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El holismo de lo mental

Se puede hacer el símil de una gran red conformada por los estados mentales con intencionalidad, los cuales tendrían una serie de propiedades intencionales por estar integrados en esa red:

  • La intencionalidad de un estado mental es una propiedad holista: el que un estado tenga determinadas condiciones de satisfacción es inseparable de que otros muchos estados tengan las suyas.

  • La identidad de los estados mentales es igualmente holista.

Esa red se caracterizaría por tres rasgos fundamentales que constituirían su trasfondo:

  • La mayor parte de la Red nos resulta opaca: “está sumergida en el insconsciente y nosotros no sabemos del todo cómo sacarla a flote” (J. Searle). Es el Trasfondo de la intencionalidad.

  • El intento de explicitar ese trasfondo se traduce en proposiciones que resultan de alguna forma ‘triviales’ y que parecen desvirtuar su naturaleza.

  • Los estados de la red no se individualizan: no sabemos cómo identificarlos, contarlos, etc.

La intencionalidad de la mente humana se sustenta sobre un substrato de capacidades preintencionales: habilidades, formas de saber-cómo, no un saber-qué de las cosas, de entender para qué están ahí, de actuar sobre ellas, de ejercer distintas destrezas con ellas, etc.

Existen dos casos en que la Red y el Trasfondo de la intencionalidad influyen en el contenido de los estados perceptivos

  • Diferentes creencias causan experiencias perceptivas con diferente contenido, es decir, diferentes condiciones de satisfacción, aunque las causas sean las mismas.

  • Las mismas creencias coexisten con experiencias perceptivas con diferentes contenidos, es decir, condiciones de satisfacción.

La intencionalidad de Dennett

El concepto de intencionalidad fue reintroducido en el siglo XIX por el filósofo y psicólogo Franz Brentano, en su obra Psicología desde un punto de vista empírico (1874). Brentano describe la intencionalidad como una característica de todos los actos de conciencia, tanto “lo psíquico” o “fenómenos mentales”, como la “física” o “fenómenos naturales”.

Dennett ofrece una taxonomía de las teorías actuales acerca de la intencionalidad en el capítulo 10 de su libro La actitud intencional. La mayoría, si no todas las teorías actuales sobre la intencionalidad aceptan la tesis de Brentano de la irreductibilidad de la expresión intencional.

Dice Dennett (1987) que para explicar y predecir el comportamiento de un sistema pueden seguirse tres estrategias, o tomar tres «posturas»:

  • Una postura física, con la que se deduce el comportamiento a partir de la estructura y las leyes de la Física, la Química, la Biología…

  • Una postura de diseño, con la que uno abstrae los detalles (normalmente demasiado enrevesados) de la constitución física del sistema y, suponiendo que ha sido diseñado, puede predecir su comportamiento si se conocen las intenciones del diseñador. Así, podemos predecir cuándo sonará el despertador, aunque no sepamos nada de su estructura interna.

  • Una postura intencional, con la que el comportamiento se deduce a partir de los deseos y creencias que adscribimos al sistema: tratamos al sistema como un agente racional, e imaginamos qué creencias y deseos podría tener el agente, dada su situación en el mundo, y predecimos su comportamiento suponiendo que actuará para satisfacer esos deseos.

Según Dennett, un sistema intencional es aquél «cuyo comportamiento puede predecirse mediante el método de atribuirle creencias, deseos y perspicacia racional» , y puede serlo en distintos grados: uno de primer orden tiene simplemente estados intencionales (creencias, deseos, etc.) propios, uno de segundo orden tiene, además, creencias, deseos, etc. sobre los estados intencionales de otros.

En la vida cotidiana solemos adoptar informalmente esta postura intencional respecto a artefactos: «el coche no quiere arrancar» , «el corrector ortográfico se empeña en corregir esta palabra» … Pero, obviamente, lo hacemos en un sentido metafórico. ¿Está justificado hacerlo «en serio»?

Desde luego, no lo está si se adopta el punto de vista de Brentano. Es la misma objeción de los que niegan la posibilidad de la «inteligencia artificial» bajo la premisa de que la «inteligencia» es un atributo intrínsecamento humano. Naturalmente, no podemos compartir este punto de vista. Resumiendo las opiniones de autores como McCarthy (1978), Shoham (1993), Wooldridge (2002) o el propio Dennett:

  • La postura intencional está justificada cuando la complejidad del sistema impide que se pueda predecir su comportamiento mediante una postura física o de diseño.

