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Términos mentales como disposiciones de conducta

Continuando la entrada Conducta y Máquinas de Turing, nos encargamos ahora de desarrollar el concepto de conducta desde otro puntos de vista, sin perder de vista el enfoque funcionalista que es el hilo conductor común a ambasas.

La idea de que la Psicología se ocupa de lo que está por debajo de la descripción de la competencia tiene un importante precedente en la Filosofía, aparte de en el lenguaje común. Gilbert Ryle fue uno de los proponentes del análisis de los términos mentales como disposiciones de conducta. Además de esto, Ryle dijo que esos términos son los que se usan para explicar la conducta corriente, de modo que el Conductismo Lógico no es en realidad una teoría de la Psicología salvo si la queremos adaptar para hacer ese trabajo.

La teoría de Ryle estaba complementada por su afirmación de que solo buscamos las explicaciones del psicólogo cuando algo va mal con las explicaciones ordinarias de la conducta, o algo va mal en la conducta desde el punto de vista de las explicaciones que solemos dar de ella.

Si alguien se ríe en un funeral buscamos explicaciones psicológicas, si alguien se inflige dolor también, si alguien comete un error durante la producción de un discurso acaso también. Ryle aludía al psicoanálisis como teoría psicológica. En el psicoanálisis, como en la vida ordinaria, atribuimos intenciones y significados a agentes no personales. En un acto fallido lingüístico el significado es atribuido en los chistes y en los periódicos al sujeto que lo cometió. En el psicoanálisis se le atribuye la intención significativa a un agente subpersonal, tal como el ello.

En el psicoanálisis los agentes subpersonales que componen al sujeto son también personales bajo algún punto de vista, en las ideas de Ryle y de Chomsky no. Ryle dio un buen indicio de lo que habría pensado sobre el asunto cuando habló de los errores categoriales.

Quizá Ryle habría pensado que una persona es la colección de sus instancias subpersonales. Freud pensaba eso mismo. Chomsky decidió atribuir las diferencias entre la actuación y la competencia a que existe un módulo mental de los principios básicos de la competencia, que se supone situado en alguna región del cerebro, mientras que la actuación está producida por la intervención de ese módulo junto con otros procesos psicológicos. Aunque Chomsky puede estar en lo cierto, la teoría de la competencia de un lenguaje no es sino una descripción funcional que puede ser satisfecha por muy diferentes actuaciones pero con amplia concurrencia de desviaciones que se pueden considerar errores y tienen que ser explicados en términos subcompetenciales.

Homúnculos y Solipsismo Metodológico

En general la Psicología Cognitiva clásica ha seguido el camino de investigar las pautas en la ejecución de tareas para mejorar las descripciones de la operación de lo que llaman procesos, como la percepción, memoria, etc. Estas descripciones solían contener lo que llamaban “homúnculos”, que en este contexto aplica a una parte (o proceso) del cerebro cuyo cometido es ser «tú» .

La información puede estar contenida en muy diferentes soportes y ser procesada de muy diferentes maneras para obtener una misma salida del procesador. En la Psicología Cognitiva se ha dejado de lado la naturaleza del soporte y, en el caso de los homúnculos, en el mecanismo del procesamiento queda que información recibe el homúnculo y que información transmite.

El homúnculo era descrito, pues, de manera funcional en el sentido de que lo que especificaba de la naturaleza del homúnculo era su contribución a un proceso en el que estaba inserto y de que su papel podía ser llenado de diferentes maneras. La descripción de estos homúnculos es funcional y también es intencional. Se suele llamar intencionales no solo a las intenciones sino en general a los estados mentales que describimos como actitudes proposicionales, esto es, actitudes como la creencia, el deseo, la duda, etc., que para ser especificadas necesitan que se señale una proposición hacia la cual se tiene la actitud.

La Psicología de sentido común, mediante la cual nos explicamos las conductas ajenas, es típicamente intencional. El círculo vicioso de las atribuciones de estados mentales es más especialmente el círculo vicioso de la intencionalidad. Pero los psicólogos cognitivos se las han arreglado para introducir sus homúnculos, que saben cosas y transmiten información en sistemas que no son vacuamente instanciables.

