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Términos mentales como disposiciones de conducta

Continuando la entrada Conducta y Máquinas de Turing, nos encargamos ahora de desarrollar el concepto de conducta desde otro puntos de vista, sin perder de vista el enfoque funcionalista que es el hilo conductor común a ambasas.

La idea de que la Psicología se ocupa de lo que está por debajo de la descripción de la competencia tiene un importante precedente en la Filosofía, aparte de en el lenguaje común. Gilbert Ryle fue uno de los proponentes del análisis de los términos mentales como disposiciones de conducta. Además de esto, Ryle dijo que esos términos son los que se usan para explicar la conducta corriente, de modo que el Conductismo Lógico no es en realidad una teoría de la Psicología salvo si la queremos adaptar para hacer ese trabajo.

La teoría de Ryle estaba complementada por su afirmación de que solo buscamos las explicaciones del psicólogo cuando algo va mal con las explicaciones ordinarias de la conducta, o algo va mal en la conducta desde el punto de vista de las explicaciones que solemos dar de ella.

Si alguien se ríe en un funeral buscamos explicaciones psicológicas, si alguien se inflige dolor también, si alguien comete un error durante la producción de un discurso acaso también. Ryle aludía al psicoanálisis como teoría psicológica. En el psicoanálisis, como en la vida ordinaria, atribuimos intenciones y significados a agentes no personales. En un acto fallido lingüístico el significado es atribuido en los chistes y en los periódicos al sujeto que lo cometió. En el psicoanálisis se le atribuye la intención significativa a un agente subpersonal, tal como el ello.

En el psicoanálisis los agentes subpersonales que componen al sujeto son también personales bajo algún punto de vista, en las ideas de Ryle y de Chomsky no. Ryle dio un buen indicio de lo que habría pensado sobre el asunto cuando habló de los errores categoriales.

Quizá Ryle habría pensado que una persona es la colección de sus instancias subpersonales. Freud pensaba eso mismo. Chomsky decidió atribuir las diferencias entre la actuación y la competencia a que existe un módulo mental de los principios básicos de la competencia, que se supone situado en alguna región del cerebro, mientras que la actuación está producida por la intervención de ese módulo junto con otros procesos psicológicos. Aunque Chomsky puede estar en lo cierto, la teoría de la competencia de un lenguaje no es sino una descripción funcional que puede ser satisfecha por muy diferentes actuaciones pero con amplia concurrencia de desviaciones que se pueden considerar errores y tienen que ser explicados en términos subcompetenciales.

Homúnculos y Solipsismo Metodológico

En general la Psicología Cognitiva clásica ha seguido el camino de investigar las pautas en la ejecución de tareas para mejorar las descripciones de la operación de lo que llaman procesos, como la percepción, memoria, etc. Estas descripciones solían contener lo que llamaban “homúnculos”, que en este contexto aplica a una parte (o proceso) del cerebro cuyo cometido es ser «tú» .

La información puede estar contenida en muy diferentes soportes y ser procesada de muy diferentes maneras para obtener una misma salida del procesador. En la Psicología Cognitiva se ha dejado de lado la naturaleza del soporte y, en el caso de los homúnculos, en el mecanismo del procesamiento queda que información recibe el homúnculo y que información transmite.

El homúnculo era descrito, pues, de manera funcional en el sentido de que lo que especificaba de la naturaleza del homúnculo era su contribución a un proceso en el que estaba inserto y de que su papel podía ser llenado de diferentes maneras. La descripción de estos homúnculos es funcional y también es intencional. Se suele llamar intencionales no solo a las intenciones sino en general a los estados mentales que describimos como actitudes proposicionales, esto es, actitudes como la creencia, el deseo, la duda, etc., que para ser especificadas necesitan que se señale una proposición hacia la cual se tiene la actitud.

La Psicología de sentido común, mediante la cual nos explicamos las conductas ajenas, es típicamente intencional. El círculo vicioso de las atribuciones de estados mentales es más especialmente el círculo vicioso de la intencionalidad. Pero los psicólogos cognitivos se las han arreglado para introducir sus homúnculos, que saben cosas y transmiten información en sistemas que no son vacuamente instanciables.

Los filósofos de la mente han discutido sobre la naturaleza de los estados mentales que corresponden a las actitudes proposicionales y sobre el contenido de éstas. En la Psicología Cognitiva clásica, y también en la Inteligencia Artificial los procesos internos del organismo y los procesos del ordenador, claro está, se definían como computacionales, lo cual implica que son sintácticos.

Para esto hay muchas razones, las principales metodológicas: si representamos un proceso mental como una Máquina de Turing, entonces los estados de ese proceso son computacionales. Hay otra razón más que apoya esta concepción. Las atribuciones de actitudes proposicionales a las personas crean lo que se llama “contextos opacos” a la cuantificación y a la sustitución.

