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Una aproximación al personaje conceptual

El personaje conceptual aparece por sí mismo en contadísimas ocasiones, o por alusión. Pero aún innominado, subterráneo, siempre tiene que ser reconstituido por el lector. A veces, cuando aparece, tiene nombres propios. Sócrates es el personaje conceptual principal del platonismo. Pero ojo, no hay que confundir a los personajes de los diálogos con los personajes conceptuales, ya que sólo coinciden nominalmente, no desempeñan el mismo papel. El personaje de diálogo expone conceptos.

El personaje conceptual no es el filósofo, es incluso su contrario: el filósofo no es más que el envoltorio de su personaje conceptual principal y de todos los demás, que son sus intercesores, los sujetos verdaderos de su filosofía.

El personaje conceptual no tiene nada que ver con una personificación abstracta, con un símbolo o una alegoría, pues vive, insiste. El filósofo es la idiosincrasia de sus personajes conceptuales. El destino del filósofo es convertirse en su o sus personajes conceptuales, al mismo tiempo que estos personajes conceptuales se convierten ellos mismos en algo distinto de lo que son histórica, mitológica o corrientemente. El personaje conceptual es el devenir o el sujeto de una filosofía, el que asume el valor del filósofo. En los enunciados filosóficos no se hace algo diciéndolo, pero se hace el movimiento pensándolo, por mediación de un personaje conceptual. De este modo los personajes conceptuales son los verdaderos agentes de enunciación.

Muy pocos son los filósofos que han trabajado con personajes conceptuales tanto simpáticos (Dioniso, Zaratustra) como antipáticos (Cristo, el Sacerdote, los hombres superiores). Nietzsche, claro ejemplo, creó algunos conceptos inmensos e intensos (fuerzas, valor, devenir, vida, resentimiento, mala conciencia…), igual que estableció un plano de inmanencia nuevo (movimientos infinitos de la voluntad, de la voluntad de poder y del eterno retorno) que trastoca la imagen del pensamiento (crítica de la voluntad de verdad). Pero nunca en su caso quedan sobreentendidos los personajes conceptuales implicados.

Los personajes conceptuales no son personificaciones míticas, ni personas históricas, ni héroes literarios o novelescos. La diferencia entre los personajes conceptuales y las figuras estéticas son varias:

  • Unos son potencias de conceptos y los otros potencias de afectos y perceptos
  • Unos operan sobre un plano de inmanencia que es una imagen de Pensamiento-Ser (noúmeno), los otros sobre un plano de composición como imagen de Universo (fenómeno)

Rasgos de los personajes conceptuales

Los personajes conceptuales se encargan de manifestar los territorios, desterritorializaciones  y reterritorializaciones absolutas del pensamiento. Los personajes conceptuales son unos pensadores, únicamente unos pensadores, y sus rasgos personalísticos se unen estrechamente con los rasgos diagramáticos del pensamiento y con los rasgos intensivos de los conceptos.

No hay que creer que las desterritorializaciones y reterritorializaciones del pensamiento trascienden las psicosociales, pero tampoco que éstas se reducen a ello o son una abstracción de ello, una expresión ideológica. Se trata más bien de una conjunción, de un sistema de retornos o de relevos perpetuos. Los rasgos de los personajes conceptuales tienen, con la época y el ambiente históricos en los que aparecen, unas relaciones que únicamente los tipos psicosociales permiten valorar.

Ninguna lista de los rasgos de los personajes conceptuales puede ser exhaustiva, puesto que éstos nacen constantemente, y  puesto que varían con los planos de inmanencia. Y sobre un plano determinado, se mezclan categorías distintas de rasgos para componer un personaje. Hay rasgos páticos, relacionales, dinámicos y existenciales.

El personaje conceptual y el plano de inmanencia están en presuposición recíproca. Ora el personaje parece preceder al plano, ora sucederle. Y es que interviene dos veces.