Los filósofos de la mente han discutido sobre la naturaleza de los estados mentales que corresponden a las actitudes proposicionales y sobre el contenido de éstas. En la Psicología Cognitiva clásica, y también en la Inteligencia Artificial los procesos internos del organismo y los procesos del ordenador, claro está, se definían como computacionales, lo cual implica que son sintácticos.

Para esto hay muchas razones, las principales metodológicas: si representamos un proceso mental como una Máquina de Turing, entonces los estados de ese proceso son computacionales. Hay otra razón más que apoya esta concepción. Las atribuciones de actitudes proposicionales a las personas crean lo que se llama “contextos opacos” a la cuantificación y a la sustitución.

Es evidente que si decimos que Juan cree que Zapatero ganó las elecciones podemos interpretar esto de dos maneras: cree que un individuo llamado Zapatero ganó las elecciones o podemos sentirnos tentados de sustituir “Zapatero” por una descripción propia y decir que Juan cree que el presidente en ejercicio ganó las elecciones. Parece preferible que no nos permitamos la sustitución cuando de lo que se trata es de atribuir una creencia a Juan, porque Juan puede no saber que Zapatero era el presidente en ejercicio en el momento en que tuvieron lugar las elecciones.

La interpretación sintáctica de las actitudes proposicionales crea también contextos opacos. Si decimos que Juan cree “Zapatero ganó las elecciones”, dentro del entrecomillado no podemos sustituir nada. La oración, cuando es entrecomillada, es una simple cadena de signos. Tiene 24 caracteres y tres espacios. Un procesamiento computacional solo toma en cuenta estas características de la oración. Naturalmente cuando se hace esto se pierde la cuestión de la referencia de los nombres y predicados que hay en la oración. Esta pérdida de la referencia es el motivo de que a la metodología que en ciencias sociales adopta este punto de vista se la llame “Solipsismo Metodológico”. Solipsismo porque no se considera que haya un mundo al que refieran los objetos de las actitudes, ya que esos objetos son cadenas de signos dentro de las cuales no se permite la sustitución para obtener cadenas equivalentes.

En el Solipsismo Metodológico la Psicología solo se ocupa del procesamiento de información que hace la mente o el cerebro de puertas hacia adentro. El mundo exterior afecta a unos órganos aferentes que son transductores de las afecciones que la energía del mundo exterior producen en diferentes sistemas del organismo. En algún lugar del viaje que tienen las afecciones energéticas en el interior del organismo, las consideramos simplemente como información y las representamos como contenidos sintácticos. Aquí no hay ninguna cuestión ontológica implicada, ya que se supone que todo lo que ocurre en el cerebro son intercambios químicos, igual que en los órganos aferentes.

En el punto en que lograr descripciones de lo que pasa en el cerebro con vistas a explicar la conducta se vuelve demasiado difícil e ignoto, y resulta más fácil describirlo como procesamiento de información trazamos una frontera entre el asiento de la mente y el resto del sistema nervioso o del organismo. Que el asiento del procesador principal de información coincida con la parte más abultada del sistema, ha guiado las hipótesis más básicas sobre el lugar donde tienen lugar las operaciones mentales, pero en realidad qué consideramos procesador central y qué aferente o eferente depende no solo de razones anatómicas, sino de qué operaciones de las que son realizadas se describen mejor en términos intencionales que en términos energéticos o bioquímicos.

Putnam antes que Matrix

Sin embargo, tanto en la Filosofía de la Mente como en la Psicología hubo movimientos que insistieron en el carácter referencial de los estados mentales de actitud proposicional. En la Psicología se señaló que la variedad del mundo, y de lo que de ella saca partido el cerebro, es tal que lo que ocurre en un laboratorio, donde los patrones de los estímulos están muy limitados, no sirve para definir funcionalmente los estados psicológicos que explican la conducta. Este fue el motivo del desarrollo de la Psicología Ecológica. Además esta clase de Psicología podía tomar en cuenta con más naturalidad los aspectos adaptativos de los procesos mentales.

