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Diferencias entre conceptos y funciones

El objeto de la ciencia no son conceptos, sino funciones que se presentan como proposiciones dentro de unos sistemas discursivos. Los elementos de estas proposiciones se llaman functores.

Una noción científica se determina por funciones, y estás son las que permiten que las ciencias puedan reflexionar y comunicar. La ciencia no necesita para nada a la filosofía para llevar a cabo esta tarea.

Existen por lo tanto tres diferencias de naturaleza entre conceptos y funciones.

Primera diferencia: La actitud frente al caos

El caos se define menos por su desorden que por la velocidad infinita a la que se esfuma cualquier forma que se esboce en su interior. Es un vacío que no es una nada, sino un virtual, que contiene todas las partículas posibles y que extrae todas las formas posibles que surgen para desvanecerse en el acto, sin consistencia ni referencia, sin consecuencia.

La filosofía plantea cómo conservar las velocidades infinitas sin dejar de ir adquiriendo mayor consistencia, otorgando una consistencia propia a lo virtual. El cedazo filosófico es un plano de inmanencia que solapa el caos, selecciona movimientos infinitos del pensamiento, y se surte de conceptos formados así como de partículas consistentes que van tan deprisa como el pensamiento.

La ciencia aborda el caos de una manera totalmente distinta, casi inversa: renuncia a lo infinito para adquirir una referencia capaz de actualizar lo virtual. Conservando lo infinito, la filosofía confiere una consistencia a lo virtual por conceptos; renunciando a lo infinito, la ciencia confiere a lo virtual una referencia que lo actualiza por funciones. La filosofía procede con un plano de inmanenecia o de consistencia; la ciencia con un plano de referencia. La ciencia es como una detención de la imagen. Se trata de una desaceleración fantástica, y la materia se actualiza por desaceleración, pero también el pensamiento científico capaz de penetrarla mediante proposiciones.

La primera diferencia entre la filosofía y la ciencia reside por tanto en el presupuesto respectivo del concepto y la función: un plano de inmanencia o de consistencia en el primer caso, un plano de referencia en el segundo. El plano de referencia es uno y múltiple a la vez, pero de otro modo que el plano de inmanencia.

El límite  y el infinito

Resulta difícil comprender como el límite se imbrica inmediatamente en lo infinito y en lo ilimitado. No es la cosa limitada lo que impone un límite a lo infinito, sino que es el límite lo que hace posible algo limitado.
En la Grecia antigua Platón, Pitágoras y Anaximandro así lo creían. Se planteaban la existencia del infinito y las contradicciones generadas a partir de la aceptación de su existencia. Aristóteles rechazó la idea del infinito dada las contradicciones que generaba. Sin embargo, lo concibió de dos formas diferentes, que siguen siendo las dos nociones que tenemos actualmente de este concepto: el infinito potencial y el infinito actual.
  • La noción de infinito potencial se centra en la operación reiterativa e ilimitada, es decir, en la recursividad interminable, por muy grande que sea un número natural, siempre podemos concebir uno mayor, y uno mayor que este y así sucesivamente donde esta última expresión “así sucesivamente” encierra la misma idea de reiteración ilimitada, al infinito.
  • Por otra parte, el infinito actual se refiere a un infinito existente como un todo o unidad y no como un proceso. Kant aceptaba la posición de Aristoteles y rechazaba el infinito actual por ser imposible de ser alcanzado por la experiencia.
Georg Cantor dedicó gran parte de su vida al estudio del infinito, los distintos infinitos y el llamado continuo, y en el siglo XIX desarrolló la teoría de conjuntos intimamente relacionada con la teoría de números transfinitos. Para esto definió el concepto de “cardinalidad” o “potencia” de un conjunto. Dos conjuntos se dicen que tienen el mismo número de elementos, que tienen la misma cardinalidad o son equipotentes, si existe una función definida entre ellos de forma que a cada elemento de uno sólo le corresponde otro elemento del otro conjunto, y viceversa.

A partir de esta definición se puede establecer la idea de conjunto infinito. Se dice que un conjunto es infinito si existe un subconjunto con la misma cardinalidad o que es equipotente con él. Esta definición plantea una contradicción con la intuición, pues todo subconjunto como parte del conjunto total parece que deba tener menos elementos. Eso es así, efectivamente, en los conjuntos finitos, pero no en los infinitos como podemos observar con un ejemplo sencillo dentro del conjunto de los números naturales.

Cantor se dio cuenta de que existen diferentes grados de infinitud comparando los infinitos de los números naturales N {1,2,3,…n}, racionales Q (fracciones) y reales R(racionales + irracionales). Al cardinal infinito del conjunto de los números naturales le asignó el número llamado Aleph-0 y vio que era del mismo orden que el correspondiente a los números racionales, aunque estos son mucho más densos en la recta. Pero en el caso de los números reales su cardinal transfinito es de mayor orden pues su conjunto no es numerable (no se pueden poner en correspondencia, uno a uno, con los números naturales). A este cardinal le asignó el nombre de Aleph-1 y se supone que R es capaz de llenar la recta por completo, si se admite la hipótesis del continuo (a diferencia de lo que ocurre con los números racionales, los enteros o los naturales).

Todo límite es ilusorio y toda determinación es negación, si la determinación no está en relación inmediata con lo indeterminado. La teoría de la ciencia y de las funciones depende de ello.

Lo que hace la teoría de los conjuntos es inscribir el límite en el propio infinito, sin lo que jamás existiría el límite: en el interior de su rigurosa jerarquización, instaura una desaceleración, o más bien como dice el propio Cantor, un principio de detención según el cual sólo se crea un número entero nuevo cuando la compilación de todos los números anteriores tiene la potencia de una clase de números definida, ya determinada en toda su extensión. Sin este principio de detención o de desaceleración, existiría un conjunto de todos los conjuntos, que Cantor ya rechazaba, y que sólo podría ser el caos, como lo demuestra Russell. La teoría de los conjuntos es la constitución de un plano de referencia que no sólo comporta una endorreferencia (determinación intrínseca de un conjunto infinito), sino también ya una exorreferencia (determinación extrínseca).

A pesar del esfuerzo explícito de Cantor para unir el concepto filosófico y la función científica, la diferencia característica subsiste, ya que el primero se desarrolla en un plano de inmanencia o de consistencia sin referencia, mientras la segunda lo hace en un plano de referencia desprovisto de consistencia (Gödel).

Ciencia vs. Filosofía o Ciencia vs. Religión

Como a la filosofía, a la ciencia tampoco le basta con una sucesión temporal lineal. Pero, en vez de un tiempo estratigráfico que expresa el antes y el despues en un orden de las superposiciones, la ciencia desarrolla un tiempo propiamente serial, ramificado, en el que el antes (lo que precede) designa siempre bifurcaciones y rupturas futuras, y el después, reencadenamientos retroactivos, lo que le confiere al progreso científico un aspecto completamente distinto.

Lo que plantea un problema es menos la relación de la ciencia con la filosofía que el vínculo mucho más pasional de la ciencia con la religión, como se manifiesta en todos los intentos de uniformización y de universalización científicos que tratan de encontrar una ley única, una fuerza única, una interacción única. Lo que hace que la ciencia y la religión se aproximen es que los functores no son conceptos, sino figuras, que se definen mucho más por una tensión espiritual que por una intuición espacial.

Los functores poseen en sí algo figural que forma una ideografía propia de la ciencia, y que hace que ya la visión se convierta en una lectura. Pero lo que incesantemente reafirma la oposición de la ciencia a toda religión, y al mismo tiempo hace felizmente imposible la unificación de la ciencia, es la sustitución de la referencia a cualquier trascendencia, es la correspondencia funcional del paradigma con un sistema de referencia que imposiblilita cualquier utilización infinita religiosa de la figura determinando un modo exclusivamente científico según el cual ésta debe ser construida, vista y leída por functores.