  • Por una parte se sumerge en el caos, del que extrae unas determinaciones de las que hará los rasgos diagramáticos de un plano de inmanencia: es como si se apoderara de un puñado de dados, en el azar-caos, para echarlos sobre una mesa.
  • Por la otra hace corresponder con cada dado que cae los rasgos intensivos de un concepto que viene a ocupar tal o cual región de la mesa, como si ésta se hundiese en función de las cifras.

Con sus rasgos personalísticos, el personaje conceptual interviene entre el caos y los rasgos diagramáticos del plano de inmanencia, pero también entre el plano y los rasgos intensivos de los conceptos que vienen a poblarlo. Los personajes conceptuales constituyen los puntos de vista según los cuales unos planos de inmanencia se distinguen unos de otros, o se parecen, pero también las condiciones bajo las cuales cada plano se encuentra llenado por conceptos de un mismo grupo. Los conceptos no se deducen del plano, hace falta el personaje conceptual para crearlos sobre el plano, como hace falta para trazar el propio plano, pero ambas operaciones no se confunden en el personaje conceptual, que se presenta a sí mismo como un operador distinto.

La trilogía del construccionismo

La filosofía presenta tres elementos de los que cada cual responde a los otros dos, pero debe ser considerada por su cuenta:

  1. el plano pre-filosófico que debe trazar (inmanencia)
  2. el o los personajes pro-filosóficos que debe inventar y hacer vivir (insistencia)
  3. los conceptos filosóficos que debe crear (consistencia)

Trazar, inventar, crear constituyen la trinidad filosófica. Rasgos diagramáticos, personalísticos e intensivos. Hay grupos de conceptos, según resuenen o tiendan puentes móviles, que cubren un mismo plano de inmanencia que los conecta unos a otros. Hay familias de planos, según que los movimientos infinitos del pensamiento se plieguen unos dentro de otros y compongan variaciones de curvatura, o por el contrario seleccionen  variedades que no se pueden componer. Hay tipos de personajes, según sus posibilidades de encuentro incluso hostil sobre un mismo plano o en un grupo.

Como ninguno es deducible de los otros dos, es necesaria una co-adaptación de los tres. Se llama gusto a esta facultad filosófica de co-adaptación y que regula la creación de conceptos. Si llamamos Razón al trazado del plano, Imaginación a la invención de los personajes y Entendimiento a la creación de conceptos, el gusto se presenta como la triple facultad del concepto todavía indeterminado, del personaje aún en el limbo, del plano todavía transparente. El gusto filosófico es el amor por el concepto bien hecho.

Las tres actividades son estrictamente simultáneas y las únicas relaciones que tienen son inconmensurables. La creación de los conceptos no tiene más límite que el plano que van a poblar, pero el propio plano es ilimitado, y su trazado sólo concuerda con los conceptos que se van a crear, a los que tendrá que enlazar o con los personajes que se van a inventar, a los que tendrá que sostener.

Las tres actividades que componen el construccionismo se relevan sin cesar, se solapan sin cesar, una precediendo a otra, ora a la inversa, una consistiendo en crear los conceptos como casos de solución, otra en trazar un plano y un movimiento sobre el plano como condiciones de un problema, y otra en inventar un personaje como incógnita del problema. El conjunto del problema (del que la propia solución también forma parte) consiste siempre en construir los otros dos cuando el tercero se está haciendo.

Y es por ello que la filosofía vive en una crisis permanente. El plano opera a sacudidas, y los conceptos proceden por ráfagas, y los personajes a tirones. Lo que resulta problemático por naturaleza es la relación de las tres instancias.

No se puede decir de antemano si un problema está bien planteado, si una solución es la que conviene, es la que viene al caso, si un personaje es viable. Y es que cada una de las actividades filosóficas sólo tiene criterio dentro de las otras dos, y es por este motivo por lo que la filosofía se desarrolla en la paradoja.

La filosofía no consiste en saber, y no es la verdad lo que la inspira, sino que son categorías como las de interesante, notable o importante lo que determina su éxito o su fracaso.

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