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Dimensiones de la reconstrucción de la ciudadanía

En poco tiempo el término “ciudadanía” se ha convertido en uno de los referentes más abarcadores y comprensivos de la reflexión filosófico-política y de la politología.

En 1994, Kylimcka y Norman en el artículo El reto del ciudadano, señalaron que el tema de la ciudadanía había hecho acto de presencia en el campo de la discusión teórica. El interés por el tema del ciudadano se debe, entre otras cosas, a un pluralidad de hechos políticos y cambios sociales muy dispares: desde la pasividad y apatía de los potenciales votantes al resurgimiento de los movimientos nacionalistas; desde la crisis del Estado del bienestar al hecho del multiculturalismo o al fracaso de las política ambientalistas.

El tema “ciudadanía” parece inagotable. Sobre todo cuando se hace girar en torno a él la desestructuración radical de muchas sociedades, tanto de las propias naciones como en el tan continuamente nombrado “nuevo orden internacional”. Las propuestas contenidas en los bosquejos o en los proyectos de ciudadanía solo pueden ser asumidas, en el límite, como presuntos imperativos categóricos.

El carácter contrafáctico y/o academicista de muchos trabajos tiene su contrapunto en la continua instrumentalización que hacen los partidos políticos de las más novedosas acusaciones, como por ejemplo, el “patriotismo constitucional” que ha de acompañar al nuevo ciudadano, o la idea de “obligación” que la ciudadanía conlleva. De este modo, se margina y se posterga la realización del conjunto de los derechos sociales y de aquellos otros que constituyen las condiciones de posibilidad para el reconocimiento y el ejercicio de una ciudadanía responsable.

El horizonte de problemas viene determinado por lo que Horkheimer denominaba pensamiento dogmático. La reescritura de la ciudadanía, inserta en y revestida con el valor legitimatorio derivado de su pertenencia a alguna de las tradiciones ya conformadas históricamente, viene constituyendo uno de los modos de asumir las demandas reales surgidas en torno a la redefinición legal y material de la ciudadanía, así como en torno a la determinación de los sujetos de la misma. Pero los discursos sobre esta temática se cifran en la capacidad estipulativa de algunos autores para diseñar el modelo que cada cual estima más conveniente en función de la perspectiva adoptada. El tipo más representativo de esta última forma teórica de proceder se concreta en la “construcción” contrafáctico-normativa de lo que debe ser la ciudadanía, al tiempo que, en un segundo momento, se trataría del proceso de su inserción en la realidad.

Sobre la ciudadanía y algunos de sus críticos

Los problemas que han provocado la reescritura del tema de la ciudadanía son tan plurales como reales en un tiempo de cambio como este en el que estamos insertos. La demanda nunca satisfecha de igualdad en la ciudadanía defendida por el feminismo, los problemas de doble nacionalidad en función de los movimientos migratorios, etc., son cuestiones abiertas.

Estas cuestiones reclaman un reconstrucción de los elementos estructurales que puedan responder hoy a la aparición de las nuevas dimensiones y realidades de la vida socio-política. Ahora bien, nuestras objeciones no comportan la negación de la nueva problemática en torno al tema de la ciudadanía ni pretenden obviar la absoluta necesidad de establecer “críticamente” un orden de realidad conceptual y práctico que asuma las citadas demandas, sin duda, perentorias. Se trataría de la necesidad de una nueva instancia constituyente de sentido, problema de radical calado filosófico, que afecta tanto a una nueva modalidad epistemológica del saber como a la reestructuración del orden mismo de lo humano.

A propósito de la reelectura de la ciudadanía y atendiendo también al significado de la caída del muro de Berlín y de los movimientos sociales que aceleraron dicho proceso de cambio, cabe destacar algunas posturas críticas. Estas críticas se articulan, en gran medida, como negación de la enfática tematización de la ciudadanía y su primacía en el ámbito de la política. Conviene advertir que las tres corrientes de pensamiento que vamos a citar, neoliberalismo, neoconservadurismo y la interpretación liberal comunitarista de Walzer, confluyen en su crítica a la centralidad del tema de la ciudadanía, aunque sus orígenes y sus motivaciones responden a distintos momentos históricos. Ahora bien, el contexto de muchas de las actuales discusiones sobre la ciudadanía viene marcado por la elaboración que llevan a cabo los neoliberales sobre la sociedad civil o los neoconservadores en torno a las “estructuras mediadoras”.

Una vez incorporadas a la sociedad civil, ni la ciudadanía ni la producción pueden ser absorbentes. Tendrán sus partidarios, pero ya no serán modelos para el resto de nosotros. Existen buenas razones a favor del argumento neoconservador de que en el mundo moderno necesitamos recuperar la densidad de la vida asociativa y volver a aprender las actividades y conocimientos que la acompañan. Posiciones que vienen a ser refrendadas, esta vez desde opciones neo-liberales, centradas en una interesada crítica del Estado del bienestar, apostillando una supuesta incapacidad del Estado para generar sentimientos de solidaridad e identidad colectiva.

