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Simplificando mucho, la historia de la filosofía teorética en la segunda mitad del siglo XX se caracteriza por dos corrientes principales:

  • Una especie de sinopsis de Wittgenstein y Heidegger, los juegos de lenguaje y la epocal apertura del mundo son la fuente de inspiración común para una teoría de la ciencia postempirista, una filosofía del lenguaje neopragmatista y para una crítica de la razón postestructuralista
  • La prosecución empirista de un análisis del lenguaje que parte de Russell y Carnap y se caracteriza por una comprensión meramente metodológica del giro lingüístico. Esta corriente adquiere con Quine y Davidson prestigio e influencia. Davidson asimila desde el principio el acto de comprender del participante en un diálogo a la interpretación teórica de un observador, para conseguir finalmente una concepción nominalista del lenguaje que antepone a los idiolectos de los hablantes particulares al universo social de los sentidos lingüísticamente encarnados e intersubjetivamente compartidos. De esta forma el lenguaje pierde el estatuto de un hecho social que le había atribuido Humboldt con el concepto espíritu objetivo.

Pero a Habermas le interesa una tercera corriente, en la que estarían incluidos autores como Putnam, Dummet o Apel, los cuales comparten el hecho de tomarse en serio el giro lingüístico, entendido como un cambio de paradigma, sin por ello pagar el precio de una equiparación culturalista de lo que es verdadero con un mero tener por verdadero.

Esta corriente se caracteriza por una doble postura:

  • Contra un tímido análisis del lenguaje que sólo pretende solucionar los venerables problemas de Kant y Hume con nuevos medios
  • Contra un particularismo semántico enemigo de la Ilustración que pasa por alto el autoentendimiento racional de los sujetos capaces de lenguaje y acción como seres racionales.

Apel se vuelve contra una comprensión intencionalista del significado lingüístico y contra una concepción instrumentalista de la comunicación lingüística y recuerda la idea de Humboldt de que cada comprensión del mundo presupone también un sentido a priori sintético. Pero al mismo tiempo previente también contra la tentación de autonomizar la función de apertura del mundo que cumple el lenguaje frente a la función cognitiva de exposición de los hechos. Postula una relación de complementaria presuposición e interpenetración entre una proyección de sentido particular y la forma de pensamiento estrictamente universal.

Dummett parte de una tradición completamente distinta. Está de acuerdo con Wittgenstein en que los juegos del lenguaje proyectan horizontes de sentido compartidos intersubjetivamente y determinan formas culturales de vida. Pero en contra de la teoría del significado como uso de Wittgenstein, que le niega a la dimensión cognitiva del lenguaje su derecho propio, Dummett quiere hacer vale una semántica veritativa epistémicamente transformada. El conocimiento de las condiciones de verdad se basa en el conocimiento de las razones que nos dicen por qué estas condiciones de verdad se cumplen.

Apel fue uno de los primeros que descubrió la convergencias entre Wittgenstein y Heidegger. Heidegger sitúa el análisis de la comprensión del sentido en el plano semántico de la apertura lingüística del mundo. Apel insiste en que la hermenéutica en cuanto disciplina científica debe preservar la finalidad y el criterio del mejor comprender. Apel quiere explicar con ayuda de los universales pragmáticos la conmensurabilidad de las diferentes perspectivas lingüísticas del mundo. La idea que le guía es que el saber del lenguaje tiene que acreditarse indirectamente en relación con aquellas prácticas que él mismo hace posible en nuestro trato cognitivo con el mundo.

Las dos líneas de argumentación que representan la crítica de las ideologías y la crítica de la ciencia se juntaron en una teoría de los intereses del conocimiento que, entretanto, la discusión especializada ya ha dejado atrás. En este intento se perfilan los esbozos de una hermenéutica trascendental o de una pragmática formal. Apel se enfrenta al pluralismo de las supuestamente inconmensurables visiones del mundo con dos distinciones que afectan a su estrategia teórica. Apel distingue

  • el sentido a priori semántico de las imágenes lingüísticas del mundo, de los ámbitos objetuales de las ciencias de la naturaleza y del espíritu cuya constitución está entrelazada con las estructuras generales de la acción racional con respecto a fines y de la interacción. Este a priori pragmático determina los objetos de la experiencia posible.
  • este a priori de la experiencia de un a priori de la agumentación que adquiere forma en los presupuestos pragmáticos generales de los discursos racionales en los que son examinadas las pretensiones de verdad.

En su interpretación pragmática de la reflexión sobre la validez Apel topa con las condiciones comunicativas para una búsqueda cooperativa de la verdad. Se sirve del modelo desarrollado por Peirce de una comunidad irrestricta de comunicación, según la cual los investigadores justifican mutuamente sus afirmaciones falibles con la finalidad de alcanzar un entendimiento por la vía discursiva de debilitar los argumentos contrarios con contrargumentos. Esta idea le ofrece el punto de partida para una ética del discurso que propone una lectura intersubjetiva del imperativo categórico.

Apel hace valer una concepción kantiana de la moral donde la justicia ocupa un lugar central. Para Apel, el lenguaje es la condición necesaria de la posibilidad y validez del entendimiento y del pensamiento conceptual, del conocimiento objetivo y de la acción plena de sentido.

Este extenso programa, con excepción de una semiótica que conecta con Peirce, está falto de una teoría del significado. Sólo dentro del contexto de una teoría de la sociedad construida a partir de los conceptos complementarios de acción comunicativa y mundo de la vida resultan evidentes las carencias de una teoría del lenguaje en sentido estricto. Esta teoría del significado incorporaría dos decisiones previas:

  • desconexión de la pragmática formal del entendiimiento de las consecuencias particularistas de una semántica de la apertura lingüística del mundo
  • diferenciación entre los planos del discurso y de la acción, a lo que habría que añadir una diferenciación posterior entre las dos pretensiones de validez susceptibles de hacerse efectivas discursivamente: verdad y rectitud moral.

Para ver cómo, desde una perspectiva hermenéutica, se han asumido y elaborado los resultados de la filosofía analítica, Habermas explicita los principales supuestos fundamentales de esta teoría formal-pragmática del significado:

  • La teoría de los actos de habla de Austin y Searle, junto con la teoría del significado de Dummett se sitúan en el marco de una teoría de la acción comunicativa. Según Dummett, entendemos una oración cuando sabemos cómo podríamos fundamentar su verdad y qué consecuencias relevantes para la acción se seguirían si la aceptáramos como verdadera, esta tesis de la semántica presupone tomas de postura críticas. La conexión interna entre el significado de una manifestación y las condiciones de su aceptabilidad racional es el resultado de una concepción pragmática del comprender y del entendimiento.
  • La comunicación orientada al entendimiento está diferenciada por los planos que representan el discurso y la acción. Tan pronto como en la acción comunicativa se problematizan las pretensiones de validez dadas por supuestas y se convierten en objeto de una controversia llevada a cabo con razones, los participantes pasan de la acción comunicativa a otra forma de comunicación, a una praxis de la argumentación donde buscan convencerse mutuamente y también apredenr unos de otros. En este tipo de discurso se diferencian los enunciados descriptivos acerca del mundo objetivo de los enunciados normativos acerca de la obligatoriedad del mundo social.
  • El mundo de la vida estructurado lingüísticamente debe distinguirse de la presuposición formal de un mundo objetivo y social. Lo que fue concebido desde el punto de vista de la teoría del conocimiento como la constitución de dos ámbitos objetuales se transforma en la pragmática formal, en unos sistemas de referencia puramente formales que hay que suponer o mundos. Se trata deun marco de referencia para objetos posibles o para posibles relaciones interpersonales y normas.
  • Los universales pragmáticos constituyen la acción dirigida al entendimiento, el discurso racional y la referencia al mundo de los enunciados. Pueden hacer añicos el etnocentrismo de las imágenes lingüísticas del mundo y de los mundos de la vida estructurados lingüísticamente. La dimensión comunicativa del lenguaje no posee por sí misma un potencial universalista. Los resultados de los procesos de aprendizaje sólo pueden modificar los límites del mundo abierto lingüísticamente si el saber del mundo se hace posible por el saber lingüístico y si permite que podamos revisar nuestro saber lingüístico.
  • El descentramiento de la perspectiva del mundo de la vida que cabe esperar del discurso fomenta, en caso de conflictos de acción moralmente relevantes, aquella mutua ampliación del horizonte de las propias orientaciones de valor que es necesaria para alcanzar unas normas comúnmente reconocidas.
  • Las pretensiones de validez que pueden hacerse efectivas cognitivamente se diferencian en dos aspectos: reclamamos verdad para nuestros enunciados sobre cosas y acontecimientos en el mundo objetivo y corrección normativa para los enunciados acerca de las relaciones interpersonales y las expectativas normativas que pertenecen a un mundo social sólo accesible en actitud performativa. La función cognitiva del lenguaje alcanza una relativa independencia con respecto a la función de apertura del mundo, en el ámbito de los procesos de apredizaje sociales y morales y dentro del dominio de la realidad externa.

La diferencia fisonómica más llamativa entre las tradiciones hermenéutica y analítica consiste en que a una filosofía del lenguaje analítica que se limite al núcleo de problemas heredados de la teoría del conocimiento, le falta la sensibilidad y el acceso adecuado a las cuestiones relativas al diagnóstico de la modernidad.

En Heidegger la crítica de la cultura penetra completamente su filosofía. Sus iluminadoras deconstrucciones del cartesianismo y la discusión con la obra de Nietzsche han inspirado su crítica a la ciencia, a la técnica y a los rasgos totalitarios de nuestra época, crítica que ha tenido una amplia repercusión. Al llevar a cabo su análisis de la modernidad con los medios de la crítica de la metafísica, Heidegger nos proporciona el equivalente idealista de la crítica de la cosificación materialista. A Habermas le interesa sobre todo el carácter homogeneizador y a la vez fatal que Heidegger diagnostica como destino de la modernidad. Añade Heidegger la estilización del fenómeno de una autoconservación que ha devenido salvaje hasta convertirlo en una fatalidad de la fuerza del destino que irrumpe en la historia.

Tan pronto admitimos una dialéctica entre apertura del mundo y procesos de aprendizaje intramundanos, se desmorona el carácter monolítico y prisionero del destino de una visión del mundo que todo lo prejuzga. Al mismo tiempo el diagnóstico de la modernidad pierde su carácter idealista, puesto que las patologías de la modernidad ya no pueden remitirse por más tiempo a la semántica de una comprensión del mundo inevitablemente deformada. Esto justifica una última ojeada retrospectiva a Humboldt.

Humboldt vió las consecuencias disfuncionales de un bloqueo de la función de integración social que tiene el entendimiento lingüístico. En la acción comunicativa se entrelazan la individualización y la socialización. El lenguaje une en la medida en que individualiza y preserva a los sujetos socializados comunicativamente de la degradación que supone el aislamiento.

La filosofía del lenguaje de Humboldt fomenta la división del trabajo con una teoría de la sociedad que se toma en serio un mundo de la vida que se reproduce a través de la acción comunicativa, del que mana la solidaridad social, y sabe también que esta solidaridad está constantemente en peligro de ser avasallada y destruida por los otros dos mecanismos de integración social: los mercados y las burocracias.

Desde esta perspectiva, la modernidad no se encuentra amenazada por la ineludible evocación de un destino del ser tan indeterminado como infausto, sino por los imperativos sistémicos, sobre todo de tipo económico, que agotan los recursos de solidaridad social del mundo de la vida.

Resumen de Apel y las tendencias universalistas

Capítulo 1. Filosofía hermenéutica y filosofía analítica. Dos formas complementarias del giro lingüístico

Verdad y Justificación. Jürgen Habermas

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Humboldt distingue entre dos sentidos del lenguaje:

  • Desde una perspectiva cognitiva el lenguaje articula una precomprensión del mundo en su conjunto intersubjetivamente compartida por la comunicada lingüística. Crea un marco para posibles interpretaciones del acontecer intramundano.
  • Al mismo tiempo el lenguaje determina el carácter y la forma de vida de una nación.

Los rendimientos del lenguaje como órgano constitutivo del pensamiento son lo que posteriormente Heidegger analizará como la apertura del mundo lingüística, la cual debe distinguirse de la constitución de los contextos que forma el mundo de la vida para las situaciones de acción y los procesos de entendimiento.

La disposición hermenéutica al mutuo entendimiento de otras culturas y formas de vida y un recíproco aprendizaje de los que nos son extraños conduce a la rectificación de los prejuicios. Humboldt liga el descentramiento del propio horizonte de entendimiento con el fomento de orientaciones de valor universalistas. El descuido de la función expositiva del lenguaje es un análisis convincente de las condiciones de la referencia y la verdad de los enunciados, y sigue siendo el talón de Aquiles de toda la tradición hermenéutica.

Precisamente en la función expositiva del lenguaje se concentra Frege , que no tiene contacto de ningún tipo con la tradición de Humboldt. Frege se limita en lo esencial al análisis lógico de la forma de las proposiciones simples. La semántica formal separa la dimensión comunicativa del lenguaje en la que, según Humboldt, residía la racionalidad del entendimiento del análisis lógico, y la deja en manos de una investigación de tipo empírico. Heidegger, de la misma forma, pasa por alto el planteamiento de Humboldt acerca de una pragmática formal. Sólo sigue de él la veta semántica. Pero no parte como Frege de la función expositiva, sino de la función de apertura del mundo del lenguaje, y se centra en el análisis semántico de las estructuras conceptuales y de los plexos de sentido que son inmanentes a la forma del lenguaje en cuanto tal.

Aunque partiendo de puntos contrapuestos, la filosofía analítica y la hermenéutica se han limitado al aspecto semántico:

  • por una parte a la relación entre proposición y hecho
  • por otra a la articulación conceptual del mundo que es inmanente a un lenguaje natural.

Humboldt esbozó un marco categorial que contempla tres planos de análisis:

  1. En el primer plano se encuentra el carácter constituidor del mundo que tiene el lenguaje
  2. En el siguiente, la estructura pragmática del habla y del entendimiento
  3. En tercer lugar, la representación de los hechos

Los planteamientos hermenéuticos o analíticos se mueven respectivamente en los planos primero o tercero. Ambos son partidarios del primado de la semántica sobre la pragmática y ambos se enfrentan por tanto al mismo problema: corregir, sin caer en falsas reducciones, la abstracción inicial.

Con respecto a Heidegger y a Frege, podríamos establecer las siguientes ganancias y pérdidas en relación con Humboldt :

  1. Según Humboldt entendemos una expresión lingüística cuando sabemos bajo qué circunstancias podemos servirnos de ella para entendernos acerca de algo en el mundo. Pero sólo con Frege se encuentra una explicación de la conexión interna entre significado y validez en el plano de las proposiciones asertóricas simples. Frege considera las proposiciones como las unidades lingüísticas más pequeñas que pueden ser verdaderas o falsas. Es decir, establece la primacía de la oración sobre las palabras o del juicio sobre el concepto. Wittgenstein también entiende la proposición como expresión de sus condiciones de verdad, y esto acarrea interesantes consecuencias. Todas las expresiones de un lenguaje están ligadas entre sí por una compleja red de hilos semánticos. Una concepción holística del lenguaje pondría en cuestión la determinabilidad semántica de las oraciones simples. Por eso Frege defiende simultáneamente un principio de composición según el cual el significado de una expresión compleja es resultado de las significaciones de sus componentes. Principio correspondido en el Tractatus con la idea de que un lenguaje lógicamente transparente, que cumpla exclusivamente la función de representar los hechos, debe estar formado a partir de proposiciones atómicas compuestas de modo veritativo funcional. Otra consecuencia de la primacía de la oración sobre la palabra, o del juicio sobre el concepto es el rechazo de la concepción tradicional según la cual los símbolos lingüísticos son esencialmente nombres de objetos. El sentido no debe ser confundido con la referencia, ni el contenido de un enunciado con la referencia al objeto del que se dice algo. Wittgenstein atribuye a un lenguaje universal lógico, que representa los hechos transparentemente, la cualidad de ser constituidor del mundo. Los límites del lenguaje significan los límites de mi mundo, las proposiciones de la semántica lógica nos dejan ver la estructura del mundo. En el lugar de las categorías del entendimiento, que según Kant constituyen los objetos de la experiencia posible, aparece en Wittgenstein la forma lógica de las proposiciones elementales: Dar la esencia de la proposición significa dar la esencia de toda la descripción, o sea, la esencia del mundo. Sólo con este paso ratifica Wittgenstein el giro lingüístico introducido por Frege. Wittgenstein sólo llevó a cabo una detallada crítica al mentalismo, depués de haber sustituido el análisis de las formas lingüísticas propias de un pensar del entendimiento no reflexivo que lleva a cabo en el Tractatus, por las gramáticas de los juegos de lenguaje que son constitutivas de otras tantas formas de vida. De esta forma, da a la intuitiva distinción de Frege entre pensamientos y representaciones una interpretación inequívoca.
  2. Heidegger llega por otro camino a la misma crítica de la filosofía de la conciencia. Elabora una analítica existenciaria del Dasein humano. Conecta de forma original motivos originados en Dilthey y Husserl y que explican por qué una investigación planteada de una forma completamente distinta finalmente coincide con la idea de Humboldt de que sólo hay mundo donde hay lenguaje. Según Dilthey, las históricas ciencias empíricas habían desarrollado de manera diferencial el tradicional arte de la interpretación de textos hasta convertirlo en un método de la interpretación del sentido. Su fin es la comprensión de unos sentidos que están encarnados en las expresiones simbólicas, las tradiciones culturales y las instituciones sociales. Heidegger desliga la operación del comprender de su contexto metodológico y de su pretensión de ser una operación científica, y la radicaliza hasta convertirla en un rasgo fundamental del Dasein humano. A los seres humanos les es dado originalmente comprender el mundo y comprenderse a sí mismos en ese mundo. Heidegger hace suyos los elementos esenciales de la fenomenología trascendental de Husserl, después de haber sustituido el modelo fenomenológico de descripción de percepciones por el modelo hermenéutico de interpretación de textos. La fenomenología hermenéuticamente transformada dirige su atención al contexto que acompaña la realización de esta emisión. Husserl caracteriza el mundo que experimentamos en nuestra vida como el fundamento universal de las creencias de la experiencia. Heidegger analiza esas totalidades referenciales que se le abren al hombre en su relación práctica con objetos y eventos de su entorno. Heidegger investiga la articulación lingüística de la comprensión previa del mundo al hilo de lo que esperamos y de lo que anticipamos conceptualmente, en cuyo horizonte algo se nos hace inteligible en cuanto tal cosa. El fenómeno de esta estructura previa del comprender sitúa a Heidegger por detrás de la concepción trascendental del lenguaje de Humboldt. Nuestro mundo se articula según puntos de vista prácticos determinados gramaticalmente en distintos tipos de procesos y objetos, de objetos animados e inanimados, objetos encontrados o fabricados. La estrategia desde la que Heidegger prejuzga todo es la subordinación de la estructura del algo como algo predicativo a la estructura del algo como algo hermenéutico, procedente de la articulación categorial de los entes en su totalidad. Sólo podemos atribuir a determinados objetos determinadas cualidades cuando éstos se nos hacen accesibles dentro de las coordenadas conceptuales de un mundo abierto lingüísticamente, como objetos ya categorizados. La pertinencia de un predicado a un objeto depende de la posibilitación de la verdad, de una previa apertura del mundo como acontecer de la verdad, renunciando así al sentido universalista de la verdad. Se trata de una apertura del mundo lingüística que en sí misma no es ni verdadera ni falsa, simplemente acontece. Mientras separemos la predicación de cualidades de la referencia a objetos y podamos reconocer los mismos objetos bajo distintas decripciones, existe la posibilidad de ampliar nuestro saber sobre el mundo. Heidegger concede a la semántica de las imágenes del mundo una primacía absoluta sobre la pragmática de los procesos de entendimiento. Los hablantes son prisioneros de su propio lenguaje. El habla verdadera es únicamente notificación del ser. Wittgenstein llega a un resultado parecido. El giro pragmático desde la semántica veritativa hasta una teoría del comprender basada en una teoría de los usos del lenguaje no significa solamente una bienvenida de transcendentalización del lenguaje. Con su acceso descriptivo al uso del lenguaje tal como funciona de hecho, Wittgenstein difumina y neutraliza simultáneamente la dimensión cognitiva del lenguaje. Al igual que Heidegger, cuenta con el trasfondo de una comprensión del mundo que, sin ser por sí misma verdadera o falsa, establece de antemano los criterios para los enunciados verdaderos o falsos.

