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Ojalá Palmira

Publicado: 23 mayo, 2015 en Viajes
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Cuando ví una imagen del asedio de Palmira en Homs, se me saltaron las lágrimas. No pude evitarlo. Tanta maldad, tanta ignorancia.

Siria ha sido una de mis mejores experiencias viajeras, corta pero extremadamente intensa. La más entrañable y que mayor huella me ha dejado, porque allí encontré la mejor calidad humana del planeta. De mi planeta, de lo que he podido apercibir, aprehender, aprender, sentir y vivir en los viajes que he tenido la suerte de poder realizar.

Desde que empezó el conflicto -empezar por decirlo de alguna manera- una enorme pesadumbre me sobrevuela regularmente. Qué pena que un pueblo, un gran pueblo, tenga que devenir inmerso en estos denostables acontecimientos. Qué sufrimiento vive el ser humano a lo largo del Planeta. Qué verdad tan grande escribió Plauto, esa que luego Hobbes interpretó en el Leviatán. Sí, esa : “homo homini lupus”.

Pero cuando el odio trasciende al ser vivo y se ceba con la historia, es cuando ya no entiendo nada, si alguna vez entendí algo… En estos momentos de angustia, y anticipando cual pitonisa agorera lo peor, con tanta pena como deseo de que no suceda, quiero compartir las fotos que hice en Enero de 2006, para que, simbólicamente, la belleza y la historia de  esta extraordinaria ciudad y la dignidad del pueblo que sufre prevalezcan sobre la maldad y la ignorancia.

Mi llamada desesperada; un grito vacío, pero así construyo  mi planeta.

VALLES DE LAS TUMBAS

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Antes de llegar a Palmira, dirigiéndose hacia las montañas desde el pueblo, hay una zona cuajada de tumbas. Torres cuadradas de piedra maciza donde se almacenan los cuerpos de cientos de personas. Un ambiente lóbrego y a la par solemne se respira dentro de estas construcciones que conforman una de las necrópolis mas interesantes que he visto.

TEMPLO DE BAAL

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Justo enfrente del arco donde el Decamenus invita a entrar  a la ciudad, se encuentra el templo de Baal, dios supremo feniciocananeo. El templo era un lugar de culto, de sacrificio, de ocio y de encuentro. Mientras paseas descubre referencias a historias bíblicas en las piedras más inauditas. El altar del sacrificio se encuentra en un lugar privilegiado, enmarcado por un tenebroso canal por donde fluía la sangre de los animales sacrificados. Mientras algunos sacrificaban grandes animales como ofrenda para obtener el beneplácito del supremo Baal, en el otro lado del templo otros pasaban horas de asueto conversando en las escalinatas y los muros,  y jugando a juegos ancestrales con piedrecillas y  agujeros horadados en la roca.

LA CIUDAD

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El Decamenus es la gran vía central que articula la ciudad, de más de un kilómetro de longitud. Recorrerlo sin desviarse a alguno de los flancos a cada momento es misión imposible, hay que ir dejándose llevar por todo lo que desborda en todas direcciones, es una sensación de auténtico placer. Todo alrededor es bello, hermoso. Nadie lo visita, nadie lo cuida. No encontramos en todo el día a nadíe más que al guardián de las llaves. Unas llaves que abrían y cerraban muy pocas puertas. La ciudad es accesible por todos sus frentes, sin ningún tipo de delimitación más que las propias piedras que gritan su historia. Los restos de frisos, columnas y demás parafernalia arquitectónica yacen erosionados sobre el suelo, como escombros de una historia inconclusa. La soledad del entorno y  la desolación del poco cuidado que se le prodigaba no hizo más que enardecer la expericencia. Una de las mejores experiencias arqueológicas de mi vida. Sin duda.

EL MOMENTO

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Subimos a la ciudadela al anochecer, para contemplar la majestuosa ciudad y la puesta de sol. Cuando se hizo completamente de noche, acompañados de una darbuka y unas cervezas nos fuimos de botellón al Tretapylon. Allí comenzamos un periplo por los sitios más emblemáticos de la ciudad, el ágora, el mercado, el teatro…En cada uno de ellos nos dejábamos llevar por la magia del entorno y de la música, mientras disfrutábamos de una experiencia única e irrepetible.

Ojalá Palmira…