  • Los deseos y creencias no son estados internos de la mente, sólo herramientas de abstracción útiles para predecir el comportamiento de un sistema.

Imaginemos un termostato. Podríamos describir su comportamiento diciendo que cuando cree que la temperatura es baja intenta subirla, y cuando cree que es alta intenta reducirla, porque tiene el deseo de mantener un ambiente confortable. Aquí la postura intencional nos parece extravagante, porque el sistema es suficientemente sencillo como para poder describirlo con una postura física.

Imaginémosnos ahora jugando contra un programa de ajedrez complejo. Ante un movimiento suyo podemos tomar una postura intencional: «me deja la torre como señuelo porque quiere lanzar un ataque y cree que voy a caer en la trampa» , o una postura física: «ha hecho este movimiento porque ha aplicado un algoritmo de búsqueda minimax con poda alfa-beta y la función de evaluación ha devuelto el valor 10 para el estado resultante». La segunda descripción es quizás más «realista» , pero la primera es más útil si se trata de decidir cómo responder.

En definitiva, hay una gran variedad de actitudes intencionales que pueden adscribirse a los sistemas:

  • actitudes epistémicas: conocimiento, sabiduría…

  • actitudes doxásticas: creencia, duda…

  • actitudes teleológicas: deseo, intención…

  • actitudes deónticas: obligación, compromiso…

Los argumentos de Dennett

Dennett plantea dos argumentos muy interesantes acerca de la intencionalidad:

  • La intencionalidad de los artefactos es derivada

    1. Las máquinas de Coca-Cola de USA responden cuando se introduce $0.25. Inicialmente se hallan en un estado con el siguiente contenido intencional: “Lata preparada. Inserte $0.25.”

    2. Una máquina de Coca-Cola se traslada a Panamá. Como el balboa panameño lo imprime la Fábrica de Moneda norteamericana, los balboas tienen las mismas propiedades físicas que las monedas de $0.25. Por tanto, su estado inicial tiene este contenido intencional: “Lata preparada. Inserte 1 balboa.”

    3. Luego, la intencionalidad de los estados de las máquinas de Coca- Cola es derivada: otro se la asigna.

  • Toda intencionalidad es derivada, es decir, subyace la irrealidad

    1. La intencionalidad de un artefacto es derivada.

    2. (La tesis de Richard Dawkins) Los seres humanos —y, en general, los seres vivos— son artefactos diseñados por nuestros genes para facilitar su proliferación.

    3. Luego, los seres humanos —y, en general, los seres vivos— son artefactos artefactos diseñados por la Selección Natural.

    4. Luego, la intencionalidad de los seres humanos —y, en general, la de los seres vivos— es derivada.

Analicemos los argumentos de Dennett: Empezando por la segunda premisa, la tesis de Dawkins. Tenemos las siguientes alternativas:

  • Si no aceptamos el argumento de Dennett, hay que rechazar o bien la premisa 1) o bien la premisa 2). ¿Qué elegimos?

  • Pero rechazar (2) es rechazar la tesis de Dawkins; y rechazar la tesis de Dawkins es rechazar la revolución darwiniana.

En la segunda premisa queda claro que toda intencionalidad es asignada por algo/alguien. Pero…

  1. Hay artefactos y artefactos. Aunque seamos artefactos construidos por nuestros genes, éstos no tienen ninguna intencionalidad que transmitirnos.

  2. Más bien, en el proceso de evolución natural, los genes producen artefactos que sí están dotados de propiedades intencionales (por burdas que sean inicialmente).

  3. Nuestra intencionalidad puede ser, a la vez, derivada —en el sentido de estar posibilitada por la acción de los genes— y no derivada —por resultar de los sistemas— que nos conectan con el mundo: un ser idéntico a nosotros la poseería igualmente.

Retroacción negativa

En 1943, Rosemblueth, Wiener y Bigelow escribieron un importante artículo sobre el tema de la explicación científica, titulado “Behavior, Purpose and Teleology”. Aportaban en él la noción de retroacción negativa, importante para los sistemas homeostáticos o autorregulados, tan frecuentes en los seres vivos, mas también en muchas estructuras cibernéticas.

En la teoría de sistemas y en cibernética, entre otras discipinas, la retroalimentación (feedback) es un mecanismo de control de los sistemas dinámicos por el cual una cierta proporción de la señal de salida se redirige a la entrada, y así regula su comportamiento. Existen tres tipos de realimentación

  • Positiva: cuando sale del sistema; tiende a aumentar la señal de salida, o actividad.