Resumen de Wittgenstein y Heidegger: coincidencias en el giro lingüístico

Capítulo 1 Filosofía hermenéutica y filosofía analítica. Dos formas complementarias del giro lingüístico

Verdad y Justificación. Jürgen Habermas

Introducción

La concepción fregeana de la doble función semiótica fue un supuesto asumido en filosofía del lenguaje. Toda expresión lingüística tenía dos dimensiones:

  • Referencia, que la ligaba a la realidad expresada
  • Sentido, unida a la forma en que tal realidad era aludida o reconocida

Este supuesto comenzó a ser considerado de forma mas crítica a partir de los finales de los 60 y los 70. La obra de Kripke parte de consideraciones semánticas que tienen que ver con las relaciones entre el lenguaje y la realidad, y posteriormente se aplican los resultados obtenidos al ataque o defensa de ciertas tesis filosóficas tradicionales de carácter epistemológico u ontológico. Su obra se encuentra ligada a la reconsideración crítica de los problemas tradicionales, desde las dicotomías kantianas hasta el esencialismo o dualismo cartesiano. La exposición de sus tesis filosóficas principales se desarrollará en el ámbito propiamente lingüístico. Va a insistir propiamente en la teoría de la referencia propuesta por Kripke para diferentes categorías lingüísticas, centrándose más en las argumentaciones que la sostienen como tal teoría que en los razonamientos que pretenden concluir tesis no propiamente lingüísticas.

Los nombres y el nombrar

La teoría de Frege sobra la referencia de los nombres propios y las descripciones era una relación indirecta entre lenguaje y realidad, relación triádica donde también intervenía el concepto en su sentido objetivo o intersubjetivo. La función del sentido era iluminar parcialmente la referencia, permitir la localización de la referencia a través de la captación de alguna de sus propiedades. El sentido constituía el elemento cognitivo necesario de la determinación referencial. La postulación de esta doble dimensión sentido/referencia estaba orientada a la resolución de problemas semánticos.

  • El problema de la identidad. El enunciado de identidad no es vacuamente verdadero y expresa una verdad fáctica: porque la afirmación de identidad se encuentra mediada por el sentido conceptual de los nombres empleados.
  • El problema de la sustituibilidad. Se puede sustituir en cualquier contexto un término por otro, siempre que éste sea correferencial con el primero. Tal sustitución no ha de afectar al valor de verdad del enunciado pues es función de la referencia.

Ya Frege se había dado cuenta de que no es aplicable en cualquier contexto:

  • En los contextos en que una oración completiva está regida por un predicado que expresa una actitud epistémica por parte de un hablante.
  • En un contexto modal en que una oración se encuentra en el alcance de un operador modal (necesariamente, posiblemente…)

La solución de Frege fué afirmar que las expresiones referenciales en tales tipos de contextos no refieren a su referencia habitual, sino a su sentido. Para preservar el valor de verdad del enunciado es preciso que tal sustitución haya dejado inalterado el sentido.

El problema de las expresiones referenciales vacías

Sólo si se distingue entre sentido y referencia se puede explicar que los enunciados que contienen expresiones referenciales vacías sean informativos. Puesto que el contenido informativo de un enunciado no depende sólo de que sus componentes tengan referencia, sino de que posean un sentido. La capacidad para tratar problemas semánticos convirtió a la teoría fregeana en paradigmática en nuestro siglo.

Frente a ella la teoría de la referencia propuesta por Kripke puede proporcionar soluciones igualmente adecuadas a estos rompecabezas semánticos constituyendo una alternativa seria. La teoría de la referencia propuesta por Kripke parte de la distinción hecha por Donnellan entre el uso referencial y el uso atributivo de una expresión nominal. Las descripciones lingüísticas están sujetas a una cierta ambigüedad de uso, de manera que no se puede saber por simple inspección de su estructura gramatical, cuál es la función semántica que cumplen. En estos casos, según Donnellan, nos encontramos frente a un uso referencial de la descripción y según Kripke ante un acto de referencia del hablante: el hablante pretende referirse a un determinado referente y lo logra a pesar de utilizar expresiones semánticamente no adecuadas, mediante la expresión de sus intenciones y las características del contexto en el cual efectúa tal intento que pueden incluir falsas creencias compartidas con la audiencia. Hay que distinguir los usos propiamente atributivos o las referencias semánticas. Según Donnellan:

  • Un hablante que usa atributivamente una descripción definida en una afirmación enuncia algo que es tal y cual. En el uso atributivo es preciso que la propiedad que lleva aparejada se aplique al referente, pues si no, no se efectúa la referencia ni se predica nada de tal referente.
  • Un hablante que usa una descripción definida de forma referencial, utiliza la descripción para capacitar a su audiencia para identificar aquello de lo que está hablando y enuncia algo de esa persona o cosa. La descripción determina una referencia en virtud del significado de sus componentes, independientemente de las intenciones de quien las usa y del contexto, excepto si contiene expresiones deícticas.

La distinción establecida por Donnellan para las descripciones definidas se aplica igualmente según Kripke a los nombres propios. La teoría de Kripke pretende establecer afirmaciones sobre las referencias semánticas, ya que piensa que los referentes del hablante son asunto de la pragmática. Desde este punto de vista, saltan a la vista los inconvenientes de la teoría fregeana sobre los nombres propios.

En el caso de nombres propios genuinos pueden diferir las opiniones en cuanto a su sentido: si una descripción forma parte del sentido de un nombre propio, la oración que predica es una oración analítica, es decir, verdadera en virtud del significado, para algunos será analítica y para otros no. De acuerdo con las mas evidentes intuiciones semánticas, “Aristóteles era originario de Estagira” enuncia un hecho contingente, no necesario, por lo tanto resulta inadecuada calificarla como oración analítica.

La conexión existente entre la semántica de los nombres y la noción de necesidad consiste en que si la descripción es parte de la especificación del significado del nombre queda determinada una cierta clase de oraciones analíticas necesariamente verdaderas. La teoría de Frege de la referencia indirecta de los nombres propios fue matizada por Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas y puso en duda que el significado de un nombre propio quedara completamente contenido en una sola descripción. Propone que el significado del nombre propio está dado por el conjunto de las descripciones con los que se puede identificar el nombre, descripciones que forman un cluster, están estructuralmente unidas por relaciones.

La teoría del racimo es la forma moderna que ha adoptado la teoría de Frege y la que ha recibido las críticas de Kripke y de los partidarios de la teoría de la referencia directa. Según Kripke es posible proponer la teoría del racimo en dos sentidos:

  • Como especificación del significado del nombre propio; la conjunción lógica de las descripciones equivaldría a ese significado.
  • Como una teoría acerca de cómo se fija la referencia de un nombre propio, como una hipótesis acerca de cómo se explica dicho nombre propio. Kripke tiene objeciones a ambas formas de entender la teoría, considerándola inadecuada tanto como teoría semántica de los nombres propios como tesis sobre el modo en que se establece su referencia.

La tesis que mantiene es que los nombres propios son designadores rígidos, en cualquier mundo posible designan el mismo objeto o individuo. Los mundos posibles son el producto de estipulaciones puramente lógicas que no tienen en cuenta las leyes de causalidad física o de necesidad fáctica.

Un designador designa rígidamente un objeto determinado si designa al objeto dondequiera que el objeto exista. La argumentación de Kripke, apelando a situaciones contrafácticas o mundos posibles, suscita el problema de la identificación de los individuos y objetos. La respuesta de Kripke es que la misma forma de hablar acerca de las situaciones contrafácticas supone ya la identificación transmundana: cuando hablamos de una cierta persona y de las cosas que le podrían haber sucedido estamos hablando de un mundo posible, del que forma parte esa misma persona y no otra. Y la forma en que expresamos tal supuesto de la utilización del nombre propio que es el que asegura que nos estamos refiriendo al mismo individuo.

Kripke distingue entre definiciones cuya finalidad es fijar la referencia y definiciones cuyo fin es proporcionar el significado: “Supóngase que la referencia de un nombre propio viene dada por una descripción o racimo de descripciones. Si el nombre significa lo mismo que esa descripción o racimo, no será un designador rígido. No designará necesariamente al mismo individuo en todos los mundos posibles, ya que otro objeto puede tener las propiedades en cuestión en otros mundos posibles.” En la teoría de Frege, el sentido ejerce ambas funciones:

  • Es el medio por el que el hablante determina la referencia
  • Equivale al significado, en la medida en que constituye el contenido conceptual ligado a la expresión. De las modificaciones propuestas por Strawson o Searle, se sigue que utilizar significativamente un nombre consiste en poder sustituirlo por la suma lógica de sus propiedades. Esto según Kripke entraña consecuencias inaceptables:
  • Todas las propiedades identificatorias de un objeto contribuyen exactamente igual a esa identificación. Se opone a las intuiciones semánticas normales, si se admite que ciertas propiedades tienen más peso que otras, es preciso disponer de un criterio para evaluar ese peso relativo, lo que suscita aunque no necesariamente el problema ontológico de las propiedades esenciales.
  • Si el significado de un nombre está constituido por una suma lógica de descripciones, quien utilice un nombre conocerá a priori la equivalencia entre el nombre propio y cualquiera de las descripciones.
  • El enunciado que afirma la equivalencia entre la disyunción lógica de las propiedades y el nombre propio expresará una verdad necesaria. Ni el segundo ni el tercero son verdaderos. Que el hablante utilice correctamente un nombre propio no quiere decir que conozca ni siquiera la mayoría de las descripciones, suele suceder que conozca algunas.

Aprioricidad y Necesidad

La filosofía tradicional kantiana establece una conexión entre las nociones epistemológicas (a priori y a posteriori) y las modales u ontológicas (necesidad y posibilidad).

  • Las verdades conocidas a priori son necesarias. Un enunciado es a priori si su verdad puede establecerse sin acudir a la experiencia
  • Las verdades conocidas a posteriori son contingentes, hay que acudir a la experiencia.

Del mismo modo que Kant indicó la diferencia entre a priori y analítico y a posteriori y sintético, defendiendo la existencia de verdades sintéticas a priori, Kripke mantiene sobre la base de su teoría de la referencia, que existe una diferencia entre lo a priori y necesario y lo a posteriori y lo contingente. Niega que las verdades a priori no puedan ser objeto de conocimiento a posteriori. Algo puede ser conocido a priori y conocido por gente particular en base de la experiencia.

Lo a priori y lo a posteriori son nociones epistemológicas y no hay nada en los hechos que los haga ser conocidos de uno u otro modo. La necesidad es una noción ontológica que atañe a la naturaleza de los hechos mismos, está ligada a la de mundo posible o situación contrafáctica. Es necesario aquello que es verdadero en cualquier mundo posible. Contingente aquello que puede estar sujeto a cambio estipulativo. Así no es difícil ver la conexión entre el funcionamiento semántico de los nombres propios y la noción de necesidad. Si un nombre propio es un designador rígido, refiere a un individuo en cualquier mundo posible. Si dos nombres propios refieren a un mismo individuo, la identidad entre ellos es necesaria.

La teoría causal de la referencia

Los argumentos de Kripke de su teoría de la referencia directa se pueden dividir en tres grandes clases, las tres dirigidas a mostrar que la teoría fregeana de la referencia indirecta tiene consecuencias inaceptables y que ha de ser sustituida por otra.

  • Argumento semántico. La teoría ortodoxa mantiene que el sentido de un nombre es equivalente a una descripción y por ello refieren a lo mismo. Pero la teoría de la referencia directa contrargumenta proponiendo casos en que un nombre refiere a u individuo sin que sea necesario que lo haga la descripción presuntamente equivalente.
  • Argumento modal, utilizando las nociones de necesidad y mundo posible. Si la teoría ortodoxa fuera cierta y el sentido de un nombre propio equivaliera al de una descripción, el enunciado de identidad expresaría un hecho necesario, sería verdad en cualquier mundo posible. Pero no es verdadero porque es concebible una situación contrafáctica que lo niegue. Las únicas oraciones que expresan hechos necesarios son las que afirman la identidad de referencia de dos nombres propios.
  • Argumento epistemológico. Tiene que ver con la forma en que se aprende a qué refieren los nombres propios. Según la teoría de la referencia indirecta se aprende a usar el nombre propio en conexión con las descripciones pertinentes que constituyen los criterios necesarios para la aplicación de tal nombre.

La oración de identidad nombre-descripción es portadora de información a priori. La versión que ofrece Kripke es completamente diferente, y aunque no le concede el rango de teoría se conoce como teoría causal de la referencia. Critica la teoría descripcionista en su explicación de cómo se aprende la referencia, supone ya tal noción. Kripke en cambio piensa que la referencia ha de ser un mecanismo aprendido o transmitido de una forma mucho mas elemental.

La utilización referencial de un nombre propio no requiere que se haya asimilado criterios de aplicación de ese nombre en virtud de propiedades realmente poseídas por el objeto. Alguien se puede referir a un objeto sin saber nada de él. Lo único que se requiere es que tal nombre sea conocido como referente a una realidad de forma independiente a su conocimiento. Las descripciones, en cuanto instrumentos para fijar la referencia, tratan de reducir el riesgo de desviaciones en el acto de la referencia pero, si se toman como equivalentes de un nombre, pueden introducirlas. Las descripciones son expresiones que sirven como instrumentos auxiliares para fijar la referencia de un nombre, pero en modo alguno son criterios necesarios (y suficientes) para su aplicación, ni requisitos indispensables en su aprendizaje.

Lo esencial del uso de los nombres, y lo que explica que podamos usarlos correctamente, es la existencia de la cadena causal que conduce a un acto originario de bautismo o nominación. En resumen, el núcleo de la teoría semántica de Kripke es la tesis de la rigidez de los nombres propios y la concepción causal de su referencia. La necesidad de los enunciados de identidad entre nombres propios y su carácter epistemológico de a posteriori son consecuencias directas de su teoría.

Habermas: Filosofía hermenéutica y filosofía analítica. Dos formas complementarias del giro lingüístico

Inspirado por Humboldt e ilustrado por la tradición de la lingüística orientada al contenido que se sigue de su obra, Heidegger fue el primero que reconoció en la hermenéutica un nuevo paradigma proseguido tras Humboldt por Droysen y Dilthey. Aproximadamente por la misma época, Wittgenstein descubrió también en la semántica lógica de Frege un nuevo paradigma filosófico.

Lo que posteriormente se denominará giro lingüístico se consumó de dos formas distintas: una forma hermenéutica y otra analítica, y Habermas se interesó en la interacción entre ambas, ya que no las consideró en absoluto tradiciones opuestas, sino complementarias.

Lo que trata Habermas en su ensayo Filosofía hermenéutica y filosofía analítica. Dos formas complementarias del giro lingüístico , son tres puntos fundamentales:

  1. El significado filosófico de la teoría del lenguaje de Humboldt
  2. En qué coinciden las dos variantes del giro lingüístico que consumaron Wittgenstein y Heidegger
  3. El intento de Apel de hacer valer de nuevo las tendencias universalistas de la filosofía del lenguaje de Humboldt, para que tomando como punto de partida la crítica de Humboldt a Kant, proponer un Kant pragmáticamente transformado, frente al:
    1. Contextualismo de los juegos de lenguaje de Wittgenstein
    2. Idealismo de la apertura lingüística del mundo de Heidegger
    3. La rehabilitación de los prejuicios por parte de Gadamer

En esta entrada veremos el primer punto, y en entradas sucesivas nos encargaremos de ver el segundo y tercero.

Significado filosófico de la teoría del lenguaje de Humboldt

Según Habermas, Humboldt distingue tres funciones del lenguaje:

  1. La función cognitiva de producir pensamientos y representar hechos
  2. La función expresiva de exteriorizar sentimientos y suscitar emociones
  3. La función comunicativa de hacer saber algo, formular objeciones y generar acuerdo

Se pueden establecer dos puntos de vista diferentes para enfocar las relaciones entre estas tres funciones:

  • Semántico
    • organización de los contenidos lingüísticos
    • se concentra en la imagen lingüista del mundo
    • Humboldt  trata la función cognitiva en relación con los aspectos expresivos de la mentalidad y la forma de vida de un pueblo
  • Pragmático
    • entendimiento entre los participantes en un diálogo
    • el diálogo aparece en primer plano
    • Humboldt  trata la función cognitiva en relación con los discursos de participantes en un diálogo en el que pueden darse mutuamente respuestas y contradecirse.