En la Filosofía de la Mente, Putnam argumentó que los estados mentales son referenciales, pero sus argumentos más famosos eran completamente a priori aunque sugerían la importancia de considerar la naturaleza del entorno en el cual el organismo vive y aprende el lenguaje. Todo el mundo sabe que los estados mentales de actitud proposicional son referenciales. La cuestión es cómo hay que especificar el contenido de esos estados para explicar la conducta.

Adelantándose a Matrix, pero no a Descartes, Putnam intentó mostrar que no es lo mismo ser una persona dotada de cerebro que vive en el mundo real que ser un cerebro que vive en una bañera y cuyos estados mentales le son producidos por un tinglado químico y electrónico. Desde luego que no lo es, pero el argumento de Putnam consistía en decir que la víctima en Matrix no puede tener estados mentales que refieran. Puesto que nuestros estados mentales refieren no somos cerebros en bañeras. El “hecho” clave del argumento de Putnam es que el sujeto que está en una bañera de esas no puede decir que está en una bañera y a la vez referir a ello. Puesto que referimos, no estamos engañados por la bañera o el demonio cartesiano o Matrix.

Un argumento más empírico y contingente en contra de la practicabilidad de los cerebros en bañeras se basa en la inverosimilitud de que una máquina pueda alimentar en un organismo la enorme cantidad de información que éste recibe del mundo exterior. Pero el alcance de este argumento es menor que el de Putnam, puesto que desde el punto de vista de cuál es la naturaleza de la información que el organismo recibe del mundo exterior no hay diferencia en cuáles son los géneros naturales a que refieren las actitudes proposicionales.

Estados: mentales, físicos, computacionales…

El mundo del organismo no es todo el mundo, sino el que el organismo puede apreciar. El contenido de los estados mentales puede ser expresado de muchas maneras. Parece que no hay un conjunto fijo de estados físicos en un cerebro que corresponda a cada actitud proposicional con su contenido, de manera que no sea quizá posible especificar semejante conjunto. Por lo tanto la teoría metafísica de la identidad de tipos, que dice que cada tipo de estado mental es idéntico a un tipo de estado físico, no es correcta.

Los estados físicos en ciertos entornos toman el papel de caracteres sintácticos, y los caracteres sintácticos en ciertos entornos tienen papel semántico. Esta es la estructura de las descripciones funcionales. Un trozo de plástico que recibe un baño metálico en ciertos entornos son CDs cuya lectura genera cadenas de símbolos, y esas cadenas de símbolos pueden disparar en un ordenador ciertos procesos, como la instalación. Un disco de plástico puede ser solo eso, o contener secuencias de caracteres o ser un disco de arranque.

Todas las descripciones son correctas, pero las dos segundas presuponen entornos específicos en los que el disco desempeña un papel. Los estados cerebrales se pueden describir también de esas tres maneras por lo menos. La Psicología se basa en la suposición de que no es necesario describir el cerebro en sus términos físicos para poder encontrar leyes que expliquen el comportamiento. En un nivel funcional de descripción hay autonomía nomológica.

La Psicología Cognitiva clásica suponía que ese nivel de descripción concibe los estados mentales como estados computacionales. Materialistas como Bunge y su grupo, han objetado a priori al funcionalismo y a las teorías computacionales de la mente que las operaciones del cerebro tienen que depender de las propiedades materiales del cerebro, y que no se puede hacer abstracción de ellas. Sin embargo no está nada claro cuáles son las propiedades materiales del cerebro, o simplemente qué son las propiedades materiales.

Una de las cosas que han enseñado los pensadores posmodernos, con más claridad quizás Quine, es que no hay una ontología privilegiada que sea la más básica a la que se tengan que reducir todas las demás ontologías.