Segunda diferencia: variables independientes y variaciones inseparables

La segunda diferencia atañe más directamente al concepto y a la función: la inseparabilidad de las variaciones es lo propio del concepto incondicionado, mientras que la independencia de las variables, en unas relaciones condicionables, pertenece a la función.

En un caso, tenemos un conjunto de variaciones inseparables bajo una razón contingente que constituye el concepto de las variaciones; en el otro caso, un conjunto de variables independientes bajo una razón necesaria que constituye la función de las variables.

Diríase que la ciencia y la filosofía siguen dos sendas opuestas, porque los conceptos filosóficos tienen como consistencia acontecimientos, mientras que las funciones científicas tienen como referencia unos estados de cosas o mezclas: la filosofía, mediante conceptos, no cesa de extraer del estado de cosas un acontecimiento consistente, una sonrisa sin gato, mientras que la ciencia no cesa mediante funciones, de actualizar el acontecimiento en un estado de cosas, una cosa o un cuerpo referibles.

Así pues, el concepto filosófico y la función científica se distinguen de acuerdo con dos caracteres vinculados: variaciones inseparables, variables independientes, acontecimientos en un plano de inmanencia, estados de cosas en un sistema de referencia.

Los conceptos y las funciones se presentan como dos tipos de multiplicidades o variedades que difieren por su naturaleza. Y, a pesar de que los tipos de multiplicidades científicas poseen por sí mismos una gran diversidad, dejan fuera de sí las multiplicidades propiamente filosóficas, para las que Bergson reclamaba un estatuto particular definido por la duración, multiplicidad de fusión que expresaba la inseparabilidad de las variaciones, por oposición a las multiplicidades de espacio, número y tiempo, que ordenaban mezclas y remitían a la variable o a las variables independientes.

Tercera diferencia: observadores parciales y personajes conceptuales

La tercera gran diferencia atañe al modo de enunciación. No cabe duda de que hay tanta experimentación como experiencia de pensamiento en la filosofía como en la ciencia, y en ambos casos la experiencia puede ser perturbadora, ya que está muy cerca del caos. Pero también hay tanta creación en la ciencia como en la filosofía o como en las artes. Ninguna creación existe sin experiencia. Sean cuales sean las diferencias entre el lenguaje científico, el lenguaje filosófico y sus relaciones con las lenguas llamadas naturales, los functores no preexisten hechos y acabados, como tampoco los conceptos.

Que la ciencia sea discursiva no significa en modo alguno que sea deductiva. Al contrario, en sus bifurcaciones, se ve sometida a otras tantas catástrofes, rupturas y reencadenamientos que llevan nombre y apellido.

Otro aspecto de la enunciación que ya no se refiere al nombre propio de un sabio o de un filósofo, sino a sus intercesores ideales dentro de los ámbitos considerados: ya hemos contemplado anteriormente el papel filosófico de los personajes conceptuales en relación con los conceptos fragmentarios en un plano de inmanencia, pero ahora la ciencia hace que aparezcan unos observadores parciales en relación con las funciones en los sistemas de rerencia.

El que no haya ningún observador total, como lo sería el demonio de Laplace, capaz de calcular el futuro y el pasado a partir de un estado de cosas determinado, significa únicamente que Dios tampoco es un observador científico de la misma forma que no era un personaje filosófico.

Pero el nombre de demonio sigue siendo excelente tanto en filosofía como en ciancia para indicar no algo que superaría nuestras posibilidades, sino un género común de esos intercesores necesarios como sujetos de enunciación respectivos: el amigo filosófico, el pretendiente, el idiota, el superhombre…son demonios, de igual modo que el demonio de Maxwell, el observador de Einstein o de Heisenberg. La cuestión no es saber lo que pueden o no pueden hacer, sino hasta qué punto son perfectamente positivos, desde el punto de vista del concepto o de la función, incluso en lo que no saben o no pueden.

Para comprender qué son los observadores parciales que van formando núcleos en todas las ciencias y todos los sistemas de referencia, hay que evitar atribuirles el papel de un límite del conocimiento, o de una subjetividad de la enunciación.

El perspectivismo o relativismo científico nunca se refiere a un sujeto: no constituye una relatividad de lo verdadero, sino por el contrario, una verdad de lo relativo, es decir de las variables cuyos casos ordena conforme a los valores que extrae dentro de su sistema de coordenadas. Indudablemente, un observador bien definido extrae todo lo que puede extraer dentro del sistema correspondiente. El papel del observador parcial consiste en percibir y experimentar, aunque estas percepciones y afecciones no sean las de un hombre en el sentido que se suele admitir, sino que pertenezcan a las cosas objeto de su estudio.

Estos observadores parciales están en las cercanías de las singularidades de una curva, de un sistema físico, de un organismo vivo…Los observadores parciales constituyen fuerzas, pero la fuerza no es lo que actúa, es, como ya sabían Leibniz y Nietzsche, lo que percibe y experimenta.

Los observadores parciales ideales son las percepciones o afecciones sensibles de los propios functores. Hasta las figuras geométricas poseen afecciones y percepciones sin las cuales los problemas más sencillos permanecerían ininteligibles.

El observador no subjetivo es precisamente lo sensible que califica un estado de cosas, una cosa o un cuerpo científicamente determinados.

Los personajes conceptuales son las percepciones y afeccciones de los propios conceptos fragmentarios: a través de ellos los conceptos no sólo son pensados, sino percibidos y sentidos. Uno no puede sin embargo limitarse a decir que se distinguen de los observadores científicos igual que los conceptos se distinguen de los functores, puesto que en este caso no aportarían ninguna determinación suplementaria: los dos agentes de enunciación no sólo deben distinguirse por lo percibido, sino por el modo de percepción.

Los personajes conceptuales están siempre y ahora ya en el horizonte y operan sobre un fondo de velocidad infinita y las diferencias anergéticas entre lo rápido y lo lento sólo proceden de las superficies que sobrevuelan o de los componentes a través de los cuales pasan en un único instante; de este modo, la percepción no transmite aquí ninguna información, sino que circunscribe un afecto.

Los observadores científicos, por el contrario,, constituyen puntos de vista dentro de las propias cosas, que suponen un contraste de horizontes y una sucesión de encuadres sobre un fondo de desaceleraciones y aceleraciones: los afectos se convierten aquí en relaciones energéticas, y la propia percepción en una cantidad de información.

Que existen percepciones y afecciones propiamente filosóficas y propiamente científicas, indica el fundamento de una relación entre la ciencia y la filosofía por una parte, y el arte por la otra, de tal modo que se puede decir de una función que es hermosa, y de un concepto que es bello. Las percepciones y afecciones especiales de la filosofía o de la ciencia se pegarán necesariamente a los perceptos y afectos del arte, tanto las de la ciencia como las de la filosofía.

Teoría del lenguaje y atomismo lógico

Cuando se considera la filosofía del lenguaje de B. Russell lo primero que hay que tener en cuenta es que sus opiniones lingüísticas están absolutamente entrelazadas con otras tesis epistemológicas y ontológicas que forman en conjunto su sistema filosófico.