Es evidente que si decimos que Juan cree que Zapatero ganó las elecciones podemos interpretar esto de dos maneras: cree que un individuo llamado Zapatero ganó las elecciones o podemos sentirnos tentados de sustituir “Zapatero” por una descripción propia y decir que Juan cree que el presidente en ejercicio ganó las elecciones. Parece preferible que no nos permitamos la sustitución cuando de lo que se trata es de atribuir una creencia a Juan, porque Juan puede no saber que Zapatero era el presidente en ejercicio en el momento en que tuvieron lugar las elecciones.

La interpretación sintáctica de las actitudes proposicionales crea también contextos opacos. Si decimos que Juan cree “Zapatero ganó las elecciones”, dentro del entrecomillado no podemos sustituir nada. La oración, cuando es entrecomillada, es una simple cadena de signos. Tiene 24 caracteres y tres espacios. Un procesamiento computacional solo toma en cuenta estas características de la oración. Naturalmente cuando se hace esto se pierde la cuestión de la referencia de los nombres y predicados que hay en la oración. Esta pérdida de la referencia es el motivo de que a la metodología que en ciencias sociales adopta este punto de vista se la llame “Solipsismo Metodológico”. Solipsismo porque no se considera que haya un mundo al que refieran los objetos de las actitudes, ya que esos objetos son cadenas de signos dentro de las cuales no se permite la sustitución para obtener cadenas equivalentes.

En el Solipsismo Metodológico la Psicología solo se ocupa del procesamiento de información que hace la mente o el cerebro de puertas hacia adentro. El mundo exterior afecta a unos órganos aferentes que son transductores de las afecciones que la energía del mundo exterior producen en diferentes sistemas del organismo. En algún lugar del viaje que tienen las afecciones energéticas en el interior del organismo, las consideramos simplemente como información y las representamos como contenidos sintácticos. Aquí no hay ninguna cuestión ontológica implicada, ya que se supone que todo lo que ocurre en el cerebro son intercambios químicos, igual que en los órganos aferentes.

En el punto en que lograr descripciones de lo que pasa en el cerebro con vistas a explicar la conducta se vuelve demasiado difícil e ignoto, y resulta más fácil describirlo como procesamiento de información trazamos una frontera entre el asiento de la mente y el resto del sistema nervioso o del organismo. Que el asiento del procesador principal de información coincida con la parte más abultada del sistema, ha guiado las hipótesis más básicas sobre el lugar donde tienen lugar las operaciones mentales, pero en realidad qué consideramos procesador central y qué aferente o eferente depende no solo de razones anatómicas, sino de qué operaciones de las que son realizadas se describen mejor en términos intencionales que en términos energéticos o bioquímicos.

Putnam antes que Matrix

Sin embargo, tanto en la Filosofía de la Mente como en la Psicología hubo movimientos que insistieron en el carácter referencial de los estados mentales de actitud proposicional. En la Psicología se señaló que la variedad del mundo, y de lo que de ella saca partido el cerebro, es tal que lo que ocurre en un laboratorio, donde los patrones de los estímulos están muy limitados, no sirve para definir funcionalmente los estados psicológicos que explican la conducta. Este fue el motivo del desarrollo de la Psicología Ecológica. Además esta clase de Psicología podía tomar en cuenta con más naturalidad los aspectos adaptativos de los procesos mentales.

En la Filosofía de la Mente, Putnam argumentó que los estados mentales son referenciales, pero sus argumentos más famosos eran completamente a priori aunque sugerían la importancia de considerar la naturaleza del entorno en el cual el organismo vive y aprende el lenguaje. Todo el mundo sabe que los estados mentales de actitud proposicional son referenciales. La cuestión es cómo hay que especificar el contenido de esos estados para explicar la conducta.

Adelantándose a Matrix, pero no a Descartes, Putnam intentó mostrar que no es lo mismo ser una persona dotada de cerebro que vive en el mundo real que ser un cerebro que vive en una bañera y cuyos estados mentales le son producidos por un tinglado químico y electrónico. Desde luego que no lo es, pero el argumento de Putnam consistía en decir que la víctima en Matrix no puede tener estados mentales que refieran. Puesto que nuestros estados mentales refieren no somos cerebros en bañeras. El “hecho” clave del argumento de Putnam es que el sujeto que está en una bañera de esas no puede decir que está en una bañera y a la vez referir a ello. Puesto que referimos, no estamos engañados por la bañera o el demonio cartesiano o Matrix.

Un argumento más empírico y contingente en contra de la practicabilidad de los cerebros en bañeras se basa en la inverosimilitud de que una máquina pueda alimentar en un organismo la enorme cantidad de información que éste recibe del mundo exterior. Pero el alcance de este argumento es menor que el de Putnam, puesto que desde el punto de vista de cuál es la naturaleza de la información que el organismo recibe del mundo exterior no hay diferencia en cuáles son los géneros naturales a que refieren las actitudes proposicionales.

