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El Día Que Tiré Las Cassettes…

Publicado: 23 enero, 2012 en Cadaunada
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…fue un día triste.

Mi pasión por la música afloró desde bien pequeña, cuando Enrique y Ana y Parchís eran los ídolos de nuestra infancia. Mi primer concierto, con apenas 6 años, en la plaza de toros, Enrique y Ana…no se me olvidará en la vida.

Pronto salté de ñoñerías infantiles a sonidos más ásperos y contundentes, Kortatu y La polla records fueron una revelación. De ahí el salto al rock, y despues al heavy fue inmediato. Navegando por las profundidades sónicas, me regodeaba con la vertiente más dura, thrash, death, black….el hard core también iba ocupando su puesto, desde el dicharachero New York Hard Core hasta el grind core mas brutal….Estamos hablando del instituto, ese periodo que abarca entre los 12 y los 17, más o menos…plena adolescencia, plena efervescencia.

No hablaré de mi evolución posterior, mucho más pintoresca, pero que no viene al caso porque mi periodo de cassettes más o menos acabó con el instituto. La universidad me dio pie a los CD regrabables, fantástico mundo donde cada CD costaba la friolera de 1000 pesetas y el software de grabación tenía una fiabilidad del 30%…vamos que casi te salía más barato comprar original que tostarlo…pero tampoco ese es el tema.

El tema es que como buena adolescente, se carece completamente de efectivo. Y la música siempre ha sido un vicio muy caro. Además, si vives en un lugar del planeta donde sólo hay una tienda de discos, en la que básicamente encuentras morralla, sale aún más caro.

Recuerdo que con 500 pesetas de las de hace 25 años tenía para todo el finde, para pagarme mis vicios y mis cositas…y recuerdo que siempre guardaba parte de ese dinero para comprar discos. Cuando no tenía, todo era para la música.

Por aquella, que la internet no existía, al menos para el pueblo llano, la única manera de acceder a buena música era  a través de catálogos de discos. Me hice con una buena colección de ellos. Pronto los españoles se me quedaron cortos, era tal el ansia por conocer más y diferente…encontré un par de catálogos alemanes, maravillosos, que fueron los que me abrieron las puertas al mundo. Menos mal que no era la única que pululaba como un zombi en busca de nuevo alimento.

Recuerdo a mi hermano y a mí, pendientes de la cotización del marco alemán, como pequeños y miserables brokers, esperanzados en que bajara la moneda para ir a recoger los pedidos a la oficina de correo y ahorrarnos unas pesetillas que serían felizmente invertidas en el siguiente pedido…

Claro, el ansia y la curiosidad superaban con creces la economía adolescente y las fluctuaciones del marco. Inevitablemente te ibas a los decomisos a comprar cassettes…a veces las más baratas, otras incluso de calidad, según como andaras de contactos y de pasta.

Todo el dinero que tenía, o casi, me lo gastaba en discos…y en cassettes. Lo reconozco públicamente, hacía copias ilegales de discos que me prestaban mis colegas y  ellos se hacían copias ilegales de los discos que yo les prestaba. Pero por aquella no éramos piratas, simplemente éramos adolescentes en plena explosión melómana y en plena escasez de recursos. Las cassettes tenían el uso inequívoco de hacer copias de discos, el canon no había venido, y ninguno teníamos la sensación de ser criminales.

La cuestión es que por cada vinilo que podía comprar, tendría unas 15 o 20  cassettes, de 90, un disco por cara de media. Los vinilos, si los tratas con mimo te duran para toda la vida. Las cassettes se degradan a la velocidad de la luz. Especialmente aquellas que contenían discos que te gustaban mucho mucho mucho, y escuchabas una y otra vez, y que llevabas en el walkman a todas partes y para ahorrar pilas rebobinabas con el boli bic…al final, el sonido dejaba tanto que desear que o dejabas de escucharlas, o te las volvías a grabar.

Cuando me mudé a la universidad me llevé commigo una buena colección de cassettes, los vinilos se quedaron en casa a buen recaudo. Una caja que pesaba un quintal y que amortiguaron los primeros momentos y sustentaron los siguientes. No podía concebir mi vida sin mi música, eran lo mismo.

Cuando me mudé a mi primera casa, las cassettes me acompañaron, y seguían en uso. Por aquellas los cd estaban a la orden del día, y una cosa llamada Napster hacía estragos.

Cuando me compré mi casa, la caja de cassettes se vino conmigo. Pero estaba vez llegaron en una caja precintada que fue directamente a parar a una esquina del zulito, una zona de la casa donde no molestaba. Ya no tenía reproductor de cassettes, pero seguía teniendo las cassettes.

Allí se tiraron casi 10 años, hasta que un día tuve que hacer hueco, y empecé a plantearme seriamente que tenía que deshacerme de ciertas cosas. Estamos hablando ya de una época en la que ni siquiera tengo CD, casi toda mi música está en el disco duro…en los discos duros de mi vida.

La caja de las cassettes estaba allí al fondo, con telarañas y nostalgia, pesando ella sola media vida, olvidada. Me costó lo más grande del mundo. Primero la abrí, craso error. Al empezar a ver aquellas cassettes grabadas y regrabadas, con tachones y retachones, con cajas viejas, algunas sin cajas…empezaron a aflorar millones de recuerdos. Me puse tierna. Una etapa muy importante de mi vida estaba allí escondida, y explotó de golpe.

Una sonrisa cerrada y una mueca de compasión. Me costó lo más grande. Al final bajé la caja de cassettes y la dejé en una plaza, abierta, para que se viera lo que había dentro. Lo mismo pasaba alguien interesado y prolongaba algún tiempo más la vida de mis recuerdos.

Bajé con el carrito de la compra 10 minutos despues…y la caja había desaparecido, enterita. Una sonrisa iluminó mi rostro. Quien no se consuela es porque no quiere. Mis recuerdos podían formar parte de la aventura de alguien.

Aún así, el día que tiré las cassettes lloré.

 

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