  • Negativa: es la que mantiene el sistema funcionando. Devuelve al emisor toda la información que necesita para corregir la pauta de entrada. Mantiene el sistema estable para que siga funcionando.

  • Bipolar; puede aumentar o disminuir la señal o actividad de salida. La realimentación bipolar está presente en muchos sistemas naturales y humanos. De hecho generalmente la realimentación es bipolar es decir, positivo y negativo según las condiciones medioambientales, que, por su diversidad, producen respuestas sinérgicas y antagónicas como respuesta adaptativa de cualquier sistema.

Braithwaite y Nagel también se ocuparon de esta cuestión: la posición general de la concepción heredada sería subsumir las explicaciones teleológicas o finalísticas, e incluso las intencionales (acciones dirigidas a un objetivo), bajo el modelo de explicación causal, e incluso hacerlas compatibles con el modelo de cobertura legal de Hempel (Covering Law Model), es decir, con la explicación nomológica-deductiva.

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La teoría de la decisión racional

Uno de los enfoques sobre la racionalidad más desarrollados es el que se conoce como Teoría de la Decisión Racional, o «Teoría de la Decisión». Esta teoría tiene la ventaja de que puede ser formulada matemáticamente, lo que permite, por un lado, discutir con precisión su estructura, sus presupuestos y sus implicaciones, y por otro lado, aplicarla a múltiples casos. El carácter matemático de la teoría la ha hecho especialmente adaptada a la ciencia económica, que es la rama de las ciencias sociales donde la Teoría de la Decisión Racional se ha aplicado más intensamente y donde ha encontrado menos oposición por parte de otros enfoques. De todas formas, como veremos, la teoría tiene algunos aspectos que pueden ser razonablemente criticados. Sin  ir muy lejos ya vemos que su aplicación en la teoría económica hace aguas por momentos, porque al parecer, no son tan racionales las decisiones que tomamos los seres humanos. Ahí están los mercados y la crisis del sistema económico para confirmarlo.

El núcleo básico de la Teoría de la Decisión es, en primer lugar, la descripción de las situaciones a las que se enfrentan los individuos, así como de sus preferencias y sus creencias, de la forma más clara posible, y en segundo lugar, la suposición de que estas creencias y preferencias son internamente coherentes, y coherentes con las acciones elegidas por los sujetos.

Con respecto a la situación, la representaremos indicando las diferentes opciones o alternativas que tiene el individuo (se trata, por supuesto, de las opciones que el individuo cree que tiene, aunque en general se asume que conoce todas las alternativas posibles); estas opciones serán incompatibles entre sí (es decir, el sujeto no podrá elegir más de una), y deben estar representadas todas las opciones posibles (es decir, el sujeto tendrá que elegir necesariamente alguna).

Las preferencias de los individuos no están definidas directamente sobre las opciones, sino sobre los resultados que se obtienen con cada posible elección. En el caso más sencillo, cada una de estas opciones conducirá a un resultado conocido de antemano por el sujeto (por ejemplo, ducharse con agua caliente, con agua fría, o no ducharse), y entonces podremos identificar «opción» con «resultado» en las preferencias de los individuos. Debemos tener en cuenta que el gusto o la molestia que le pueda causar al agente inmediatamente la propia realización de la acción, lo hemos de contar ya entre los «resultados» de la decisión.

De todas formas, lo normal será que el sujeto no sepa con total certeza qué resultado es el que va a ocurrir con cada una de sus posibles decisiones. Esto quiere decir que cada decisión tendrá generalmente más de un resultado posible. Además, en muchos casos el resultado de una decisión será una nueva situación en la que el individuo se vea obligado nuevamente a elegir entre varias alternativas (no necesariamente las mismas que antes). A la descripción de estas cadenas de opciones, decisiones y resultados, se le llama «árbol de decisión», aunque también suele representarse en forma de tabla, indicando en las filas cada una de las alternativas entre las que el sujeto debe elegir (si sólo tiene que hacerlo una vez, o cada posible combinación de alternativas, si tiene que hacerlo varias veces), e indicando en las columnas cada una de las posibles combinaciones de factores independientes de la propia decisión y que pueden afectar a los resultados (a cada una de estas combinaciones posibles de «otros factores» se le llama convencionalmente «estado de la naturaleza», aunque puede incluir acciones realizadas por otros individuos).