A continuación, Habermas pasa a explicar la concepción trascendental del lenguaje de Humboldt

  1. El concepto romántico de nación sirve como punto de referencia para la idea de que el lenguaje posee un carácter constitutivo de la imagen del mundo. Humboldt concibe los lenguajes como los órganos de la forma específica de sentir y pensar de las naciones. Establece una relación indisoluble entre la estructura, la forma interna y una determinada imagen del mundo. El lenguaje es el órgano constitutivo de los pensamientos. Esta concepción trascendental del lenguaje rompe con cuatro supuestos fundamentales de la filosofía del lenguaje dominante desde Platón a Condillac:
    1. Una concepción holista del lenguaje es incompatible con una teoría según la cual el sentido de las oraciones complejas es el resultado de sus elementos. Según Humboldt , las palabras aisladas obtienen su significación a partir del contexto de la oración a la que pertenecen, las oraciones a partir del texto en el que se insertan y los textos a partir de la articulación de todo el vocabulario de un lenguaje
    2. La idea de una imagen lingüísticamente articulada del mundo que estructura la forma de vida de una comunidad no es compatible con la tradicional tarea de designar objetos, propia de la función cognitiva del lenguaje.
    3. Un concepto trascendental del lenguaje es incompatible con una concepción instrumental del lenguaje y la comunicación según la cual, a las representaciones, los conceptos y los juicios formados prelingüísticamente se les asignarían signos para hacer más fáciles las operaciones del pensamiento y para poder comunicar a otras personas opiniones o intenciones.
    4. La primacía del lenguaje sobre la intención corresponde a la preeminencia del carácter social del lenguaje frente a los idiolectos de los hablantes particulares. Un lenguaje crea un plexo de sentido intersubjetivamente compartido que se manifiesta en las expresiones culturales y en las prácticas sociales.
  2. Como receptáculo del espíritu objetivo, el lenguaje trasciende los espíritus subjetivos y disfruta frente a ellos de una autonomía propia. Humboldt explica que esta objetividad es propia de todas las expresiones simbólicas, basándose en la fuerza creadora del proceso educativo que experimentamos cuando aprendemos un lenguaje. La tradición, todo lo que se transmite, afecta a las generaciones siguientes. Humboldt desarrolla un modelo expresivista del uso del lenguaje. Entre el sistema de reglas del lenguaje y la subjetividad del hablante existe una interacción. El lenguaje tiene efectos objetivos y autónomos en la medida en que obra subjetivamente y es dependiente. Este proceso circular del lenguaje, que es a la vez producto (ergon) y actividad (energeia), se pone de manifiesto un poder del individuo frente al lenguaje similar al poder del lenguaje sobre el individuo. Mientras los diferentes lenguajes crean diferentes visiones del mundo, el mundo mismo aparece ante todos los hablantes como uno y el mismo. Esta idea presenta ciertas dificultades. El lenguaje cumple la función cognitiva de representar hechos, los hechos sólo pueden ser descritos dentro del horizonte de la correspondiente visión del mundo lingüística. Se trata del problema de la conmensurabilidad de las imágenes lingüísticas del mundo. La pre-comprensión del mundo completamente estructurada por el lenguaje de los individuos es más bien “a priori arbitrario e indiferente pero a posteriori necesario e imprescindible”. Pero Humboldt no entiende la imagen lingüística del mundo como un universo semánticamente cerrado del que los hablantes sólo pudieran escaparse para convertirse a otra imagen del mundo.
  3. A Humboldt no le preocupa ni el carácter particular de la apertura lingüística al mundo de una nación ni la singularidad de su forma de vida. Divide tareas. A la pragmática le asocia el poner de manifiesto la dimensión universal del proceso de entendimiento. A la semántica el descubrir el lenguaje como órgano formador de los pensamientos: lenguaje y realidad están de tal forma entrelazados que al sujeto cognoscente le es imposible cualquier acceso inmediato a una realidad no interpretada. La realidad está emparentada con su propio lenguaje. El uso comunicativo del lenguaje se encuentra enlazado con la función congnitiva, si quieren llegar a entender el lenguaje que les es ajeno, partiendo de sus propias perspectivas, tienen que referirse a un punto de convergencia supuesto en común que es el mundo objetivo. Entendemos las expresiones lingüísticas sólo cuando conocemos aquellas circunstancias en las que contribuirían al entendimiento sobre algo en el mundo. Una visión común de la realidad es un presupuesto necesario para diálogos plenos de sentido.

La objetividad del propio juicio sólo se hace patente cuando el sujeto de las representaciones ve sus pensamiento fuera de sí, si los ve en otro ser pensante. Pero entre un pensamiento y otro no existe más mediación que el lenguaje.

Humboldt no investigó la conexión pragmática de las funciones cognitiva y comunicativa del lenguaje tomando como hilo conductor una teoría argumentativa del discurso sobre las pretensiones de verdad. En vez de eso, toma como hilo conductor la hermenéutica del entendimiento mutuo entre distintas lenguas. En la medida en que el horizonte de la propia comprensión del mundo se amplía, se relativizan también las propias orientaciones valorativas.

Humboldt establece una conexión interna entre entender y entendimiento. Además, en la praxis del entendimiento ve cómo funciona una dinámica cognitiva que contribuye a un descentramiento de la imagen lingüística del mundo, e indirectamente fomenta perspectivas universalistas incluso en las cuestiones morales.

Esta conexión humanista entre hermenéutica de anchas miras e igualitarismo moral se pierde en el historicismo de Dilthey y de Heidegger, centrado aquél en las concepciones del mundo y éste en la historicidad del ser. Y solamente, mediante una confrontación crítica con la hermenéutica filosófica de nuestro siglo ha podido ser recobrada de nuevo.

 Resumen de Significado Filosófico de la Teoría del Lenguaje de Humboldt

Capítulo 1 Filosofía hermenéutica y filosofía analítica. Dos formas complementarias del giro lingüístico

Verdad y Justificación. Jürgen Habermas

Verdad y correspondencia: la teoría semántica de la verdad

La teoría semántica debe reflejar que el lenguaje es un medio privilegiado para la representación de la realidad y ha de incorporar conceptos relacionales que conecten los niveles lingüísticos y ontológicos. Los conceptos son:

  • Referencia
  • Verdad, en ciertas teorías como la fregeana es una variante de la referencia

Y las relaciones son:

  • Designación
  • Correspondencia

El lenguaje se relaciona con la realidad a través de su función referencial y representadora. En esta función hay que colocar el ámbito explicativo de la semántica.

La teoría semántica de la verdad pretende recoger y precisar intuiciones que subyacen a las acepciones más generales del predicado o a sus usos mas comunes. La verdad es una relación entre el lenguaje y la realidad, que consiste, según nuestra intuición, en una relación de correspondencia, lo que se afirma es verdadero o falso según se corresponda o no a lo que realmente existe.

La teoría de la verdad de mayor aceptación es la del lógico polaco Tarski, transmitida en su ensayo La concepción semántica de la verdad y los fundamentos de la semántica, que presenta dos características primordiales:

  • Teoría definicional. Pretende precisar rigurosamente el significado de la expresión predicativa “es verdad”, al menos en la medida en que aplica a los lenguajes formalizados. Se diferencia así de las teorías de la verdad criteriales que pretenden especificar reglas para averiguar si algo es verdadero o no, por ejemplo la de los positivistas lógicos que hacían depender la asignación de valor veritativo del método (reglas) a seguir en la confrontación del enunciado con la realidad.
  • Teoría semántica. Pone en relación dos niveles: o Sintáctico, propiamente gramatical, se determinan los objetos a que es aplicable el predicado “es verdad”. o Ontológico, en el que reciben interpretación esos objetos.

Condiciones de una teoría de la verdad

Tienen que cumplir dos condiciones

  • Adecuación material. Marco de relaciones del lenguaje para el cual se está definiendo el predicado “es verdad” y el lenguaje al que pertenece ese propio predicado. Impone una restricción sobre la conexión entre el lenguaje objeto y el metalenguaje: han de seguirse enunciados de la siguiente forma: T.O verdadera si y sólo si p. Es decir, toda equivalencia de la forma T, obtenida reemplazando p por una oración particular, y O por un nombre de esa oración, puede considerarse una definición parcial de la verdad, que explica en qué consiste la verdad de esa oración individual. El requisito asegura la sensatez.
  • Corrección formal, en tres aspectos:
    • Diferenciación neta de niveles lingüísticos. Hace referencia a la distinción entre lenguaje-objeto y metalenguaje. El predicado semántico “es verdad” es metalingüístico y pertenece a un nivel diferente del de las oraciones a que se aplica. Si no se realiza esta diferencia obtenemos un sistema semánticamente cerrado con paradojas semánticas como la del mentiroso.
    • Categorías lingüísticas empleadas en cada uno de los niveles. El metalenguaje debe contener los medios expresivos suficientes para referirse al lenguaje objeto, ha de ser al menos tan rico expresivamente como el lenguaje-objeto y ha de poder formar nombres de las entidades pertenecientes a él. El lenguaje objeto está incluido en el metalenguaje en el caso de una lengua que funciona como metalenguaje de sí misma.
    • Especificabilidad de cada uno de los niveles. El lenguaje objeto para el que se efectúa la definición del predicado veritativo debe ser un lenguaje completamente especificado mediante la aplicación de reglas explícitas. Tarski no creía que existieran gramáticas de lenguas naturales lo suficientemente rigurosas como para cumplir este aspecto.

Contenidos de la teoría de la verdad de Tarski

Su objetivo era no utilizar términos semánticos no definidos. Todas las nociones semánticas deben ser definidas en términos semánticos más elementales y en última instancia empleando nociones puramente sintácticas. Es dudoso si lo consiguió o no aunque este requisito tiene mas que ver con preferencias filosóficas que con necesidades prácticas.

La definición de predicado veritativo consta de 4 pasos:

  • Especificación de la estructura sintáctica del lenguaje objeto. En un lenguaje lógico serían las reglas que determinan si una sucesión de símbolos es una expresión bien formada, en una lengua natural sería la gramática. El conjunto de expresiones bien formadas es infinito lo que obliga a que las reglas de formación sean recursivas.
  • Determinación de la estructura del metalenguaje. Debe contener al lenguaje objeto como parte. En el caso de dos lenguajes lógicos el metalenguaje ha de ser de un orden superior. Cuando se trata de lenguas naturales es necesario disponer de traducciones adecuadas del lenguaje objeto al metalenguaje. Además el metalenguaje ha de disponer de expresiones metalingüísticamente apropiadas para expresar la teoría de la verdad: variables metalingüísticas, expresiones lógicas adecuadas…
  • Definición del predicado “satisface en L”. Corresponde a la necesidad de Tarski de no emplear términos semánticos no definidos. En los lenguajes formales existen expresiones abiertas que no son ni verdaderas ni falsas. En las lenguas naturales, las expresiones que introducen indeterminación referencial que pueden variar de un contexto a otro son los pronombres. Las oraciones abiertas son satisfechas o no por un conjunto ordenado de elementos. La definición de satisfacción ha de ser recursiva.
  • Carácter absoluto dado por el hecho de que la teoría de la verdad del lenguaje forma está referida directamente al mundo real, modelo que se ha de utilizar para la interpretación del lenguaje formal o natural. Una oración es verdadera si es satisfecha por todos los objetos y falsa en caso contrario. La verdad es producto de la realidad en que se encuentran los términos en la oración y los objetos en el mundo.

Significado y condiciones de verdad: El programa de Davidson

A finales de los años sesenta, Davidson se dedicó a averiguar que condiciones debe satisfacer una teoría para que pueda considerarse una teoría del significado lingüístico. Y llegó a una serie de conclusiones.

  • Una de ellas es que debía poder derivar enunciados de la forma (S) O significa p donde O es una descripción de cualquier oración perteneciente a la lengua natural y p el significado de tal oración. La primera dificultad es establecer la potencia o capacidad de una teoría así, el número de oraciones (S) que es capaz de producir. Evidentemente es infinito, por lo que quedan excluidas las teorías semánticas que constituyen enumeraciones de oraciones emparejadas con sus significados. El requisito de completud exige teorías recursivas con un conjunto finito de reglas para la derivación del conjunto infinito de teoremas o enunciados (S). La recursividad es una contraparte de la creatividad o productividad de los hablantes, la capacidad para producir y entender cualquier oración significativa de su lengua. La posesión o asimilación de esos mecanismos recursivos es la que garantiza el aprendizaje de las lenguas.
  • Otra es que los significados de las oraciones dependen de los significados de las palabras, es decir, se refiere al principio de composicionalidad formulado por Frege, donde la descripción del significado de una oración ha de mostrar cómo contribuyen los significados de sus elementos al significado global de la misma, es decir, la teoría semántica ha de dar cuenta de la estructura combinatoria, tal descripción estructural exhibe la forma en que se combinan los significados en el seno de la oración.
  • El núcleo central del problema de la especificación del predicado “significa que p” en los enunciados (S) es la vaguedad de “significa que p” y la indeterminación de lo que p designa. El núcleo de la solución consiste en sustituir estas expresiones por otras equivalentes, que ejerzan la misma función y satisfagan idénticas condiciones. Dar el significado del predicado “significa que” es especificar otro predicado extensionalmente equivalente, sometido a las mismas restricciones.

El candidato mas evidente es el de verdad, las restricciones formales que Davidson exigió a la teoría del significado se corresponden prácticamente con las que Tarski enunció para la teoría de la verdad. El significado de una oración está determinado cuando se expresan sus condiciones de verdad. La peculiar metodología de Davidson al proponer una teoría del significado pretende ajustarse a intuiciones semánticas comunes, al menos en las oraciones declarativas donde conocer lo que significa una oración conlleva decir cuándo es verdadera.

Conocer las condiciones de verdad de una oración no es lo mismo que conocer su método de verificación, y esa es la distancia que separa la concepción semántica del significado de la teoría verificacionista del positivismo. Conocer las condiciones de verdad de un enunciado significa poder describir el hecho que hace verdadero a dicho enunciado, impensable sin la comprensión del enunciado.

Lo que propuso en definitiva fue tratar un problema intencional, el de la asignación de significado, en términos extensionales, en términos de la noción de verdad. Definir conceptos semánticos típicos de tal modo que su aplicación estuviera determinada por un conjunto de reglas claras y explícitas, conjunto recursivo de reglas que constituyen la teoría de la verdad para una lengua.

La propuesta de Davidson de considerar semánticamente explicativa la teoría de la verdad chocaba con dos objeciones de principio, aunque ninguna de ellas le pareció importante:

  • El carácter semánticamente cerrado de las lenguas naturales. En las lenguas naturales se pueden formar paradojas semánticas basadas en la indistinción de modelos semánticos, aunque según Davidson es un hecho marginal de escasa repercusión práctica ya que los problemas semánticos interesantes son bastante menos sofisticados.
  • La existencia generalizada de la ambigüedad. Aproximando cada vez más el lenguaje formal a las estructuras de la lengua natural, se irá consiguiendo simultáneamente la expresión de descripciones estructurales de las oraciones de la lengua natural y la formulación de sus condiciones de verdad.

La estrategia es enriquecer el lenguaje formalizado hasta hacerlo lo suficientemente expresivo como para representar la riqueza estructural propia de las lenguas naturales. Pero existen problemas de índole interna en la aplicación de su teoría semántica. Por ejemplo las dificultades de precisar una “descripción estructural” de una oración; una descripción sintáctica o gramatical no aportaría luz sobre la forma en que el significado de los componentes de la oración contribuyen a las condiciones de verdad. Sólo la estructura lógica muestra cómo contribuyen las partes de una oración a la fijación de sus condiciones de verdad:

  • En una oración simple mediante la conexión de sujeto y predicado
  • En una oración compleja mediante la semántica veritativa de las conectivas lógicas

De manera que por descripción estructural debe entenderse descripción de la forma lógica. El programa de investigación de Davidson consta de una parte analítica que consiste en la asignación de formas lógicas a las construcciones de la lengua natural. Parte de las lenguas naturales son susceptibles de una formalización más o menos directa. Pero la inmensa mayoría no pertenecen a esta clase, no existe una teoría lógica en la cual sean formalizables de una manera directa.

Demostrativos

El análisis de los demostrativos, elementos deícticos en general, desempeña un papel central en la teoría de la verdad.

Los demostrativos ponen de relieve que una teoría de la verdad para una lengua natural debe dar cuenta del hecho de que muchas oraciones varían de valor de verdad dependiendo del momento en que se pronuncian, del hablante y quizás incluso de la audiencia.

Los elementos deícticos son los elementos de la oración que hacen referencia directa al contexto o situación. No es posible determinar su referencia si no se tiene conocimiento de quién es el hablante, el oyente y la situación.

Resulta que es improbable que se pueda asignar condiciones de verdad fijas a oraciones de una lengua, incluso las que tienen como función describir hechos. La práctica totalidad de las oraciones de una lengua están sujetas a variabilidad de sus condiciones de verdad, originada por la presencia de elementos deícticos. Sin la precisión de la noción de contexto la verdad resulta indeterminada.

Subordinación completiva proposicional

La subordinación completiva en las lenguas naturales es muy frecuente. En este tipo de construcciones ya había advertido Frege las dificultades en la aplicación del principio de composicionalidad: el valor de verdad no constituía una función de la referencia de sus elementos componentes.

El enfoque de Davidson es ligeramente diferente, pero el problema de fondo es el mismo: la asignación de una forma lógica que prediga correctamente las condiciones de verdad de este tipo de oraciones.

Davidson propone considerar al pronombre relativo que como si fuera un demostrativo. El que apunta a modo de deíctico a una referencia, pero no tiene por qué ser una idea. Este análisis, que evita muchos de los inconvenientes de los propuestos por otros filósofos del lenguaje no carece a su vez de problemas, el principal de los cuales es precisamente el de la dificultad de determinar la equivalencia veritativa de dos proferencias sin acudir a la identidad de su significado.

Oraciones de acción

Las oraciones de acción incluyen un predicado que describe una acción realizada por un sujeto. El análisis lógico tradicional de estas oraciones les asignaba una forma relacional en la que el predicado de acción liga los diversos elementos entre los que se da la acción.

No resulta satisfactorio este análisis tradicional porque no da cuenta de ciertas inferencias intuitivamente correctas en la lengua natural. Para remediar esta deficiencia de las propuestas tradicionales, Davidson mantuvo que hay que entender estas oraciones como afirmaciones cuantificadas sobre eventos o acontecimientos. Esta estructura lógica admite variables sobre eventos, y puede reflejar la modificación adverbial de los complementos como predicados de tal evento.

Introducción

La obra filosófica de Quine es heredera directa de la tradición analítica de Frege y Russell, se desenvuelve a partir de profundas investigaciones en la lógica. La lógica en la obra de Quine es:

  • Paradigma de teoría científica, núcleo regulador de nuestros sistemas de creencias
  • Instrumento metodológico fundamental en el tratamiento de los problemas filosóficos.

La concepción general de la obra de Quine se define mediante las siguientes características:

  • Monismo. Es la articulación mas elaborada de una ontología no cartesiana que concibe la realidad como un ámbito homogéneo, atacando las teorías que implicaban posturas dualistas o pluralistas. Adversario acérrimo del innatismo chomskyano.
  • Materialismo. La homogeneidad de la realidad es una homogeneidad de lo material, lo único que existe en la ontología que propone son los objetos físicos.Como consecuencia se adopta una postura naturalista en teoría del conocimiento. Sólo existe una clase de conocimiento de la realidad, el científico; el común o el filosófico son corolarios del primero.
  • Empirismo. Lo denomina empirismo relativo. Combina una concepción globalista u holista del conocimiento científico con una psicología conductista refinada, empirismo al que se han adscritos sus tesis sobre la adquisición del conocimiento, tanto las de pertenecientes a la teoría de la ciencia como a la teoría del aprendizaje. Cualquier creencia se encuentra sujeta a revisión, nada es inmune al cambio. Dentro de los problemas filosóficos tratados, tienen un lugar preeminente los lógicolingüísticos.