Es posible que en la consumación de la Ciencia, la Física contenga las teorías más básicas a las que se reduzcan las demás ciencias. Jaegwon Kim ha dedicado muchos esfuerzos a analizar la afirmación de que las propiedades mentales sobrevienen sobre las propiedades físicas y decía que es mejor no hablar de propiedades, sino de predicados, y que la tesis de la superveniencia se expresa bien diciendo que las propiedades mentales son definidas funcionalmente en términos de las entradas y salidas de las cosas que poseen las propiedades y que son instanciadas por propiedades físicas, de manera que cada propiedad mental no consiste más que en alguna propiedad física, y que decir que x tiene la propiedad mental m equivale a la disyunción de las oraciones que atribuyen a x la propiedad p, o la propiedad q, o la propiedad r, etc., todas ellas propiedades físicas, alguna de los cuales tendría la cosa que tiene la propiedad mental.

Esto deja fuera de cuestión que las propiedades mentales sean nada distinto de las propiedades físicas. Y Kim cree que la idea de reducción entre niveles se ajusta a este género de noción de reducción o de superveniencia. De su análisis infiere que si las propiedades mentales se entienden como él sugiere, la reducción es posible en principio en el problema mente cuerpo.

Cuando se especifican propiedades funcionales mediante su papel causal, uno de los elementos básicos es el entorno en que tiene lugar la acción causal. Los estados de actitud proposicional se especifican diciendo lo que hace ese estado en un entorno dado. En la física en realidad también hay propiedades que se definen así. No existe una colección de propiedades físicas en que consista ser un reloj, aunque los relojes son artefactos físicos. Si queremos cuantificar sobre “x es un reloj” no podemos encontrar una oración equivalente que solo contenga predicados físicos, al menos por ahora. Como se halla que el discurso acerca de relojes es bastante legaliforme, lo que sí podemos decir es que cada cosa que es un reloj es una cosa que opera de cierta manera en ciertos entornos físicos, y podemos incluso describir el mecanismo y explicar por qué las lecturas que arroja coinciden con las que dan otros mecanismos diferentes que también son relojes.

En la física en realidad un reloj es cualquier cosa que mida el tiempo y sus medidas tengan ciertas propiedades matemáticas. Y también se considera que las teorías físicas son abstractos que pueden ser instanciados por diversos conjuntos de entidades.

El funcionalismo acerca de las propiedades mentales solo asegura que se puede hacer un discurso legaliforme cuando se intenta explicar la conducta recurriendo a propiedades definidas funcionalmente, pero aunque los mecanismos que instancian esas propiedades y los entornos a que hay que aludir para especificarlas sean físicos, eso no conlleva que coincidan esas propiedades con propiedades físicas.

Funcionalismo y filosofía de la mente

En la anterior entrada relacionada con el funcionalismo, tratamos de dejar constancia de que el funcionalismo no sólo es antropología. También la Filosofía de la Mente utiliza los conceptos y herramientas asociadas a esta forma de pensamiento.

En la filosofía de la mente, el Funcionalismo es una doctrina metodológica que propone que los estados mentales sean definidos por el papel que desempeñan en la generación de la conducta dado el entorno en que se encuentra el organismo. También se dice en el Funcionalismo que los estados mentales son descripciones funcionales de los estados del cerebro, pero que esas descripciones son satisfechas no sólo por cerebros, sino que se pueden concebir otros sistemas materiales de los cuales sean verdaderas.

Se dice también que la solución del viejo problema metafísico de la relación entre mente y cuerpo es que la mente es el cerebro bajo cierta descripción funcional, aunque algunos funcionalistas no se comprometen en absoluto con qué sea lo que instancia o satisface una descripción funcional de estados mentales que sea capaz de explicar la conducta.

En la metodología de esta clase de funcionalismo tenemos algo manifiesto y corriente, que es la conducta y el problema es cómo explicarla. Se sabe que los factores clave de la explicación son el sistema nervioso y el entorno, incluyendo en el entorno elementos del propio organismo. De manera que el camino evidente es determinar cuáles son las funciones nerviosas relevantes, en el sentido biológico de cuáles son los procesos que tienen lugar sobre todo en el cerebro y que desempeñan un papel en la producción de la conducta.