Estados: mentales, físicos, computacionales…

El mundo del organismo no es todo el mundo, sino el que el organismo puede apreciar. El contenido de los estados mentales puede ser expresado de muchas maneras. Parece que no hay un conjunto fijo de estados físicos en un cerebro que corresponda a cada actitud proposicional con su contenido, de manera que no sea quizá posible especificar semejante conjunto. Por lo tanto la teoría metafísica de la identidad de tipos, que dice que cada tipo de estado mental es idéntico a un tipo de estado físico, no es correcta.

Los estados físicos en ciertos entornos toman el papel de caracteres sintácticos, y los caracteres sintácticos en ciertos entornos tienen papel semántico. Esta es la estructura de las descripciones funcionales. Un trozo de plástico que recibe un baño metálico en ciertos entornos son CDs cuya lectura genera cadenas de símbolos, y esas cadenas de símbolos pueden disparar en un ordenador ciertos procesos, como la instalación. Un disco de plástico puede ser solo eso, o contener secuencias de caracteres o ser un disco de arranque.

Todas las descripciones son correctas, pero las dos segundas presuponen entornos específicos en los que el disco desempeña un papel. Los estados cerebrales se pueden describir también de esas tres maneras por lo menos. La Psicología se basa en la suposición de que no es necesario describir el cerebro en sus términos físicos para poder encontrar leyes que expliquen el comportamiento. En un nivel funcional de descripción hay autonomía nomológica.

La Psicología Cognitiva clásica suponía que ese nivel de descripción concibe los estados mentales como estados computacionales. Materialistas como Bunge y su grupo, han objetado a priori al funcionalismo y a las teorías computacionales de la mente que las operaciones del cerebro tienen que depender de las propiedades materiales del cerebro, y que no se puede hacer abstracción de ellas. Sin embargo no está nada claro cuáles son las propiedades materiales del cerebro, o simplemente qué son las propiedades materiales.

Una de las cosas que han enseñado los pensadores posmodernos, con más claridad quizás Quine, es que no hay una ontología privilegiada que sea la más básica a la que se tengan que reducir todas las demás ontologías.

Es posible que en la consumación de la Ciencia, la Física contenga las teorías más básicas a las que se reduzcan las demás ciencias. Jaegwon Kim ha dedicado muchos esfuerzos a analizar la afirmación de que las propiedades mentales sobrevienen sobre las propiedades físicas y decía que es mejor no hablar de propiedades, sino de predicados, y que la tesis de la superveniencia se expresa bien diciendo que las propiedades mentales son definidas funcionalmente en términos de las entradas y salidas de las cosas que poseen las propiedades y que son instanciadas por propiedades físicas, de manera que cada propiedad mental no consiste más que en alguna propiedad física, y que decir que x tiene la propiedad mental m equivale a la disyunción de las oraciones que atribuyen a x la propiedad p, o la propiedad q, o la propiedad r, etc., todas ellas propiedades físicas, alguna de los cuales tendría la cosa que tiene la propiedad mental.

Esto deja fuera de cuestión que las propiedades mentales sean nada distinto de las propiedades físicas. Y Kim cree que la idea de reducción entre niveles se ajusta a este género de noción de reducción o de superveniencia. De su análisis infiere que si las propiedades mentales se entienden como él sugiere, la reducción es posible en principio en el problema mente cuerpo.

Cuando se especifican propiedades funcionales mediante su papel causal, uno de los elementos básicos es el entorno en que tiene lugar la acción causal. Los estados de actitud proposicional se especifican diciendo lo que hace ese estado en un entorno dado. En la física en realidad también hay propiedades que se definen así. No existe una colección de propiedades físicas en que consista ser un reloj, aunque los relojes son artefactos físicos. Si queremos cuantificar sobre “x es un reloj” no podemos encontrar una oración equivalente que solo contenga predicados físicos, al menos por ahora. Como se halla que el discurso acerca de relojes es bastante legaliforme, lo que sí podemos decir es que cada cosa que es un reloj es una cosa que opera de cierta manera en ciertos entornos físicos, y podemos incluso describir el mecanismo y explicar por qué las lecturas que arroja coinciden con las que dan otros mecanismos diferentes que también son relojes.

En la física en realidad un reloj es cualquier cosa que mida el tiempo y sus medidas tengan ciertas propiedades matemáticas. Y también se considera que las teorías físicas son abstractos que pueden ser instanciados por diversos conjuntos de entidades.

El funcionalismo acerca de las propiedades mentales solo asegura que se puede hacer un discurso legaliforme cuando se intenta explicar la conducta recurriendo a propiedades definidas funcionalmente, pero aunque los mecanismos que instancian esas propiedades y los entornos a que hay que aludir para especificarlas sean físicos, eso no conlleva que coincidan esas propiedades con propiedades físicas.