Según Bertrand Russell, los análisis lingüísticos son inútiles cuando no estan dirigidos propiamente a la solución teórica de problemas lógicos o filosóficos de carácter sustantivo. Compartió con Wittgenstein que el análisis de la estructura del lenguaje constituye una vía válida para la comprensión de la realidad. Y era esa la razón de que en muchas ocasiones los problemas lógico-semánticos se hallaran expuestos y resueltos en contextos epistemológicos u ontológicos. En particular, la concepción medular de la filosofía de Bertrand Russell en su periodo maduro, la del atomismo lógico, impregna las tres disciplinas, semántica lógica, teoría del conocimiento y ontología.

Por lo que concierne a la teoría del lenguaje, Russell mantuvo dos tesis generales referentes a la relación del lenguaje con la realidad y al aprendizaje de éste. Estas tesis son, respectivamente:

  • el realismo semántico, que consiste en la identificación de la teoría del significado con la teoría de la referencia, identificación que implica que el significado de una expresión es la entidad a la cuál sustituye.
  • el principio de aprendizaje por familiarización, postula que el significado de una expresión es la entidad a la cual sustituye, que el significado de una expresión se aprende cuando se conoce a la entidad a la que ésta sustituye.

La teoría semántica depende de las teorías ontológicas y epistemológicas en el sentido de que según sea la estructura de la realidad y nuestro conocimiento de ella, así será la estructura lógica del lenguaje y su significado.

El atomismo de Russell postulaba que la realidad es descomponible en elementos últimos, que no tienen carácter físico sino lógico, son entidades inalcanzables por el pensamiento y constituyen los significados genuinos de las expresiones denominadas puras.

El resto de los significados serán compuestos a partir de ellas, en un lenguaje ideal. Se ha discutido si Russell propuso su teoría como un conjunto de afirmaciones aplicables a cualquier lengua o solamente ciertas tesis sobre una particular idealización. Los estudiosos de Russell se han inclinado por esta última opción.

No es que haya un lenguaje lógicamente perfecto, o que nosotros nos creamos aquí y ahora capaces de construir un lenguaje lógicamente perfecto, sino que toda la función del lenguaje consiste en tener significado y sólo cumple esa función satisfactoriamente en la medida en que se aproxima al lenguaje ideal que nosotros postulamos.” (Introducción al Tractatus de Wittgenstein)

La noción de forma lógica

El interés de Russell por el análisis lingüístico tenía dos aspectos.

  • Por un lado, tiene una motivación lógico-matemática, pues ese análisis podría según él, contribuir a resolver problemas de fundamentación de las ciencias formales.
  • Por otro, una motivación filosófica puesto que según Russell, edificios enteros (como la ontología de Leibniz) están basados en un análisis lógico gramatical deficiente.

El análisis correcto de la estructura lógica del lenguaje tendrá pues un doble efecto: aclarará los fundamentos lógicos de la matemática y conducirá a una teoría ontológica adecuada.

Del mismo modo que Frege, Russell consideró que el lenguaje ordinario es un lenguaje imperfecto, no sólo porque es inútil para la expresión precisa del pensamiento, sino también porque es engañoso. Las deficiencias del lenguaje común se distribuyen en dos niveles, el sintáctico y el léxico.

  • Respecto a las deficiencias léxicas, el lenguaje común es 
    • ambigüo, por ejemplo existen diversas opciones del verbo ser
    • vago , ya que contiene predicados de alcance indeterminado
    • contundente, porque hace aparecer como significativas oraciones, que analizadas lógicamente no lo son en absoluto.
  • Pero sus deficiencias sintácticas son mucho más perniciosas que las léxicas, son las que conducen a errores filosóficos graves, sustentando sistemas equivocados como el monismo, o induciéndonos a errores categoriales, como el considerar a los cuantificadores como parte del sujeto enunciado.

La principal tarea de la filosofía es el análisis del lenguaje para poner de relieve su auténtica estructura lógica. El análisis ha de estar dirigido a mostrar la forma lógica del enunciado.

El método para obtener la forma lógica de un enunciado es el de descomponerlo en sus genuinos elementos y luego sustituir esto por variables (individuales o predicativas). El resultado es un esquema enunciativo expresado en lenguaje lógico (habitualmente de primer orden). Pero, para aplicar este método, es preciso tener una teoría sobre qué es un componente último de un enunciado y sobre los tipos de enunciados posibles.

Comenzando por lo segundo, Russell dividió a los enunciados (o proposiciones como el las denominaba) en atómicos y moleculares. Los enunciados atómicos son los enunciados inanalizables, aquellos cuyos componentes y sus relaciones son tan simples, que es imposible descomponerlos. Las proposiciones atómicas no incluyen conectivas lógicas, pero mediante ellas pueden unirse para formar proposiciones complejas. Es preciso distinguir, en cuanto proposiciones atómicas los nombres propios ordinarios de los nombres lógicamente propios. Los primeros se denominan entidades complejas.

Diferencias entre Frege y Russell

Según Russell, “Cuando el sujeto de una proposición puede no existir sin hacer a la proposición un sinsentido, es claro que el sujeto gramatical no es un nombre propio, es decir, no es un nombre que represente directamente algún objeto”

Para pensar o emitir un juicio sobre un objeto, uno debe saber cuál es el objeto en cuestión sobre el que uno está pensando.

Según Frege:

  1. Las tesis filosóficas puede probarse por argumentos a priori (logicismo)
  2. La filosofía puede hacer descubrimientos a priori (verdad y falsedad son objetos)
  3. El lenguaje ordinario es un obstáculo para la filosofía

En cambio según Russell:

  1. La filosofía es la ciencia de lo general, la investigación de lo que es posible a priori (y, por tanto, su objeto es la forma lógica)
  2. El conocimiento filosófico está en el análisis lógico de las proposiciones
  3. Este análisis lógico sirve para identificar los errores tradicionales de la metafísica, la ontología o la epistemología

Sobre las descripciones definidas y el problema de los nombres

Mientras que los intereses más primordiales de Frege eran de índole lógica, los de Russell eran, además, metafísicos. Así, Frege podía examinar el argumento ontológico y decir: ¿Lo veis? Se malinterpreta un enunciado de existencia al decir que en él se predica algo de un objeto cuando, de hecho, se dice que algo cae bajo un concepto. Y si el precio que hubiese que pagar por la claridad lógica fuese alto, Frege no dudaría en pagarlo.

La actitud de Russell es bien distinta. La claridad lógica era importante para él, pero no lo era menos el que la descripción del mundo que pudiese resultar de esa claridad fuese razonable. En su opinión, el pensamiento de Frege no armonizaba ambos desideratum.

Un aspecto bien conocido de la obra de Frege es el de su distinción entre el sentido y la referencia de un signo. Esta distinción subraya la existencia en toda expresión de dos dimensiones de su significado. En primer lugar, los signos son nombres de, están en lugar de, representan a, o designan objetos. La relación en la que entra un signo con aquello que designa o representa hace a éste la referencia de aquel. Ahora bien, un signo no tiene o deja de tener referencia sin más, sino siempre de algún modo. La expresión designativa el autor del Quijote refiere a Cervantes en tanto que autor de una obra literaria; y el autor de las Novelas ejemplares tiene la misma referencia, aunque la presente de un modo distinto, a saber, como autor de otra obra. En una situación así, Frege diría que estas dos expresiones tienen la misma referencia, aunque un sentido diferente. El sentido es, así pues, el modo en que un signo presenta su referencia.

Aunque esta dimensión está presente en todo signo, un caso especialmente interesante lo proporcionan las oraciones asertóricas. Estas expresan, por sí solas, un pensamiento y refieren, por sí solas también, un valor de verdad. Pensamiento expresado y valor de verdad son, respectivamente, el sentido usual y la referencia usual de tales expresiones.

