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El grado de reconocimiento de los derechos humanos se halla lejos de ser uniforme en todo el mundo. Nos referimos a su rechazo o profundas divergencias con respecto a su carácter universal, alcance y validez. Estas diferencias en la comprensión de los derechos humanos nos llevan a preguntarnos como podemos argumentar en su favor.

La tradición del derecho natural afirma la existencia de derechos anteriores al ordenamiento jurídico. Su forma de fundamentar estos derechos varía según las épocas y las escuelas filosóficas. Las principales propuestas que han prevalecido pasan por configurar los derechos como un orden cósmico racional, como una  ley divina y como componente intrínseco de la racionalidad humana.

La idea de derecho natural.

Rastrear la oposición entre ley natural y ley positiva nos lleva al mundo griego clásico. Los diálogos de Platón son considerados un antecedente de la idea básica del derecho natural de que existen normas morales universales que pueden ser conocidas por la razón.

Aristóteles distingue la justicia natural de la multiplicidad y variedad de costumbres y leyes de los distintos pueblos. El estoicismo preparó el terreno para el desarrollo de la idea de derechos humanos al afirmar la existencia de una ley natural de la razón, inmutable y universalmente compartida por todos los humanos.

En la Edad Media, San Agustín y Santo Tomás hacen de la ley natural el reflejo de la esencia divina. El derecho natural basado en la razón, aunque subordinado al divino, es concebido como fundamento y límite del derecho positivo. La noción de ley natural exige simplemente la afirmación de una naturaleza humana racional que dicta normas básicas de conducta correcta. Esta convicción del derecho natural remite en su núcleo mismo a la regla de oro de la ética, a su norma más universal: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti.

En las teorías del derecho natural antiguas y medievales, la especificación de las normas más allá de esta regla tan generalmente aceptada por todos los pueblos, está ligada a concepciones de la Naturaleza como realidad teológica inmutable y jerárquica que en los griegos es el orden cósmico y en la tradición judeocristiana, creación divina cuyo sentido es revelado por las Escrituras y sus intérpretes.

La idea moderna del ser humano como proyecto que se elige a sí mismo no parece compatible con esta comprensión del mundo y de la moral. Una teoría tendente a determinar en exceso lo que es bueno para los humanos y a condenar conductas que parecen apartarse de los fines naturales encuentra un terreno poco propicio en un mundo actual de radical afirmación de la diversidad y de la innovación.

Si además plantean pretensiones de validez jurídica, son incompatibles con la pluralidad de las sociedades actuales. Las guerras de religión del siglo XVI favorecerán la crisis de la fundamentación teológica dando lugar a la aparición del iusnaturalismo moderno que tiene un carácter laico y afirma la independencia del derecho natural con respecto a los poderes políticos y religiosos.

En la Modernidad, el derecho natural dejará de apoyarse en un orden natural y social previo y teológico y pasará a fundarse en una construcción racional basada en la libertad y la capacidad del ser humano de darse la propia ley. La dignidad especial del ser humano residiría en las capacidades racionales y fundamentalmente en la posibilidad de regirse por normas morales (razón práctica).

Los primeros derechos humanos tematizados serán los de libertad de conciencia, de pensamiento y garantías procesales. Los pensadores contractualistas liberales de los siglos XVII y XVIII enarbolaron el derecho natural para afirmar la libertad e igualdad de todos los hombres, impugnando la rígida y jerárquica división estamental del Antiguo Régimen.

Para Locke, los derechos naturales, en especial el de libertad y propiedad, son anteriores al contrato fundador del Estado y éste tiene por función el protegerlos. Con los teóricos del contrato, la legitimidad del Estado ya no reside en la voluntad divina, sino en la eficacia del poder para garantizar los derechos naturales. Estado de derecho y derechos humanos se hallan estrechamente ligados en su origen y fundamentación.

Con la distinción de esferas de aplicación de la moral y el derecho cobra forma la tradición liberal de pensamiento que conduce a las sociedades democráticas plurales de la actualidad. El intento de controlar las creencias de los individuos a través de la coacción es, según los ilustrados, una ingerencia indebida e inútil, ya que siempre se topará con la resistencia de la conciencia individual y la imposibilidad de cambiar de opinión solo debido al temor.

Discusiones teóricas contemporáneas.

 En las últimas décadas nos encontramos con la paradójica situación de que la aceptación internacional creciente de los derechos humanos se ve acompañada, al mismo tiempo de una gran reticencia a su fundamentación filosófica.

La experiencia de los procesos de descolonización, el multiculturalismo y la crítica postmoderna se conjugan para que incluso los representantes de la tradición racionalista teman incurrir en etnocentrismo, en imperialismo cultural y en ingenuidad metafísica si sostienen la universalidad de los derechos humanos.

