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Según Latour y Woolgar, cuando un observador antropológico entra en el campo, una de sus preconcepciones más fundamentales es que tarde o temprano será capaz de dar sentido a las observaciones y notas que registre. Después de todo, éste es uno de los principios básicos de la investigación científica.

La organización que hace el observador de las cuestiones, indicaciones y notas está constreñida inevitablemente por las afinidades culturales. La noción de recién llegado, al completo es irrealizable en la práctica. En el otro extremo, sería insatisfactorio que el observador confiara completamente en las versiones que dan los científicos de la vida en el laboratorio.

En la práctica, los observadores están a medio camino entre los dos papeles extremos del completo recién llegado, que sería el ideal alcanzable, y el del participante completo, que al convertirse en nativo es incapaz de comunicarse con éxito con su comunidad de colegas observadores.

En mi opinión, el pretender que un recién llegado sin ningún tipo de conocimiento sea el ideal de observador, es demasiado ambicioso, y sólo válido para analizar la experiencia social determinada bajo la influencia del laboratorio en cuestión, pero no la intelectual. Sin ningún tipo de conocimiento científico es imposible priorizar y analizar, con el fundamento necesario, las diferentes actuaciones que se realicen en los distintos grupos de trabajo. Analizar una actividad intelectual no puede equipararse a analizar un marco de referencia cultural. Los científicos que se encuentran bajo el mismo marco intelectual pueden tener referencias culturales diferentes, y eso afectar en aspectos secundarios al desarrollo de la actividad puramente científica.

La cultura del laboratorio

La mitología mediante la que una cultura se representa a sí misma no es fiable, por falta de objetividad,  pero tampoco es necesariamente falsa del todo. Sin embargo, la mitología de su desarrollo raras veces se menciona durante las actividades cotidianas de los miembros del laboratorio, al igual que no se suele hablar del lenguaje cuando se habla.

Entendiendo como mitología el conjunto de relatos que forman parte de una cultura, y entendiendo por cultura la comunidad científica del laboratorio, las creencias centrales de la mitología no son conflctivas y se dan por supuestas. Sólo se producen discusiones durante las breves visitas guiadas al laboratorio que hacen algunos legos, ya que esa mitología tiene que ser transmitida a personas ajenas al grupo cultural. En el laboratorio resulta difícil determinar si nunca se alude a la mitología simplemente porque es un vestigio sin importancia y remoto del pasado, o porque ahora es un aspecto bien conocido y generalmente aceptado del folclore. En mi opinión, de nuevo se trata de la falta de necesidad. Para hablar no se necesita hablar del lenguaje.

Según Latour y Woolgar, la literatura proporcionaba un principio organizador mediante el cual el observador podía dar sentido a sus observaciones sin confiar solamente en las explicaciones de los participantes. Literatura se refiere tanto a la importancia central adscrita a una serie de documentos como a la utilización del equipo para producir inscripciones que se considera versan sobre una sustancia y que se utilizan en la producción posterior de artículos y trabajos. Es decir, se trata de fuentes de conocimiento externas a la comunidad y compartida por comunidades similares que marcan, en cierto sentido las directrices de la actividad a desarrollar. Queda por lo tanto de manifiesto que la comunidad por sí sola no establece pautas totalmente únicas y diferenciadas del resto de comunidades equivalentes.

Aún teniendo en cuenta que las conclusiones específicas de este laboratorio podrían valer como referencia para analizar el marco intelectual de otros laboratorios similares, de nuevo nos encontramos ante la inconsistencia de extrapolar conclusiones hacia otros entornos científicos donde la literatura es completamente ajena e incluso indescifrable por miembros de esta comunidad.

Gaston Bachelard se centra en dos ideas capitales de la epistemología, mutuamente relacionadas: la ciencia es fenomenotécnica y la ciencia inventa sus conceptos La producción de fenómenos con arreglo a esos conceptos certifica su idoneidad. Bachelard concibe la ciencia fenomenotécnica como un proceso interactivo, albergado y alentado por la comunidad de los investigadores, algunos de los cuales inventan conceptos matemáticos que se usan para “modelar” fenómenos – esto es, representarlos simplificada e idealizadamente – mientras que otros trabajan en producir en sus laboratorios fenómenos que realicen los modelos construidos usando esos conceptos.

La realidad artificial, que los participantes describen en términos de una entidad objetiva, ha sido de hecho construida utilizando instrumentos de inscripción. Semejante realidad, que Bachelard denomina la fenomenotécnica, adquiere la apariencia de un fenómeno en virtud de su construcción mediante técnicas materiales.