Estos principios generales tienen excepciones. Es más, estas expresiones ponen en serio aprieto la validez de algunas reglas de inferencia lógica. Una de esas reglas nos dice que si una oración es verdadera y cambiamos una de sus expresiones componentes por otra con su misma referencia, la nueva oración resultante seguirá siendo verdadera. Este principio lógico se enfrenta a oraciones complejas en las que una oración subordinada se encuentra subordinada por expresiones de actitud psicológica, tales como cree que, me parece que, se teme que, etc. En ejemplos como estos, la doctrina de Frege del sentido y la referencia parece verse entre la espada y la pared.

Frege concluyó que las oraciones subordinadas precedidas por cláusulas como cree que y otras tienen como referencia el pensamiento que expresarían por sí solas. A esta referencia Frege la denominó indirecta. La referencia usual de una oración declarativa (o asertórica) es su valor de verdad, pero su referencia indirecta es el pensamiento que por sí sola expresaría.

Ahora bien, esta conclusión iba más allá de lo que Russell estaba dispuesto a admitir. Las referencias de las expresiones son lo que hay en realidad, y admitir que las expresiones pueden tener referencia indirectas implica aceptar que, junto a personas, ríos, libros o bares donde se vende alcohol a menores, hay entidades como el pensamiento de que las órbitas planetarias son circulares o como el de que 7 + 5 = 13.

La revuelta de Russell contra Frege es, por tanto, una revuelta contra la idea de realidad: “Suponer que haya en el mundo real de la naturaleza todo un conjunto de proposiciones falsas dando vueltas de un lado para otro resulta monstruoso para mi mentalidad. No puedo ni siquiera ponerme a suponerlo. No puedo creer que se den ahí, en el mismo sentido en que se dan los hechos“. (Russell, B., “La filosofía del atomismo lógico”)

Por realidad entiende Russell todo aquello que habría de ser mencionado en una completa descripción del mundo. En esa descripción habría que mencionar, sin duda, las creencias falsas, pero no incluir, pongamos por caso, los pensamientos fregeanos. Hace falta disfrutar de un instinto de realidad bien afinado para no dar entrada a entidades puramente fantásticas; y si el análisis del lenguaje las introdujera, ese análisis sería reprobable. Para evitar ese tipo de errores Russell construye su teoría de las descripciones.

La teoría de las descripciones

Según Russell, una teoría lógica debe ser puesta a prueba por su capacidad para enfrentarse con rompecabezas, y enumera cuatro rompecabezas que una teoría de la denotación debe ser capaz de resolver:

  1. El rompecabezas de Frege: ¿Cómo es posible que un enunciado de identidad de la forma “Clarín es Leopoldo Alas” sea más informativo que “Clarín es Clarín”?
  2. El rompecabezas de los enunciados existenciales singulares: según Meinong, cuando decimos de la montaña de oro que no existe, en el enunciado “La montaña de oro no existe”, estamos afirmando la no existencia de un determinado objeto, a saber, la montaña de oro. Pero, ¿cómo podríamos afirmar algo de la montaña de oro si ésta no existiese? Por tanto, parece que la montaña de oro ha de existir, o al menos subsistir, según expresión de Meinong. ¿Es aceptable esto?
  3. El rompecabezas de los términos singulares no denotativos: ¿cómo puede ser significativa una oración que contenga un nombre vacuo? Si el significado de un nombre es su portador, los nombres no denotativos carecerán de significado. Pero si carecen de significado, las oraciones en las que aparecen carecerán también de él. Esto es consecuencia del principio de composicionalidad, según el cual el significado de una expresión compleja es función de los significados de sus componentes y de su ordenación. Ahora bien, encontramos oraciones con nombres no referenciales que no sólo son significativas sino incluso verdaderas. Russell advierte que las oraciones que contienen términos singulares no referenciales parecen violar la Ley de Tercio Excluso. Consideremos “El actual rey de Francia es calvo”. Parece que no puede considerarse verdadera, en cuyo caso deberíamos poder decir que “El actual rey de Francia no es calvo” es verdadera. Sin embargo, si hacemos una lista con todos los individuos calvos y otra con todos los no calvos, no encontraremos en ninguna de ellas al actual rey de Francia.
  4. El rompecabezas de los contextos oblicuos: sea la oración  “Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley”. De acuerdo con el principio leibniziano de Sustitutividad de los Idénticos, deberíamos poder sustituir ‘el autor de Waverley’ por ‘Scott’, dado que el enunciado de identidad “Scott es el autor de Waverley” es verdadero. Pero esta sustitución arrojaría el enunciado falso “Jorge IV quería saber si Scott era Scott”.

Según Russell, la teoría de las descripciones es capaz de resolver satisfactoriamente estos cuatro rompecabezas. De acuerdo con su teoría, las palabras son símbolos significativos en virtud de lo que simbolizan. Su significado es aquello que simbolizan. En Los principios de la matemática usa la palabra “término” para todo aquello por lo que está, o indica, una palabra y distingue dos tipos de términos: cosas y conceptos, que más tarde llamará particulares y universales. Así, toda palabra indica un término y los términos son parte de la realidad. Todo término tiene ser. Esto lleva a una ontología barroca, pues entre los términos se incluyen algunas cosas que no existen.

Para salvar esta ontología barroca introduce, en “Sobre el denotar”, la noción de “expresión denotativa” mediante los siguientes ejemplos: “un hombre, algún hombre, cualquier hombre, todo hombre, …”. Russell afirma que una expresión es denotativa exclusivamente en virtud de su forma. La cuestión de si una expresión constituye una descripción definida depende únicamente de su forma, no de si hay un individuo determinado que responda a esa descripción. Admite, pues, expresiones denotativas que no denotan nada –descripciones impropias–.

Además de las descripciones impropias, distingue otros dos tipos de descripciones: las que denotan un objeto determinado (expresiones de la forma “el tal-y-tal”, que llamará descripciones definidas) y las que denotan un objeto indeterminado (expresiones de la forma “un tal-y-tal”, llamadas descripciones indefinidas).

Cuando en un enunciado como: Encontré un hombre, aparece una descripción indefinida, Russell afirma que en el enunciado no “interviene” ningún nombre. A este respecto lo contrasta con Encontré a Pérez, ambos enunciados tienen distinta forma lógica; el segundo nombra una persona real, Pérez; en cambio el primero involucra sólo una función proposicional, la función  Encontré a x y x es humano.

Lo que dice Encontré un hombre realmente es que esa función es verdadera para al menos un individuo x. Interviene un concepto. Según Russell, la carencia del aparato de las funciones proposicionales llevó a Meinong a postular la existencia de objetos irreales, tales como la montaña de oro (nuestro rompecabezas 2).

Obedeciendo a su “robusto sentido de la realidad”, Russell insiste en que en el análisis de la proposición no debe admitirse nada irreal. Para ello niega significación al grupo de símbolos “un unicornio” en la frase “Encontré un unicornio”. Tanto la oración completa, como la palabra “unicornio” son significativas, pero la descripción indefinida “un unicornio” no forma un grupo significativo por separado. De lo contrario, nos veríamos abocados a afirmar que debe haber algo que signifique. La teoría de Russell podría resumirse diciendo que las expresiones denotativas no denotan nada, sino que tienen significado sólo en el contexto; esto es, que son expresiones sincategoremáticas.

Ahora podemos ver como una oración como “Una montaña de oro no existe” (rompecabezas dos) puede ser significativa y verdadera, sin comprometernos con la existencia o el ser de esa entidad fantástica. Esa oración es equivalente a “No hay nada que sea una montaña y sea de oro”, donde la expresión “una montaña de oro” no es un componente.

Las descripciones definidas como símbolos incompletos.