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Introducción

La obra filosófica de Quine es heredera directa de la tradición analítica de Frege y Russell, se desenvuelve a partir de profundas investigaciones en la lógica. La lógica en la obra de Quine es:

  • Paradigma de teoría científica, núcleo regulador de nuestros sistemas de creencias
  • Instrumento metodológico fundamental en el tratamiento de los problemas filosóficos.

La concepción general de la obra de Quine se define mediante las siguientes características:

  • Monismo. Es la articulación mas elaborada de una ontología no cartesiana que concibe la realidad como un ámbito homogéneo, atacando las teorías que implicaban posturas dualistas o pluralistas. Adversario acérrimo del innatismo chomskyano.
  • Materialismo. La homogeneidad de la realidad es una homogeneidad de lo material, lo único que existe en la ontología que propone son los objetos físicos.Como consecuencia se adopta una postura naturalista en teoría del conocimiento. Sólo existe una clase de conocimiento de la realidad, el científico; el común o el filosófico son corolarios del primero.
  • Empirismo. Lo denomina empirismo relativo. Combina una concepción globalista u holista del conocimiento científico con una psicología conductista refinada, empirismo al que se han adscritos sus tesis sobre la adquisición del conocimiento, tanto las de pertenecientes a la teoría de la ciencia como a la teoría del aprendizaje. Cualquier creencia se encuentra sujeta a revisión, nada es inmune al cambio. Dentro de los problemas filosóficos tratados, tienen un lugar preeminente los lógicolingüísticos.

Expuso su tesis en dos ámbitos:

  • De la teoría del significado. Trató de demostrar que la noción de significado es confusa e innecesaria para la semántica. Con ello pretende invalidar las ontologías derivadas de esta forma de concebir la dimensión semiótica del lenguaje.
  • De la teoría de la referencia. Combina una teoría muy elaborada del aprendizaje lingüístico con una ontología materialista. La forma en la que concibe la relación del lenguaje con la realidad constituye el núcleo de las reflexiones lingüísticas de Quine, cree que dio una explicación de la naturaleza y el funcionamiento del lenguaje. En filosofía del lenguaje se opone tanto a posturas esencialistas o intensionalistas (Kripke, Putnam), o al mentalismo (Chomsky).

La crítica de la epistemología empirista clásica

Los dos artículos mas conocidos de Quine en su primera etapa filosófica son “On what there is” (Sobre lo que hay) y “Two dogmas of empiricism”, en ellos aborda problemas ontológicos y epistemológicos, pero con su característica metodología lógico-lingüística, que se basa en lo que Carnap denominaba ascenso semántico.

Consiste en tratar los problemas de la estructura o el conocimiento de la realidad examinando la estructura lógica y semántica de los enunciados en que hacemos afirmaciones sobre la realidad o en los que expresamos nuestro conocimiento de ella. “On what there is” pretende demostrar la falacia de los que defienden que existe todo aquello que nombramos, ellos mantienen que si no existiera aquello que nombramos no estaríamos hablando de nada, resultaría absurda cualquier afirmación.

Pero esta línea de argumentación se basa en la confusión entre nombrar y significar. Considerar que los significados son entidades o acontecimientos mentales es una solución psicologista que también rechaza. El problema se halla en que el lenguaje nos impulsa a deificar los significados, como si fueran objetos. Tendemos a considerar que una expresión es significativa si tiene un determinado objeto abstracto al que denominaremos significado, pero esto es una forma contundente de hablar, es una metáfora desafortunada porque puebla nuestra ontología de entidades abstractas de carácter innecesario.

Quine rechazará las nociones intensionales y las de significado; muestra que todas las afirmaciones que en semántica se hacen al respecto se pueden reinterpretar de modo que no nos veamos obligados a admitir tales entidades teóricas. Tratará de reconstruir el predicado semántico básico, tener significado, de modo que no postule los significados como entidades independientes. Su estrategia será similar a la del nominalista frente al problema de los universales: o no admiten que existen entidades que comparten los miembros de una clase o admiten que los miembros de esa clase se parecen en uno u otro sentido “Two dogmas of empiricism”. La analiticidad es una propiedad semántica derivada de la noción de significado y ésta última se verá afectada por el cuestionamiento crítico de la primera.

Quine examinó las creencias básicas de la epistemología positivista:

  • Las basadas en cierta distinción fundamental entre verdades que son analíticas basadas en significaciones y sintéticas basadas en hechos.
  • Todo enunciado que tenga sentido es equivalente a alguna construcción lógica basada en términos que refieren a la experiencia inmediata.

Entre las oraciones analíticas hay que distinguir dos clases: las oraciones lógicamente verdaderas y las oraciones propiamente analíticas. Se conectan con las anteriores a través de la sinonimia: se puede obtener una oración lógicamente verdadera sustituyendo un término de la oración propiamente analítica por otro sinónimo.