El laboratorio está compuesto de muchas herramientas y materiales necesarios para llevar a cabo los experimentos. Pero está claro que hay elementos del equipo que son más cruciales para los procesos de investigación que otros. En este sentido, se refería Bachelard al aparato como teoría reificada. El instrumento de inscripción proporciona inscripciones que se pueden utilizar para escribir artículos o hacer afirmaciones en la literatura sobre la base de la transformación de argumentos establecidos en elementos del aparato. A la vez, esta transformación permite la generación de nuevas inscripciones, nuevos argumentos y potencialmente nuevos elementos del aparato.

Cada acto en el laboratorio se basa, pues, de algún modo en otros campos científicos. Yo más bien matizaría que se basa, además, y en ocasiones de manera determinante, en tecnologías que no siempre implican desarrollos científicos.

Puesto que el escenario material representa la reificación del conocimiento establecido en la literatura de otro campo, existe necesariamente un lapso entre la discusión de la teoría en un campo y la aparición de la técnica correspondiente en otro.

Sin embargo, la acumulación de prácticas y teorías materiales de otros campos depende de cierta capacidad de fabricación. Evidentemente la utilización de un equipo presupone su fabricación. Los instrumentos de inscripción se evalúan de acuerdo con la medida en que facilitan una transmisión rápida del trabajo artesanal a las ideas.

Mientras otras tribus creen en dioses o en mitolgías complicadas, los miembros de esta tribu insisten en que no hay que asociar su actividad con creencias, cultura o mitología. Afirman que sólo les interesan los hechos concretos. No todos estarían de acuerdo con esta apreciación.

Resumen crítico del Capítulo 2 de La vida en el laboratorio. La construcción de los hechos científicos. Bruno Latour y Steve Woolgar

Lo social y lo técnico

La distinción entre lo social y lo intelectual es frecuente entre los científicos. Lo que es más importante, esta distinción proporciona un recurso al que los científicos pueden recurrir para caracterizar sus propios esfuerzos o los de los otros.

Por eso resulta importante investigar la naturaleza de esta distinción y cómo la usan los científicos. La medida en que los observadores de la ciencia aceptan de manera acrítica la distinción entre lo social y lo intelectual puede tener consecuencias importantes en los informes que producen sobre la ciencia.

Un rasgo importante de la construcción de un hecho es el proceso mediante el que desaparecen los factores sociales, una vez se establece el hecho. Ya que los propios científicos retienen (o resucitan) de manera preferente la existencia de factores sociales allí donde se considera que las cosas científicas han ido mal, que un observador adopte el mismo punto de vista le conducirá necesariamente a analizar cómo los factores sociales afectan o pueden dar origen a creencias erróneas.

Hay una necesidad  muy real de enfocar simétricamente el análisis de las creencias. Los logros científicos que se consideran correctos deben ser tan susceptibles de análisis sociológico como los que se consideran equivocados.

El cuerpo de conocimiento establecido y las normas técnicas y cognitivas asociadas constituyen una restricción más real sobre el comportamiento de los científicos que las normas sociales. Además, hay que considerar que raras veces los observadores externos se interesan por la cultura técnica, y por lo general, son incompetentes en cuestiones técnicas, las explicaciones que les dan desde dentro deben ser tratadas con considerable cautela.

Los científicos trabajan con una distinción muy definida entre lo social y lo técnico. Esa misma distinción puede proporcionar un problema para los observadores en el sentido de que plantea la cuestión de si se ha logrado o no un equilibrio equitativo entre los dos lados de la dicotomía.

La distinción entre factores sociales e intelectuales es un recurso utilizado rutinariamente por los científicos activos. Latour y Woolgar intentan comprender cómo se presenta esta distinción en las actividades de los científicos, en lugar de demostrar que resulta más apropiado para entender la ciencia uno u otro lado de la dualidad.

Prestan atención a las cuestiones técnicas en el sentido en que la utilización que los científicos hacen de los términos técnicos e intelectual constituye una caracerística importante de su actividad. Pero consideran que el uso de tales conceptos es un fenómeno que hay que explicar.

La antropología de la ciencia

Muchos aspectos de la ciencia descritos por los sociólogos tienen que ver con las minucias de la actividad científica que ocurren rutinariamente. El término antropología pretende indicar la presentación preliminar de material empírico acumulado.

Aunque en la inmersión de Latour y Woolgar no se pretende dar una descripción exhaustiva de las actividades de todos los practicantes de igual parecer, sí que pretenden proporcionar una monografía de investigación etnográfica de un grupo específico de científicos. Dando una importancia especial a la colección y descripción de las observaciones de la actividad científica obtenidas en un escenario concreto.