Russell define un nombre como un símbolo simple que designa directamente un individuo que es su significado y que tiene ese significado por derecho propio, independientemente de los significados de todas las demás palabras.

Por el contrario, las descripciones no tienen un significado por sí mismas, aunque contribuyen al significado de las oraciones en las que aparecen. La idea básica es que las descripciones no son auténticas expresiones singulares, no están por un objeto que es su significado, como sucede con los nombres. Así Russell pretende mantener a la vez una teoría referencial del significado y evitar la jungla meinongiana de los objetos irreales.

Russell ofrece una prueba de que las descripciones son símbolos incompletos. La prueba tiene dos partes.

  • Primero, muestra que las descripciones definidas impropias como ‘el círculo cuadrado’ son símbolos incompletos. Una descripción como ésta no está por un objeto porque no hay un objeto así. Sea el enunciado ‘El círculo cuadrado no existe’. Ese enunciado es verdadero, pero no podemos concebirlo como la negación de la existencia de un cierto objeto determinado ‘el círculo cuadrado’. Si hubiese tal objeto, existiría. No podemos asumir que hay un objeto denotado por esa descripción y luego negar que lo haya. Pero, dado que el enunciado en cuestión es significativo y verdadero, la descripción que contiene no puede denotar el objeto descrito.
  • La segunda parte de la prueba trata de mostrar que todas las descripciones definidas son símbolos incompletos, o lo que es lo mismo, que no son nombres. Para demostrar esto Russell da cinco argumentos:
    • El argumento basado en la distinción simple/complejo: un nombre es un símbolo simple. Una descripción es un símbolo complejo: consta de partes que son símbolos. Así ‘el autor de Waverley’ consta de cuatro palabras cuyos significados ya están prefijados y determina a su vez el significado de la descripción. En cambio un nombre como ‘Scott’ es un símbolo simple cuyo significado no queda ya determinado al determinar el significado de las restantes palabras del lenguaje. Para entender el significado de ‘el autor de Waverley’ basta entender la lengua española; para entender el significado de ‘Scott’ hay que saber a quién se aplica.
    • El argumento basado en la paradoja de la identidad: tomemos el enunciado (1) Scott es el autor de Waverley. Si en (1) intentamos sustituir la descripción por un nombre cualquier, ‘c’, obtenemos (2) Scott es c. Ahora bien, sólo hay dos posibilidades: que ‘c’ sea el nombre de alguien distinto de Scott, en cuyo caso (2) es falso, o que ‘c’ sea un nombre de Scott, en cuyo caso (2) se convertiría en una tautología. Pero (1) no es ni falso ni tautológico. Por tanto, ‘el autor de Waverley’ no significa nada; no es un nombre.
    • El argumento basado en las descripciones impropias: según Russell, no hay nombres vacuos, pero hay descripciones vacuas. La función semántica de un nombre requiere que tenga un portador, pero la función de una descripción deja abierta la cuestión de si tiene o no tiene denotación. Pues podemos entender una descripción sin saber si tiene denotación o sin saber cuál es su denotación, pero no podemos entender un nombre sin saber cuál es su referente. La alternativa al punto de vista de que hay descripciones impropias es la posición que le atribuye a Meinong: distinguir entre ser y existencia de modo que podamos decir que algunas cosas que no existen sin embargo tienen ser o subsisten. Pero Russell objeta que esta posición infringe la Ley de Contradicción, porque comporta, por ejemplo, que el círculo cuadrado es cuadrado y también no cuadrado.
    • El argumento basado en la noción de alcance: Russell afirma que las descripciones son sensibles a las distinciones de alcance, mientras que los nombres no lo son. En los Principia Mathematica se entiende por alcance de una expresión que no sea un paréntesis la fórmula más breve en la que ocurre. Diferencias relativas de alcance pueden conllevar diferencias de significado. Por ejemplo, ‘¬$x Fx’ y ‘$x ¬Fx’ significan cosas distintas debido a los alcances relativos diferentes del negador (¬) y del cuantificador existencial ($). En la primera el alcance del negador es toda la fórmula y el alcance del cuantificador es ‘$x Fx’. En la segunda sucede al revés: el negador cae dentro del alcance del cuantificador. Sea el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’. Un enunciado así contiene una ambigüedad de alcance. O lo que es lo mismo, la descripción ‘el actual rey de Francia’ es sensible al alcance del negador. Decimos que una expresión es sensible al alcance cuando hay una expresión ambigüa en la que aparece que puede desambigüarse en términos de los diferentes alcances de esa expresión en relación a otras expresiones. Según Russell, el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’ puede significar que no existe un individuo que sea actualmente rey de Francia y sea calvo, en cuyo caso tiene la forma (1) ¬$x (Fx & “y (Fy ®y = x) & Gx). (1) no entraña ‘El actual rey de Francia existe’. Aquí la negación tiene alcance largo y la descripción aparece en una intervención secundaria en el enunciado más amplio que empieza por el negador. Pero el enunciado en cuestión puede leerse también como afirmando que el individuo que es actualmente rey de Francia no es calvo, en cuyo caso tiene la forma (2) $x (Fx & “y (Fy ® y = x) & ¬Gx). (2) sí que entraña ‘El actual rey de Francia existe’. En este caso la negación tiene alcance corto y la descripción tiene intervención primaria. Por el contrario, Russell afirma que los nombres propios son insensibles al alcance. Así, en ‘Scott no es humano’, no hay posibilidad de doble negación como la que existe en el caso de una expresión descriptiva.
    •  El argumento basado en los existenciales singulares: según Russell, no tiene sentido un enunciado existencial cuyo sujeto sea un nombre propio, pero sí podemos hacer enunciados existenciales rellenando con una descripción en blanco en ‘–– existe’ o en ‘–– no existe’.

Significación lógica y ontológica del análisis de Russell

El análisis de Russell tiene el efecto de asimilar las descripciones definidas a las expresiones cuantificacionales y de sacarlas de la clase de los términos singulares o expresiones referenciales singulares. Las expresiones de la forma ‘un F’ y ‘el F’ son cuantificadores. La primera contiene el cuantificador existencial. La segunda contiene lo que podríamos llamar el cuantificador singular ‘el x tal que Fx’. De modo que Fx es G’ dice que todo F es G y hay exactamente un F.

Ontológicamente, la teoría de las descripciones tuvo un efecto liberador. Al tratar las descripciones como símbolos incompletos, Russell ya no necesita asumir que designan entidades que deben incluirse en el “mobiliario de la realidad”.

La teoría de las descripciones también contribuyó a advertir sobre la posibilidad de que la forma gramatical superficial de una oración pueda ser desorientadora en cuanto a su forma lógica profunda. Si comparamos la forma lógica de ‘El autor de Waverley era un poeta’ [$x (Fx & “y (Fy ®y = x) & Gx)], con la que tiene la oración ‘Scott era un poeta’ (Ga), vemos que hay una enorme diferencia. Mientras que esta última es una oración de la forma sujeto-predicado, aquélla es una generalización existencial en la que no hay ningún símbolo que corresponda a la expresión descriptiva.

Soluciones a los rompecabezas

La paradoja de la identidad: para que un enunciado de identidad sea verdadero y a la vez informativo es necesario que al menos uno de los flancos del signo de identidad esté ocupado por una descripción definida. Si ambos flancos están ocupados por auténticos nombres propios, el enunciado es “sólo una tautología”. Sobre la base de este supuesto hecho, Russell argumentó que los nombres propios ordinarios son descripciones definidas disfrazadas, abreviadas, o truncadas.