El problema es que la conducta de muchos organismos, en especial los humanos, es muy variada y no se sabe bastante del cerebro como para explicarla. El método que propone el funcionalismo consiste en identificar los estados internos por la conducta que es generada dado cierto estímulo y cierto entorno. Muchos términos de uso legítimo en ciencia son definidos de esta manera.

 El Conductismo Lógico ha sugerido que los términos mentales del lenguaje ordinario se entiendan como términos que designan disposiciones a conducirse de ciertas maneras dados ciertos estímulos. Dejando aparte de momento el problema del lenguaje ordinario, la metodología de individualizar estados internos como disposiciones de producir conductas no destaca algo sobre lo que muchos funcionalistas han llamado la atención: que parece necesario involucrar en esas definiciones a otros estados internos.

Si no se hace esto, por un lado pasamos del viejo recurso que algunos conductistas emplearon cuando vieron que era en exceso complicado encontrar correlaciones entre estímulos y conductas y propusieron recurrir a lo que llamaban “variables intervinientes”. Introducir en las leyes que explican la conducta variables intervinientes implica introducir términos que no se referían ni a la conducta ni a los estímulos. Algunos conductistas proponían que esas variables fueran definidas en términos de los estímulos y las conductas, que son los aspectos observables del problema de la conducta, dejando aparte las funciones cerebrales.

Cuando Hempel se ocupa del problema de los términos teóricos parece que está guiado en especial por el problema de las variables intervinientes, y decide que son necesarias, que son ineliminables a favor de términos que designen conductas y estímulos, y que una cuestión aparte es si designan algo o son meros constructos teóricos.

Esta última postura es la del Instrumentalismo, que es la posición para la cual se plantea el problema de la eliminabilidad de los términos teóricos, puesto que para el realista la cuestión es saber qué designan esos términos y sustituirlos por términos que designen en caso de que los propuestos sean vacuos.

La principal objeción al Conductismo en Psicología partió de que se hizo necesario suponer que los estados internos del organismo interaccionan entre sí, no solo median entre la conducta y los estímulos. Pero esa interacción no se podía representar como causal por desconocimiento de los estados del sistema nervioso, que efectivamente intervienen en la generación de la conducta.

Así, pues, el Funcionalismo se encontró con la necesidad de postular estados internos, de tener que definirlos por su papel en la generación de la conducta y de describir las interacciones entre los estados. Desde luego los estados mentales parecen tener un papel en la generación de la conducta e interaccionan entre sí, el problema es que los estados mentales que se invocan como causas de una conducta se encontraban desde antiguo sometidos a una grave objeción, que es la circularidad en la que se incurre cuando se explica una conducta aludiendo a un estado que se define o se identifica por su capacidad para producir una conducta cuando ambas conductas son la misma.

Conductistas y Máquinas de Turing

Los conductistas habían objetado a la Psicología mentalista que explicaran una conducta, como, por ejemplo, ir al cine, por el deseo de ir al cine, cuando la única manera que tenemos de atestiguar ese deseo es precisamente por la conducta. Un método que satisfacía todas estas necesidades y además encajaba muy bien con las modas, pero también con las esperanzas puestas en los recursos tecnológicos del momento fue proponer que los estados internos son estados de Máquinas de Turing.

Las máquinas de Turing son instanciables, pero es de suponer que las propuestas no sean instanciables por cualquier cosa. Sus estados internos interaccionan entre sí, no solo con sus entradas y salidas. El modo de la interacción no tiene por qué ser causal.

Sea lo que fuere de esta clase de mecanicismo, se puede decir que los estados cerebrales que son identificados como estados de Máquinas de Turing son identificados funcionalmente, puesto que se les identifica por el papel que desempeñan en un sistema dado ciertas entradas en la producción de ciertas salidas. Aunque aquí no hay ninguna alusión interesante al papel que desempeñan en el mantenimiento del sistema, sino que ellos mismos son parte del sistema por definición.