El hecho de que los científicos a veces cambien la manera y el contenido de sus afirmaciones cuando hablan con observadores externos origina problemas tanto en la reconstrucción que dichos observadores externos hacen de los acontecimientos científicos, como en la apreciación de cómo se hace ciencia.

Despues de esta afirmación, ponen de claro manifiesto la distorsión que produce la actividad de observación. Distorsión bidireccional ya que implica tanto que los científicos no se comportan de manera habitual y los observadores no entienden de manera correcta.

Aún así, Latour y Woolgar insisten en que es necesario recuperar parte del carácter artesanal de la actividad científica mediante observaciones in situ de la práctica científica. Considerando especialmente instructivo captar como algo extraño esos aspectos de la actividad científica que fácilmente se dan por sentados.

Consideraron a los científicos del laboratorio donde estuvieron observando, como una tribu en la que se corre el peligro de malentender la manipulación y producción de objetos cotidianos. Por lo que intentaron que las actividades del laboratorio les parecieran  tan extrañas como sea posible para no dar demasiadas cosas por supuestas.

Es decir, se pone de manifiesto por un lado que el desconocimiento de la actividad y procesos científicos provoca ruido en las interpretaciones, y por otro lado, proponen, que al ser absolutos neófitos, no darán nada por supuesto. Me parece una metodología cuanto menos paradójica.

Aunque se ha hablado mucho acerca de si la ciencia social puede seguir los modelos de Popper o de Kuhn, no está claro que las descripciones de la ciencia que hacen esos autores se correspondan con las realidades de la práctica científica. Pero Latour y Woolgar evitan estas cuestiones generales y se centran en los problemas específicos que pueden tener en común el científico practicante y el observador de la actividad científica.

El interés por lo social no se limita a esas observaciones no técnicas a las que se les pueden aplicar conceptos sociológicos tales como normas o competencia. En cambio, consideran que el proceso de construcción del sentido que la aplicación de conceptos sociológicos implica es sumamente significativo para su propio enfoque. Les interesa la construcción social del conocimiento científico en la medida en que ésta presta atención a los procesos mediante los que los científicos dan sentido a sus observaciones.

Esta observación sí me parece de gran interés y de la que se podrían concluir algunos aspectos interesantes, ya que al fin y al cabo, se trata de descubrir la especificidad del conocimiento científico en cuanto a su construcción social. Siempre podemos encontrarnos con que esa especifidad no es tal.

Los hechos técnicos son mucho más que meras operaciones psicológicas; el mismo acto de percibir está constituido por fuerzas sociales predominantes. Sin embargo, Latour y Woolgar consideran que su interés se ha de centrar en los detalles del proceso de observación. Les interesa el uso de procedimientos socialmente disponibles para construir una descripción ordenada del aparente caos de las percepciones disponibles.

Pero la metodología utilizada puede conducir  a conclusiones erróneas. Dicho caos lo mismo sólo es caos desde el punto de vista del observador, no desde el punto de vista del científico.

La construcción del orden

A Latour y a Woolgar les interesa de qué manera se construye el orden científico a partir del caos.  Interés razonable y  más que justificado, si realmente se considera que el conocimiento científico parte del caos.

En primer lugar por el hecho de que siempre hay disponible una serie de rasgos sociológicos alternativos que se podrían invocar para explicar la ocurrencia de una determinada acción científica. En principio, se puede socavar o encontrar defectos en cualquier alternativa, puede ser preferible cambiar el centro de atención y examinar de qué modo se invocan los rasgos para que produzcan orden.

En segundo lugar, los observadores externos parecen estar en una posición esencialmente similar a la de los científicos, pues se enfrentan a la tarea de construir una explicación ordenada a partir de una disposición desordenada de observaciones.

El observador tiene que basar su análisis en razones cambiantes. Se enfrenta a la tarea de producir una versión ordenada de observaciones y afirmaciones cuando se puede presentar una alternativa a cada una de sus lecturas de las observaciones y afirmaciones.

Los observadores producen regularmente versiones ordenadas para que otros las consuman. Por ello deben producir orden con fines prácticos, proceden eludiendo o ignorando las dificultades de principio. Si esto es así, entonces es importante entender cómo los observadores ignoran rutinariamente el problema filosófico de la disponibilidad constante de lecturas y descripciones alternativas. Desde este punto de vista, el núcleo de la investigación es la producción de orden.

La creencia de que la ciencia está bien ordenada tiene un corolario, que el estudio de su práctica es simple y que el contenido de la ciencia está más allá del estudio sociológico. Sin embargo, Latour y Woolgar mantienen que tano los observadores como los científicos se enfrentan de un modo rutinario  a un montón hirviente de interpretaciones alternativas.