Expuso su tesis en dos ámbitos:

  • De la teoría del significado. Trató de demostrar que la noción de significado es confusa e innecesaria para la semántica. Con ello pretende invalidar las ontologías derivadas de esta forma de concebir la dimensión semiótica del lenguaje.
  • De la teoría de la referencia. Combina una teoría muy elaborada del aprendizaje lingüístico con una ontología materialista. La forma en la que concibe la relación del lenguaje con la realidad constituye el núcleo de las reflexiones lingüísticas de Quine, cree que dio una explicación de la naturaleza y el funcionamiento del lenguaje. En filosofía del lenguaje se opone tanto a posturas esencialistas o intensionalistas (Kripke, Putnam), o al mentalismo (Chomsky).

La crítica de la epistemología empirista clásica

Los dos artículos mas conocidos de Quine en su primera etapa filosófica son “On what there is” (Sobre lo que hay) y “Two dogmas of empiricism”, en ellos aborda problemas ontológicos y epistemológicos, pero con su característica metodología lógico-lingüística, que se basa en lo que Carnap denominaba ascenso semántico.

Consiste en tratar los problemas de la estructura o el conocimiento de la realidad examinando la estructura lógica y semántica de los enunciados en que hacemos afirmaciones sobre la realidad o en los que expresamos nuestro conocimiento de ella. “On what there is” pretende demostrar la falacia de los que defienden que existe todo aquello que nombramos, ellos mantienen que si no existiera aquello que nombramos no estaríamos hablando de nada, resultaría absurda cualquier afirmación.

Pero esta línea de argumentación se basa en la confusión entre nombrar y significar. Considerar que los significados son entidades o acontecimientos mentales es una solución psicologista que también rechaza. El problema se halla en que el lenguaje nos impulsa a deificar los significados, como si fueran objetos. Tendemos a considerar que una expresión es significativa si tiene un determinado objeto abstracto al que denominaremos significado, pero esto es una forma contundente de hablar, es una metáfora desafortunada porque puebla nuestra ontología de entidades abstractas de carácter innecesario.

Quine rechazará las nociones intensionales y las de significado; muestra que todas las afirmaciones que en semántica se hacen al respecto se pueden reinterpretar de modo que no nos veamos obligados a admitir tales entidades teóricas. Tratará de reconstruir el predicado semántico básico, tener significado, de modo que no postule los significados como entidades independientes. Su estrategia será similar a la del nominalista frente al problema de los universales: o no admiten que existen entidades que comparten los miembros de una clase o admiten que los miembros de esa clase se parecen en uno u otro sentido “Two dogmas of empiricism”. La analiticidad es una propiedad semántica derivada de la noción de significado y ésta última se verá afectada por el cuestionamiento crítico de la primera.

Quine examinó las creencias básicas de la epistemología positivista:

  • Las basadas en cierta distinción fundamental entre verdades que son analíticas basadas en significaciones y sintéticas basadas en hechos.
  • Todo enunciado que tenga sentido es equivalente a alguna construcción lógica basada en términos que refieren a la experiencia inmediata.

Entre las oraciones analíticas hay que distinguir dos clases: las oraciones lógicamente verdaderas y las oraciones propiamente analíticas. Se conectan con las anteriores a través de la sinonimia: se puede obtener una oración lógicamente verdadera sustituyendo un término de la oración propiamente analítica por otro sinónimo.

Pero esta caracterización de la analiticidad está sujeta a los problemas de la noción de sinonimia. La lógica nos proporciona una definición precisa de oración lógicamente verdadera y la noción de sinonimia está sujeta a los mismos problemas que la del significado. Una alternativa plausible sería que los enunciados lógicamente verdaderos se pueden transformar en analíticos acudiendo a las definiciones del diccionario o a postulados de significado.

Si tal proceder está justificado en lógica, no sucede lo mismo en semántica, ya que las definiciones no son estipulaciones, sino que constituyen afirmaciones sobre hechos y como tales se encuentran fundamentadas y sometidas a contrastación empírica. El problema es encontrar esas instancias justificadoras de la definición.

Se han barajado la identidad de contenido conceptual y la de identidad de uso. Quine, como rechaza la necesidad de las entidades teóricas denominadas “conceptos”, se inclina por la identidad de uso, siempre que se dote de significado preciso a la noción de uso lingüístico. Uno de los posibles modos de entender identidad de uso es la intercambiabilidad salva veritate, ya utilizada por Frege en sus argumentaciones semánticas. Así dos expresiones serían sinónimas si fueran intercambiables en todo contexto oracional salva veritate sin que se alterara el valor de verdad del enunciado, tratándose entonces de una sinonimia cognitiva.

Se produce entonces un razonamiento circular: por una parte se emplea la sinonimia para determinar la clase de los enunciados propiamente analíticos y por otra, se introduce subrepticiamente la noción de analiticidad en la definición de sinonimia. En consecuencia, las nociones de sinonimia y analiticidad están tan estrechamente unidas que es difícil dotarlas de un sentido preciso independiente. No se dispone más que de nociones intuitivas que no son suficientes para trazar una línea divisoria clara entre los enunciados analíticos y sintéticos. Pero la necesidad de establecer esa línea es un supuesto dogmático del empirismo lógico: la idea de que en el ámbito dogmático del conocimiento científico se puede establecer una clasificación de las ciencias en ciencias formales y empíricas, diferenciándose por estar sometidas a diversos procedimientos de contrastación.

  • En las ciencias formales no tendría un componente fáctico, sino puramente lingüístico, dependiendo de la verdad de los enunciados de las relaciones formales internas con otros elementos de la teoría.
  • En las ciencias empíricas, el sentido de los enunciados estaría determinado por la forma en que se confrontan con la realidad

En este ensayo Quine demuestra que la teoría del significado como procedimiento de verificación es radicalmente inadecuada incluso para los enunciados de las teorías científicas, y no puede constituir la base de una definición adecuada de sinonimia y analiticidad, por lo que no es posible trazar ninguna línea divisoria, la ciencia constituye un todo indivisible en el cual las afirmaciones no se ponen en relación con la experiencia de forma aislada y directa.

La fundamentación conductual de la semántica

La semántica tradicional en sentido amplio admite que existen ciertas entidades denominadas significados y diferentes autores adscriben diferente estatuto a estas entidades. En la filosofía contemporánea del lenguaje son dos las concepciones predominantes:

  • Entidades de carácter objetivo y abstracto, expresadas o aprehendidas por los hablantes cuando se comunican. Los conceptos y las proposiciones son entidades de este tipo que se han identificado con los significados de las expresiones lingüísticas
  • Entidades psicológicas, estados de la mente. Cada expresión lingüística está asociada a una entidad psicológica de esta clase y la comprensión consiste en que se puede atribuir al individuo la posesión de esa entidad: su situación en ese estado.

La crítica de Quine a los conceptos clásicos de sinonimia y analiticidad pone en cuestión estas fundamentaciones intensionalistas o psicológicas de la semántica. Según Quine, la apelación a entidades con difíciles criterios de identificación o irreductiblemente inaccesibles coloca a la semántica fuera del ámbito de la ciencia. La semántica ha de progresar sobre la base de entidades observables y públicas, es decir, sobre las conductas de los hablantes.

La comunicación lingüística productiva y receptiva, es ante todo una forma reglada de conducta. La construcción de la semántica requiere no la determinación de los significados, sino la especificación de las relaciones, en particular la de sinonimia, bajo criterios de comportamiento observable. La elaboración de la semántica tiene que estar dotada de una perspectiva genética: proponer una teoría semántica equivale a plantear una explicación de cómo se aprende a usar el lenguaje y relacionarlo con el mundo.

En este sentido, Quine va paralelo a Chomsky: la adecuación descriptiva de las teorías semánticas ha de ser completada en su dimensión explicativa con un modelo de aprendizaje lingüístico. Pero en Quine tal modelo no se propone hipotetizando mecanismos innatos, sino tratando de establecer un puente entre los estímulos y la conducta observable de un niño que aprende a utilizar su lengua. En su teoría juega un papel central el concepto de estimulación y de significado estimulativo.

El mecanismo básico de cualquier tipo de aprendizaje es el refuerzo, positivo o negativo. Reforzado positivamente todo uso que tiende a la intersubjetividad y castigado todo lo que propende a la privacidad. El uso principal del lenguaje es la comunicación, y ésta no sería posible sin la regularidad y la homogeneidad en la aplicación de los términos, las utilizaciones privadas de las expresiones se extinguen rápidamente. Ese proceso de reforzamiento continuo se encuentra en la base del proceso de socialización lingüística.

Con respecto a los inicios del aprendizaje, no se aprenden palabras aisladas, sino que o bien se aprenden en el contexto de una oración o equivalen por sí solas a una oración. La mayor parte de las expresiones se aprenden por abstracción porque no pueden ponerse en correspondencia directa con estímulos del entorno. Esto sucede en el aprendizaje de términos sincategoremáticos (que ejercen en la frase oficios determinativos, modificadores o de relación), pero también sustantivos o predicados que designan realidades o relaciones abstractas.

Para explicar adecuadamente el aprendizaje en términos observables es preciso diferenciar entre los diversos tipos de expresiones que se aprenden y los diferentes modos en que se efectúa la asimilación de su uso. El proceso de aprendizaje puede incluir la generalización analógica o la inducción, pero el núcleo básico está ligado a algo que es exterior al lenguaje mismo, los estímulos procedentes del entorno. El inicio del aprendizaje se produce cuando el niño, mediante condicionamiento directo, aprende a asociar ciertas expresiones con ciertos estímulos.

El modo en que aprende a utilizar estas palabras no es sencillo: En primer lugar ha de aprender su significado estimulativo (conjunto de estimulaciones que inducirán al asentimiento o la discrepancia a un término por parte de un hablante en un momento de tiempo) a través del condicionamiento. El niño aprende mediante refuerzo positivo y negativo ese significado, las estimulaciones apropiadas activan las disposiciones a comportarse de una u otra forma. Si el niño no tuviera la capacidad de comparar, difícilmente podría averiguar el significado estimulativo de un término.

Para que pueda realizar tal comparación, es necesario la existencia de un marco donde ésta se realice, el espacio cualitativo lingüístico, único componente de carácter innato que Quine admite, su función es determinar la base de semejanza entre diferentes estimulaciones. La base de semejanza es lo que comparten los miembros del conjunto significado estimulativo de una expresión, pero no determina una propiedad necesaria y suficiente para la pertenencia a ese conjunto.

En última instancia siempre existe un residuo de indeterminación, pero el niño aprende a reducirlo a límites socialmente aceptables para que nunca imposibilite la comunicación. Las primeras palabras que se aprenden son equivalente a enunciados observacionales y a sentencias ocasionales, que son opuestas a las fijas y son las que provocan una reacción de asentimiento o discrepancia en presencia de la estimulación y de forma variable. La distinción es de grado.

En el primer período de su aprendizaje lingüístico, el niño asocia las palabras con sensaciones o estímulos, pero sin diferencias categorías ontológicas en su entorno. El niño no distingue entre un objeto, propiedad o relación, o entre término singular y general. La noción de objeto tiene que construir con ayuda del lenguaje, tiene que aprender qué términos son de referencia dividida y de referencia continua o de masa. En la percepción de ciertos estímulos como correspondientes a objetos parece haber una base innata o genética que ha de plasmarse en el aparato referencial de la lengua, que consiste esencialmente en el conjunto de recursos gramaticales que tiene la lengua para trocear la realidad de modo consistente con nuestras predisposiciones innatas a percibir objetos y demás.

Su aprendizaje consiste en el aprendizaje del manejo de la individuación, hay que distinguir los términos generales de los singulares. Pero la distinción no es algo que imponga la naturaleza de nuestra percepción de la realidad, sino la forma lingüística con la que asociamos tal experiencia. Por lo tanto general y singular no son propiedades ontológicas de lo referido por las respectivas expresiones, sino que constituyen características funcionales de estas expresiones.

Inescrutabilidad de la referencia e indeterminación de la traducción

La semántica tradicional tiene desde el punto de vista científico un inconveniente fundamental: explica hechos observables, mediante mecanismos inobservables postulados para esa explicación y cuya existencia no está comprobada independientemente. Por eso Quine cree que la semántica ha de alcanzar el estatuto de la cientificidad mediante un uso exclusivo de explicaciones pública e intersubjetivamente contrastadas.

Las explicaciones lingüísticas consistirán en las regularidades conductuales observadas y debidas a una predisposición innata para procesar los datos del entorno y a mecanismos básicos del aprendizaje como el condicionamiento operante y los procesos de generalización inductiva. Quine propone un problema que entraña la teoría del aprendizaje lingüístico: la correspondencia entre la conducta lingüística y sus fuentes causales, los estímulos del entorno son recibidos y procesados por un individuo que pertenece a una sociedad y una cultura que desempeña un papel fundamental.

La teoría implica una cierta indeterminación en la correspondencia entre usos lingüísticos y estímulos y supone cierta dificultad en explicar la homogeneidad de dichos usos acudiendo únicamente a regularidades en la naturaleza y procesamiento de los estímulos que se encuentran en su origen causal. El cambio de perspectiva en el tratamiento de la dimensión semántica del lenguaje es total. Las nociones típicamente semánticas como la analiticidad o la sinonimia ya no se pueden tratar en términos de propiedades o relaciones de objetos.

Tener significado no consiste en poseer asociado un concepto o una idea, sino en estar en correspondencia con cierta clase de estímulos. Ser sinónimos ya no consiste en compartir el mismo objeto, sino en constituir respuestas verbales adecuadas a una misma clase de estímulos.

Para poner de relieve esta relatividad Quine considera el caso de la traducción, que se basa en la relación de sinonimia. Desde el punto de vista conductista, la traducción ha de preservar la correspondencia entre estímulos y respuestas verbales. El problema que plantea Quine pasa inadvertido entre culturas lo suficientemente parecidas.

Las regularidades en el uso intralingüístico se pueden explicar en última instancia por la uniformidad en los procesos de condicionamiento verbal. Pero en dos culturas muy alejadas, para reducir la indeterminación, el lingüista acudirá a criterios conductuales. La fundamentación científica de la semántica se basa en la presunción de que, durante el aprendizaje lingüístico podemos establecer las conexiones adecuadas entre palabras y elementos del entorno, pero ¿cómo los aislamos?, mediante el dominio progresivo de nuestro aparato referencial, de los medios expresivos que nuestra lengua posee para hablar de los objetos y distinguirlos entre sí.

La inescrutabilidad de la referencia consiste en la imposibilidad de llegar a conclusiones absolutamente seguras cuando se traducen términos de lenguas cuyo aparato de individuación puede ser muy diferente del propio. Estrechamente ligada a la indeterminación en la traducción, lo que pone de relieve que la identidad es relativa a un sistema de coordenadas: el aparato lingüístico de individuación. Este es uno de los sentidos de la relatividad ontológica que Quine mantiene: qué sean los objetos depende radicalmente de los recursos expresivos que nuestra lengua posea para discriminar objetos.

Introducción

La obra de Putnam y Kripke comparten un conjunto de concepciones semánticas de partida. Su núcleo lo constituye un conjunto de tesis sobre la referencia de tipos de expresiones lingüísticas y se extraen aplicaciones a problemas de otras disciplinas filosóficas. La teoría de la referencia de los nombres propios de Kripke está ligada a la defensa del esencialismo y el rechazo del materialismo. En Putnam, tanto la filosofía de la psicología como la epistemología configuran lo que se conoce como realismo interno. La obra de Kripke está basada en una teoría de la referencia que tiene su origen en el análisis de los nombres propios. Las tesis semánticas de Putnam surgen de su análisis de los nombres comunes, de los términos generales y en particular aquellos que designan lo que se conoce como clases naturales. La dimensión puramente semántica de su obra analiza cómo se produce la referencia de los nombres comunes, cuáles son sus condiciones de posibilidad y las consecuencias que se pueden extraer de ello.

La crítica del análisis tradicional

En 1970, Putnam demuestra en “Is semantic possible?” que:

  • Las teorías tradicionales del significado son incapaces de dar cuenta de las propiedades semánticas de este tipo de términos.
  • Los lógicos formalizan las teorías tradicionales del significado incorporando errores conceptuales en los que se encuentran inmersas
  • Los lingüistas semánticos originan nueva terminología pero sin corregir errores.

Según Putnam el significado viene dado mediante una conjunción de propiedades tales que han de constituir un análisis del concepto ligado al término; no pueden consistir en propiedades que describen el concepto en su conjunto. La posesión de tales predicados es lo que determina que una entidad individual caiga bajo un determinado concepto. En términos más modernos, la estructura del concepto entendida como conjunción de predicados, determina su extensión, en el sentido de Carnap, es decir, conjunto de individuos a los cuales se aplica.

  • Desde el punto de vista epistemológico las propiedades que constituyen un concepto son los criterios para su aplicación correcta.
  • Para el positivista verificacionista, las propiedades que se apliquen a un objeto pertenece o no a una determinada extensión conceptual.
  • Para los semánticos seguidores de Wittgenstein basta con que se le aplique una parte importante de ellas, que están estructuradas jerárquicamente en forma de racimos.

Estas eran versiones mas o menos refinadas de la teoría tradicional cuyos rasgos principales según Schwartz (1977) son:

  • Cada término significativo tiene un significado, concepto, intensión o racimo de características asociadas a él. Ése es el significado conocido o presente en la mente cuando se comprende el término.
  • El significado determina la extensión, en el sentido de que algo se encuentra en la extensión del término si y sólo si tiene las características incluidas en el significado, concepto, intensión o, en el caso de la teoría del racimo, suficientes rasgos. En muchas versiones contemporáneas, el significado o concepto del término puede incluir sólo criterios observables para la aplicación del término.
  • Las verdades analíticas se basan en el significado de los términos. Si P es una propiedad en el concepto de T, entonces el enunciado “Todos los T son P” es verdadero por definición. Locke expuso esta teoría tradicional en términos menos formales en su Ensayo sobre el entendimiento humano. Los conceptos generales constituían ideas abstractas que eran a su vez una combinación de ideas simples provocadas por la experiencia. Conformaban la esencia del concepto, una esencia nominal que no había que confundir con la esencia real que es la naturaleza de la cosa, incognoscible.

La teoría de Frege corrigió el sesgo psicologista de la de Locke, postulando un carácter objetivo o intersubjetivo a los conceptos. No modificó la concepción semántica básica: los conceptos son entidades abstractas estructuradas por conjuntos de propiedades organizadas.

Putnam puso como primera objección los miembros anormales. Existen propiedades modificables o accesorias en la definición de un concepto, es más, el mismo hecho de la existencia de propiedades comunes apunta a una naturaleza esencial de la cual se derivarían pero no es un asunto lingüístico. Incluso si se admite una diferenciación entre propiedades definitorias esenciales y accidentales, la definición no constituiría un enunciado analítico, las propiedades esenciales se descubren en la investigación científica. Según Putnam, la teoría tradicional semántica de los términos de clase natural es idéntica a los definidos por una propiedad o criterio.

Las propiedades definitorias del significado de un término no suelen coincidir con las propiedades esenciales de la clase que designa, tampoco se puede admitir la tesis tradicional de que el significado (la intensión) determina la extensión. La extensión de un término es la que es, independientemente del esquema conceptual bajo el cual se categorice. No puede ser determinada por un conjunto de propiedades resultado de la aplicación de un marco conceptual a la realidad.