Enunciados existenciales singulares: según Russell, no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios. Suponiendo que ‘a’ sea un nombre propio genuino, la afirmación ‘a existe’ sería trivial, redundante, puesto que el hecho mismo de usar el nombre ya presupone que su referente existe. A su vez, la afirmación ‘a no existe’ sería contradictoria: presuponemos que existe el portador del nombre usado y luego procedemos a decir que no existe. Russell considera que esto es un corolario de la idea de Frege según la cual la existencia es una propiedad de segundo orden, esto es, no una propiedad de objetos sino de conceptos. Según esto, cuando decimos que existe un satélite de la Tierra estamos afirmando que el concepto satélite de la tierra no es vacío, es satisfecho al menos por un individuo. Si tiene sentido decir que ‘Rómulo no existió’ es porque ‘Rómulo’ no es un nombre propio sino una descripción definida disfrazada.

En esa proposición Rómulo no interviene como elemento constitutivo, pues, si lo hiciera, el enunciado de que no existió sería autocontradictorio. Una consecuencia de la posición de Russell en este punto es que el argumento ontológico de la existencia de Dios es inválido. La primera premisa del argumento dice que Dios es el ser más perfecto. ‘El ser más perfecto’ es una descripción definida. Por tanto, esta premisa entraña que el ser más perfecto existe. Pero esto es lo que el argumento pretende probar y asumirlo en la premisa es pedir la cuestión.

Términos singulares no denotativos: el enunciado ‘El actual rey de Francia es calvo’ es unívoco y tiene la forma ‘La propiedad G se predica del x tal que Fx’. Este enunciado entraña que el actual rey de Francia existe y por ello es falso. Por tanto, por tercio excluso, su negación debe ser verdadera. Pero el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’ es ambiguo. Si la descripción tiene incidencia primaria, entraña asimismo que el actual rey de Francia existe y por ello es también falso. Por tanto, bajo esta lectura, no es el contradictorio del ‘El actual rey de Francia es calvo’, ya que ambos son falsos, sino su subcontrario. El contradictorio de ‘El actual rey de Francia es calvo’ es aquel enunciado interpretado de manera que la descripción tenga intervención secundaria, pues entonces niega que una y sólo una persona sea a la vez rey de Francia y calva; y éste sí que es verdadero, si aquél era falso. Así pues, la Ley de Tercio Excluso no resulta dañada.

Contextos oblicuos: ‘Scott es el autor de Waverley’ no contiene como constituyente ‘el autor de Waverley’ y por ello no hay nada que podamos sustituir por ‘Scott’. Cuando reescribimos ‘Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley’ y ‘Scott es el autor de Waverley’ empleando el análisis de las descripciones definidas, la descripción desaparece con el análisis y ya no hay descripción que reemplazar.

El principio de familiaridad y los nombres lógicamente propios

Russell concluye que los nombres ordinarios son en realidad descripciones definidas disfrazadas por dos razones: porque no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios y porque, de lo contrario, los enunciados de identidad entre nombres propios tendrían que ser o triviales o falsos.

Una tercera razón sería la siguiente. Russell distingue dos tipos de conocimiento de cosas, en cuanto distinto del conocimiento de verdades, el conocimiento por familiaridad y el conocimiento por descripción. El conocimiento del primer tipo es directo o inmediato, obtenido “sin el intermediario de proceso alguno de inferencia o de conocimiento alguno de verdades”. Se trata de una relación cognitiva directa con un objeto por la que tenemos apercepción directa del objeto mismo. Tenemos conocimiento directo solamente de ciertos particulares como nuestros datos sensoriales y de ciertos universales, como la rojez, que tienen ejemplificaciones particulares con las que estamos familiarizados y sobre cuya base abstraemos el universal. Al no depender de inferencia ninguna, el conocimiento así obtenido es indubitable, no está sujeto a error. En cambio, el conocimiento por descripción siempre involucra algún conocimiento de verdades como su fuente y fundamento. En este caso no se trata de una relación cognitiva directa con el objeto, sino que conocemos el objeto como “el tal-y-tal”, esto es, como el único objeto que satisface una cierta función proposicional.

Russell cree que el conocimiento de las cosas ordinarias es por descripción. En Los problemas de la filosofía formula así el principio de familiaridad:

  • Toda proposición que podamos entender debe componerse totalmente de constituyentes con los que estemos familiarizados.
  • Es decir, en último análisis toda proposición inteligible debe ser analizable en términos de proposiciones cuyos componentes tengan un significado que podamos captar por familiaridad. Del principio se desprende que la existencia de los portadores de los nombres propios ordinarios está sometida a duda y sólo tenemos garantía epistémica acerca de los objetos de conocimiento directo. Si a esto añadimos la teoría referencial del significado de los nombres, según la cual el significado de un nombre es su portador, se sigue que los nombres propios ordinarios no son auténticos nombres y que los únicos nombres lógicamente propios deben designar objetos de conocimiento directo.
  • Los nombres propios ordinarios no son nombres propios genuinos porque los objetos que parecen denotar no son particulares simples sino entidades complejas. Y no son conocidos sino por descripción. Los nombres lógicamente propios son signos puramente demostrativos, carentes de todo contenido descriptivo o connotación y se caracterizan porque su significatividad garantiza la existencia del objeto denotado. Y puesto que los únicos particulares garantizados epistémicamente son aquellos que nos son dados inmediatamente en la experiencia, sólo los signos que se refieran a nuestros datos sensoriales privados contarán como genuinos nombres propios. Esto reduce la categoría de esas expresiones a los demostrativos ‘esto’, ‘eso’ y ‘aquello’, pero sólo cuando se usan para referirse a nuestros datos sensoriales actuales. Sólo los datos sensoriales que percibimos están enteramente garantizados desde un punto de vista epistémico. De ahí que ‘esto’ sólo funcione como nombre auténtico cuando se refiere a los datos sensoriales presentes.

Otra consecuencia es que un lenguaje lógicamente perfecto será un lenguaje privado:

  • Un lenguaje perfecto, si fuera posible construirlo, sería no sólo intolerablemente prolijo, sino, en buena medida, y por lo que respecta a su vocabulario, del dominio privado del que habla, es decir, todos los nombres que en él intervinieran serían de la exclusividad de aquél último, y no podrían entrar a formar parte del lenguaje de otro interlocutor.
  • La razón es que en un lenguaje lógicamente perfecto los nombres propios ordinarios no tendrían ningún papel que desempeñar. Serían sustituidos por descripciones definidas. Y los únicos nombres serían los demostrativos usados para designar los datos sensoriales privados del hablante.

Nombres lógicamente propios

Russell excluye a las descripciones definidas de la categoría de expresiones referenciales. Sin embargo, Russell defiende la viabilidad de un nombrar genuino: el que viene posibilitado por el uso de lo que llama nombres lógicamente propios.