Considerando que es imposible basarlos en la naturaleza humana o en la racionalidad, el postmoderno Richard Rorty sostiene que la cultura de los derechos humanos es un factum que no precisa fundamentación. A su juicio, se trata de una cultura desarrollada gracias a una educación sentimental que ha tenido lugar en sociedades con condiciones de vida favorables a la autoestima y a la dignidad personal. Esta educación se da en situaciones de seguridad, paz y prosperidad económica. Así, los derechos humanos no necesitarían fundarse en el reconocimiento verdadero de una naturaleza humana especial.

Solo es necesario el progreso de los sentimientos gracias a las historias tristes que nos sensibilizan. El temor a que un sistema jurídico legitimado únicamente por la voluntad popular pueda contener normas injustas ha llevado a buscar criterios de justicia externos al proceso democrático. Se trata de los derechos humanos concebidos como derechos morales anteriores al sistema de normas jurídicas. Su reconocimiento por parte del sistema jurídico proporcionaría a este la legitimidad buscada.

El enfrentamiento entre los pensadores ilustrados defensores de los derechos humanos y los anti-ilustrados que rechazaron en el siglo XIX estos derechos por considerarlos fruto de una abstracción racionalista prosigue en la actualidad en el debate entre procedimentales y sustancialistas:

  1. Las éticas sustancialistas sostienen que no se puede establecer la corrección de normas si no se apela a alguna concepción compartida de la vida buena. Lo propio de la moral no sería la discusión sobre normas justas universales, sino la reflexión sobre los bienes, fines y virtudes asumidos por la comunidad en la que se vive.
  2. Las éticas procedimentales, herederas del formalismo kantiano, ofrecen un enfoque contructivista de los derechos humanos. Conservan de la teoría de Kant una concepción de la ética según la cual el objetivo no debe ser recomendar contenidos morales concretos, sino ofrecer procedimientos que permitan legitimar o deslegitimar las máximas que guían la acción.

La propuesta rawlsiana se basa en un procedimiento contractual hipotético en el que las partes que negocian no conocen cual será su particular condición (velo de ignorancia), por lo que se ven impulsadas racionalmente a adoptar normas justas para todos, evitando así la posibilidad de quedar en una situación excesivamente desventajosa.

Los derechos humanos serían una categoría especial de derechos de aplicación universal que forman parte del derecho de gentes. Incluye en ellos los derechos básicos: a la vida, a la seguridad, a la propiedad personal, a un juicio justo, a la libertad de conciencia, a la asociación y a emigrar.

En sociedades no liberales, estos derechos serían reconocidos a las personas, no como ciudadanos, sino en tanto miembros de grupos, comunidades y corporaciones. En la ética de Habermas, los derechos humanos serán los que correspondan a todo ser humano por el hecho de ser humano. La reformulación habermasiana del imperativo categórico kantiano ordena someter la máxima de la acción a la consideración de todos los demás para hacer valer discursivamente su pretensión de universalidad.

Frente a la idea de consenso, Muguerza enfatiza el discurso, señalando que los derechos humanos nacieron justamente de la protesta frente a consensos ratificadores del status quo. Su fundamentación negativa o disensual de los derechos o alternativa del disenso apunta a que los derechos humanos han sido conquistados gracias a las protestas de individuos o grupos de individuos que se han rebelado contra consensos excluyentes. Muguerza parte de la segunda formulación del imperativo categórico kantiano (obra de tal modo que tomes a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como un fin y nunca solamente como un medio), a la que llama imperativo de la disidencia, porque otorga la posibilidad de decir no a situaciones en las que prevalecen la indignidad, la falta de libertad o la desigualdad.

Danilo Zolo ha criticado los planteamientos de Habermas y de otros filósofos y juristas que consideran viable la aplicación universal de los derechos humanos (globalismo jurídico). Se trata de una nueva forma de etnocentrismo que intenta aplicar valores y principios provenientes del individualismo liberal a culturas como la islámica y la china en las que no existe una noción de libertad y de derecho fuera de la comunidad y de sus relaciones jerárquicas. A su juicio, el globalismo jurídico solo abre las puertas del militarismo humanitario por el que las potencias imperialistas se permiten la injerencia en los estados soberanos y genera resentimiento ante lo que es percibido como occidentalización del mundo.