Katz (1972-1975) fue portavoz de la teoría semántica ortodoxa de la lingüística generativo-transformatoria. En la caracterización de Putnam, la teoría de Katz implica las siguientes tesis:

  1. Cada término tiene un significado definido por marcadores semánticos
  2. Los marcadores indican conceptos, procesos psicobiológicos
  3. Cada marcador está extraído de una colección de universales lingüísticos, existen conceptos de carácter universal, de donde se extraen los propios de una lengua natural y se definen conceptos complejos propios de una cultura. Cada concepto es una noción innata resultado de la aplicación a la experiencia de una preprogramación del cerebro humano
  4. El significado de entidades lingüísticas complejas se construye mediante la aplicación de reglas recursivas a partir del significado de expresiones simples en los marcadores semánticos.
  5. La representación semántica ha de permitir una definición de la clase de las oraciones analíticas, sinónimas y semánticamente anómalas.
  6. La analiticidad se puede definir en términos de inclusión de marcadores semánticos, “todos los solteros son no casados” es analítica porque el concepto CASADO forma parte de la definición soltero.

Putnam critica la teoría de Katz, su objección mas general es que la teoría es una tosca traducción en un lenguaje matemático de la teoría tradicional. El núcleo de la crítica es que la teoría de Katz reproduce los defectos y las consecuencias indeseables de la teoría tradicional sobre los términos generales. Supone que se pueden dar definiciones analíticas de los términos generales cuando en realidad no sucede así, en particular en los que designan clases naturales. El problema en la teoría semántica es abandonar la imagen del significado de una palabra como si fuera un lista de conceptos, no formalizar esa imagen errónea.

El significado de significado

El concepto pre-científico de significado es, según Putnam el problema de la teoría semántica tradicional y de la semántica en general y trata de elaborar una noción de significado que sea una base firme para la semántica. La filosofía tradicional intentó mejorar la noción ambigua de significado descomponiéndola en nociones más precisas y rigurosas. Frege y Carnap distinguieron entre:

  • INTENSIÓN: Componente Referencial, la realidad que designa el término.
  • EXTENSIÓN: Componente Conceptual, las propiedades que connotan el término

Entre los problemas que Putnam achaca a la extensión se encuentran:

  • La polisemia, representación fonológica idéntica con diferentes acepciones, nos impide afirmar sin más que un término tiene extensión. Es el sentido el que media la relación entre una representación fonológica y una entidad extensional.
  • Las entidades extensionales están en correspondencia con funciones características definidas. Las palabras de una lengua no son tan rigurosas.

En consecuencia la noción de extensión es demasiado precisa para reflejar el funcionamiento referencial de los términos generales. Se puede remediar modificando la definición de conjunto, como en el caso de la teoría de conjuntos borrosos y su correspondiente lógica asociada que refleja, mucho mejor que la teoría ortodoxa, la naturaleza formal de los conceptos naturales.

Por lo que respecta a la intensión, es una noción tan vaga e imprecisa como la de significado. Recurrir a la intensión o concepto para explicar el significado es una explicación que no aclara nada porque los términos en que plantean tal aclaración son aún más indeterminados.

Los conceptos o son entidades psicológicas o son objetivas, pero captadas mediante actos psicológicos. La comprensión del significado de un término requiere que el hablante se encuentre en un determinado estado psicológico. Esta consecuencia es incompatible con el hecho de que la intensión determina unívocamente la extensión.

En el solipsismo metodológico los estados psicológicos son entidades unívocas (adscribibles a una única mente) y autónomas (no implica la existencia de más de un individuo), por lo tanto son predicados monarios y no relaciones entre varias entidades individuales. El estado psicológico determina la intensión del término y a fortiori, su extensión. El solipsismo metodológico no impide que algunas personas puedan estar en el mismo tipo de estado psicológico. Lo que descarta es que dos personas capten una intensión de modo diferente y estén en el mismo estado psicológico o que dos hablantes se encuentren en el mismo estado psicológico y se refieran a extensiones diferentes. Y precisamente según Putnam, esto es posible ya que la extensión no se encuentra determinada por el estado psicológico.

La extensión de un término no está determinada por las creencias sino que es la que es de forma independiente. Fijar la extensión de un término no es algo de la competencia del hablante común, sino una tarea asignada a individuos concretos, los especialistas. El uso adecuado del término no requiere la determinación de lo que es o no es por parte de quien lo usa. Tales capacidades y conocimientos pueden ser poseídos por una comunidad lingüística considerada como un organismo colectivo. Putnam avanza la tesis de su universalidad: Toda comunidad lingüística posee algunos términos cuyos “criterios” asociados sólo son conocidos por un subconjunto, y cuyo uso por el resto depende de una cooperación estructurada entre ellos.

Significado y estereotipo

La extensión de un término se fija socialmente y es asunto de especialistas, de manera que caben dos opciones

  • Abandonar la tesis de que el significado determina la extensión.
    • Para los términos deícticos, como los pronombres personales, la referencia está completamente determinada por el contexto, la extensión no tiene nada que ver con el significado.
    • En el caso de los términos generales, en los que se desearía decir y se dice, puede que dos personas no entiendan lo mismo o que empleen las mismas palabras con distinto significado.
  • Negar que el significado tenga que ver con los conceptos que los hablantes poseen. Putnam identifica significado con un par ordenado, posiblemente una n-tupla de entidades, una de las cuales es la extensión. Abandona la correspondencia biunívoca entre significado y estados psicológicos, ya que a un mismo estado psicológico pueden corresponder significados distintos.

Los problemas de la definición del significado son de dos clases:

  • Determinación de la extensión mediante la división del trabajo lingüístico.
  • Descripción de la competencia individual, lo que el hablante sabe acerca del término general para utilizarlo correctamente.

Putnam señala la diferencia respecto a los nombres propios, ya que para utilizar un nombre propio no es preciso saber nada acerca de su referente. Es la comunidad lingüística la que exige un mínimo de conocimiento para admitir como correcto el uso de un término general. Todas las comunidades tienen pautas para valorar y varían con respecto a un mismo término, de una cultura a otra.

Según Putnam, la aceptación de que alguien usa correctamente un término general requiere:

  • Que su uso sea socialmente aceptado como correcto
  • Que su forma total de ubicación en el mundo y en su comunidad lingüística sea tal que la extensión socialmente determinada del término tigre sea el conjunto de los tigres.

Esto nos ilustra la posición ontológica de Putnam, aunque una sociedad empleara homogéneamente la palabra tigre para referirse a tigres, leones y leopardos, no conocería el significado y no la usaría correctamente. Porque la extensión de tigre es la que es, el conjunto de los tigres, independientemente de las creencias colectivas. Que se crea que los leones son tigres aunque sea una creencia universalmente compartida, no hace tigre a leones. Adquirir el uso de una palabra no es una cuestión de sí o no.

Se puede conocer parcialmente su significado, ciertas ideas verdaderas y otras erróneas, esto pasa en las conversaciones cotidianas y no por ello deja de producirse la comunicación. En la comunicación efectiva lo que funciona no son los conceptos, sino los estereotipos, ideas convencionales que tiene una comunidad lingüística sobre una determinada realidad. Esas ideas pueden ser equivocadas pero se encuentran ligadas a propiedades de ejemplares prototípicos. Estas propiedades estereotipadas atribuidas a una realidad no la definen. Si los tigres perdieran sus rayas no dejarían de ser tigres.

Desde el punto de vista de la comunicación los estereotipos funcionan, organizan procesos de intercambio de información, conllevan información que se transmite entre los miembros de la comunidad a través de la educación. Cuando un niño pregunta lo que es un tigre se le responde con el estereotipo. Esto no quiere decir que el niño aprenda a utilizar la palabra tigre, pero accede a una representación colectiva de carácter imperativo de la comunidad para sancionar la competencia lingüística de cualquiera de sus miembros. Ese contenido obligatorio es variable de una cultura a otra, pero funciona como núcleo de información necesario para el uso correcto del término.

Nombres comunes, clases naturales y rigidez

Cuando se enseña el significado de un término general se suelen hacer dos cosas:

  • Acto ostensivo, indicar una realidad a la cual se aplica. Es un acto definitorio que requiere una considerable competencia comunicativa. Por señalamiento se emplea un designador rígido, el hablante designa una realidad que, sea cual sea la situación contrafáctica imaginable, permanece constante. Lo que designan los términos con la misma extensión está en la relación transmundana de identidad.
  • Descripción, mencionar las propiedades de la palabra en cuanto perteneciente a un sistema semántico o rasgos de los objetos a los cuales se aplica el término. Se suele proporcionar una descripción del estereotipo.

Estas propiedades funcionan como criterios para el reconocimiento de los objetos a que se aplica el término general. Las consecuencias filosóficas son paralelas a las de Kripke: las definiciones de la extensión de los términos naturales son enunciados necesarios a posteriori. Las consecuencias lingüísticas se resumen en la siguiente teoría:

  • Las palabras tienen intensiones
  • La intensión determina la extensión, no puede ser verdadera de términos de clase natural por la misma razón que no pueden serlo de deícticos.

Los dos tipos de consecuencias están íntimamente ligados entre sí y relacionados con una concepción realista del significado y de la verdad.

Teoría del lenguaje y atomismo lógico

Cuando se considera la filosofía del lenguaje de B. Russell lo primero que hay que tener en cuenta es que sus opiniones lingüísticas están absolutamente entrelazadas con otras tesis epistemológicas y ontológicas que forman en conjunto su sistema filosófico.

Según Bertrand Russell, los análisis lingüísticos son inútiles cuando no estan dirigidos propiamente a la solución teórica de problemas lógicos o filosóficos de carácter sustantivo. Compartió con Wittgenstein que el análisis de la estructura del lenguaje constituye una vía válida para la comprensión de la realidad. Y era esa la razón de que en muchas ocasiones los problemas lógico-semánticos se hallaran expuestos y resueltos en contextos epistemológicos u ontológicos. En particular, la concepción medular de la filosofía de Bertrand Russell en su periodo maduro, la del atomismo lógico, impregna las tres disciplinas, semántica lógica, teoría del conocimiento y ontología.

Por lo que concierne a la teoría del lenguaje, Russell mantuvo dos tesis generales referentes a la relación del lenguaje con la realidad y al aprendizaje de éste. Estas tesis son, respectivamente:

  • el realismo semántico, que consiste en la identificación de la teoría del significado con la teoría de la referencia, identificación que implica que el significado de una expresión es la entidad a la cuál sustituye.
  • el principio de aprendizaje por familiarización, postula que el significado de una expresión es la entidad a la cual sustituye, que el significado de una expresión se aprende cuando se conoce a la entidad a la que ésta sustituye.

La teoría semántica depende de las teorías ontológicas y epistemológicas en el sentido de que según sea la estructura de la realidad y nuestro conocimiento de ella, así será la estructura lógica del lenguaje y su significado.

El atomismo de Russell postulaba que la realidad es descomponible en elementos últimos, que no tienen carácter físico sino lógico, son entidades inalcanzables por el pensamiento y constituyen los significados genuinos de las expresiones denominadas puras.

El resto de los significados serán compuestos a partir de ellas, en un lenguaje ideal. Se ha discutido si Russell propuso su teoría como un conjunto de afirmaciones aplicables a cualquier lengua o solamente ciertas tesis sobre una particular idealización. Los estudiosos de Russell se han inclinado por esta última opción.

No es que haya un lenguaje lógicamente perfecto, o que nosotros nos creamos aquí y ahora capaces de construir un lenguaje lógicamente perfecto, sino que toda la función del lenguaje consiste en tener significado y sólo cumple esa función satisfactoriamente en la medida en que se aproxima al lenguaje ideal que nosotros postulamos.” (Introducción al Tractatus de Wittgenstein)

La noción de forma lógica

El interés de Russell por el análisis lingüístico tenía dos aspectos.

  • Por un lado, tiene una motivación lógico-matemática, pues ese análisis podría según él, contribuir a resolver problemas de fundamentación de las ciencias formales.
  • Por otro, una motivación filosófica puesto que según Russell, edificios enteros (como la ontología de Leibniz) están basados en un análisis lógico gramatical deficiente.

El análisis correcto de la estructura lógica del lenguaje tendrá pues un doble efecto: aclarará los fundamentos lógicos de la matemática y conducirá a una teoría ontológica adecuada.

Del mismo modo que Frege, Russell consideró que el lenguaje ordinario es un lenguaje imperfecto, no sólo porque es inútil para la expresión precisa del pensamiento, sino también porque es engañoso. Las deficiencias del lenguaje común se distribuyen en dos niveles, el sintáctico y el léxico.

  • Respecto a las deficiencias léxicas, el lenguaje común es 
    • ambigüo, por ejemplo existen diversas opciones del verbo ser
    • vago , ya que contiene predicados de alcance indeterminado
    • contundente, porque hace aparecer como significativas oraciones, que analizadas lógicamente no lo son en absoluto.
  • Pero sus deficiencias sintácticas son mucho más perniciosas que las léxicas, son las que conducen a errores filosóficos graves, sustentando sistemas equivocados como el monismo, o induciéndonos a errores categoriales, como el considerar a los cuantificadores como parte del sujeto enunciado.

La principal tarea de la filosofía es el análisis del lenguaje para poner de relieve su auténtica estructura lógica. El análisis ha de estar dirigido a mostrar la forma lógica del enunciado.

El método para obtener la forma lógica de un enunciado es el de descomponerlo en sus genuinos elementos y luego sustituir esto por variables (individuales o predicativas). El resultado es un esquema enunciativo expresado en lenguaje lógico (habitualmente de primer orden). Pero, para aplicar este método, es preciso tener una teoría sobre qué es un componente último de un enunciado y sobre los tipos de enunciados posibles.

Comenzando por lo segundo, Russell dividió a los enunciados (o proposiciones como el las denominaba) en atómicos y moleculares. Los enunciados atómicos son los enunciados inanalizables, aquellos cuyos componentes y sus relaciones son tan simples, que es imposible descomponerlos. Las proposiciones atómicas no incluyen conectivas lógicas, pero mediante ellas pueden unirse para formar proposiciones complejas. Es preciso distinguir, en cuanto proposiciones atómicas los nombres propios ordinarios de los nombres lógicamente propios. Los primeros se denominan entidades complejas.

Diferencias entre Frege y Russell

Según Russell, “Cuando el sujeto de una proposición puede no existir sin hacer a la proposición un sinsentido, es claro que el sujeto gramatical no es un nombre propio, es decir, no es un nombre que represente directamente algún objeto”

Para pensar o emitir un juicio sobre un objeto, uno debe saber cuál es el objeto en cuestión sobre el que uno está pensando.

Según Frege:

  1. Las tesis filosóficas puede probarse por argumentos a priori (logicismo)
  2. La filosofía puede hacer descubrimientos a priori (verdad y falsedad son objetos)
  3. El lenguaje ordinario es un obstáculo para la filosofía

En cambio según Russell:

  1. La filosofía es la ciencia de lo general, la investigación de lo que es posible a priori (y, por tanto, su objeto es la forma lógica)
  2. El conocimiento filosófico está en el análisis lógico de las proposiciones
  3. Este análisis lógico sirve para identificar los errores tradicionales de la metafísica, la ontología o la epistemología

Sobre las descripciones definidas y el problema de los nombres

Mientras que los intereses más primordiales de Frege eran de índole lógica, los de Russell eran, además, metafísicos. Así, Frege podía examinar el argumento ontológico y decir: ¿Lo veis? Se malinterpreta un enunciado de existencia al decir que en él se predica algo de un objeto cuando, de hecho, se dice que algo cae bajo un concepto. Y si el precio que hubiese que pagar por la claridad lógica fuese alto, Frege no dudaría en pagarlo.

La actitud de Russell es bien distinta. La claridad lógica era importante para él, pero no lo era menos el que la descripción del mundo que pudiese resultar de esa claridad fuese razonable. En su opinión, el pensamiento de Frege no armonizaba ambos desideratum.

Un aspecto bien conocido de la obra de Frege es el de su distinción entre el sentido y la referencia de un signo. Esta distinción subraya la existencia en toda expresión de dos dimensiones de su significado. En primer lugar, los signos son nombres de, están en lugar de, representan a, o designan objetos. La relación en la que entra un signo con aquello que designa o representa hace a éste la referencia de aquel. Ahora bien, un signo no tiene o deja de tener referencia sin más, sino siempre de algún modo. La expresión designativa el autor del Quijote refiere a Cervantes en tanto que autor de una obra literaria; y el autor de las Novelas ejemplares tiene la misma referencia, aunque la presente de un modo distinto, a saber, como autor de otra obra. En una situación así, Frege diría que estas dos expresiones tienen la misma referencia, aunque un sentido diferente. El sentido es, así pues, el modo en que un signo presenta su referencia.

Aunque esta dimensión está presente en todo signo, un caso especialmente interesante lo proporcionan las oraciones asertóricas. Estas expresan, por sí solas, un pensamiento y refieren, por sí solas también, un valor de verdad. Pensamiento expresado y valor de verdad son, respectivamente, el sentido usual y la referencia usual de tales expresiones.

Estos principios generales tienen excepciones. Es más, estas expresiones ponen en serio aprieto la validez de algunas reglas de inferencia lógica. Una de esas reglas nos dice que si una oración es verdadera y cambiamos una de sus expresiones componentes por otra con su misma referencia, la nueva oración resultante seguirá siendo verdadera. Este principio lógico se enfrenta a oraciones complejas en las que una oración subordinada se encuentra subordinada por expresiones de actitud psicológica, tales como cree que, me parece que, se teme que, etc. En ejemplos como estos, la doctrina de Frege del sentido y la referencia parece verse entre la espada y la pared.

Frege concluyó que las oraciones subordinadas precedidas por cláusulas como cree que y otras tienen como referencia el pensamiento que expresarían por sí solas. A esta referencia Frege la denominó indirecta. La referencia usual de una oración declarativa (o asertórica) es su valor de verdad, pero su referencia indirecta es el pensamiento que por sí sola expresaría.

Ahora bien, esta conclusión iba más allá de lo que Russell estaba dispuesto a admitir. Las referencias de las expresiones son lo que hay en realidad, y admitir que las expresiones pueden tener referencia indirectas implica aceptar que, junto a personas, ríos, libros o bares donde se vende alcohol a menores, hay entidades como el pensamiento de que las órbitas planetarias son circulares o como el de que 7 + 5 = 13.

La revuelta de Russell contra Frege es, por tanto, una revuelta contra la idea de realidad: “Suponer que haya en el mundo real de la naturaleza todo un conjunto de proposiciones falsas dando vueltas de un lado para otro resulta monstruoso para mi mentalidad. No puedo ni siquiera ponerme a suponerlo. No puedo creer que se den ahí, en el mismo sentido en que se dan los hechos“. (Russell, B., “La filosofía del atomismo lógico”)

Por realidad entiende Russell todo aquello que habría de ser mencionado en una completa descripción del mundo. En esa descripción habría que mencionar, sin duda, las creencias falsas, pero no incluir, pongamos por caso, los pensamientos fregeanos. Hace falta disfrutar de un instinto de realidad bien afinado para no dar entrada a entidades puramente fantásticas; y si el análisis del lenguaje las introdujera, ese análisis sería reprobable. Para evitar ese tipo de errores Russell construye su teoría de las descripciones.