Pero esta caracterización de la analiticidad está sujeta a los problemas de la noción de sinonimia. La lógica nos proporciona una definición precisa de oración lógicamente verdadera y la noción de sinonimia está sujeta a los mismos problemas que la del significado. Una alternativa plausible sería que los enunciados lógicamente verdaderos se pueden transformar en analíticos acudiendo a las definiciones del diccionario o a postulados de significado.

Si tal proceder está justificado en lógica, no sucede lo mismo en semántica, ya que las definiciones no son estipulaciones, sino que constituyen afirmaciones sobre hechos y como tales se encuentran fundamentadas y sometidas a contrastación empírica. El problema es encontrar esas instancias justificadoras de la definición.

Se han barajado la identidad de contenido conceptual y la de identidad de uso. Quine, como rechaza la necesidad de las entidades teóricas denominadas “conceptos”, se inclina por la identidad de uso, siempre que se dote de significado preciso a la noción de uso lingüístico. Uno de los posibles modos de entender identidad de uso es la intercambiabilidad salva veritate, ya utilizada por Frege en sus argumentaciones semánticas. Así dos expresiones serían sinónimas si fueran intercambiables en todo contexto oracional salva veritate sin que se alterara el valor de verdad del enunciado, tratándose entonces de una sinonimia cognitiva.

Se produce entonces un razonamiento circular: por una parte se emplea la sinonimia para determinar la clase de los enunciados propiamente analíticos y por otra, se introduce subrepticiamente la noción de analiticidad en la definición de sinonimia. En consecuencia, las nociones de sinonimia y analiticidad están tan estrechamente unidas que es difícil dotarlas de un sentido preciso independiente. No se dispone más que de nociones intuitivas que no son suficientes para trazar una línea divisoria clara entre los enunciados analíticos y sintéticos. Pero la necesidad de establecer esa línea es un supuesto dogmático del empirismo lógico: la idea de que en el ámbito dogmático del conocimiento científico se puede establecer una clasificación de las ciencias en ciencias formales y empíricas, diferenciándose por estar sometidas a diversos procedimientos de contrastación.

  • En las ciencias formales no tendría un componente fáctico, sino puramente lingüístico, dependiendo de la verdad de los enunciados de las relaciones formales internas con otros elementos de la teoría.
  • En las ciencias empíricas, el sentido de los enunciados estaría determinado por la forma en que se confrontan con la realidad

En este ensayo Quine demuestra que la teoría del significado como procedimiento de verificación es radicalmente inadecuada incluso para los enunciados de las teorías científicas, y no puede constituir la base de una definición adecuada de sinonimia y analiticidad, por lo que no es posible trazar ninguna línea divisoria, la ciencia constituye un todo indivisible en el cual las afirmaciones no se ponen en relación con la experiencia de forma aislada y directa.

La fundamentación conductual de la semántica

La semántica tradicional en sentido amplio admite que existen ciertas entidades denominadas significados y diferentes autores adscriben diferente estatuto a estas entidades. En la filosofía contemporánea del lenguaje son dos las concepciones predominantes:

  • Entidades de carácter objetivo y abstracto, expresadas o aprehendidas por los hablantes cuando se comunican. Los conceptos y las proposiciones son entidades de este tipo que se han identificado con los significados de las expresiones lingüísticas
  • Entidades psicológicas, estados de la mente. Cada expresión lingüística está asociada a una entidad psicológica de esta clase y la comprensión consiste en que se puede atribuir al individuo la posesión de esa entidad: su situación en ese estado.

La crítica de Quine a los conceptos clásicos de sinonimia y analiticidad pone en cuestión estas fundamentaciones intensionalistas o psicológicas de la semántica. Según Quine, la apelación a entidades con difíciles criterios de identificación o irreductiblemente inaccesibles coloca a la semántica fuera del ámbito de la ciencia. La semántica ha de progresar sobre la base de entidades observables y públicas, es decir, sobre las conductas de los hablantes.

La comunicación lingüística productiva y receptiva, es ante todo una forma reglada de conducta. La construcción de la semántica requiere no la determinación de los significados, sino la especificación de las relaciones, en particular la de sinonimia, bajo criterios de comportamiento observable. La elaboración de la semántica tiene que estar dotada de una perspectiva genética: proponer una teoría semántica equivale a plantear una explicación de cómo se aprende a usar el lenguaje y relacionarlo con el mundo.

En este sentido, Quine va paralelo a Chomsky: la adecuación descriptiva de las teorías semánticas ha de ser completada en su dimensión explicativa con un modelo de aprendizaje lingüístico. Pero en Quine tal modelo no se propone hipotetizando mecanismos innatos, sino tratando de establecer un puente entre los estímulos y la conducta observable de un niño que aprende a utilizar su lengua. En su teoría juega un papel central el concepto de estimulación y de significado estimulativo.

