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Messiaen y San Francisco de Asís

Publicado: 9 julio, 2011 en Música
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La caspa del Real, que haberla hayla, estaba indignada…nos sacan del teatro y nos llevan al Campo…que desprestigio para la Ópera salir de tan nobles paredes… 6 de la tarde, julio, 40 grados…Una gran cúpula, que pesa 24 toneladas y cuenta con 1500 fluorescentes, y un escenario que ocupa 500 metros cuadrados podría ser una buena justificación. Básicamente nos sacan porque no cabe.

Tres actos y ocho escenas, con una duración aproximada de seis horas y dos descansos. Una banda con 130 músicos y un coro con 120 cantantes. Agota con solo leerlo, pero es que sólo el conjunto de todos los músicos del mundo podía expresar la inmensa riqueza de espíritu de San Francisco. Messiaen concibió esta obra como un espectáculo y ciertamente eso fue. Messiaen volcó toda su fe, que era mucha, y toda su verdad, que no era menos en esta maravilla. Ante todo se consideraba católico, despues ornitólogo y en última instancia compositor. Para ser su tercera faceta vital no se le daba nada mal, preguntadle si no a  Stockhausen, Benjamin, Xenakis o Boulez, por decir algunos de sus más brillantes alumnos. Y eso que nunca se consideró profesor.

Hablemos primero de la escenografía. El impacto visual que logra la cúpula es sobrecogedor. Inunda el escenario con una luz de colores que varían a lo largo de la representación. La sucesión de colores acompaña la transformación del estado de ánimo de Asís y el lucernario que corona la cúpula representa la esperanza y la eternidad. Eso si tienes la suerte de que te toque justo enfrente de la cúpula, porque es tan profunda que el ángulo de visión en los laterales es nulo, y sólo ves una carcasa negra que ocupa todo el escenario, dejando bajo su sombra a los músicos.

Para Messiaen la música debe tener ritmo y sobre todo color, porque él los percibía cuando componía y escuchaba música. Y los Kabakov  así lo han respetado en la escenografía que han creado. Pero pensar en el público no se ha pensado mucho. O bien, esta escenografía fue diseñada para otro escenario y al pasarla al Madrid Arena, pues como que un 20% de las entradas pudieron disfrutar plentamente del espectáculo visual. El resto nos tuvimos que conformar con el espectáculo puramente sonoro, que aunque también se vió disminuido en toda su grandeza, ésta era tal que fue suficiente para emocionarse y disfrutar de mas de 4 horas de obra maestra. El escenario era tan grande y el espacio acústico tan vasto que los sonidos se perdían en todas las direcciones.

Respecto al argumento, es puramente espiritual, con una reflexión sobre el miedo a la Muerte y su forma de vencerla a través de la fe. La fe no debe entenderse en un modo paleto de vieja con un rosario, sino en la misma actitud de Messiaen, que se dedica con una paciencia infinita a realizar una obra de ocho años de esfuerzo, sin estar seguro de si la salud le permitiría terminarla. Eso es la fe, saber que no está en tu mano conseguir el resultado, pero trabajar como si fueras inmortal. De este modo, se vence el miedo a la Muerte. Pelín pesado al final del segundo acto con los pájaros, pero bueno, hay que respetarle su pasión, es un genio y se lo merece.

Y la música?

Los pájaros con sus maravillosos cantos, que nosotros, miserables urbanitas habitantes de Mahagonny, ya hemos olvidado, son para él, como para el ángel Gabriel, mensajeros de una armonía celeste que propicia la trascendencia, con una música como la que el ángel toca con su viola para San Francisco, la cual por cierto no estuvo ¿?. Pero los pájaros fueron omnipresentes a lo largo de todo el espectáculo. La duración de la meditación juega un papel importante para Olivier Messiaen, y durante todo el tiempo que dura la obra, se puede seguir el proceso espiritual de San Francisco que, gracias a la virtud de la compasión, alcanza la luz eterna. Pocas veces un acorde final en Do mayor me ha conmovido tanto. Fascinante. El coro más que correcto, la orquesta excepcional. Sin duda lo mejor de la noche. El ángel delicioso, haciendo realmente honor a su papel y San Francisco sobrio y exccepcional. Me sorprendió grátamente lo buenos actores que eran todos los cantantes. Muy buena dirección artística. Me gustó y sorprendió la sombra del leproso. Original e inquietante.

Como artistas invitados, unos instrumentos pocos habituales en la ópera

  • Un  Geophone, instrumento musical invento del propio compositor. Es algo parecido a un tambor lleno de lacasitos aplastados, que produce un sonido parecido al de la tierra arrastrada por el viento.
  • Una máquina de viento, que como su propio nombre indica es un instrumento que asemeja el sonido del viento. Muy habitual en las representaciones música contemporánea y electroacústica.
  • Una batería, en la ópera sí, una batería
  • Tres Ondas Martenot, instrumento electrónico, precursor de los actuales sintetizadores, teclado, altavoz y generadores de baja frecuencia. Increibles verlos en acción. Sonidos extrañamente maravillosos y resonadores de formas caprichosas.

La sinestesia se apoderó de mí durante unas cuantas horas. Puede ver los colores  más allá de la cúpula, porque los de la cúpula regular. En mi opinión un montaje menos espectacular habría repercutido en una mejor calidad de sonido y de experiencia visual en el público. También es cierto que conforme avanzaba la obra las deserciones se incrementaban y en cada descanso se ganaba en perspectiva. Al final los pocos que quedábamos pudimos ver el espectáculo cuasi en su plenitud. Me gustó, mucho. Disfruté y mucho. Definitivamente me encanta Messiaen. A ver para cuando el Auditorio programa la sinfonía Turangalila.

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