La teoría de las descripciones

Según Russell, una teoría lógica debe ser puesta a prueba por su capacidad para enfrentarse con rompecabezas, y enumera cuatro rompecabezas que una teoría de la denotación debe ser capaz de resolver:

  1. El rompecabezas de Frege: ¿Cómo es posible que un enunciado de identidad de la forma “Clarín es Leopoldo Alas” sea más informativo que “Clarín es Clarín”?
  2. El rompecabezas de los enunciados existenciales singulares: según Meinong, cuando decimos de la montaña de oro que no existe, en el enunciado “La montaña de oro no existe”, estamos afirmando la no existencia de un determinado objeto, a saber, la montaña de oro. Pero, ¿cómo podríamos afirmar algo de la montaña de oro si ésta no existiese? Por tanto, parece que la montaña de oro ha de existir, o al menos subsistir, según expresión de Meinong. ¿Es aceptable esto?
  3. El rompecabezas de los términos singulares no denotativos: ¿cómo puede ser significativa una oración que contenga un nombre vacuo? Si el significado de un nombre es su portador, los nombres no denotativos carecerán de significado. Pero si carecen de significado, las oraciones en las que aparecen carecerán también de él. Esto es consecuencia del principio de composicionalidad, según el cual el significado de una expresión compleja es función de los significados de sus componentes y de su ordenación. Ahora bien, encontramos oraciones con nombres no referenciales que no sólo son significativas sino incluso verdaderas. Russell advierte que las oraciones que contienen términos singulares no referenciales parecen violar la Ley de Tercio Excluso. Consideremos “El actual rey de Francia es calvo”. Parece que no puede considerarse verdadera, en cuyo caso deberíamos poder decir que “El actual rey de Francia no es calvo” es verdadera. Sin embargo, si hacemos una lista con todos los individuos calvos y otra con todos los no calvos, no encontraremos en ninguna de ellas al actual rey de Francia.
  4. El rompecabezas de los contextos oblicuos: sea la oración  “Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley”. De acuerdo con el principio leibniziano de Sustitutividad de los Idénticos, deberíamos poder sustituir ‘el autor de Waverley’ por ‘Scott’, dado que el enunciado de identidad “Scott es el autor de Waverley” es verdadero. Pero esta sustitución arrojaría el enunciado falso “Jorge IV quería saber si Scott era Scott”.

Según Russell, la teoría de las descripciones es capaz de resolver satisfactoriamente estos cuatro rompecabezas. De acuerdo con su teoría, las palabras son símbolos significativos en virtud de lo que simbolizan. Su significado es aquello que simbolizan. En Los principios de la matemática usa la palabra “término” para todo aquello por lo que está, o indica, una palabra y distingue dos tipos de términos: cosas y conceptos, que más tarde llamará particulares y universales. Así, toda palabra indica un término y los términos son parte de la realidad. Todo término tiene ser. Esto lleva a una ontología barroca, pues entre los términos se incluyen algunas cosas que no existen.

Para salvar esta ontología barroca introduce, en “Sobre el denotar”, la noción de “expresión denotativa” mediante los siguientes ejemplos: “un hombre, algún hombre, cualquier hombre, todo hombre, …”. Russell afirma que una expresión es denotativa exclusivamente en virtud de su forma. La cuestión de si una expresión constituye una descripción definida depende únicamente de su forma, no de si hay un individuo determinado que responda a esa descripción. Admite, pues, expresiones denotativas que no denotan nada –descripciones impropias–.

Además de las descripciones impropias, distingue otros dos tipos de descripciones: las que denotan un objeto determinado (expresiones de la forma “el tal-y-tal”, que llamará descripciones definidas) y las que denotan un objeto indeterminado (expresiones de la forma “un tal-y-tal”, llamadas descripciones indefinidas).

Cuando en un enunciado como: Encontré un hombre, aparece una descripción indefinida, Russell afirma que en el enunciado no “interviene” ningún nombre. A este respecto lo contrasta con Encontré a Pérez, ambos enunciados tienen distinta forma lógica; el segundo nombra una persona real, Pérez; en cambio el primero involucra sólo una función proposicional, la función  Encontré a x y x es humano.

Lo que dice Encontré un hombre realmente es que esa función es verdadera para al menos un individuo x. Interviene un concepto. Según Russell, la carencia del aparato de las funciones proposicionales llevó a Meinong a postular la existencia de objetos irreales, tales como la montaña de oro (nuestro rompecabezas 2).

Obedeciendo a su “robusto sentido de la realidad”, Russell insiste en que en el análisis de la proposición no debe admitirse nada irreal. Para ello niega significación al grupo de símbolos “un unicornio” en la frase “Encontré un unicornio”. Tanto la oración completa, como la palabra “unicornio” son significativas, pero la descripción indefinida “un unicornio” no forma un grupo significativo por separado. De lo contrario, nos veríamos abocados a afirmar que debe haber algo que signifique. La teoría de Russell podría resumirse diciendo que las expresiones denotativas no denotan nada, sino que tienen significado sólo en el contexto; esto es, que son expresiones sincategoremáticas.

Ahora podemos ver como una oración como “Una montaña de oro no existe” (rompecabezas dos) puede ser significativa y verdadera, sin comprometernos con la existencia o el ser de esa entidad fantástica. Esa oración es equivalente a “No hay nada que sea una montaña y sea de oro”, donde la expresión “una montaña de oro” no es un componente.

Las descripciones definidas como símbolos incompletos.

Russell define un nombre como un símbolo simple que designa directamente un individuo que es su significado y que tiene ese significado por derecho propio, independientemente de los significados de todas las demás palabras.

Por el contrario, las descripciones no tienen un significado por sí mismas, aunque contribuyen al significado de las oraciones en las que aparecen. La idea básica es que las descripciones no son auténticas expresiones singulares, no están por un objeto que es su significado, como sucede con los nombres. Así Russell pretende mantener a la vez una teoría referencial del significado y evitar la jungla meinongiana de los objetos irreales.

Russell ofrece una prueba de que las descripciones son símbolos incompletos. La prueba tiene dos partes.

  • Primero, muestra que las descripciones definidas impropias como ‘el círculo cuadrado’ son símbolos incompletos. Una descripción como ésta no está por un objeto porque no hay un objeto así. Sea el enunciado ‘El círculo cuadrado no existe’. Ese enunciado es verdadero, pero no podemos concebirlo como la negación de la existencia de un cierto objeto determinado ‘el círculo cuadrado’. Si hubiese tal objeto, existiría. No podemos asumir que hay un objeto denotado por esa descripción y luego negar que lo haya. Pero, dado que el enunciado en cuestión es significativo y verdadero, la descripción que contiene no puede denotar el objeto descrito.
  • La segunda parte de la prueba trata de mostrar que todas las descripciones definidas son símbolos incompletos, o lo que es lo mismo, que no son nombres. Para demostrar esto Russell da cinco argumentos:
    • El argumento basado en la distinción simple/complejo: un nombre es un símbolo simple. Una descripción es un símbolo complejo: consta de partes que son símbolos. Así ‘el autor de Waverley’ consta de cuatro palabras cuyos significados ya están prefijados y determina a su vez el significado de la descripción. En cambio un nombre como ‘Scott’ es un símbolo simple cuyo significado no queda ya determinado al determinar el significado de las restantes palabras del lenguaje. Para entender el significado de ‘el autor de Waverley’ basta entender la lengua española; para entender el significado de ‘Scott’ hay que saber a quién se aplica.
    • El argumento basado en la paradoja de la identidad: tomemos el enunciado (1) Scott es el autor de Waverley. Si en (1) intentamos sustituir la descripción por un nombre cualquier, ‘c’, obtenemos (2) Scott es c. Ahora bien, sólo hay dos posibilidades: que ‘c’ sea el nombre de alguien distinto de Scott, en cuyo caso (2) es falso, o que ‘c’ sea un nombre de Scott, en cuyo caso (2) se convertiría en una tautología. Pero (1) no es ni falso ni tautológico. Por tanto, ‘el autor de Waverley’ no significa nada; no es un nombre.
    • El argumento basado en las descripciones impropias: según Russell, no hay nombres vacuos, pero hay descripciones vacuas. La función semántica de un nombre requiere que tenga un portador, pero la función de una descripción deja abierta la cuestión de si tiene o no tiene denotación. Pues podemos entender una descripción sin saber si tiene denotación o sin saber cuál es su denotación, pero no podemos entender un nombre sin saber cuál es su referente. La alternativa al punto de vista de que hay descripciones impropias es la posición que le atribuye a Meinong: distinguir entre ser y existencia de modo que podamos decir que algunas cosas que no existen sin embargo tienen ser o subsisten. Pero Russell objeta que esta posición infringe la Ley de Contradicción, porque comporta, por ejemplo, que el círculo cuadrado es cuadrado y también no cuadrado.
    • El argumento basado en la noción de alcance: Russell afirma que las descripciones son sensibles a las distinciones de alcance, mientras que los nombres no lo son. En los Principia Mathematica se entiende por alcance de una expresión que no sea un paréntesis la fórmula más breve en la que ocurre. Diferencias relativas de alcance pueden conllevar diferencias de significado. Por ejemplo, ‘¬$x Fx’ y ‘$x ¬Fx’ significan cosas distintas debido a los alcances relativos diferentes del negador (¬) y del cuantificador existencial ($). En la primera el alcance del negador es toda la fórmula y el alcance del cuantificador es ‘$x Fx’. En la segunda sucede al revés: el negador cae dentro del alcance del cuantificador. Sea el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’. Un enunciado así contiene una ambigüedad de alcance. O lo que es lo mismo, la descripción ‘el actual rey de Francia’ es sensible al alcance del negador. Decimos que una expresión es sensible al alcance cuando hay una expresión ambigüa en la que aparece que puede desambigüarse en términos de los diferentes alcances de esa expresión en relación a otras expresiones. Según Russell, el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’ puede significar que no existe un individuo que sea actualmente rey de Francia y sea calvo, en cuyo caso tiene la forma (1) ¬$x (Fx & “y (Fy ®y = x) & Gx). (1) no entraña ‘El actual rey de Francia existe’. Aquí la negación tiene alcance largo y la descripción aparece en una intervención secundaria en el enunciado más amplio que empieza por el negador. Pero el enunciado en cuestión puede leerse también como afirmando que el individuo que es actualmente rey de Francia no es calvo, en cuyo caso tiene la forma (2) $x (Fx & “y (Fy ® y = x) & ¬Gx). (2) sí que entraña ‘El actual rey de Francia existe’. En este caso la negación tiene alcance corto y la descripción tiene intervención primaria. Por el contrario, Russell afirma que los nombres propios son insensibles al alcance. Así, en ‘Scott no es humano’, no hay posibilidad de doble negación como la que existe en el caso de una expresión descriptiva.
    •  El argumento basado en los existenciales singulares: según Russell, no tiene sentido un enunciado existencial cuyo sujeto sea un nombre propio, pero sí podemos hacer enunciados existenciales rellenando con una descripción en blanco en ‘–– existe’ o en ‘–– no existe’.

Significación lógica y ontológica del análisis de Russell

El análisis de Russell tiene el efecto de asimilar las descripciones definidas a las expresiones cuantificacionales y de sacarlas de la clase de los términos singulares o expresiones referenciales singulares. Las expresiones de la forma ‘un F’ y ‘el F’ son cuantificadores. La primera contiene el cuantificador existencial. La segunda contiene lo que podríamos llamar el cuantificador singular ‘el x tal que Fx’. De modo que Fx es G’ dice que todo F es G y hay exactamente un F.

Ontológicamente, la teoría de las descripciones tuvo un efecto liberador. Al tratar las descripciones como símbolos incompletos, Russell ya no necesita asumir que designan entidades que deben incluirse en el “mobiliario de la realidad”.

La teoría de las descripciones también contribuyó a advertir sobre la posibilidad de que la forma gramatical superficial de una oración pueda ser desorientadora en cuanto a su forma lógica profunda. Si comparamos la forma lógica de ‘El autor de Waverley era un poeta’ [$x (Fx & “y (Fy ®y = x) & Gx)], con la que tiene la oración ‘Scott era un poeta’ (Ga), vemos que hay una enorme diferencia. Mientras que esta última es una oración de la forma sujeto-predicado, aquélla es una generalización existencial en la que no hay ningún símbolo que corresponda a la expresión descriptiva.

Soluciones a los rompecabezas

La paradoja de la identidad: para que un enunciado de identidad sea verdadero y a la vez informativo es necesario que al menos uno de los flancos del signo de identidad esté ocupado por una descripción definida. Si ambos flancos están ocupados por auténticos nombres propios, el enunciado es “sólo una tautología”. Sobre la base de este supuesto hecho, Russell argumentó que los nombres propios ordinarios son descripciones definidas disfrazadas, abreviadas, o truncadas.

Enunciados existenciales singulares: según Russell, no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios. Suponiendo que ‘a’ sea un nombre propio genuino, la afirmación ‘a existe’ sería trivial, redundante, puesto que el hecho mismo de usar el nombre ya presupone que su referente existe. A su vez, la afirmación ‘a no existe’ sería contradictoria: presuponemos que existe el portador del nombre usado y luego procedemos a decir que no existe. Russell considera que esto es un corolario de la idea de Frege según la cual la existencia es una propiedad de segundo orden, esto es, no una propiedad de objetos sino de conceptos. Según esto, cuando decimos que existe un satélite de la Tierra estamos afirmando que el concepto satélite de la tierra no es vacío, es satisfecho al menos por un individuo. Si tiene sentido decir que ‘Rómulo no existió’ es porque ‘Rómulo’ no es un nombre propio sino una descripción definida disfrazada.

En esa proposición Rómulo no interviene como elemento constitutivo, pues, si lo hiciera, el enunciado de que no existió sería autocontradictorio. Una consecuencia de la posición de Russell en este punto es que el argumento ontológico de la existencia de Dios es inválido. La primera premisa del argumento dice que Dios es el ser más perfecto. ‘El ser más perfecto’ es una descripción definida. Por tanto, esta premisa entraña que el ser más perfecto existe. Pero esto es lo que el argumento pretende probar y asumirlo en la premisa es pedir la cuestión.

Términos singulares no denotativos: el enunciado ‘El actual rey de Francia es calvo’ es unívoco y tiene la forma ‘La propiedad G se predica del x tal que Fx’. Este enunciado entraña que el actual rey de Francia existe y por ello es falso. Por tanto, por tercio excluso, su negación debe ser verdadera. Pero el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’ es ambiguo. Si la descripción tiene incidencia primaria, entraña asimismo que el actual rey de Francia existe y por ello es también falso. Por tanto, bajo esta lectura, no es el contradictorio del ‘El actual rey de Francia es calvo’, ya que ambos son falsos, sino su subcontrario. El contradictorio de ‘El actual rey de Francia es calvo’ es aquel enunciado interpretado de manera que la descripción tenga intervención secundaria, pues entonces niega que una y sólo una persona sea a la vez rey de Francia y calva; y éste sí que es verdadero, si aquél era falso. Así pues, la Ley de Tercio Excluso no resulta dañada.

Contextos oblicuos: ‘Scott es el autor de Waverley’ no contiene como constituyente ‘el autor de Waverley’ y por ello no hay nada que podamos sustituir por ‘Scott’. Cuando reescribimos ‘Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley’ y ‘Scott es el autor de Waverley’ empleando el análisis de las descripciones definidas, la descripción desaparece con el análisis y ya no hay descripción que reemplazar.

El principio de familiaridad y los nombres lógicamente propios

Russell concluye que los nombres ordinarios son en realidad descripciones definidas disfrazadas por dos razones: porque no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios y porque, de lo contrario, los enunciados de identidad entre nombres propios tendrían que ser o triviales o falsos.

Una tercera razón sería la siguiente. Russell distingue dos tipos de conocimiento de cosas, en cuanto distinto del conocimiento de verdades, el conocimiento por familiaridad y el conocimiento por descripción. El conocimiento del primer tipo es directo o inmediato, obtenido “sin el intermediario de proceso alguno de inferencia o de conocimiento alguno de verdades”. Se trata de una relación cognitiva directa con un objeto por la que tenemos apercepción directa del objeto mismo. Tenemos conocimiento directo solamente de ciertos particulares como nuestros datos sensoriales y de ciertos universales, como la rojez, que tienen ejemplificaciones particulares con las que estamos familiarizados y sobre cuya base abstraemos el universal. Al no depender de inferencia ninguna, el conocimiento así obtenido es indubitable, no está sujeto a error. En cambio, el conocimiento por descripción siempre involucra algún conocimiento de verdades como su fuente y fundamento. En este caso no se trata de una relación cognitiva directa con el objeto, sino que conocemos el objeto como “el tal-y-tal”, esto es, como el único objeto que satisface una cierta función proposicional.

Russell cree que el conocimiento de las cosas ordinarias es por descripción. En Los problemas de la filosofía formula así el principio de familiaridad:

  • Toda proposición que podamos entender debe componerse totalmente de constituyentes con los que estemos familiarizados.
  • Es decir, en último análisis toda proposición inteligible debe ser analizable en términos de proposiciones cuyos componentes tengan un significado que podamos captar por familiaridad. Del principio se desprende que la existencia de los portadores de los nombres propios ordinarios está sometida a duda y sólo tenemos garantía epistémica acerca de los objetos de conocimiento directo. Si a esto añadimos la teoría referencial del significado de los nombres, según la cual el significado de un nombre es su portador, se sigue que los nombres propios ordinarios no son auténticos nombres y que los únicos nombres lógicamente propios deben designar objetos de conocimiento directo.
  • Los nombres propios ordinarios no son nombres propios genuinos porque los objetos que parecen denotar no son particulares simples sino entidades complejas. Y no son conocidos sino por descripción. Los nombres lógicamente propios son signos puramente demostrativos, carentes de todo contenido descriptivo o connotación y se caracterizan porque su significatividad garantiza la existencia del objeto denotado. Y puesto que los únicos particulares garantizados epistémicamente son aquellos que nos son dados inmediatamente en la experiencia, sólo los signos que se refieran a nuestros datos sensoriales privados contarán como genuinos nombres propios. Esto reduce la categoría de esas expresiones a los demostrativos ‘esto’, ‘eso’ y ‘aquello’, pero sólo cuando se usan para referirse a nuestros datos sensoriales actuales. Sólo los datos sensoriales que percibimos están enteramente garantizados desde un punto de vista epistémico. De ahí que ‘esto’ sólo funcione como nombre auténtico cuando se refiere a los datos sensoriales presentes.