Se pueden considerar, de todas formas, equivalentes Máquinas de Turing que computen las mismas funciones aunque esas máquinas no posean los mismos estados y se pueda decir, por lo tanto, que cierto estado desempeña un papel en la constitución de una máquina.

Inteligencia Artificial y Psicología Cognitiva

El Funcionalismo Mecanicista estaba especialmente habilitado para advertir un problema que tiene una enorme generalidad y un enorme rendimiento en la Filosofía de la Ciencia. Podemos idear una Máquina de Turing cuyas entradas y salidas sean instanciadas por la conducta de un individuo en sus comportamientos por así decir acertados o competentes.

Por ejemplo, la Inteligencia Artificial y la Psicología Cognitiva durante un tiempo marcharon juntas en la tarea de diseñar máquinas reconocedoras de formas, en particular de caracteres escritos. Pero uno de los puntos en que se produce la divergencia entre la Inteligencia Artificial y la Psicología es el tratamiento del error. En la Inteligencia Artificial el problema que hay que resolver es crear un reconocedor de formas eficaz, sea como sea. En la Psicología hay que crear un reconocedor de formas que emule el reconocimiento de formas que tenemos los seres humanos.

El primer indicio de que los humanos no reconocen formas como las máquinas que eventualmente han llegado a ser usadas en la industria, incluida la militar, son las pautas de error. Una máquina confunde caracteres de maneras distintas a como los confunde un ser humano, y un ser humano confunde caracteres de diferente manera en la lectura que en la dactilografía. La Psicología Cognitiva y la Inteligencia Artificial tomaron caminos divergentes, incluso dentro de las teorías cognitivas también ha habido caminos divergentes.

Uno de los caminos conduce a distinguir entre competencia y actuación. Hay una descripción simple formal de la mayor parte del comportamiento verbal de una persona e incluso del comportamiento verbal de la mayor parte de las personas que hablan una lengua y la teoría formal que es instanciada en gran parte por la mayoría de los hablantes se denomina “teoría de la competencia”.

Los lingüistas generativistas han discutido sobre el tipo de sistema que describe la competencia, y algunos han tratado de mostrar que las propiedades de ese sistema son tales que no las puede satisfacer una teoría conductista del comportamiento lingüístico.

Por ello han escrito artículos que trataban de excluir los autómatas que con mayor facilidad podían ser descritos en términos de entradas, salidas y algún mecanismo muy simple, semejante a la asociación o a la iteración que hubiera sido señalado por conductistas o empiristas. En general además han propuesto que la teoría de la competencia era asunto de la Lingüística, y la teoría del comportamiento verbal, que no se ajusta a la competencia, era asunto de la Psicología.

 

Si te ha interesado el tema…se continúa en homúnculos y cerebros en bañeras, disponible en el tiempo que tarda un homúnculo en sacar al cerebro de la bañera y engrasar todas sus sinapsis 😉

La Antropología da explicaciones funcionales

Durante el siglo pasado, en especial hasta los años sesenta, estuvo muy extendido el rechazo del concepto de causa en las ciencias sociales y de la exigencia de que las explicaciones propias de ellas fueran causales. Uno de los argumentos contra la idea de causa procedía de un clima de general de descrédito que esta noción tenía en la Ciencia, especialmente en la Física donde, según se decía, la indeterminación de algunas parejas de propiedades contradecía la posibilidad de encontrar explicaciones causales de la evolución de los sistemas físicos.

En las Ciencias Sociales se rechazaba también el tipo de explicaciones históricas de los rasgos de los sistemas sociales que ofrecían el difusionismo y el evolucionismo, complementadas las explicaciones evolucionistas por algunas leyes o patrones generales del cambio de las sociedades humanas. Las teorías llamadas “evolucionistas”, tales como la de Tylor, Frazer o Comte, no tienen mucho que ver con la teoría biológica que comúnmente llamamos “teoría de la evolución”, salvo una remota analogía. Las objeciones al evolucionismo y al difusionismo convenían con una doctrina de la explicación y también de la constitución de los grupos sociales que fue el Funcionalismo.