De nuevo la visión totalmente parcial y sesgada motivada por la extrapolación de conclusiones al mundo científico partiendo de un único ejemplo concreto, puede desmerecer las generalidades a las que llegan. Hay que distinguir la ciencia del método científico, y hay que hacerlo en dos vertientes, teoría y praxis. Las intersecciones no serán disjuntas, pero desde luego no se solapan de la manera tan evidente como Latour y Woolgar tratan de  concluir.

Resumen crítico del Capítulo 1 de La vida en el laboratorio. La construcción de los hechos científicos. Bruno Latour y Steve Woolgar

Dadme un laboratorio y moveré el mundo

En 1979 Bruno Latour, junto con Steve Woolgar escribieron un libro titulado La vida en el laboratorio. La construcción de los hechos científicos, que en su versión española de Eulalia Pérez Sedeño comienza con las siguientes palabras:

A menudo los científicos sienten aversión por lo que los no científicos dicen de la ciencia. Los que no son científicos no practican la crítica científica del mismo modo que quienes no son novelistas ni poetas hacen crítica literaria. Lo más cercano a la crítica científica es la de los periodistas que han recibido una educación científica, o los científicos que han escrito sobre sus propias experiencias. Los estudios sociales de la ciencia y la filosofía de la ciencia tienden a ser abstractos, a ocuparse de acontecimientos históricos bien conocidos, o ejemplos remotos que no tienen relación alguna con lo que sucede diariamente en un laboratorio ni con las interacciones que se producen entre los científicos cuando persiguen sus fines. Además, las explicaciones sociológicas o periodísticas a veces parecen tener el único propósito de probar simplemente que los científicos también son humanos.

Latour comenta que los científicos no suelen leer lo que los profanos tienen que decir sobre la ciencia, y prefieren las opiniones que los propios científicos tienen sobre sus esfuerzos. Manía que por otra parte es de lo más razonable, sobre todo en un  contexto como el actual donde todo el mundo sabe de todo y opina de todo. Ya sabemos que Internet es un arma de doble filo, diría más, de filo infinito. Serán tus propios colegas los que mejor entiendan y valoren tu trabajo, y esta pretensión es extrapolable a cualquier actividad especializada, no solo al mundo científico.

El libro de Latour y Woolgar es cuanto menos curioso, porque se basa en un estudio que durante dos años realizó un joven filósofo francés en el Instituto Salk de Estudios Biológicos, y que posteriormente escribió en colaboración de un sociólogo inglés. Original y diferente.

La estrategia elegida por Bruno Latour fue la de convertirse en parte del laboratorio, seguir estrechamente los procesos íntimos y diarios del trabajo científico, al tiempo que seguía siendo un observador externo que estaba dentro, una especie de indagación antropológica para estudiar a la tribu de los científicos y a su cultura científica.

En cierto sentido, trató de observar a los científicos con la misma visión fría e imperturbable con la que se estudiann las células, las hormonas o las reacciones químicas. Craso error. Los científicos son seres humanos, ni fríos ni imperturbables. Más bien lo contrario.

El objetivo que se plantearon al escribir este libro fue mostrar lo que denominaron la construcción social de la ciencia. Lo más curioso de todo este asunto es que Latour, sociólogo, comenzó un estudio sociológico de la biología, y con el tiempo llegó a ver la sociología biológicamente. Paradojas del destino, que no para de reirse a nuestra costa.

Está claro que no  puede existir el mundo social por un lado y el científico por otro, porque el ámbito de lo científico es simplemente el resultado final de muchas otras operaciones que están en el ámbito de la realidad. Los asuntos humanos no son diferentes de la producción científica.

Pero para llegar a una conclusión como esta, no es necesario tirarse dos años sumergido en un entorno al que se procede a analizar.

La etnografía puede ser una herramienta interesante para caracterizar alguna componente cultural. Pero cuando se trata de conocimiento en general y de ciencia en particular, realizada por no científicos, se puede observar, pero difícilmente se puede participar, que es la otra componente inherente al método, ya que se trata, por definición, de una observación participante.

Por otra parte, las coincidencias entre un laboratorio de microbiología y uno de física cuántica deben ser bastante escasas. Ni los métodos, ni las herramientas, ni la organización interna, ni los procedimientos…probablemente haya la misma similitud que un huevo a una castaña. Sí, ambos son laboratorios, y sí, en ambos se desarrollan actividades científicas. Pero basarse en el análisis y la experiencia interna a uno de ellos no es suficiente para establecer ninguna conclusión que pueda ser generalizada con algo de dignidad.

Por lo tanto se utiliza una herramienta a medias sobre un grupo de personas inapropiado y en un universo de muestreo escandalosamente insuficiente. Aún así, vamos a darle una oportunidad.