructuras y pautas, un sentido del ritmo y de la sincronización.

Uno tiene que tener esas cosas para ser un buen músico. Algunas de ellas son necesarias para ser bueno en cualquier cosa, sobre todo la resolución, la seguridad en uno mismo y la paciencia.

La emoción no se enseña

Ni siquiera en las grandes escuelas de música. La emoción no forma parte del curriculum de ninguna escuela de música. Sólo en ocasiones excepcionales, en escuelas  excepcionales y para alumnos excepcionales, se les intenta limar el aspecto emocional, que en definitiva es de lo que se trata en una experiencia musical.

¿Por qué algunos músicos son superiores a otros, no en la dimensión técnica de la música, sino en la emocional? Éste es un gran misterio del que nadie conoce la respuesta.

No podemos meter a un músico interpretando dentro de un escáner cerebral, a día de hoy tenemos que estar completamente quietos para este tipo de pruebas. Seguro que es cuestión de tiempo, pero por ahora no disponemos de la información científica que podríamos obtener con esta prueba.

A partir de entrevistas y diarios de músicos tan dispares como Tchaikovsky, Bernstein, B.B. King o Steve Wonder, parece deducirse que en la tarea de comunicar emoción participan factores mecánicos y técnicos y además algo que sigue siendo misterioso.

Recordar la música entraña volver a poner las neuronas que estuvieron activas originalmente en la percepción de una pieza musical en su estado original, reactivando su pauta concreta de conectividad y logrando unos índices de activación lo más próximos posibles a sus niveles originales. Esto significa reclutar neuronas en el hipocampo, la amígdala y los lóbulos temporales en una sinfonía neuronal orquestada por los centros de planificación y atencíon del lóbulo frontal.

Los oyentes no músicos son exquisitamente sensibles a los gestos físicos que hacen los músicos. Observando una interpretación musical con el sonido apagado, y atendiendo a cosas como los movimientos del  brazo, el hombro y el torso del músico, los oyentes ordinarios pueden detectar una gran cantidad de intenciones expresivas de éste. Si se añade el sonido, aparece una cualidad emergente: una comprensión de las intenciones expresivas del músico que va más allá de lo que es asequible sólo en el sonido o sólo en la imagen visual.

La memoria musical

La pericia en cualquier campo se caracteriza por una memoria superior, pero sólo para cosas incluidas dentro del campo de esa pericia. Los músicos se basan en el conocimiento de la estructura musical para esquematizar su conocimiento.

Cuando los músicos memorizan canciones se basan para hacerlo en una estructura y los detalles encajan en esa estructura. Se trata de una forma eficiente y frugal que tiene el cerebro de funcionar. En vez de memorizar cada acorde o cada nota, construimos una estructura dentro de la cual pueden encajar diferentes sonidos, una plantilla mental que puede incluir gran número de piezas musicales.

Los músicos no suelen aprender nuevas piezas nota a nota una vez que han llegado a un cierto nivel de experiencia, conocimiento y pericia. Pueden apoyarse en las piezas previas que conocen y limitarse a anotar las variaciones que pueda haber respecto al esquema estándar.

La memorización por fuerza bruta también funciona, simplemente hacemos todo lo posible para memorizar una información repitiéndola una y otra vez. Pero esta memorización mecánica se facilita enormemente con una organización jerárquica del material. Este tipo de vieja y sencilla memorización es lo que hacen los músicos cuando aprenden los movimientos musculares necesarios para tocar una pieza determinada.

Por lo tanto…

Ser un músico experto adopta muchas formas: destreza tocando un instrumento, comunicación emotiva, creatividad y estructuras mentales especiales para recordar la música.

Ser un oyente experto, cosa que la mayoría de nosotros somos a los 6 años, entraña haber incorporado la gramática de nuestra cultura musical en esquemas mentales que nos permitan formar expectativas musicales, la esencia de la experiencia estética de la música.

Aún sigue siendo un misterio neurocientífico cómo se adquieren todas esas formas diversas de pericia. Pero el consenso emergente es que la pericia musical no es algo individual, sino que incluye muchos componentes, y no todos los expertos musicales estarán dotados por igual de estos diversos componentes.

Convertirse en un músico famoso es otra cuestión completamente distinta, y puede no tener tanto que ver con factores intrínsecos o con la habilidad como con el carisma, la oportunidad y la suerte. Pero un aspecto esencial es el que corresponde a la repetición. Todos somos oyentes musicales expertos, capaces de tomar decisiones muy sutiles sobre la música que nos gusta, y esa historia es otra faceta muy interesante de la interacción entre las neuronas y las notas, que veremos en otra ocasión.

Si te ha gustado/interesado esta entrada, te recomiendo encarecidamente que te leas Tu cerebro y la música. El estudio científico de una obsesión humana de Daniel J, Levitin.

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