Se trata de una confluencia, de hondo calado político, entre neoconservadores, liberales y las claves argumentativas que sostienen la posición del Walzer comunitarista, cuyo modo de abordar la política está modulado por un cierto liberalismo socialista. La modernidad de que la vida social había de ser configurada, de modo privilegiado, por los principios de la vida política en orden a la construcción de una vida en común fundamentalmente justa. El sentido del interés general era lo que prestaba unidad a la pluralidad de los individuos: interés general que cobraba forma desde la concepción central del espacio público y que se sustentaba en la práctica activa de la ciudadanía. En las tres corrientes señaladas, sustentan sus posiciones doctrinales en el declive y en el abandono necesario de la centralidad de la categoría de la ciudadanía debida al propio fracaso del Estado, los partidos políticos, etc., cuya asfixiante burocratización ha propiciado la actitud pasiva que reflejan los bajos índices de participación en las elecciones referidas a tales instituciones.

Conservadurismo: sociedades intermedias frente a ciudadanía

Lo que hemos llamado el segundo imaginario político surgido en la Revolución Francesa y que tiene su expresión política más densa en la “creación de la ciudadanía”, ha venido sufriendo operaciones de desgaste tan profundas como el surgimiento de los totalitarismos del siglo XX.

El neo-conservadurismo ha construido un cuadro de campos semánticos y conceptuales que han propiciado el vaciamiento inferior de los contenidos sustanciales de la reflexión filosófica de la política y de la ciudadanía. Los neoconservadores, como Novak, centran todo el interés de la reflexión política en facultar para reconstruir los procesos constituyentes de sentido, “otros agentes sociales que no sean el Estado”. Ello significa que entre el liberalismo y el socialismo, entre el individualismo y el estatismo se impone la introducción de “estructuras intermedias o mediadoras” que recompongan una sociedad desarticulada y recreen un nuevo discurso legitimatorio, tales como las iglesias, las asociaciones de barrio, etc., que darían lugar a la confluencia de grupos que generarían un nuevo sentido de solidaridad o de pertenencia.

La operación de desplazamiento y sustitución de la política se consuma a través de los elementos de orden cultural con los que el neoconservadurismo intenta reescribir los procesos históricos e instituir la cohesión social. Las estructuras intermedias cumplen una doble misión: paliar y mitigar los efectos perversos del sistema económico-político. Actúan como verdaderas instituciones de disciplinamiento en orden a mantener los desajustes, las desigualdades y las jerarquías, que impone el sistema económico.

En definitiva, la ciudadanía, no solo pierde cualquier función central o legitimadora del sistema político sino que, absorbida por las prácticas “privadas”, ya no será un modelo para el resto de nosotros. El estatuto de la ciudadanía se ha vuelto superfluo en función de su propia exigencia de convertirse en referente del valor instituyente de sentido atribuido a la política, cuando esta parece haber llegado a su fin.

Neoliberalismo: frente a la ciudadanía: ¿retorno o disciplinamiento de la sociedad civil?

La paulatina marginación de la política como referente de la gramática profunda que articula los principios de la sociedad en cuanto a sus fines generales es ahora encarada desde la idea de una alternativa radical: el redescubrimiento, la recuperación de la sociedad civil, es decir, el retorno a la tradición clásica de la teorización de la sociedad civil y a las intuiciones de aquella segunda mitad del siglo XVIII.

A las demandas de una mayor democratización que venían siendo formuladas desde los comienzos de la crisis del Estado del bienestar, los neoliberales responden con la propuesta de una alternativa radical cifrada en la instauración de la sociedad civil como “un determinado tipo o carácter ideal de instituciones sociopolíticas”. Perez Díaz dice que la nueva reflexión sobre la sociedad civil no puede entenderse fuera del contexto de descubrimiento de las sociedades civiles reales que van emergiendo a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

El interés estriba en el hecho de que su “vuelta” a los tiempo fundacionales acentúa una de las dimensiones de la propuesta de una alternativa socio-política institucional, es decir, la separación dibujada ya en Locke entre Estado y sociedad civil. La sociedad civil viene determinada por su continuidad normativa con el estado de naturaleza, situación previa que busca asegurar los derechos ya existentes a través de la conformación civil que conlleva al nacimiento del Estado. Este ha de velar para que tales derechos sean efectivos.

Los problemas crítico-epistemológicos, los políticos y los de carácter jurídico, que subtienden a la pretendida reconstrucción de la sociedad civil neoliberal en nuestros días, no han sido sometidos a una crítica pertinente porque los autores neoliberales siguen asumiendo ahistórica y acríticamente la metanarración que les sirve de fundamento para la artificiosa configuración del ciudadano que proponen.