Otra consecuencia es que un lenguaje lógicamente perfecto será un lenguaje privado:

  • Un lenguaje perfecto, si fuera posible construirlo, sería no sólo intolerablemente prolijo, sino, en buena medida, y por lo que respecta a su vocabulario, del dominio privado del que habla, es decir, todos los nombres que en él intervinieran serían de la exclusividad de aquél último, y no podrían entrar a formar parte del lenguaje de otro interlocutor.
  • La razón es que en un lenguaje lógicamente perfecto los nombres propios ordinarios no tendrían ningún papel que desempeñar. Serían sustituidos por descripciones definidas. Y los únicos nombres serían los demostrativos usados para designar los datos sensoriales privados del hablante.

Nombres lógicamente propios

Russell excluye a las descripciones definidas de la categoría de expresiones referenciales. Sin embargo, Russell defiende la viabilidad de un nombrar genuino: el que viene posibilitado por el uso de lo que llama nombres lógicamente propios.

Las únicas palabras de que, de hecho, nos servimos como nombres, en el sentido lógico del término, son palabras como “esto” o “aquello”. Podremos hacer uso de “esto” como de un nombre referido a algún particular directamente conocido en este instante. Supongan que decimos “Esto es blanco”. Si convienen en que “esto es blanco” refiriéndose a “esto” que ven ustedes, estarán usando “esto” como un nombre propio. Pero si tratan de aprehender el sentido de la proposición por mí expresada al decir “Esto es blanco”, ya no podrán usarlo como tal. Si se refieren a este trozo de tiza en cuanto objeto físico, ya no estarán usando “esto” como un nombre propio. Sólo cuando usen “esto” refiriéndose al objeto inmediatamente presente a sus sentidos, funcionará de hecho aquel vocablo como un nombre propio. Y precisamente en este punto posee “esto” una propiedad bien extraña para ser un nombre propio, a saber, que raramente significa la misma cosa en dos momentos consecutivos ni significativa lo mismo para el que habla que para el que escucha. Se trata de un nombre propio ambiguo, mas no por ello es menos un auténtico nombre propio, y casi la única palabra que alcanzo a imaginar que se use estricta y lógicamente como un nombre propio en el sentido en que he venido hablando de los nombres propios (La filosofía del atomismo lógico, en J. Muguerza, La concepción analítica de la filosofía)

Según Russell, sólo el pronombre demostrativo neutro usado por el hablante para referirse a un dato sensorial en presencia de aquello que lo provoca es un nombre propio en sentido lógico. De acuerdo con el sentido común, un nombre propio es una palabra que sirve para referirse a un particular. Ahora bien, si se cuestiona que las cosas que se consideran como particulares desde el punto de vista del sentido común sean tales, y se conciben como entidades complejas, mientras se mantiene la definición de los nombres propios como “palabras que se refieren a particulares”, obviamente cambiarán el tipo de expresiones que pueden clasificarse como nombres propios. Éste es el punto de partida de la teoría de Russell. Russell define los particulares como “términos de relaciones de los hechos atómicos”.

Los hechos más simples imaginables son aquellos que consisten en la posesión de una cualidad por parte de una cosa particular.

Los particulares son privados y evanescentes, difieren de un individuo a otro y sólo persisten lo que dura la experiencia del sujeto. Russell funda su epistemología sobre la distinción entre el conocimiento directo y el conocimiento por referencia (o descripción): Diremos que tenemos conocimiento directo de algo cuando sabemos directamente de ello, sin el intermediario de ningún proceso de inferencia ni de ningún conocimiento de verdades. “Así en presencia de mi mesa, conozco directamente los datos de los sentidos que constituyen su apariencia –su color, forma, dureza, suavidad, etc.–; de ello soy inmediatamente consciente cuando veo y toco mi mesa. […] Mi conocimiento de la mesa, como objeto físico, no es al contrario, un conocimiento directo. Es obtenido, tal como es, a través del conocimiento directo de los datos de los sentidos que constituyen la apariencia de la mesa […] Mi conocimiento de la mesa es de la clase que denominaremos “conocimiento por referencia”.

La mesa es “el objeto físico que causa tales y cuales datos de los sentidos”. Así se describe la mesa por medio de los datos de los sentidos.

Sólo se puede nombrar un particular; no es posible nombrar nada de lo que no se tenga conocimiento directo; conocemos directamente los datos de los sentidos y éstos son los particulares que podemos nombrar. ¿Por qué sólo podemos nombrar aquello de lo que tenemos conocimiento directo? ¿Qué sucede con los nombres propios en sentido usual?

Nombrar algo viene a ser equivalente a señalarlo mediante un signo lingüístico, siendo la relación entre el nombre y su portador directa, pues el nombre, en su mera calidad de signo, es suficiente para identificar al referente. Esta asociación directa entre el lenguaje y una entidad extralingüística sólo es posible cuando el nombre designa el dato sensorial que el hablante está experimentando; es decir, una entidad particular percibida directamente.

A una entidad compleja “construida” a partir de particulares (datos sensoriales) resulta imposible nombrarla, puesto que sólo somos capaces de identificarla merced a las verdades, descripciones, que conocemos acerca de ella. Si decido poner un nombre propio a la mesa de mi estudio, “Frida”, lo único que conseguiré será poder aludir a ella de una manera más breve; en lugar de decir “la mesa de mi estudio” podré utilizar el nombre propio “Frida” que, de este modo, funcionará como una descripción definida abreviada. No identificamos el referente porque un signo lingüístico nos los señala, sino porque se ajusta a las descripciones que sabemos acerca de él.

Nosotros no conocemos directamente a Sócrates y, por tanto, no podemos nombrarlo. Cuando empleamos la palabra “Sócrates”, hacemos en realidad uso de una descripción. Lo que pensamos al decir “Sócrates” podría traducirse por expresiones como “El maestro de Platón”, “El filósofo que bebió la cicuta” o “La persona de quien los lógicos aseguran que es mortal”, mas no emplearemos ciertamente aquel nombre como un nombre en sentido propio (La filosofía del atomismo lógico)

La categoría de los nombres propios queda, pues, reducida a los pronombres demostrativos neutros usados por el hablante para designar sus datos sensoriales cuando los está experimentando. Ninguna información acerca del referente está asociada al nombre propio en sentido lógico; su función es exclusivamente la de estar por el referente, de ahí que su significado sea el portador del nombre y conocer este significado sea conocer el referente, tener conocimiento directo del particular nombrado. Los particulares se conciben como completamente autosubsistentes, existiendo cada uno de ellos con total independencia de los demás, y el reflejo semántico de esta tesis metafísica es al asignación a los nombres propios de un significado autónomo, independiente del contexto.

Todos los conceptos filosóficos son fragmentarios, no ajustan unos con otros, puesto que sus bordes no coinciden. Sin embargo la filosofía que los crea presenta siempre un Todo poderoso, no fragmentado. Los incluye a todos en un único y mismo plano, denominado plano de consistencia, o mejor dicho plano de inmanencia de los conceptos, o planómeno.

Los conceptos y el plano son estrictamente correlativos. El plano de inmanencia no es un concepto, ni el concepto de todos los conceptos. Si se los confundiera, nada impediría a los conceptos convertirse en universales y perder su singularidad, pero también el plano perdería su apertura. La filosofía es un constructivismo que tiene dos aspectos complementarios que difieren en sus características: crear conceptos y establecer un plano. El plano recubre los movimientos infinitos que los recorren y regresan, pero los conceptos son las velocidades infinitas de movimientos finitos que recorren cada vez únicamente sus propios componentes. El problema del pensamiento es la velocidad infinita, pero ésta necesita un medio que se mueva en sí mismo infinitamente, el plano, el vacío, el horizonte. Es necesaria la elasticidad del concepto y la fluidez del medio. Ambas cosas son necesarias para componer los seres lentos que somos.

Los conceptos son disposiciones concretas como configuraciones de una máquina, pero el plano es la máquina abstracta cuyas disposiciones son las piezas. Los conceptos son acontecimientos, pero el plano es el horizonte de los acontecimientos, el depósito o la reserva de los acontecimientos puramente conceptuales, no el horizonte relativo que funciona como un límite que cambia con un observador y que engloba estados de cosas observables, sino el horizonte absoluto, independiente de cualquier observador, y que traduce el acontecimiento como concepto independiente de un estado de cosas visible donde se llevaría a cabo.

El plano de inmanencia no es un concepto pensado ni pensable, sino la imagen del pensamiento, la imagen que se da a sí mismo de lo que significa pensar, hacer uso del pensamiento, orientarse en el pensamiento…No es un método, pues todo método tiene que ver eventualmente con los conceptos y supone una imagen semejante.

Tampoco es la opinión que uno suele formarse del pensamiento. La imagen del pensamiento implica un reparto severo del hecho y del derecho: lo que pertenece al pensamiento como tal debe ser separado de los accidentes que remiten al cerebro, o a las opiniones históricas. El pensamiento reivindica sólo el movimiento que puede ser llevado al infinito. Lo que el pensamiento reivindica en derecho, lo que selecciona, es el movimiento infinito o el movimiento del infinito. Él es quien constituye la imagen del pensamiento.

El movimiento del infinito no remite a unas coordenadas espaciotemporales que definirían las posiciones sucesivas de un móvil y las referencias fijas respecto a las cuales éstas varían. Orientarse en el pensamiento no implica ni referencia objetiva ni móvil que se sienta como sujeto y que, en calidad de tal, desee el infinito o lo necesite. Lo que está en movimiento es el propio horizonte: el horizonte relativo se aleja cuando el sujeto avanza, pero en el horizonte absoluto, en el plano de inmanencia, estamos ahora ya y siempre.

Lo que define el movimiento infinito es un vaivén, porque no va hacia un destino sin volver ya sobre sí. El movimiento infinito es doble y tan sólo hay una leve inclinación de uno a otro. En este sentido se dice que pensar y ser son una única y misma cosa. El movimiento no es imagen del pensamiento sin ser también materia del ser. El plano de inmanencia tiene dos facetas, como Pensamiento y como Naturaleza, como Physis y como Nous. Es por lo que siempre hay muchos movimientos infinitos entrelazados unos dentro de los otros, plegados unos dentro de los otros, en la medida en que el retorno de uno dispara otro instantáneamente, de tal modo que el plano de inmanencia no para de tejerse, gigantesca lanzadera.

Volverse hacia no implica sólo volverse, sino afrontar, dar media vuelta, volverse, extraviarse, desvanecerse. Incluso lo negativo produce movimientos infinitos: caer en el error tanto como evitar lo falso, dejarse dominar por las pasiones tanto como superarlas. Varios movimientos del infinito están tan entremezclados que, lejos de romper el Uno-Todo del plano de inmanencia, constituyen su curvatura variable, sus concavidades y sus convexidades, su naturaleza fractal en cierto modo. Esta naturaleza fractal es lo que hace que el planómeno sea un infinito siempre distinto de cualquier superficie o volumen asignable como concepto.

Cada movimiento recorre la totalidad del plano efectuando un retorno inmediato sobre sí mismo, plegándose pero también plegando a otros o dejándose plegar, engendrando retroacciones, conexiones, proliferaciones, en la fractalización de esta infinidad infinitamente plegada una y otra vez (curvatura variable del plano). Pese a ser cierto que el plano de inmanencia es siempre único, puesto que es en sí mismo variación pura, tanto más tendremos que explicar por qué hay planos de inmanencia variados, diferenciados, que se suceden o rivalizan en la historia, precisamente según los movimientos infinitos conservados, seleccionados.

El plano no es ciertamente el mismo en la época de los griegos, en el siglo XVII y en la actualidad. No se trata de la misma imagen del pensamiento, ni de la misma materia del ser. El plano es por lo tanto objeto de una especificación infinita, que hace que tan sólo parezca ser el Uno-Todo en cada caso especificado por la selección del movimiento. Esta dificultad referida a la naturaleza última del plano de inmanencia sólo puede resolverse progresivamente.

Resulta esencial no confundir el plano de inmanencia y los conceptos que lo ocupan. Sin embargo los mismos elementos pueden presentarse en el plano y en el concepto, pero no con las mismas características.

Para el ser, el pensamiento, el uno, entran en unos componentes del concepto y son ellos mismos conceptos, pero de un modo completamente distinto del que pertenece al plano como imagen o materia. Inversamente, lo verdadero sobre el plano sólo puede ser definido por un volverse hacia. Pero no disponemos así de ningún concepto de verdad. Si el error es en sí mismo un elemento de derecho que forma parte del plano, sólo consiste en tomar lo falso por verdadero, pero únicamente recibe un concepto si se le determinan unos componentes.

Así pues, los movimientos o elementos del plano sólo parecerán definiciones nominales respecto a los conceptos, mientras se ignore la diferencia de naturaleza. En realidad, los elementos del plano son

  • características diagramáticas
  • movimientos del infinito
  • direcciones absolutas de naturaleza fractal
  • Intuiciones

Los conceptos son

  • características intensivas
  • ordenadas intensivas de los movimientos del infinito, como secciones originales o posiciones diferenciales,
  • movimientos finitos cuyo infinito tan sólo es ya de velocidad, y que constituyen cada vez una superficie o un volumen,
  • un perímetro irregular que marca una detención en el grado de proliferación.
  • dimensiones absolutas, superficies o volúmenes siempre fragmentarios, definidas intensivamente
  • intensiones

No hay que concluir ciertamente que los conceptos resultan del plano, es necesaria una construcción especial distinta de la del plano, y por este motivo los conceptos tienen que ser creados igual que hay que establecer el plano. La correspondencia entre ambos excede incluso las meras resonancias y hace intervenir unas instancias adjuntas a la creación de los conceptos, es decir a los personajes conceptuales.

Así, si la filosofía empieza con la creación de los conceptos, el plano de inmanencia tiene que ser considerado prefilosófico. Se lo presupone, no del modo como un concepto puede remitir a otros, sino del modo en que los conceptos remiten en sí mismos a una comprensión no conceptual.

Aun así, esta comprensión intuitiva varía en función del modo en que el plano es establecido.

  • En Descartes, se trataba de una comprensión subjetiva e implícita supuesta por el Yo pienso como concepto primero
  • En Platón era la imagen virtual de un yo pensado que duplicaba cualquier concepto actual.
  • Heidegger invoca una comprensión preontológica del Ser, una comprensión preconceptual que parece efectivamente implicar la incautación de una materia del ser relacionada con una disposición del pensamiento.

Prefilosófico no significa nada que preexista, sino algo que no existe allende la filosofía, aunque ésta lo suponga. Son sus condiciones internas. La filosofía no puede contentarse con ser comprendida únicamente de un modo filosófico o conceptual, sino que se dirige también a los no filósofos, en su esencia. La filosofía definida como creación de conceptos implica una presuposición que se diferencia de ella, y que no obstante le es inseparable. La filosofía es a la vez creación de concepto e instauración del plano. El concepto es el inicio de la filosofía, pero el plano es su instauración. El plano consiste en un plano de inmanencia que constituye el suelo absoluto de la filosofía, su Tierra, su desterritorialización, su fundación, sobre los que crea sus conceptos.

Pensar suscita la indiferencia general. Y no obstante no es erróneo decir que se trata de un ejercicio peligroso. Incluso resulta que sólo cuando los peligros se vuelven evidentes cesa la indiferencia. Y es que uno no piensa sin convertirse en otra cosa, en algo que no piensa, un animal, un vegetal, una molécula, una partícula, que vuelven al pensamiento y lo relanzan.

El plano de inmanencia es como una sección del caos, y actúa como un tamiz. El caos, en efecto, se caracteriza menos por la ausencia de determinaciones que por la velocidad infinita a la que éstas se esbozan y se desvanecen: no se trata de un movimiento de una hacia otra, sino por el contrario, de la imposibilidad de una relación entre dos determinaciones, puesto que una no aparece sin que la otra haya desaparecido antes, y una aparece como evanescente cuando la otra desaparece como esbozo.

El caos deshace en lo infinito toda consistencia. El problema de la filosofía consiste en adquirir una consistencia sin perder lo infinito en el que el pensamiento se sumerge. Dar consistencia sin perder nada de lo infinito es muy diferente del problema de la ciencia, que trata de dar unas referencias al caos a condición de renunciar a los movimientos y a las velocidades infinitas y de efectuar primero una limitación de velocidad: lo que es primero en la ciencia, es la luz o el horizonte relativo. La filosofía por el contrario procede suponiendo instaurando el plano de inmanencia: en él las curvaturas variables conservan los movimientos infinitos que vuelven sobre sí mismos en el intercambio incesante, y que a su vez no cesan de liberar otros que se conservan.

A la pregunta, ¿la filosofía puede o deber ser considerada griega? Vernant responde que los griegos podrían ser los primeros en haber concebido una inmanencia estricta del Orden en un medio cósmico que corta el caos a la manera de un plano. Si se llama Logos a un plano-tamiz, hay mucho trecho del logos a la mera razón, como cuando se dice que el mundo es racional.

La razón no es más que un concepto, y un concepto muy pobre para definir el plano y los movimientos infinitos que lo recorren. Resumiendo, los primeros filósofos son los que instauran un plano de inmanencia como un tamiz tendido sobre el caos. Se oponen en este sentido a los sabios, personajes de la religión que conciben la instauración de un orden siempre trascendente, impuesto desde fuera por un gran déspota o por un dios superior a los demás. Hay religión cada vez que hay trascendencia, Ser vertical, Estado imperial en el cielo o en la tierra, y hay Filosofía cada vez que hay inmanencia.

Resumen de el capítulo 2. El plano de Inmanencia de ¿Qué es la filosofía? de Deleuze y Guattari

Tesis fundamentales del Tractatus

El concepto de “Lenguaje” y el concepto de “mundo” son dos de los elemenos fundamentales del Tractatus. El  Lenguaje se interpreta como la suma de proposiciones moleculares y atómicas. El mundo es la suma de hechos moleculares.

El lenguaje es la representación formal del mundo. Detrás de esta afirmación está el reconocimiento de una realidad física y de un lenguaje en términos aseverativos (discurso cognitivo que se puede fundamentar científica o lógicamente). Existen dos tipos de realidades. Tambien existen otros tipos de discursos, pero éstos no son relevantes.

Cuando hablamos de lenguaje, nos estamos refiriendo a un lenguaje

  • aseverativo, aquél que podemos aseverar, es decir, V ó F
  • lógico, aquel que capta la estructura lógica del lenguaje ordinario

Para establecer una conexión o una estructura lógica entre lenguaje/realidad, es necesario un lenguaje formal. Este lenguaje recoge la esencia lógica de la relación especular entre la realidad y el lenguaje.