 Radcliffe Brown y Malinowski fueron los más afortunados practicantes y defensores del Funcionalismo. Sostenían que todo rasgo de un sistema social desempeña un papel en el mantenimiento del sistema, y que la explicación de su presencia consiste en mostrar cuál es ese papel. Esta posición, como era necesario, se ocupó de rechazar la idea de que en los sistemas sociales existen vestigios (o “survivals”, como los llamaban), bien de épocas pretéritas en la evolución de un sistema, bien de importaciones culturales.

 Pero a Hempel no le parecen las más acertadas

Hempel, filósofo de la ciencia que recogió el legado del positivismo lógico, y que desarrolló un modelo completo sobre la explicación que veremos en otra entrada, abordó una gran variedad de problemas acuciantes en la metodología de las ciencias sociales y trató de resolverlos analizando la estructura lógica de esos problemas y de la parte de las teorías y de los conceptos involucrados que consideró suficiente para aclararlos.

En el caso de la explicación evitó situar como central el problema de la causalidad y ofreció un modelo principal de explicación, el nomológico deductivo, por relación al cual se analizaban las peculiaridades de casi todos los tipos de explicación presentes en la ciencia. En este modelo un hecho queda explicado cuando puede derivarse de la aplicación de una ley.

Sobre las explicaciones funcionales llegó a la conclusión de que éstas son más débiles que las explicaciones nomológico-deductivas, porque explican la presencia de un rasgo en un sistema haciendo ver que ese rasgo es una condición suficiente de una condición necesaria para el mantenimiento del sistema en un contexto dado, en el caso de los sistemas sociales su entorno natural y los demás grupos sociales con los que interactúa.

Hempel consiguó de esta manera una reconstrucción bastante adecuada de la estructura de las explicaciones del Funcionalismo en Antropología.

Problemas del Funcionalismo

Aparte de la relativa debilidad de la explicación funcional, el Funcionalismo se enfrentó a varios problemas:

  • identificar cuáles son esas condiciones necesarias para el mantenimiento de un sistema social,
  • si esas condiciones se pueden especificar con independencia de las creencias de los propios miembros del sistema social,
  • si todos los rasgos de un sistema contribuyen a su mantenimiento, puesto que los sistemas sociales cambian y desaparecen.

El Estructuralismo en las Ciencias Sociales insistió en que la presencia de un rasgo en un sistema depende de la presencia de los demás rasgos, pero que esa dependencia no es causal ni funcional, sino lógica o formal, y que el catálogo de esos rasgos está limitado por motivos lógicos y mentales comunes a la especie humana.

Posteriormente, un movimiento llamado “Materialista” llamó la atención sobre el papel que desempeña el entorno en la limitación de las posibles características de un sistema social, y se mostró más decidido al especificar al menos una parte del repertorio de funciones que un sistema social tiene que llenar. Marvin Harris, creador del Materialismo Cultural, que explica las diferencias y similitudes socioculturales dando prioridad a las condiciones materiales de la existencia humana, declaró que el tipo de explicaciones que él ofrecía era causal, pero desde luego no lo eran. Los cambios en el entorno y los recursos tecnológicos limitan las maneras de llenar las condiciones necesarias para el mantenimiento del sistema, y limitan las modificaciones posibles de éste, pero eso no afecta al hecho de que hay diferentes maneras de llenar esas condiciones y Harris no consiguió que sus explicaciones dejaran de ser funcionales.

El modelo de explicación de Hempel nos sirve para ver que las explicaciones de Harris no son causales y aclara algunas dificultades del funcionalismo. Pero no nos ayuda de manera evidente con dos problemas ulteriores.