El mecanismo básico de cualquier tipo de aprendizaje es el refuerzo, positivo o negativo. Reforzado positivamente todo uso que tiende a la intersubjetividad y castigado todo lo que propende a la privacidad. El uso principal del lenguaje es la comunicación, y ésta no sería posible sin la regularidad y la homogeneidad en la aplicación de los términos, las utilizaciones privadas de las expresiones se extinguen rápidamente. Ese proceso de reforzamiento continuo se encuentra en la base del proceso de socialización lingüística.

Con respecto a los inicios del aprendizaje, no se aprenden palabras aisladas, sino que o bien se aprenden en el contexto de una oración o equivalen por sí solas a una oración. La mayor parte de las expresiones se aprenden por abstracción porque no pueden ponerse en correspondencia directa con estímulos del entorno. Esto sucede en el aprendizaje de términos sincategoremáticos (que ejercen en la frase oficios determinativos, modificadores o de relación), pero también sustantivos o predicados que designan realidades o relaciones abstractas.

Para explicar adecuadamente el aprendizaje en términos observables es preciso diferenciar entre los diversos tipos de expresiones que se aprenden y los diferentes modos en que se efectúa la asimilación de su uso. El proceso de aprendizaje puede incluir la generalización analógica o la inducción, pero el núcleo básico está ligado a algo que es exterior al lenguaje mismo, los estímulos procedentes del entorno. El inicio del aprendizaje se produce cuando el niño, mediante condicionamiento directo, aprende a asociar ciertas expresiones con ciertos estímulos.

El modo en que aprende a utilizar estas palabras no es sencillo: En primer lugar ha de aprender su significado estimulativo (conjunto de estimulaciones que inducirán al asentimiento o la discrepancia a un término por parte de un hablante en un momento de tiempo) a través del condicionamiento. El niño aprende mediante refuerzo positivo y negativo ese significado, las estimulaciones apropiadas activan las disposiciones a comportarse de una u otra forma. Si el niño no tuviera la capacidad de comparar, difícilmente podría averiguar el significado estimulativo de un término.

Para que pueda realizar tal comparación, es necesario la existencia de un marco donde ésta se realice, el espacio cualitativo lingüístico, único componente de carácter innato que Quine admite, su función es determinar la base de semejanza entre diferentes estimulaciones. La base de semejanza es lo que comparten los miembros del conjunto significado estimulativo de una expresión, pero no determina una propiedad necesaria y suficiente para la pertenencia a ese conjunto.

En última instancia siempre existe un residuo de indeterminación, pero el niño aprende a reducirlo a límites socialmente aceptables para que nunca imposibilite la comunicación. Las primeras palabras que se aprenden son equivalente a enunciados observacionales y a sentencias ocasionales, que son opuestas a las fijas y son las que provocan una reacción de asentimiento o discrepancia en presencia de la estimulación y de forma variable. La distinción es de grado.

En el primer período de su aprendizaje lingüístico, el niño asocia las palabras con sensaciones o estímulos, pero sin diferencias categorías ontológicas en su entorno. El niño no distingue entre un objeto, propiedad o relación, o entre término singular y general. La noción de objeto tiene que construir con ayuda del lenguaje, tiene que aprender qué términos son de referencia dividida y de referencia continua o de masa. En la percepción de ciertos estímulos como correspondientes a objetos parece haber una base innata o genética que ha de plasmarse en el aparato referencial de la lengua, que consiste esencialmente en el conjunto de recursos gramaticales que tiene la lengua para trocear la realidad de modo consistente con nuestras predisposiciones innatas a percibir objetos y demás.

Su aprendizaje consiste en el aprendizaje del manejo de la individuación, hay que distinguir los términos generales de los singulares. Pero la distinción no es algo que imponga la naturaleza de nuestra percepción de la realidad, sino la forma lingüística con la que asociamos tal experiencia. Por lo tanto general y singular no son propiedades ontológicas de lo referido por las respectivas expresiones, sino que constituyen características funcionales de estas expresiones.

Inescrutabilidad de la referencia e indeterminación de la traducción

La semántica tradicional tiene desde el punto de vista científico un inconveniente fundamental: explica hechos observables, mediante mecanismos inobservables postulados para esa explicación y cuya existencia no está comprobada independientemente. Por eso Quine cree que la semántica ha de alcanzar el estatuto de la cientificidad mediante un uso exclusivo de explicaciones pública e intersubjetivamente contrastadas.

Las explicaciones lingüísticas consistirán en las regularidades conductuales observadas y debidas a una predisposición innata para procesar los datos del entorno y a mecanismos básicos del aprendizaje como el condicionamiento operante y los procesos de generalización inductiva. Quine propone un problema que entraña la teoría del aprendizaje lingüístico: la correspondencia entre la conducta lingüística y sus fuentes causales, los estímulos del entorno son recibidos y procesados por un individuo que pertenece a una sociedad y una cultura que desempeña un papel fundamental.