Veamos las siete tesis del Tractatus en el marco del atomismo lógico:

  1. El mundo es todo lo que acontece. El mundo físico está integrado por una serie de hechos que pueden ser atómicos o moleculares.
    1. Los hechos atómicos son aquellos que definen la esencia del mundo y vienen representados por las sensaciones.
    2. Los hechos moleculares derivan de la combinación de hechos atómicos.
  2. Un hecho representa la existencia de un estado de cosas. Para que una proposición represente algo, el hecho debe existir. Cuando una proposición representa un hecho existente estaremos ante una proposición que tiene sentido. A su vez, cuando una proposición representa un hecho no existente estaremos ante una proposición que no tiene sentido. Cuando una proposición tiene sentido entonces puede ser V o F.
  3. La forma lógica de un hecho es el pensamiento. Existe una identificación entre pensamiento y lenguaje. Por tanto, no podría haber pensamiento sin lenguaje. No podemos considerar el pensamiento como algo anterior al lenguaje. El lenguaje formal se identifica con el pensamiento. Por lo tanto, el pensamiento también tiene una estructura formal. Lo único que cabe en este pensamiento, como pensamiento lógico, es la estructura lógica de un hecho físico. Eso no quiere decir que el pensamiento no tenga otra cosa que hechos físicos. Es cierto que existen imágenes de naturaleza heterogénea. Pero si queremos elaborar una Teoría fundamentada tenemos que fijarnos en los hechos físicos, porque el resto de las imágenes representan proposiciones sin sentido. Por tanto, los pensamientos, al igual que las proposiciones, pueden ser sin sentido, pero, para elaborar una teoría, sólo me interesan las que poseen sentido.
  4. El pensamiento es una proposición con sentido.El pensamiento es un entramado heterogéneo. Pero, para elaborar una teoría, sólo me interesa los datos objetivos que vienen representados por los hechos físicos. Cuando hablamos de hechos físicos podemos llegar a un grado de intersubjetividad máxima. En cambio, para el resto de los hechos no existe el mismo grado de convencionalidad. Este grado de convencionalidad (la estructura lógica que subyace a la representación simbólica de la realidad física) de los hechos físicos viene dado por su estructura lógica. Por lo tanto, cuando hablamos de hechos físicos, hablamos de un significado cognitivo. En cambio, cuando hablamos del resto de hechos, hablamos de un significado emotivo.
  5. Una proposición es una función veritativa que está integrada por proposiciones elementales o atómicas. Una función veritativa es aquella que posee un valor de verdad: puede ser V ó F. Nosotros podemos representar la realidad mediante proposiciones complejas. Pero éstas no están en contacto directo con la realidad, por lo que tenemos que descomponerla en proposiciones atómicas. Por tanto, el valor de verdad de la proposición molecular deriva del valor de verdad de las proposiciones atómicas. En pasos quedaría así:
    1. Partimos de una proposición molecular
    2. Descomponemos la proposición molecular en proposiciones atómicas.
    3. Hallamos el valor de verdad de cada una de las proposiciones atómicas.
    4. Hallamos el valor de verdad de la proposición molecular.
  6. La forma lógica de una proposición compleja ( o el valor de verdad de una proposición compleja) viene dada por la combinación de valores de las proposiciones atómicas.
  7. De lo que no se pude hablar mejor callar. Aquí Wittgenstein distingue entre proposiciones:
    1. con sentido: presentan un significado cognitivo; podemos hablar porque se fundamentan lógicamente
    2. sin sentido: presentan un significado emotivo; no podemos hablar porque no se fundamentan lógicamente

Isomorfía entre lenguaje y realidad

Cuando hablamos de isomorfía queremos decir que cada elemento de la realidad está representado por un elemento del lenguaje. Hablar de isomorfía es hablar de una relación de simetría entre elementos. También nos estamos refiriendo a una relación de estructuras de la realidad y del lenguaje. Hay una relación de elemento y una relación de situación.

Cualquier tipo de representación debe tener una forma determinada, debe tener una forma de representación. Cualquier tipo de representación actúa como un patrón o modelo de la realidad. ¿Qué consecuencias teóricas tiene esto? Dentro de un marco puramente cognitivo.

Cualquier representación debe representar algo posible. Esa representación puede ser verdadera o falsa, correcta o incorrecta. Una representación V es aquélla que representa la posibilidad real de estados de cosas.

La forma básica de la representación es la forma lógica. La forma lógica de un hecho es un pensamiento. Por lo tanto, la representación lógica es un pensamiento. Cualquier representación es igual a un pensamiento.

Pensamiento y lenguaje se identifican. A medida que vamos estructurando el lenguaje también vamos estructurando el pensamiento. El pensamiento es una representación formal y nuestro objetivo teórico es definir cómo es esa representación. Cuando hablamos de representación formal estamos afirmando que hay un esquema lógico último que unifica todas las representaciones. El pensamiento nunca puede superar el ámbito de lo lógico, el ámbito de lo posible. Por tanto:

  • Pensamiento y lenguaje se identifican.
  • El pensamiento no puede ir más allá de lo lógico.
  • El lenguaje es un sistema de proposiciones que tienen como función representar cumpliendo con el principio de isomorfía. Mientras que el pensamiento es un sistema interno, el lenguaje es un sistema externo de comunicación. Esta es la única diferencia.
  • El lenguaje sirve para marcar límites entre lo que se puede decir y lo que no se puede decir.

Decir y Mostrar

Wittgenstein distingue entre decir y mostrar. Se dice algo cuando se representa algo, mientras que se muestra algo cuando no se representa isomórficamente la realidad. De ahí que hable de proposiciones con sentido y proposiciones sin sentido.

Pues bien, el pensamiento sólo juega con la parte que se puede decir o representar. Mientras que el lenguaje, a pesar de estar integrado también por estos elementos, nos permite distinguir entre lo que se puede decir y lo que se puede mostrar.

¿Podemos decir que el lenguaje se implica en el ámbito de lo no formal? El lenguaje ordinario da saltos entre ambos ámbitos.

El lenguaje no puede superar nunca el ámbito de lo formalmente establecido. El lenguaje cotidiano sí lo supera, pero éste no lo podemos teorizar.

Elementos que integran el lenguaje

El lenguaje está formado por proposiciones que, a su vez, se pueden dividir en nombres. Hay una diferencia importante de representación entre ambos conceptos:

  • Nombre: representa un objeto. Wittgenstein no define correctamente lo que entiende por objeto. Podrían considerarse a los objetos como elementos mínimos. Su significado viene dado por el referente.
  • Proposición: representa un hecho(tampoco define un hecho), que serían los elementos complejos. Los hechos son estados de cosas (objetos) que se combinan. Su significado viene dado por el sentido.

La realidad se ve reflejada en nuestro sistema simbólico. Los nombres tienen referente, pero no tienen sentido. Mientras que las proposiciones tienen sentido pero no tienen referente. Los nombres tienen referente porque están en contacto directo con la realidad, por eso, sólo de los nombres, podemos afirmar que tienen referente. Sin embargo, una proposición refleja un sistema complejo que ya no tiene una relación directa con la realidad, por eso, no tienen referente, sólo tienen sentido. Tener sentido, aquí significa, representar una estructura.

La referencia es una relación uno a uno: nombre con objeto. El sentido es una relación entre estructuras. Primero captamos el sentido de una proposición y luego su verdad o falsedad.

Para ver si una proposición es verdadera o falsa hay que descomponerla en nombres y ver si tienen un referente.

Mundo y Realidad

Wittgenstein distingue entre mundo y realidad.

  • Mundo es aquello que acontece, esto es, la totalidad de hechos. Es decir, la totalidad de estado de cosas existentes. Es el ámbito de las realizaciones.
  • Realidad es la totalidad de estado de cosas existentes y no existentes, Esto es, la totalidad de lo posible. Es el ámbito de las posibilidades, de las proposiciones verdaderas y falsas.

Tanto el mundo como la realidad tienen una estructuración lógica. Hablar de mundo es hablar de objeto, estado de cosas y hechos o situaciones. El principio de isomorfía se cumple, en un sentido estricto, entre nombres y objetos, porque es aquí donde se mantiene una relación directa con el mundo.

La proposiciones poseen un significado cognitivo, las pseudoproposiciones tienen un fundamento emotivo. La teoría que hemos desarrollado hasta ahora no se puede aplicar a las pseudoproposiciones. Dentro este ámbito estarían la ética, la metafísica, la estética….

Las pseudoproposiciones no dicen sino muestran y, por tanto, no las podemos teorizar. La filosofía tendría que utilizar todo el entramado teórico del Tractatus para distinguir entre proposiciones cognitivas o con sentido y proposiciones emotivas o sin sentido. Las proposiciones lógicas tienen una naturaleza distinta de las cognitivas y se marcan como un conjunto distinto porque son las que definen la estructura general de la realidad.

La teoría figurativa del sentido

El Tractatus contiene la teoría figurativa del significado, o del sentido. Según ella, una proposición es una figura (o representación) de una parcela de la realidad. Una proposición es una figura (una especie de mapa o dibujo peculiar) de una situación real (es decir, existente) o hipotética.

La figura representa los estados de cosas en el espacio lógico, la existencia y no existencia de los hechos atómicos. Comprender una proposición es conocer la situación o el estado de cosas que representa. Ser figura de una situación es lo mismo que describirla o ser un modelo de ella

La proposición es la descripción de un estado de cosas. Entender una proposición quiere decir, si es verdadera, saber lo que acaece. Quien entiende lo que dice una proposición sabe qué hecho describe esta proposición. En una proposición construimos una situación a modo de experimento, creamos un mundo con la ayuda de un armazón o andamiaje lógico, formado por palabras con significado.

La proposición construye un mundo con la ayuda de un armazón lógico; por ello es posible ver en la proposición, si es verdadera, el aspecto lógico de la realidad. Es de este modo que las proposiciones son modelos, son reproducciones de hechos o de situaciones imaginadas, forjadas a base de los recursos que nuestro lenguaje pone a nuestra disposición. Wittgenstein explica cómo una proposición es figura de la realidad.

Parte de dos premisas:

  • La primera es que una proposición es algo articulado lógicamente (como una pieza musical en la cual su composición exige un plan). La proposición sería un signo articulado. La proposición es una figura de un estado de cosas sólo en cuanto está lógicamente articulada
  • La segunda premisa es que una proposición, así como el pensamiento que expresa, debe compartir con la situación que describa una misma estructura, a la cual Wittgenstein denomina forma pictórica o forma lógica

La relación figurativa consiste en la coordinación de los elementos de la figura y de las cosas. Proposición y realidad comparten la forma lógica. Hay dos correlaciones:

  • la de los elementos de la proposición con cosas de la realidad,
  • la de las relaciones entre elementos de la proposición con relaciones entre las cosas de la situación representada.

La relación entre los elementos de la proposición y los elementos de la realidad ha de ser isomórfica. Hay un isomorfismo entre el lenguaje y la realidad. Esto significa que a cada elemento de la proposición debe corresponderle un único elemento de la realidad, y únicamente uno. Por otra parte, siempre que los elementos de una proposición guarden entre sí alguna relación, sus imágenes (los correspondientes elementos de la realidad) deben guardar entre sí la relación correspondiente.

El espacio lógico

Wittgenstein concibe el lenguaje como la totalidad de las proposiciones. Esto equivale a afirmar que el lenguaje es la totalidad de figuras de todas las situaciones existentes o inexistentes.

La totalidad de las proposiciones es el lenguaje. Ahora bien, si antes afirmaba que el lenguaje es figura o modelo de la realidad, habrá que determinar cuales son los correlatos extralingüísticos de la proposición. Los elementos de la proposición que tienen correlatos en el mundo o en las situaciones imaginarias son los signos simples o nombres. Su función en la proposición es la de servir de representantes de objetos. Los nombres tienen significado, su significado es el objeto en lugar del cual están en la proposición. Son elementos simples que no se pueden analizar. Su significado lo obtienen en el contexto de la proposición. Toda proposición acerca de un complejo puede resolverse mediante el análisis en una proposición en la que todo lo esencial se diga mediante combinación de nombres (no obstante, dentro de las proposiciones no todo son nombres, sino que hay también partículas lógicas que no son nombres de nada). Las proposiciones elementales son meras combinaciones de nombres. A una configuración de nombres en la proposición le corresponde una configuración de objetos en una situación.

Pero, ¿qué son esos objetos? Antes que nada, decir que son simples, no compuestos. Son los átomos, no físicos, sino lógicos, del mundo (es decir, lo que el análisis del lenguaje exige). Son los últimos constituyentes de todo lo demás, y en especial de los hechos y situaciones posibles.

Cuando los objetos se combinan forman lo que Wittgenstein llama estados de cosas. A los signos le corresponden los objetos, y a las combinaciones de signos le corresponden los estados de cosas. Sólo falta que unas y otras combinaciones compartan una misma estructura formal para que el ajuste lenguaje-realidad sea perfecto. La teoría de los estados de cosas tiene dos consecuencias:

  • con independencia de que las situaciones sean o no existentes, los objetos que las forman son inalterables, son lo que subsiste. La substancia del mundo. 2.021 Los objetos forman la sustancia del mundo, por eso no pueden ser compuestos
  • una vez que se han dado todos los objetos, se han dado todas las posibles situaciones. Tan pronto como se ha fijado la totalidad de objetos, se ha determinado también qué puede y qué no puede entrar en el conjunto de los posibles estados de cosas.

De entre los estados de cosas, algunos existen y otros no. La realidad está configurada por la existencia y la no existencia de los estados de cosas.

El mundo es todo lo que acaece. El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas. Lo que acaece, el hecho, es la existencia de los estados de cosas El mundo que dibuja el Tractatus es la suma total de la realidad, la suma total de unos y otros estados de cosas. El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas. Los hechos, en el espacio lógico, son el mundo. El espacio lógico es el espacio de todos los mundos posibles. En este espacio, nuestro mundo, el mundo está unívocamente determinado por la existencia de algunos estados de cosas y por la inexistencia de los restantes. Si otros hubiesen sido los estados de cosas existentes, otro hubiera sido el mundo. Todas estas alternativas al mundo son denominadas mundos posibles. El espacio lógico es el conjunto de todos los mundos posibles, así como del mundo real.

Para Wittgenstein, el sentido de una proposición es la situación que describe. La figura representa lo que representa, independientemente de su verdad o falsedad, por medio de la forma de figuración. La proposición puede ser verdadera o falsa sólo en cuanto es figura de la realidad.

El espacio lógico es el conjunto de posibilidades que podría tener el mundo cuando puede ser descrito de acuerdo con un número fijo de proposiciones elementales. El espacio lógico correspondiente a un número de proposiciones es lo que representa la tabla de atribución de los valores de verdad formada por todas las asignaciones de verdad simultáneas a las n proposiciones.

Una vez dado un lenguaje (un conjunto de proposiciones) el espacio lógico correspondiente a este lenguaje contiene todo aquello que puede decirse con sentido mediante el lenguaje. La figura representa un estado de cosas posible en el espacio lógico. Más allá de este espacio lógico no queda ya nada que el lenguaje pueda representar. Lo que no puede decirse. Para Wittgenstein sólo los hechos pueden ser figuras de estados de cosas. El lenguaje pertenece al mundo, de ahí que deba haber algún error en esa imagen en la que el lenguaje y el mundo son cosas separadas y contrapuestas. El error radica en vernos a nosotros mismos fuera del mundo y fuera del lenguaje. No existe ese lugar fuera del mundo y del lenguaje.

Por otra parte, no podemos decir por medio de nuestro lenguaje cual es la estructura o forma lógica de las proposiciones y, por consiguiente, tampoco podemos decir cual es la forma lógica o estructura de la realidad. Para hacer esto tendríamos que salirnos de la lógica y del mundo, y esto no puede hacerse. La lógica traza los límites del pensamiento humano, haciendo que éste sea posible.

La lógica llena el mundo; los límites del mundo son también sus límites. Nosotros no podemos, pues, decir en lógica: en el mundo hay esto y lo de más allá; aquello y lo otro, no. Esto parece, aparentemente, presuponer que excluimos ciertas posibilidades, lo que no puede ser, pues, de lo contrario, la lógica saldría de los límites del mundo; esto es, siempre que pudiese considerar igualmente estos límites también desde el otro lado.

Lo que no podemos pensar no podemos pensarlo. Tampoco, pues, podemos decir lo que no podemos pensar. Salirse de la lógica sería poder pensar lo ilógico, lo cual no es posible. Los frutos del pensar son las proposiciones. Si el lenguaje es la totalidad de las proposiciones con sentido, salirse de la lógica es salirse del lenguaje, y los límites del lenguaje son los límites del mundo. El lenguaje define el espacio de todas las situaciones descritas por él. Por eso es un límite.

Para Wittgenstein si se nos preguntase cómo sería un mundo ilógico, no podríamos decirlo. Aunque no pueda decirse cual es la forma lógica de una proposición, nuestro lenguaje muestra esas cosas. El lenguaje no hace factible decirlas, pero unas y otras encuentran reflejo, se manifiestan en él. El lenguaje dicta las condiciones bajo las cuales es posible el mundo y bajo las cuales hablamos del espacio lógico.

La principal consecuencia del Tractatus es la de investigar sistemáticamente las conexiones entre lenguaje y realidad, es decir, la imposibilidad de la teoría semántica. Esas conexiones entre nombres y objetos, entre proposiciones y situaciones, pueden aprenderse, pues se reflejan en el lenguaje y en el uso que hacemos de él.

Wittgenstein propone un criterio para distinguir las proposiciones con sentido de las que no lo tienen. El verdadero método de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural – algo, pues, que no tiene nada que ver con la filosofía –; y siempre que alguien quisiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones. Este método dejaría descontentos a los demás – pues no tendrían el sentimiento de que estábamos enseñándoles filosofía –, pero sería el único estrictamente correcto La filosofía, pues, no es el conjunto de proposiciones verdaderas.

La totalidad de las proposiciones verdaderas constituyen la ciencia natural. La misión de la filosofía es explorar esa posibilidad del espacio lógico que es el mundo. La filosofía es un esclarecimiento lógico del pensamiento, a saber, el análisis lógico del lenguaje. El lenguaje oculta o disfraza el pensamiento. La filosofía está plagada de errores debido a la equivocidad de los signos. Hay que construir un sistema de signos regido por una adecuada sintaxis lógica en la que a cada símbolo le corresponda únicamente un signo.

Desde un punto de vista filosófico, perseguir un sistema así es uno de los objetivos del análisis lógico. La filosofía tiene que fijar las fronteras del pensamiento (y de la ciencia natural), es decir, especificar las condiciones de lo que puede decirse. Una consecuencia de esta concepción es que las proposiciones éticas son imposibles.

Es claro que la ética no se puede expresar. La ética es trascendental (Etica y estética son lo mismo) Por ejemplo, si yo digo que es bueno moralmente honrar a los padres, esta proposición es ilocalizable en el espacio lógico, ya que esta afirmación no describe ningún hecho del mundo. Los valores morales o éticos no son cualidades del mundo. Una máxima moral pretende ver el mundo desde fuera y compararlo con otros mundos posibles. Pero esto no puede hacerse ya que esto no lo podemos encontrar en el espacio lógico.

El primer pensamiento que surge cuando se propone una ley ética de la forma «tú debes» es: ¿y qué si no lo hago? La odisea del filósofo es que sus doctrinas han traspasado los límites del sentido. Para la filosofía el único camino posible es el análisis lógico. La solución del problema de la vida está en la desaparición de este problema. ¿No es ésta la razón de que los hombres que han llegado a ver claro el sentido de la vida, después de mucho dudar, no sepan decir en qué consiste este sentido?…De lo que no se puede hablar, mejor es callarse 😉 .