Las únicas palabras de que, de hecho, nos servimos como nombres, en el sentido lógico del término, son palabras como “esto” o “aquello”. Podremos hacer uso de “esto” como de un nombre referido a algún particular directamente conocido en este instante. Supongan que decimos “Esto es blanco”. Si convienen en que “esto es blanco” refiriéndose a “esto” que ven ustedes, estarán usando “esto” como un nombre propio. Pero si tratan de aprehender el sentido de la proposición por mí expresada al decir “Esto es blanco”, ya no podrán usarlo como tal. Si se refieren a este trozo de tiza en cuanto objeto físico, ya no estarán usando “esto” como un nombre propio. Sólo cuando usen “esto” refiriéndose al objeto inmediatamente presente a sus sentidos, funcionará de hecho aquel vocablo como un nombre propio. Y precisamente en este punto posee “esto” una propiedad bien extraña para ser un nombre propio, a saber, que raramente significa la misma cosa en dos momentos consecutivos ni significativa lo mismo para el que habla que para el que escucha. Se trata de un nombre propio ambiguo, mas no por ello es menos un auténtico nombre propio, y casi la única palabra que alcanzo a imaginar que se use estricta y lógicamente como un nombre propio en el sentido en que he venido hablando de los nombres propios (La filosofía del atomismo lógico, en J. Muguerza, La concepción analítica de la filosofía)

Según Russell, sólo el pronombre demostrativo neutro usado por el hablante para referirse a un dato sensorial en presencia de aquello que lo provoca es un nombre propio en sentido lógico. De acuerdo con el sentido común, un nombre propio es una palabra que sirve para referirse a un particular. Ahora bien, si se cuestiona que las cosas que se consideran como particulares desde el punto de vista del sentido común sean tales, y se conciben como entidades complejas, mientras se mantiene la definición de los nombres propios como “palabras que se refieren a particulares”, obviamente cambiarán el tipo de expresiones que pueden clasificarse como nombres propios. Éste es el punto de partida de la teoría de Russell. Russell define los particulares como “términos de relaciones de los hechos atómicos”.

Los hechos más simples imaginables son aquellos que consisten en la posesión de una cualidad por parte de una cosa particular.

Los particulares son privados y evanescentes, difieren de un individuo a otro y sólo persisten lo que dura la experiencia del sujeto. Russell funda su epistemología sobre la distinción entre el conocimiento directo y el conocimiento por referencia (o descripción): Diremos que tenemos conocimiento directo de algo cuando sabemos directamente de ello, sin el intermediario de ningún proceso de inferencia ni de ningún conocimiento de verdades. “Así en presencia de mi mesa, conozco directamente los datos de los sentidos que constituyen su apariencia –su color, forma, dureza, suavidad, etc.–; de ello soy inmediatamente consciente cuando veo y toco mi mesa. […] Mi conocimiento de la mesa, como objeto físico, no es al contrario, un conocimiento directo. Es obtenido, tal como es, a través del conocimiento directo de los datos de los sentidos que constituyen la apariencia de la mesa […] Mi conocimiento de la mesa es de la clase que denominaremos “conocimiento por referencia”.

La mesa es “el objeto físico que causa tales y cuales datos de los sentidos”. Así se describe la mesa por medio de los datos de los sentidos.

Sólo se puede nombrar un particular; no es posible nombrar nada de lo que no se tenga conocimiento directo; conocemos directamente los datos de los sentidos y éstos son los particulares que podemos nombrar. ¿Por qué sólo podemos nombrar aquello de lo que tenemos conocimiento directo? ¿Qué sucede con los nombres propios en sentido usual?

Nombrar algo viene a ser equivalente a señalarlo mediante un signo lingüístico, siendo la relación entre el nombre y su portador directa, pues el nombre, en su mera calidad de signo, es suficiente para identificar al referente. Esta asociación directa entre el lenguaje y una entidad extralingüística sólo es posible cuando el nombre designa el dato sensorial que el hablante está experimentando; es decir, una entidad particular percibida directamente.

A una entidad compleja “construida” a partir de particulares (datos sensoriales) resulta imposible nombrarla, puesto que sólo somos capaces de identificarla merced a las verdades, descripciones, que conocemos acerca de ella. Si decido poner un nombre propio a la mesa de mi estudio, “Frida”, lo único que conseguiré será poder aludir a ella de una manera más breve; en lugar de decir “la mesa de mi estudio” podré utilizar el nombre propio “Frida” que, de este modo, funcionará como una descripción definida abreviada. No identificamos el referente porque un signo lingüístico nos los señala, sino porque se ajusta a las descripciones que sabemos acerca de él.

Nosotros no conocemos directamente a Sócrates y, por tanto, no podemos nombrarlo. Cuando empleamos la palabra “Sócrates”, hacemos en realidad uso de una descripción. Lo que pensamos al decir “Sócrates” podría traducirse por expresiones como “El maestro de Platón”, “El filósofo que bebió la cicuta” o “La persona de quien los lógicos aseguran que es mortal”, mas no emplearemos ciertamente aquel nombre como un nombre en sentido propio (La filosofía del atomismo lógico)

La categoría de los nombres propios queda, pues, reducida a los pronombres demostrativos neutros usados por el hablante para designar sus datos sensoriales cuando los está experimentando. Ninguna información acerca del referente está asociada al nombre propio en sentido lógico; su función es exclusivamente la de estar por el referente, de ahí que su significado sea el portador del nombre y conocer este significado sea conocer el referente, tener conocimiento directo del particular nombrado. Los particulares se conciben como completamente autosubsistentes, existiendo cada uno de ellos con total independencia de los demás, y el reflejo semántico de esta tesis metafísica es al asignación a los nombres propios de un significado autónomo, independiente del contexto.

El Círculo de Viena

En los locos años 20, no todo el mundo se dedicaba a bailar charleston y especular en bolsa. En la Universidad de Viena se juntaron unos cuantos supercerebritos, la mayoría de ellos matemáticos y físicos, algún que otro filósofo y científicos sociales. Todos compartían un interés común: La Filosofía de la Ciencia, y un odio común: La Metafísica Académica, que procedente de Alemania, asfixiaba al empirismo. Por allí andaban entre otros muchos Carnap, Kaufmann, Godel, Hempel, Ayer…

Estos pensadores seguían la tradición positivista de Hume y como pretendían incluir a esta perspectiva los descubrimientos de la lógica moderna, denominaron a la corriente de pensamiento que generaron como Positivismo Lógico.

Centremos pues el tiro, en qué consiste exactamente el Positivismo Lógico. Se trata de una corriente de pensamiento caracterizada por los siguientes aspectos:

  • Un empirismo total. El cual se apoyaba en los recursos de la lógica moderna y en los logros de la física moderna. Desde el punto de vista metodológico las ciencias empíricas están basadas en la inducción
  • Un empleo de la lógica-simbólica. Usada como un instrumento para deslindar entre distintos lenguajes y sus relaciones tanto en sus aspectos formales (sintaxis-lógica) como en su contenido o referencias a lo real (semántica).
  • Un rechazo a la metafísica y a la teología. En línea con el pensamiento de la Ilustración, los pensadores del Círculo de Viena (ya formados en el escepticismo) fomentaron un repudio hacia la metafísica por estar fuera de lo que era concebido como lo “sensible” y empírico. La acusación básica contra la metafísica estaba centrada en que sus proposiciones carecían de significado. Es decir, las proposiciones de la metafísica carecen de sentido en virtud de que no tienen relación con los hechos; ya que éstas no están construidas en base de proposiciones elementales.
  • Una restricción del dominio de la filosofía. El espacio de acción de la filosofía fue casi literalmente reducida a la tarea de eliminar sus propios problemas.
  • Un fisicalismo: Todos los enunciados empíricos pueden ser expresados en el lenguaje de la física. Este fue el fundamento teórico a favor de la unidad de la ciencia. Esta propuesta inicial de un lenguaje fisicalista estuvo ligada a los cambios dramáticos de la física en las tres primeras décadas del siglo XX originados principalmente en la teorías de la relatividad de Einstein y en la Mecánica Cuántica.

Orígenes e Inspiración

Las raíces del Positivismo Lógico las podemos encontrar en dos sitios fundamentalmente:

  • La concepción de la verdad de Aristóteles, el cual establecía una correspondencia entre el decir y el ser: decir las cosas como son era sinónimo de discurso verdadero. El Círculo de Viena reformuló esta concepción, y estableció ahora que la concepción de la verdad era una correspondencia entre proposiciones y hechos. Es decir, los enunciados científicos pueden ser verificados en la medida que se correspondan con los hechos o que las observaciones empíricas han de concordar con las predicciones de la ciencia.
  • El positivismo o empirismo clásico de Hume y Comte. La tesis fundamental de todo empirismo es que la única fuente de conocimiento es la experiencia sensible.