El ciudadano es, propiamente, impolítico ya que el orden normativo que mantiene a los individuos en sociedad es el orden de aquel espacio y de aquella situación primera natural, externa y previa a la sociedad civil y al Estado. El pueblo no está relacionado propiamente con ninguna cultura y política. El pueblo existía previamente en una sociedad autónoma, independiente del Estado.

Desde la génesis del discurso liberal, aquello que ocupa un lugar distinto del Estado representa lo valioso normativamente, tanto desde el punto de vista ético como desde el político. Desde el punto de vista temporal aquello que precede a la conformación del Estado, realidad basada en la coerción, es asimismo el pueblo en su acepción identitaria más pregnante. Lo cierto es que la existencia de ámbitos de derechos per-políticos, referidos especialmente al “orden de la propiedad”, ha configurado, a lo largo de la historia, grupos de poderes privilegiados que han sustraído al interés general y a la transparencia del espacio público, la discusión y la determinación de tales derechos prepolíticos y ello porque en esa contraposición entre sociedad civil y Estado no se aducen los elementos de la racionalización política que permitiría establecer el equilibrio necesario entre lo particular y lo general.

Se ha hecho notar, por ejemplo, la tensión entre los derechos individuales, elaborados por Locke, y la idea de humanidad. Esta última categoría, en su indefinición política, puede ser utilizada tanto para avalar los derechos prepolíticos como para “poner en suspenso” los derechos, esta vez, no va de la humanidad, sino de todos los individuos. Perez Díaz no dejó de reconocer, en un momento, que los espacios abiertos por aquella ideal sociedad civil emergente han tenido sombras de enorme alcance, tales como la esclavitud, la explotación capitalista y la discriminación sexual.

En definitiva, en la sociedad civil del XVII y el XVIII, los procesos comunicativos que normativamente habían de determinar las relaciones en la sociedad se encontraban de hecho insertos en prácticas de exclusión y justificaciones de asimetrías en el orden de lo humano. Por las mismas razones, ni la reconstrucción analítica de tal sociedad civil, ni las experiencias determinantes de aquella forma de vida pueden contener las virtualidad necesarias para proponerse como una alternativa de instituciones socio-políticas a la altura de los tiempos presentes.

La insistencia en la reconstrucción de la sociedad civil desde los postulados ideológicos del neoliberalismo se presenta como una continuación de la reacción defensiva del neoconservadurismo frente a las exigencias de una radicalización democrática. La anunciada reconstrucción de la sociedad civil tiene componentes, más bien, de vuelta a los rasgos específicamente capitalistas del modo de producción: mercado y jerarquía social.

Desde esta perspectiva, alejada de planteamientos normativos, puede interpretarse su argumentación en torno al criterio último que ha de servir para juzgar a la clase política, su contribución a lo que cabe resumir como la paz y prosperidad de un país, o reducir el infortunio de su desorden y escasez, concepción de gobierno que lo limita a lo que podríamos denominar como una “buena gestión”. Por el contrario, el retorno de la sociedad civil supone su disciplinamiento, la promesa incumplida, una vez más, de la autonomía de los sujetos.

La política queda relegada al mero estatus de referente ideológico que ayuda a la identificación simbólica de ciertos complejos de problemas y facilita así el autogobierno del sistema. La reescritura de la ciudadanía, en términos de institución de sentido político-social en el ámbito público, ha de ser negada puesto que las relaciones entre Estado y sociedad civil quedan planteados, en este “retorno de la sociedad civil”, en términos de obediencia y autoridad.

Mas allá de la ciudadanía: la reconstrucción social

Esta reconstrucción social se asocia tanto a la demanda de las “asociaciones intermedias” por parte del neoconservadurismo, cuanto a la reconstrucción de la sociedad civil de corte neoliberal; o bien, por último, a la posición representada por un Walzer para quienes somos seres sociales por naturaleza antes que seres políticos o económicos.

Según nuestro autor, el republicanismo, el marxismo, el capitalismo y el nacionalismo representan perspectivas parciales de lo que podría aceptarse como vida digna. La alternativa política a estas cuatro corrientes no viene dada por la vía de una “superación sintética” de tales posiciones, sino por un desplazamiento del orden de la realidad y de la actividad humanas por considerar.

El campo de la política no puede ser asumido en y desde la figura del ciudadano con la carga moral y de idealizad que tienden a atribuirse a los ciudadanos. Más bien, la actividad político-democrática, ejercida realmente de un modo indirecto por la mayoría de la población, ha de entenderse en busca de las formas de vida que le dan soporte y alientan su permanencia.