La teoría implica una cierta indeterminación en la correspondencia entre usos lingüísticos y estímulos y supone cierta dificultad en explicar la homogeneidad de dichos usos acudiendo únicamente a regularidades en la naturaleza y procesamiento de los estímulos que se encuentran en su origen causal. El cambio de perspectiva en el tratamiento de la dimensión semántica del lenguaje es total. Las nociones típicamente semánticas como la analiticidad o la sinonimia ya no se pueden tratar en términos de propiedades o relaciones de objetos.

Tener significado no consiste en poseer asociado un concepto o una idea, sino en estar en correspondencia con cierta clase de estímulos. Ser sinónimos ya no consiste en compartir el mismo objeto, sino en constituir respuestas verbales adecuadas a una misma clase de estímulos.

Para poner de relieve esta relatividad Quine considera el caso de la traducción, que se basa en la relación de sinonimia. Desde el punto de vista conductista, la traducción ha de preservar la correspondencia entre estímulos y respuestas verbales. El problema que plantea Quine pasa inadvertido entre culturas lo suficientemente parecidas.

Las regularidades en el uso intralingüístico se pueden explicar en última instancia por la uniformidad en los procesos de condicionamiento verbal. Pero en dos culturas muy alejadas, para reducir la indeterminación, el lingüista acudirá a criterios conductuales. La fundamentación científica de la semántica se basa en la presunción de que, durante el aprendizaje lingüístico podemos establecer las conexiones adecuadas entre palabras y elementos del entorno, pero ¿cómo los aislamos?, mediante el dominio progresivo de nuestro aparato referencial, de los medios expresivos que nuestra lengua posee para hablar de los objetos y distinguirlos entre sí.

La inescrutabilidad de la referencia consiste en la imposibilidad de llegar a conclusiones absolutamente seguras cuando se traducen términos de lenguas cuyo aparato de individuación puede ser muy diferente del propio. Estrechamente ligada a la indeterminación en la traducción, lo que pone de relieve que la identidad es relativa a un sistema de coordenadas: el aparato lingüístico de individuación. Este es uno de los sentidos de la relatividad ontológica que Quine mantiene: qué sean los objetos depende radicalmente de los recursos expresivos que nuestra lengua posea para discriminar objetos.

¿Qué es esto de la naturalización de la epistemología?

Según vimos en la entrada anterior, la crítica a la distinción de contextos, puede llevarse por varios caminos. Y uno de ellos, resulta ser el de la naturalización de la epistemología.

¿Que significa naturalización de la epistemología? Si estás siguiendo estas serie de entradas relacionadas con la Filosofía de la Ciencia, sabes de sobra lo que es la epistemología. Pero nunca está de más recordar el significado de estos palabros tan raros. Epistemología sería, resumiendo, la doctrina de los fundamentos y métodos del conocimiento en general, y del conocimiento científico en particular. Naturalizar la epistemología significa que esta doctrina asuma su condición de empírica, significa que se asuma un diálogo entre la teoría del conocimiento y las ciencias de la cognición. Veamos unas cuantas tesis que podrían suponerse asociadas al proceso de naturalización de la epistemología que tratamos de aclarar.

La primera de estas tesis es el supuesto ontológico de que los humanos se sitúan en un continuo con el resto de las criaturas vivas existentes. Esto quiere decir que todo lo existente es material, y lo humano es la materia compleja organizada de cierta manera. Sí, es cierto, la evolución ha dotado a los humanos de mayor capacidad de adaptación, pero la materia de lo que estamos hechos nos identifica con el resto de lo que existe. Nuestra complejidad u organización nos distingue. Esto significa ser materialista y comprometido con el naturalismo.

La tesis de la continuidad ontológica nos compromete con la continuidad metodológica, es decir, con la idea de que cualquier estudio sobre lo humano usará el método científico o tomará los resultados de la ciencia. Específicamente, la epistemología sólo puede usar los resultados de la ciencia o convertirse ella misma en una ciencia. Si esta segunda opción es la que se da, la epistemología se sustituiría por alguna ciencia como la psicología. Esta es la conocida tesis del reemplazo, planteada por Quine en algunas de sus obras y que veremos con un poquito más de detalle en breves párrafos.

Lo que da seguridad a nuestro conocimiento es la fiabilidad del método, y esta fiabilidad no se fundamenta en conocimiento empírico alguno, sino en la reflexión a priori. Por tanto, el epistemólogo que estudia el conocimiento, utilizando los desarrollos de la ciencia, utiliza la metodología científica, que es parte de la propia ciencia, para estudiar la ciencia misma. Parece un galimatías.

Si hablamos de epistemología naturalizada, significa que se ha de abandonar o, al menos, reformular la justificación de las creencias. La tarea esencial de la epistemología tradicional no es descriptiva, sino normativa, no describe ni explica las creencias, sino que trata de justificarlas. Para huir del escepticismo hemos de buscar un método o criterio que sirva para juzgar la verdad o la falsedad de nuestro conocimiento.