  • Por una parte, hay explicaciones que son funcionales porque emplean conceptos definidos funcionalmente.
  • Por otra parte, se atribuyen con frecuencia funciones a entidades tales como procesos u órganos y también se dice de ciertos procesos que son funciones.

¿Qué papel tienen esas atribuciones en la explicación y en la investigación de esas entidades?, ¿qué es una definición funcional de un concepto?, ¿para qué una atribución de funciones?, ¿qué quiere decir que un proceso es una función? En el caso de las explicaciones funcionales de la Antropología hay que explicar un rasgo o un conjunto de ellos cuya observación y descripción no son lo más problemático. Por ejemplo por qué en la India no se comen las vacas, o en una cultura dada por qué ciertos tipos de matrimonio no están permitidos.

Ciertamente hay diferentes escuelas de Antropología y es raro que haya habido pleno acuerdo sobre la suficiencia de cualquier explicación ofrecida, de manera que han hecho notar que una cosa son las prohibiciones y otra cumplirlas y han elaborado sistemáticamente la distinción entre los valores proclamados y las conductas efectivas; también se ha discutido la manera de individualizar instituciones en las descripciones de la conducta, y lo que parece al principio evidente y fácil de describir, como un culto religioso, acaso sea imbuido de conceptos peculiares de la cultura de quien hace la descripción. Estos son problemas importantes de la Antropología que involucran cuestiones metodológicas, pero sobre todo cuestiones conceptuales y empíricas propias.

El Funcionalismo en la Biología

En la Biología también se da este tipo de explicaciones funcionales. Los médicos se han preocupado desde la antigüedad de explicar por qué ocurren ciertos procesos biológicos. La respiración es un fenómeno cuyas propiedades más evidentes trataron de explicar los médicos desde hace unos cuantos siglos. Una de estas explicaciones consistió en que la inhalación de aire ayuda a refrigerar el organismo, que es calentado por los procesos de cocción de la digestión. Esa explicación es funcional porque indica una necesidad, la refrigeración de un sistema, un organismo que, supuesto que realiza otros procesos que amenazan su integridad, debe ser satisfecha de alguna manera.

En la actualidad se atribuye a la sudoración este papel y el proceso de la digestión no se considera una cocción, pero cierto nivel de explicación de por qué algunos animales sudan es funcional en el sentido de Hempel.

Un proceso que tiene una función es llamado también él “una función”. Aludir a algún proceso como una función es señalar que ese proceso ocupa un lugar, que quizá podría ser ocupado por otro proceso en la constitución de algo que es considerado como alguna clase de sistema que se puede individualizar y que tiene alguna permanencia. Esto es muy vago y no pretende dar doctrina ontológica sobre qué son sistemas o qué son organismos.

La necesidad que llena la función, esto es, el proceso descrito como una función, puede ser una necesidad definicional del tipo de entidad en la cual ocurre el proceso. En los textos elementales de biología se enumeran las funciones vitales. Un género de entidades que no pueda alimentarse ni reproducirse no es un género de entidades vivas, por definición. Este repertorio de funciones vitales elimina la necesidad de referir las explicaciones y caracterizaciones funcionales del resto de la biología a la genérica “condición necesaria para el mantenimiento del sistema” a la que alude Hempel.

En realidad muchos de los procesos que son llamados funciones pueden ser descritos sin aludir al papel que desempeñan para realizar las funciones vitales del organismo en el que tienen lugar. La fotosíntesis se puede describir en términos exclusivamente bioquímicos sin referirse a qué papel desempeña en las plantas. Pero se sigue llamando “función” a la fotosíntesis, y el estudio de las funciones biológicas es en su mayor parte bioquímica. Igual que otros procesos que no se suelen llamar funciones, como muchas enfermedades. Llamar “función” a algunos procesos recuerda que desempeñan un papel los organismos de cierto género.

El marco teórico e histórico general que ayuda a determinar qué procesos se pueden considerar funciones en biología es la teoría de la evolución, que atribuye a la mayoría de los procesos y órganos de los seres vivos un papel en el manteniento del individuo o de los genes o de las poblaciones.