Además, podría decirse, que El Círculo de Viena tuvo cuatro influencias evidentes. Desde el punto de vista filosófico, el neopositivismo de Ernst Mach, quién negaba todo tipo de elementos a priori en las ciencias empíricas, y como no, el Tractatus Logicus Philosophicus de Wittgenstein, donde se vincula la tradición empirista con la nueva lógica-matemática.

Pero también hubo una influencia de carácter histórico. Las contribuciones de Einstein para la compresión de la estructura del espacio-tiempo y de la gravitación, y la de la Mecánica Cuántica para la comprensión de la estructura atómica y nuclear. La revolución de la Física Cuántica fue interpretada como demostración del carácter analítico de la ciencia y de la fuerza del pensamiento riguroso orientado hacia los hechos observables y hacia los mecanismos de comprobación.

Por último, una influencia de tipo instrumental vino determinada por las herramientas de la lógica matemática, consolidada unos veinte años antes en los “Principia Mathematica” de Russell y Whitehead y profundizada por los lógicos polacos y los trabajos de Hilbert, ofrecieron al Círculo de Viena un importante aparato para traducir datos de conocimiento empírico a un lenguaje preciso, riguroso e inequívoco que concibieron como modelo del lenguaje científico

Las Tesis del Círculo de Viena

El Círculo de Viena desplazó el foco de observación desde la conciencia individual (la orientación seguida desde Descartes, en Kant y en el idealismo alemán) al lenguaje. Y partir de allí, junto con otros elementos ya mencionados, el empirismo o positivismo lógico construyó una doctrina sobre la estructura lógica del conocimiento científico. De esta manera, el Círculo de Viena distinguió, o al menos propuso distinguir, la ciencia de la metafísica (y de cualquier otro conocimiento) basándose en un criterio epistemológico de significatividad cognoscitiva. Esto le permitió “al positivismo lógico aplicar radicalmente la navaja de Ockham, descartando del pensamiento científico numerosos conceptos y trabajos llevados a cabo por la filosofía especulativa.

El Círculo de Viena produjo cuatro tesis bien definidas que interpretan el conocimiento científico, a saber:

  • El criterio de demarcación (Principio de Verificación)
    • Lo que esencialmente distingue al conocimiento científico frente a otros tipos de conocimiento es su verificabilidad con respecto a los hechos constatables.
    • Un enunciado científico aceptable será sólo aquél que resulte verdadero al ser comparado con los hechos objetivos. Así, la verificación empírica constituye el criterio específico de demarcación entre ciencia y no-ciencia.
    • Para concretar esta norma es necesario un método, un criterio de significatividad, que permita establecer si determinada proposición es o no verdadera. Se buscaba desesperadamente discriminar con certeza absoluta la ciencia de la pseudo-ciencia.
    • Pero este principio funciona solamente en la medida en que se conceda una autoridad particular a una clase específica de proposiciones empíricas cuya certeza no puede ser cuestionada: debe establecerse una fuente segura que nos proporcione conocimiento real, como fundamento epistemológico sobre el cual construir el edificio de la ciencia.
  • El lenguaje lógico
    • Los enunciados serán científicos sólo si pueden ser expresados a través de símbolos y si pueden ser relacionados entre sí mediante operaciones sintácticas de un lenguaje formalizado (independiente de su contenido significativo).
    • Los enunciados científicos estarán dotados de una expresión sintáctica, formal o simbólica, por una parte, y de una correspondencia semántica, significativa o empírica, por otra parte.
    • La base de esta correspondencia estará, por supuesto, en los enunciados observacionales más concretos dados por la experiencia. Esto es lo que se conoce como lenguaje “fisicalista”
  • La unificación de la ciencia
    • Todo conocimiento científico, cualquiera sea el sector de la experiencia sobre el cual se proyecte, estará identificado (construído, expresado, verificado…) mediante un mismo y único patrón.
    • En un sentido epistemológico y metodológico, no se diferenciarán entre sí los conocimientos científicos adscritos a distintas áreas de la realidad. Ya que la realidad constituye globalmente una sola estructura compacta y coherente (ordenada), también el conocimiento científico de la misma debe resultar, en definitiva, una misma construcción igualmente integrada.
    • En virtud de ello, existe una única Filosofía de la Ciencia, es decir, un único programa de desarrollo científico para toda la humanidad. La Lógica y la Matemática serán el esquema básico para toda expresión comunicacional ‘verificable’ de la ‘ciencia’.
  • La inducción probabilista.
    • La producción de conocimiento científico comienza por los hechos evidentes susceptibles de observación, clasificación, medición y ordenamiento. Sigue con la detección de regularidades y relaciones constantes y termina con las generalizaciones universales formuladas mediante leyes y teorías.
    • Sin embargo, dado que el conjunto de todos los datos de una misma clase suele escapar a las circunstancias de tiempo/espacio del investigador entonces el proceso de generalización de observaciones particulares tiene que apoyarse en modelos de probabilidad, base de los tratamientos estadísticos utilizados actualmente en todas las áreas de investigación.
    • De acuerdo al concepto de probabilidad, es posible inferir leyes generales a partir de un subconjunto o muestra representativa de la totalidad de los casos estudiados. Esto implica que el conocimiento científico debe tomar en cuenta ciertos índices de error y ciertos márgenes de confiabilidad previamente establecidos.

Cerrando el Círculo

A pesar de su impacto inicial y de su enorme influencia, las tesis del Círculo de Viena se vieron sometidas a crítica por otros filósofos de la ciencia que, aunque coincidían en los aspectos básicos ya planteados, disentían en otros más específicos (Quine, Putnam, Toulmin, Hanson, Nagel, etc.).

Los mismos integrantes del Círculo fueron haciendo revisiones y rectificaciones propias (Carnap, especialmente, Hempel y otros). En los últimos desarrollos del Círculo de Viena se acaba apelando a una lógica inductiva, que a su vez Carnap intentó axiomatizar en forma de cálculo lógico. El empirismo lógico acabó confluyendo en una afirmación de la inducción como el método principal de las ciencias empíricas. La lógica inductiva permitiría fundamentar el criterio de significación empírica, inicialmente basado en la verificabilidad observacional, y finalmente en el grado probabilístico de confirmación de una determinada hipótesis.

Entretanto, y desde otras posturas, se hacían críticas de principio a las tesis del Círculo de Viena y de sus epígonos. Así sucedió, en particular, con Popper, quien va a orientar la metodología científica en un sentido muy distinto.

De estas críticas y revisiones nació una ulterior interpretación del conocimiento científico que respetaba las bases del Círculo, pero que imponía modificaciones y correcciones de interés. En esencia, se abandonó el “empirismo ingenuo” implícito en las tesis iniciales; se reajustó el concepto de “reglas de correspondencia” entre los planos teórico y observacional. Se hizo más flexible el concepto de “reducción” de unas teorías a otras y se amplió el modelo de las teorías científicas para dar cabida a otras opciones válidas. Todas estas revisiones y ajustes conformaron una diferente interpretación que se divulgó bajo el término “Received View” o “Concepción Heredada” que, en pocas palabras, consistió en una versión menos radical y más reflexiva de las tesis del Círculo de Viena.

Con esta entrada se acaba el capítulo relacionado con la Historia del Pensamiento sobre el Método. En Filosofía de la Ciencia tienes disponible todas las entradas publicadas hasta el momento.