Bobbio han llamado la atención sobre lo que ha llamado especificación de derechos o proceso de sucesión de declaraciones que atienden a situaciones de colectivos particulares. Algunos de estos derechos colectivos plantean problemas para el cumplimiento de los derechos humanos de primera generación. Las culturas son concebidas como repertorios fijos y homogéneos que deben ser protegidos incluso contra las veleidades de cambio de sus miembros. Esta posición extrema nos lleva a las antípodas de la afirmación liberal de los derechos fundamentales y constituye un serio peligro para la libertad de las mujeres.

Hay que insistir en la importancia de los derechos humanos para las épocas que se avecinan. Se trata de una herencia fundamental de la Modernidad. Con la globalización, hoy más que nunca es verdadera la observación de Kant: como se ha avanzado tanto en el establecimiento de una comunidad más o menos estrecha entre los pueblos de la Tierra, la violación del derecho en un punto de la Tierra repercute en todos los demás.

En el siglo XXI no disponemos de una metafísica y de una filosofía de la historia optimistas que nos aseguren el triunfo final de la justicia, pero el legado ilustrado de los derechos humanos, renovado a la luz de los retos actuales y del pensamiento crítico, constituye un baluarte que nos pone a resguardo tanto de los fundamentalismos religiosos de todo signo, como de la dinámica ciega de las fuerzas económicas reificantes.

Pero ¿quién se ha enterado? Fundamentalistas y fuerzas económicas reificantes desde luego no.

Basado en el capítulo 9. Los Derechos Humanos, un legado de la modernidad, de Alicia H. Puleo

Incluido en el libro Ciudad y Ciudadanía. Senderos contemporáneos de la filosofía política. Ed. de Fernando Quesada

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Los derechos humanos se han definido como conjunto de facultades e instituciones que, en cada momento histórico, concretan las exigencias de la dignidad, la libertad y la igualdad humanas, que deben ser reconocidas positivamente por los ordenamientos jurídicos a nivel nacional e internacional.

Originalmente, se hablaba de derechos naturales, término caido en desuso, a la par que se ha generalizado en la cultura jurídica el término “derechos morales”, que enfatiza el carácter previo de los derechos de autonomía de los individuos como triunfos frente al Estado: la comunidad política no los “concede”, sino que “reconoce” que las personas los poseen.

En esto se diferenciarían de otro tipo de derechos. Otros autores prefieren hablar de “derechos fundamentales”. Pero esto no parece del todo adecuado porque mientras estos derechos no sean reconocidos por la sociedad política a través de su derecho positivo interno o con su adhesión a normas internacionales, no corresponde hablar de derechos. Por ello, convendría concebir los derechos fundamentales como “valores” si no han sido recogidos en un texto legal y como “normas jurídicas” válidas si ya han sido integrados en las leyes.

La expresión “derechos fundamentales” tendría la ventaja de aludir a los derechos de los individuos y los correspondientes deberes del Estado. Es ya habitual la clasificación que diferencia, al menos, tres generaciones de derechos humanos:

Primera generación

  • Lo constituyen los derechos civiles y políticos.
  • Giran en torno al valor de la libertad individual.
  • Se plasman políticamente en los documentos fundacionales de las primeras revoluciones burguesas.

Constant se refiere a estos derechos como la “libertad de los Modernos” o libertad civil, posibilitan la autonomía personal en el ámbito de lo privado. Los opone a la “libertad de los Antiguos” concebida como capacidad de participación en la vida política. La participación ciudadana en el establecimiento de las leyes implica obedecer normas racionales y aceptadas y no simplemente impuestas.

Desde estas primeras concreciones de la idea de derechos humanos absolutos e inalienables, se ha avanzado hacia su reconocimiento internacional como derechos positivos con la Declaración Universal de 1948 que reconoce a todo ser humano los derechos a la libertad, la igualdad, la dignidad, la vida y seguridad personal, etc. Con respecto a ellos se suele hablar de derechos fundamentales.

Son de obligado cumplimiento para todos los estados que hayan suscrito los tratados internacionales. Las dificultades para el reconocimiento de esta primera generación de derechos humanos no solo se advierten en la realidad política.

También han sido contestados en el ámbito intelectual. El énfasis en la defensa del individuo y sus derechos naturales absolutos ha suscitado el rechazo y las críticas de discursos en diferentes corrientes de pensamiento.

  • Para Bentham, los derechos naturales son ficciones y puede ser correcto sacrificar los intereses individuales por la mayor felicidad del mayor número.
  • El marxismo consideró los derechos humanos de primera generación como una ficción moral burguesa. Señaló que establecían una “mera igualdad formal” o igualdad ante la ley que nada tenía que ver con la “igualdad real”. Según Marx, se trataba de conceptos que serían innecesarios en la sociedad que iba a emerger de la revolución proletaria, ya que esta traería un hombre nuevo, respetuoso con sus semejantes.