Muchos dirán que si renunciamos a esta búsqueda, ya no hablamos de epistemología, simplemente cambiamos de tema. Pero si estás en una posición naturalizada, o bien la tarea normativa debería quedar fuera de la epistemología, siendo la tarea epistemológica la descripción del conocimiento, o bien las consideraciones normativas se derivan de alguna manera de las descriptivas. Es decir, ya no hacemos leyes, si acaso, nos las encontramos por el camino…

¿Quién tuvo la culpa de este embrollo?

Como ya hemos dejado entrever, Quine es el cabecilla de esta nueva tradición analítica, promovida en cierta medida por el fracaso del programa reduccionista, el cual pretendía establecer un conocimiento fiable a partir de enunciados observacionales, es decir, reducir teorías a enunciados observacionales y su reconstrucción lógica. Este programa fracasó por la excesiva carga teórica de dichos enunciados, ya que mostraban una clara dependencia verificacionista del conjunto de enunciados de la teoría. Además, con la inducción no podemos encontrar certeza

Para Quine, el relevo evidente del programa epistemológico tradicional sería la psicología, lo que hemos comentado antes como la tesis del reemplazo y lo expone con el siguiente razonamiento:

  •  Una afirmación sobre el mundo no siempre tiene un fundamento separable propio de consecuencias empíricas.
  • Por tanto no se puede esperar una reducción por traducción de enunciados a enunciados en forma lógico-matemática-observacional.
  • Esta imposibilidad disipa la ventaja que una reconstrucción racional tiene sobre la psicología.
  • Para llegar a la misma construcción final mejor la psicología que un constructo artificial.

De esta forma, la epistemología pasa a estudiar un fenómeno natural: el sujeto humano físico, y se propone brindar una explicación acerca del conocimiento que éste posee.

Pero el ser humano elabora una descripción del mundo a partir de datos sensoriales. Para la mayoría de los filósofos esa base sensorial es insuficiente para conocer la realidad. Otros, sin embargo, otorgan a la Ciencia Natural carácter de verdad, y otros filósofos como Quine, establecen una relación entre Ciencia y Filosofía en la que ambas forman un continuo, ambas son tripulantes de un mismo barco y las dos contribuyen en mantenerlo a flote.

La epistemología antigua aspiraba a construir la ciencia natural sobre la sobre la base de los sentidos. La ciencia natural estaba contenida en la epistemología tradicional. La nueva epistemología propuesta por Quine está contenida en la ciencia natural.

 ¿Cómo lo hacemos?… ¿O mejor no lo hacemos?

Existen diversos programas para el estudio empírico del conocimiento, que se ubican en campos como la ciencia cognitiva, neurofisiología, epistemología evolutiva, epistemología genética o sociología del conocimiento. Todos ellos tienen su proyección sobre el conocimiento específicamente científico.

Lo primero que habría que garantizar es que efectivamente se pueda estudiar el conocimiento, y, en especial, el científico, en todos sus aspectos, y que no se imponga la reducción a uno de ellos, ya sea en el polo biológico o en el sociológico. Por esta razón, parecen más prometedores los programas naturalizadores moderados, es decir, aquellos que estiman la pertenencia de cierto enfoque sin postular su exclusividad.

Se le critica al programa naturalizador que presenta una incómoda y evidente circularidad. En la medida en que señala la ausencia de fundamento racional del conocimiento científico, su indiferencia respecto de la verdad o falsedad, su sujeción a las leyes naturales, está poniéndose a sí mismo en idénticas críticas, pues la epistemología es parte del conocimiento, es conocimiento sobre el conocimiento. Podríamos preguntarnos, pues, por qué habríamos de dar más crédito a una teoría del conocimiento (naturalista o no) que a otra.

Una objeción especialmente interesante, pues no sólo socava los programas naturalizadores fuertes, es la que se funda en lo que podría llamarse simetría de la subdeterminación. Para comprender el desarrollo del conocimiento las razones son tan importantes como las causas y hace falta emprender análisis filosóficos combinados. Lo que sí es tarea de las ciencias empíricas del conocimiento es determinar cómo las razones ejercen su indudable fuerza causal a través de agentes individuales o institucionales, y cualquier avance en este sentido será de gran interés para la filosofía de la ciencia, pues puede facilitar una deseable mejora causal de las razones.

Parece claro que el desarrollo del conocimiento humano está sometido a evaluación y cambio, posiblemente a mejora en cuanto a la verdad empírica, la coherencia lógica o la utilidad práctica; y es deseable que sea así.

Esta presunta mejora se consigue, eso sí, como recuerda Bacon, obedeciendo a la naturaleza. La posibilidad de cambio, de actuación, exige la evaluación, y la evaluación crítica es una función típicamente (aunque no exclusivamente) filosófica.

Una absoluta naturalización, además de un error empírico y un círculo lógico, es una mala política que justifica el inmovilismo o la cesión de la iniciativa humana a la dinámica de algo así como el espíritu hegeliano…Lo mismo no es tan oportuno naturalizar la epistemología…