Ser racional es maximizar satisfacción, pero debemos ser coherentes

La Teoría de la Decisión Racional es, como toda teoría, no sólo un marco que nos permite describir la realidad, sino un conjunto de hipótesis sobre cómo están relacionadas las cosas entre sí. Pues bien, el principal supuesto de la teoría es el de que los individuos elegirán en cada caso aquella alternativa que sea más coherente con la máxima satisfacción posible de sus preferencias.

Dicho de otra manera, una vez tomada una decisión, los individuos no podrán encontrar después razones para pensar que (dada la información que poseían en aquel momento) habría sido mejor para ellos elegir una opción diferente. Por supuesto, es posible que después encuentren nueva información, que les revele que otra de las alternativas era mejor para ellos, pero lo importante es que, en cada caso, se tome la decisión que es la mejor según la información disponible.

Ahora bien, ¿qué significa exactamente que una opción sea «la mejor»? Para que este concepto tenga un sentido claro es necesario que las preferencias de los individuos cumplan al menos dos requisitos:

  • Deben ser completas: para cualquier par de resultados, a y b
    • o bien el individuo prefiere a o bien prefiere b
    • o bien es indiferente entre los dos (es decir, no puede suceder que el sujeto no sepa si prefiere a o b,
    • o si ambas cosas le dan igual)
  • Las preferencias deben ser transitivas: si un individuo prefiere x a y, y prefiere y a z, entonces preferirá necesariamente x a z.

Para entender por qué son razonables estos dos supuestos, imaginemos lo que sucedería si no se cumplieran.

Respecto al primero, será incluso difícil pensar cómo podría tomarse racionalmente una decisión entre varias opciones si no están definidas las relaciones de preferencia entre ellas (nótese que, si no se cumple la condición 1, ni siquiera estaría determinado si las dos opciones son igual de valoradas).

Respecto a lo segundo, consideremos este ejemplo: una persona está jugando en un concurso, cuyos posibles premios son un viaje, una moto, o un equipo de TV, y que el sujeto prefiere el viaje a la moto (es decir, si tuviera que elegir entre ambas cosas, elegiría la moto), prefiere la moto al equipo de TV, pero prefiere el equipo de TV al viaje. Además de que esta persona no tendría un argumento claro para elegir un premio entre los tres (aunque, para cualesquiera dos premios, sí tiene claro cuál elegir), puede mostrarse que sus preferencias le harían caer fácilmente en el siguiente timo: supongamos que ha ganado el equipo de TV; como prefiere la moto al equipo, seguramente habrá alguna pequeña cantidad de dinero (pongamos, un euro) tal que, si le ofrecemos cambiar el equipo por la moto si nos da un euro por el cambio, aceptará el trato, y se quedará con la moto; como prefiere el viaje a la moto, seguramente ahora también estará dispuesto a pagar un euro a cambio de que le dejemos cambiar la moto por el viaje; pero como prefiere el equipo al viaje, también estará dispuesto a pagar un euro por cambiar el viaje por el equipo. Así que, al final, volverá a estar como al principio (con el equipo de TV), pero con tres euros menos. Si sus preferencias no han cambiado en el proceso, podemos seguir repitiéndolo indefinidamente, sacándole más y más dinero sin ningún coste para nosotros. Un sujeto con preferencias intransitivas sería, por lo tanto, algo así como una «bomba de dinero» (entendiendo bomba en el sentido de «bombear»).

Por argumentos parecidos, aunque más complejos matemáticamente, puede mostrarse que las creencias de los individuos racionales sobre cómo de probables son los posibles resultados de las acciones, esas creencias, decíamos, deben satisfacer los axiomas de la teoría de la probabilidad. Esto significa que dichas creencias deben poder expresarse de forma numérica (para cada posible resultado de elegir una alternativa, la probabilidad de dicho resultado debe ser un número comprendido entre 0 y 1), la probabilidad de que se den dos resultados a la vez debe ser 0 (pues los resultados son incompatibles entre sí), la probabilidad de que se dé alguno de un conjunto de resultados es igual a la suma de las probabilidades de cada uno, y la probabilidad de que se dé algún resultado será iguala 1.