Finalmente, corresponde recordar que la libertad y la igualdad de derechos proclamadas por el pensamiento liberal del XVIII hicieron posible un cambio fundamental en las relaciones sociales entre los sexos al dar lugar al surgimiento del feminismo. Como ha mostrado Celia Amorós, el feminismo es un producto moderno que nace de la lógica generalizadora de la democracia y consiste en universalizar los principios de igualdad de la Ilustración.

A finales del siglo XX, distintas formas de violencia ejercida contra las mujeres en todo el mundo, unificadas bajo el término de “violencia de género” o “violencia sexista”, han sido reconocidas como violación de los derechos humanos de las mujeres. Concepto que algun@s politicuch@s de tres al cuarto “que nos representan”, quieren cargarse de un plumazo sin considerar la trascendencia que conllevan.

La segunda generación

  • Enuncia los derechos sociales y económicos a partir de las críticas socialistas originadas en el siglo XIX por la contradicción entre la igualdad ante la ley y la extrema desigualdad económica del capitalismo.
  • Se centran en el valor de la igualdad.
  • Es el fruto de las críticas socialistas, de la reivindicaciones de los sindicatos y de las propuestas de pensadores como Keynes.
  • Está relacionada directamente con el desarrollo del Estado del bienestar.

El Estado de derecho liberal tardará en convertirse en Estado democrático de derecho y más tardará aún en asumir el carácter “social” que le da esta segunda generación de derechos. Pero los derechos de esta generación estarán condicionados a las posibilidades materiales del Estado para su concreción. No pueden reclamarse judicialmente.

Su satisfacción depende de las decisiones de los representantes políticos y del grado de desarrollo económico de un país. Incluyen, entre otros, el derecho al trabajo, a igual salario por igual trabajo, a la educación, a un nivel de vida adecuado que asegure la alimentación, el vestido, la vivienda, etc.

Numerosas voces se han alzado en los últimos tiempos para señalar que, lejos de universalizar estos derechos, el proceso de globalización neoliberal los ha debilitado.¿Te suena?

Mientras que los liberales conservadores reducen los derechos humanos a su primera generación, conciben los impuestos que permiten la redistribución de recursos como violación del derecho de propiedad y proponen un Estado mínimo.

Liberales sociales y pensadores del republicanismo subrayan la interdependencia de ambas generaciones de derecho.

Los principios actuales de la Bioética combinan los dos modelos de reconocimiento de la dignidad humana. Tal como son definidos en el Informe Belmont, son una una traducción de los derechos humanos al lenguaje bioético:

  • el principio de beneficencia (devolver la salud a los enfermos y velar por su vida);
  • el principio de autonomía (requiere el consentimiento informado del paciente);
  • el principio de justicia (Estado social que asegure el derecho universal a la salud).

Las dos primeras generaciones de derechos se hallan recogidas en la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas de 1948. Uno de los documentos más inútiles de la historia de la humanidad. Claro que proviniendo de una de las instituciones más inútiles de la humanidad, no podía ser de otra forma.

Tercera generación

Suele decirse que reclaman el derecho a gozar de un medio ambiente sano, no contaminado; el derecho a vivir en paz, sin guerras; los derechos colectivos de las minorías étnicas, religiosas y lingüísticas y el derecho a los pueblos al desarrollo, si bien no hay un total acuerdo sobre ellos.

Puede decirse que el interés por lo colectivo presente en los derechos socioeconómicos y culturales subsiste y se intensifica en esta tercera generación de la que se dice que está inspirada en el valor de la fraternidad.

La demanda de derechos ecológicos supone una crítica al desarrollo insostenible del modelo económico y civilizatorio vigente y, para algunas perspectivas críticas, también un abandono del antropocentrismo moral fuerte que solo otorga consideración moral a los humanos para situar a estos en el seno de la comunidad de los seres vivos, en una visión empática y menos arrogante del mundo natural.

Algunos hablan ya de una cuarta generación de derechos humanos. Incluyen derechos genéticos y biológicos cuyo adecuado reconocimiento y regulación vendría justificado por el desarrollo de las investigaciones biotecnológicas. No solo estamos ante la necesidad de proteger la privacidad de los datos genéticos concernientes a los individuos, sino ante un debate sobre la privatización del patrimonio genético animal y vegetal con vistas a su explotación.

 

Basado en el capítulo 9. Los Derechos Humanos, un legado de la modernidad, de Alicia H. Puleo

Incluido en el libro Ciudad y Ciudadanía. Senderos contemporáneos de la filosofía política. Ed. de Fernando Quesada