A medio camino entre el neoconservadurismo y el liberalismo se abre camino la idea de que la vida digna se vive realmente en el ámbito de la sociabilidad de hombres y mujeres. Es una nueva reconstrucción de la sociedad civil, correctivo de las otras cuatro valoraciones ideológicas y, en términos ideales, la sociedad civil es una base de bases; todas están incluidas, ninguna es preferible a otra.

Al mismo tiempo, desde las tomas de decisiones en las tramas asociativas se configuran de algún modo las más distantes determinaciones del Estado y la economía. La estructura fundamental de la tesis sostenida se enmarca dentro de un espíritu liberal que marca significativamente la ausencia de lo político en el orden social primero (estado de naturaleza). Este orden de lo social se constituye, en su apoliticismo, como matriz normativa del desarrollo posterior, tanto de la sociedad civil como del Estado.

Esta pretensión de una forma de vida social autoactivada y autosostenida aproxima la posición de Walzer a las tesis de los neoconservadores. El “asociacionismo crítico”, tal como denomina Walzer su alternativa al orden político en sentido fuerte, tiene el atractivo de experimentarse como un cierto alivio del tradicional compromiso político-democrático y la aparente facilidad de la alternativa propuesta. Ahora bien, una atención precisa a las tramas sociales obligaría a un análisis más ajustado a la naturaleza, a la pluralidad y a las diferencias características de las mismas.

Arato insiste en que una hermenéutica más ajustada, que se comprometiera conceptualmente con los diversos gradientes de las relaciones en el ámbito social, nos llevaría a distinguir tres ámbitos distintos:

  • Las redes sociales latentes, surgidas de la autonomía social.
  • La sociedad civil como movimiento, en cuanto conjunto de movimientos, de iniciativas, asociaciones y públicos autoorganizados.
  • La sociedad civil institucionalizada, tal y como la conocemos en Occidente.

La supuesta prioridad natural que se pretende otorgar a los tipos de relación social más alejados del orden político y del Estado ha producido, en nuestra época moderna, la legitimación de formas de subordinación y exclusión entre individuos y grupos. Los supuestos comportamientos consagrados por esa prioridad de que somos seres sociales por naturaleza antes que seres políticos o económicos, acaban invisibilizando las situaciones de subordinación, de exclusión y haciendo imposible construir formas de identidad que no sean las impuestas heterónomamente.

Las órdenes de ser y estar que se articulan en torno a las pequeñas sociedades de familia, los referidos a los roles y a los detentadores de poder en los ámbitos pre-políticos, la signación del “lugar” que han de ocupar los individuos en función del sexo o raza, sobredeterminan y resignifican, a su vez, el ámbito de lo público y sus agentes, legitimando jurídicamente, en última instancia, la exclusión y la subordinación. El orden social así instaurado, que subyace al político, no encuentra su posible superación con una afirmación como la que realiza Walzer: solo un Estado democrático puede crear una sociedad civil democrática, porque el propio régimen liberal democrático es el que ha consagrado las formas de exclusión, de cosificación política de lo privado frente a lo público, de lo personal frente a lo político, de lo afectivo frente a lo jurídico. En definitiva, si queremos atender a los problemas de las mujeres, de los negros, de los esclavos y de cuantos sufran menoscabo de sus derechos, habría que rechazar las formas de asociaciones locales que se cierran rápidamente en sus formas de solidaridad, manteniendo los intereses idénticos de los grupos.

La solución a dichos problemas no se encuentra en tales asociaciones, sino que las corporaciones, las familias, las religiones, son la causa de tales males. La necesaria redefinición de la propia democracia para hacerse cargo de las nuevas situaciones en que se encontrarían los individuos o grupos, una vez abandonados los lugares y las identidades determinadas heterónomamente, guarda una cierta similitud con los exiliados.

Una salida adecuada de la “sociabilidad naturalizada”, resignificada políticamente por las corrientes teóricas dominantes y legitimada por usos jurídicos concretos, implica que se han de reconfigurar los conceptos de poder, se han de proporcionar los contextos de libertad que permitan el afrontamiento autónomo en orden a la recreación de las identidades.

El problema no radica únicamente en las desigualdades existentes, sino en el hecho de que esas desigualdades son posibles porque, en el interior de las relaciones sociales, han sido configurados los referentes de sentido, los de las categorías políticas y los del ordenamiento jurídico que adscriben los diversos grupos a su lugar propio, ya sea en el orden privado o en el público.

La paradoja de la sociedad civil es que su propia posibilidad de existencia y de implantación exige algún control o una determinada utilización del aparato Estado. La ciudadanía es uno de los muchos papeles que sus miembros representan, pero el propio Estado no se parece al resto de las asociaciones. Enmarca a la sociedad civil y la vez ocupa un espacio en su seno.

Basado en La actualidad de la ciudadanía, de Fernando Quesada.

Capítulo 10 de Ciudad y Ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política. Ed. de Fernando Quesada

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