Además, la probabilidad con la que un individuo cree que sucederá cierto resultado si toma cierta decisión, no puede ser una probabilidad cualquiera, sino que debe ser consistente con toda la información de la que el sujeto dispone. Si para un individuo no se cumplieran estas condiciones, también podríamos «bombear» dinero de él, como en el caso anterior, pero esta vez haciéndole apostar.

Consecuencias de ser racionales

Se debe al matemático J. Savage la demostración del teorema fundamental de la Teoría de la Decisión, que afirma que, si la conducta de un individuo es «racional» (en el sentido de que sus decisiones no pueden llevarle a situaciones en las que necesariamente saldría perdiendo, como en los ejemplos que hemos visto), entonces se cumplirán las siguientes consecuencias:

  1. Las preferencias del sujeto se podrán representar mediante una función numérica,u, tal que, si a y b son dos resultados posibles, el sujeto preferirá a a b si y sólo sí u(a) > u(b), y será indiferente entre los dos resultados si y sólo si u(a) = u(b); a esta función la llamaremos «función de utilidad»;

  2. Las creencias del sujeto se podrán representar mediante una función de probabilidad, p, (la expresión «p(a/x)» significa la probabilidad de que se obtenga a, supuesto que se ha hecho x);

  3. En cada situación, el sujeto elegirá aquella opción x para la que sea máximo el valor de la utilidad esperada, definido como sigue: si a, a2, …, an son los posibles resultados de x, la utilidad esperada de x será igual a

u(a1)p(a1/x) + u(a2)p(a2 /x) + … + u(an )p(an /x).

Es decir, la utilidad esperada de x es la media ponderada de las utilidades de todos los resultados a los que puede conducir x, siendo la ponderación de cada resultado igual a su probabilidad.

Si interpretamos estas probabilidades como frecuencias (o, más bien, como hipótesis que hacen los sujetos sobre la frecuencia con la que ocurriría cada resultado si la decisión pudiera ser tomada en las mismas circunstancias innumerables veces), entonces el concepto de utilidad esperada significa que, si se toma la decisión x, se obtendrá la utilidad u(a1) con una frecuencia igual a p(a1 /x), la utilidad u(a2) con una frecuencia p(a2 /x), etc.

 

Queremos explicar lo que hace la gente

En las ciencias sociales, la inmensa mayoría de los hechos para los cuales pretendemos encontrar alguna explicación son acciones llevadas a cabo por seres humanos; queremos explicar lo que la gente hace. Estas acciones pueden ser individuales o colectivas, aunque se ha discutido mucho si esta última noción, la de «acción colectiva», representará algo más aparte de la combinación de las acciones de varios individuos.

El objeto de cada una de las ciencias sociales consiste, por lo general, en una enorme masa de acciones humanas, que esas ciencias deben, en primer lugar, ordenar y clasificar según ciertas categorías, y en segundo lugar, explicar en función de ciertos principios teóricos. La tradición principal de las ciencias sociales se basa en el supuesto de que las acciones de las personas son generalmente el resultado de alguna decisión.

Incluso cuando lo que hay que explicar es la falta de acción de un sujeto en una circunstancia determinada, como por ejemplo no atender una llamada de socorro, casi siempre lo explicamos como fruto de la decisión de no actuar. Así pues, en muchos casos lo que se hace en las ciencias sociales es intentar explicar por qué la gente toma las decisiones que toma, en vez de otras.

Pero las decisiones no se observan

Algunos autores, influidos por las filosofías empirista y positivista, sobretodo a mediados del siglo XX, criticaron esta idea, con el argumento de que las decisiones son acontecimientos esencialmente inobservables (en particular, las decisiones de los demás), y por lo tanto, afirmaban, son imposibles de contrastar empíricamente.

Esta postura llevó al desarrollo de varias escuelas, entre las cuales la más famosa fue el Conductismo (en Psicología), cuyo ideal era la búsqueda de leyes empíricas que establecieran la conexión entre ciertas situaciones y ciertas acciones, sin necesidad de introducir descripciones de lo que pasaba «dentro de la cabeza» de los individuos.

Esta postura ha sido prácticamente abandonada, no sólo por las críticas al modelo positivista de la ciencia, o porque otras disciplinas también utilizan conceptos no observacionales (quark, gen, etc.), sino sobre todo por la escasa capacidad explicativa de las teorías sociales que ignoran radicalmente las decisiones de los sujetos, y por la plausibilidad intuitiva que tiene, para nuestro sentido común, la idea de que los actos de las personas son fruto de «lo que pasa por su mente». Al fin y al cabo, parece que cada uno es consciente de sus propias decisiones, y lo más lógico para él es pensar que los demás seres humanos (al contrario que la mayoría de los animales y que todos los demás seres) también lo hacen. Pese a esto, existen en las ciencias sociales varias concepciones distintas acerca de cuál es el modo como la gente toma sus decisiones.

¿Qué es lo que hacemos al tomar una decisión?

¿Cuáles son las principales diferencias entre una acción que sea el resultado de una decisión, y un acontecimiento «natural» que no lo sea? La diferencia más notable parece ser la de que en el primer caso la acción está originada, de alguna manera, por las creencias y los deseos del individuo, es decir, por la forma en que él percibe la situación a la que se enfrenta, y por la forma en la que él quiere que se transforme dicha situación.

La acción sería, por lo tanto, una cierta manera de ajustar las circunstancias a nuestras preferencias. En cambio, en otro tipo de acontecimientos (la lluvia, la fotosíntesis de las plantas, la digestión de los alimentos en nuestro aparato digestivo), diríamos que todo lo que sucede ocurre de forma «mecánica», en el sentido de que los elementos físicos involucrados en dichos procesos no están organizados de tal modo que haya un pensamiento guiando cada parte del proceso.

Esta diferencia es un poco engañosa, en la medida en que nos lleve a concluir que nuestras decisiones no son «en el fondo» el resultado de los procesos físico-químicos de nuestro cerebro; al fin y al cabo muchos fenómenos naturales pueden explicarse a través de algún concepto de finalidad.

Pero lo importante es el hecho de que, en la toma de decisiones, nosotros somos conscientes de esa finalidad y de las razones que nos permiten tomarla como un motivo para actuar de un modo u otro. A las acciones voluntarias se les llama también acciones intencionales, puesto que responden a alguna «intención» por parte del sujeto, pero también, y esto es lo más importante desde el punto de vista filosófico, porque las creencias y los deseos que intervienen en el proceso de la toma de decisión son «representaciones» de hechos y entidades externas a la propia mente del individuo (tienen lo que suele llamarse un «contenido semántico» o «intencional»).

La explicación de las acciones tiene que partir, por lo tanto, de algún análisis de las creencias y los deseos, y de la forma en la que éstos están relacionados entre sí y con las acciones. A este tipo de explicación se le conoce como explicación intencional. También podemos decir que es el tipo de explicación basado en el principio de que los seres humanos actúan racionalmente.

Racionalidad

El concepto de «racionalidad» es seguramente el más fundamental en la filosofía de las ciencias sociales, pero también es uno de los más polémicos. De hecho, muchos autores distinguen varios «tipos» distintos de racionalidad. Tan intensa es la diferencia entre las distintas teorías, que los actos que algunos enfoques consideran como paradigmáticos de la acción racional son calificados más bien como irracionales por otras concepciones. Veamos algunas dificultades filosóficas que todas ellas comparten.

En primer lugar, el principio de racionalidad afirma que los individuos no son una «mera» marioneta de fuerzas que les determinen «desde abajo» (es decir, según las leyes físicas de los elementos de los que están compuestos nuestros organismos), ni «desde arriba» (es decir, según las leyes que gobiernan las macroestructuras sociales), sino que poseen algún tipo de autonomía, pueden «determinarse a sí mismos». Que esto sea compatible o no con el hecho de que estamos efectivamente constituidos por elementos átomos y moléculas que obedecen «ciegamente» las leyes físicas está asociado al determinismo.

En segundo lugar, podemos discutir la posible coherencia que exista entre las explicaciones intencionales y los otros tipos de explicación científica que hemos analizado en las entradas anteriores.

  • A primera vista, la explicación intencional puede considerarse directamente tanto como un tipo de explicación teleológica (pues obviamente la acción intencional es acción dirigida a unos fines), y también como un tipo de explicación causal (en la medida en la que consideremos que las decisiones, y los motivos que las producen, constituyen las causas de la acción). De todas formas, esto último puede conducir a algunos problemas. Por una parte, no está claro que las razones sean automáticamente causas (p. ej., puedo tener razones estupendas para hacer una cosa, y a pesar de ello no hacerla); este problema puede resolverse indicando que una razón es una causa ceteris paribus, es decir, suponiendo que ninguna otra causa más fuerte interviene en la situación. Por otro lado, las razones, o los motivos y deliberaciones, son acontecimientos de tipo «mental», y resulta problemático entender de qué manera puede «lo mental» tener alguna influencia sobre «lo físico» (es decir, sobre la conducta de mi organismo).
  • Con respecto a la explicación nomológica, el principal problema consiste en determinar cuál es la forma apropiada de representar las leyes que intervendrían en un explanans basado en la explicación intencional. Imaginemos que intento explicar por qué el cartero no ha venido hoy; en el explanas podríamos tener cosas como: «hoy se ha convocado una huelga de trabajadores de Correos», «el cartero cree que los motivos para la huelga son justos, y no teme las represalias que pueda sufrir si hace la huelga». Si dejamos la explicación así, resulta que no tenemos ningún enunciado con forma de ley (es decir, que sea una regularidad), sino sólo enunciados singulares; además, sólo a partir de esos dos enunciados no puede deducirse el hecho que queríamos explicar. Lo que falta, por tanto, es alguna «ley» que afirme (o de la que pueda inferirse) algo así como que «todo el mundo que es convocado a una huelga, que no tiene motivos para oponerse a ella, y que tiene motivos para secundarla, la secundará». Considerado como una «ley», esto sería (¡en el mejor de los casos!) una regularidad empírica de validez muy restringida; para lograr una auténtica explicación científica necesitamos, en cambio, alguna ley más general, de la que podamos inferir regularidades en muchos ámbitos distintos. Pues bien, el «principio de racionalidad» podría desempeñar ese papel, si lo reformulamos de una forma parecida a ésta: «todos los individuos harán aquello que creen que es más apropiado hacer en cada situación, teniendo en cuenta sus preferencias y su percepción de la situación» (esto es lo que Karl Popper ha denominado «el principio cero de las ciencias sociales», entendido como un supuesto que, según este autor, debería subyacer a cualquier explicación social). Esta estrategia tiene varios problemas, de todos modos.
    • El más grave sea tal vez el hecho de que el «principio de racionalidad» expresado al modo de Popper no es un enunciado empíricamente falsable: en principio, cualquier acción que pudiéramos observar, por muy absurda e «irracional» que pareciese, podría ser compatible con el supuesto de que el individuo ha actuado «racionalmente» (basta con suponer que eso precisamente es lo que quería hacer, o lo que le parecía más apropiado). Independientemente del valor que demos a esta crítica, resulta al menos curioso que la principal propuesta de Popper sobre la metodología de las ciencias sociales sea contradictoria con su propia recomendación de utilizar únicamente teorías falsables en la investigación científica.
    • El segundo problema es que el principio es casi totalmente vacío, pues, como se ve en el ejemplo del cartero en huelga, hace falta bastante más información para pasar del enunciado abstracto del principio de racionalidad a la conclusión referida a un hecho tan específico como por qué un cierto sujeto ha realizado determinada acción; dicho de otra manera, el principio de racionalidad, tal como lo hemos definido, no nos explica por qué ciertas acciones les parecen a ciertos individuos más «apropiadas» que otras. Esta crítica, de todas formas, no es excesivamente grave: al fin y al cabo, la situación es la misma en las propias ciencias naturales, donde existen principios muy generales y abstractos (las leyes de la termodinámica, la segunda ley de Newton, etc.) que sólo pueden generar predicciones concretas cuando les añadimos otras leyes o hipótesis más específicas y numerosas condiciones iniciales, que se apliquen al caso que estemos estudiando. La cuestión importante sería, pues, la de cuáles pueden ser esas «leyes de más bajo nivel» que debamos añadir al principio de racionalidad para obtener explicaciones aceptables de los fenómenos sociales.
  • Finalmente, indicaremos una diferencia muy notable entre la explicación intencional y los otros tipos de explicación. Se trata del hecho de que, cuando explicamos la conducta de los individuos según las razones que les han llevado conscientemente a actuar así, estamos utilizando la palabra «explicar» en un sentido muy distinto al que tiene cuando decimos que la ley de la gravedad explica las órbitas de los planetas, o que los órganos de los seres vivos deben ser explicados mediante su función biológica. En el caso de la acción intencional, lo que conseguimos cuando la «explicamos» es comprender el sentido que dicha acción tiene para el individuo que la ha llevado a cabo. La explicación intencional consiste, por lo tanto, en comprender la acción «desde el punto de vista» del sujeto (lo cual no significa que la tengamos que aprobar moralmente), algo que es imposible con los fenómenos en los que no interviene una conciencia racional.