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Teoría de los Roles

La Teoría de la Decisión Racional constituye una posible vía para desarrollar la idea de que la explicación de las acciones humanas debe basarse fundamentalmente en la comprensión de las intenciones de los agentes.

Pero no es la única vía posible: al contrario que en el caso de la economía, en las otras grandes «ciencias sociales» (la sociología y la antropología) se ha solido preferir un enfoque completamente distinto, más cualitativo y menos susceptible de desarrollo matemático. Se trata de la llamada «Teoría de los Roles».

La denominación de «Teoría» no debe hacernos pensar que se trata de una estructura formalmente especificada, como en el caso de la Teoría de la Decisión Racional; más bien es un conjunto de enfoques cualitativos, más o menos semejantes entre sí.

En la sociología, su principal impulsor fue Max Weber (principios del siglo XX), y posteriormente Talcott Parsons (mediados del siglo XX).

A la imagen del ser humano que se infiere de la Teoría de la Decisión Racional, como un ser «frío y calculador», se la ha denominado «homo oeconomicus»; la expresión la formuló John Stuart Mill a mediados del XIX como una idealización útil para la disciplina económica, pero en tiempos más recientes ha tendido a convertirse en una denominación peyorativa. Como reacción, a la imagen de la persona como movida por roles sociales se la ha denominado el «homo sociologicus».

Según la Teoría de los Roles, el orden social (no las leyes que han sido impuestas en una sociedad, sino la estructura que nos permite comprender el funcionamiento de esa sociedad) consiste básicamente en un conjunto muy amplio de posiciones sociales mutuamente relacionadas e interdependientes. Cada una de estas posiciones está asociada a un conjunto de expectativas normativas por parte de los agentes que ocupan las otras posiciones (o los otros individuos que ocupan la misma posición): los agentes esperan que quien ocupa una determinada posición actúe de una manera determinada cuando se dan tales y cuales circunstancias (esto es lo que significa el término «expectativas»), y además, están dispuestos a sancionar de algún modo a quien no se comporte de acuerdo con las expectativas asociadas a su posición (eso es lo que hace que las expectativas sean «normativas»).

Dicho de otro modo, para cada posición, los agentes que la ocupan «deben» comportarse de cierta forma. La especificación de estos deberes es lo que constituye el «rol» asociado a cada posición. Un conjunto de posiciones relacionadas de forma sistemática y que, en conjunto, desempeñan una función determinada dentro de cierta sociedad, constituyen una institución.

Y cada sociedad constituiría, de este modo, un conjunto de instituciones mutuamente interconectadas y que, en cierta medida, forman una unidad autónoma, relativamente independiente de otras sociedades; esta definición, de todas formas, hace bastante problemático determinar los límites de «las» diversas «sociedades» en un mundo en el que, como ocurre actualmente, cada «sociedad» está fuertemente conectada con muchas otras.

Hermenéutica

Conviene insistir en que los «deberes» incluidos en un rol no se corresponden necesariamente con las leyes de la sociedad a la que las posiciones pertenezcan. A menudo no hay ningún código escrito, u oficialmente sancionado de cualquier otra forma, que determine qué es lo que se espera que haga la persona que ocupe cierta posición. Es más, muchas veces lo que «se espera» que una persona haga puede ser incluso contrario a las leyes vigentes.

Por otro lado, tampoco pueden identificarse estas expectativas normativas con la idea del «deber moral»: también puede uno fácilmente sentir que lo que «se espera» de él que haga es profundamente inmoral. Así pues, las «expectativas normativas» son más bien un determinado consenso (no necesariamente entre todos los miembros de la sociedad) acerca de qué formas de conducta son reprobables (o, por el contrario, elogiables) en cada circunstancia socialmente definida.

Ahora bien, resulta conveniente recordar que en el fondo de la distinción entre estas diferentes opciones, a veces interviene una oposición más radical. En muchas ocasiones utilizamos la noción de «comprensión» como opuesta a «explicación», pero simplemente con la idea de establecer algún tipo de explicación intencional que tiene en cuenta los intereses, aspiraciones, intenciones de los agentes para obtener el fin previsto.

Pero hay otra línea que mantiene la irreductible de la comprensión porque la investigación social tendría que preocuparse por la interpretación de las prácticas humanas que están dotadas de significado. Como señala von Wright: «La explicación supone identificar causas generales de un acontecimiento, mientras que la comprensión supone descubrir el significado de un acontecimiento o práctica en un contexto social particular».

Una buena parte de la ciencia social se plantea con frecuencia como el intento de reconstruir el significado de las prácticas y estructuras sociales. Esta es la razón por la cual este tipo de orientación se encuentra en la cercanía de lo que podemos llamar «hermeneútica».

Los fenómenos sociales aparecen como «textos» que tienen que ser analizados mediante la reconstrucción atenta del significado de los diversos componentes de la acción social. Esta es una posición que puede verse defendida claramente por filósofos como Charles Taylor quien defiende que las ciencias sociales deben seguir la senda interpretativa y hermeneútica.

Como señala David Little en un buen resumen sobre el programa interpretativo para las ciencias sociales, esta orientación se caracteriza por considerar que: «Las acciones individuales y las creencias solamente se pueden comprender mediante un acto de interpretación, por el cual el investigador intenta descubrir el significado de las acciones o creencias del agente. Hay una diversidad radical entre las culturas por lo que se refiere a la manera en que se conceptualiza la vida social y estas diferencias dan lugar a diversos mundos sociales.

Las prácticas sociales (la negociación, el prometer, el trabajo, el cuidado de los hijos) se constituyen mediante los significados que les atribuyen los participantes. No hay «hechos brutos» en la ciencia social (hechos que no se remitan a significados culturales específicos».

Queda así muy claro que se trata de plantear que todas las ciencias sociales son radicalmente hermenéuticas y que si el científico social no consigue ofrecernos ese tipo de comprensión no estará (de acuerdo con esta orientación) obteniendo un resultado adecuado.

En esta misma dirección se insertan los trabajos de un antropólogo contemporáneo de primera fila, Clifford Geertz, que se puede considerar como uno de los más destacados defensores de un cierto tipo de antropología interpretativa. Precisamente ha sido estudiado en otras materias y puede ser un buen ejercicio el realizar un trabajo de análisis crítico sobre esa orientación, cómo se relaciona y cómo se distingue de las orientaciones cercanas al materialismo cultural del tipo de Marvin Harris.

La polémica está servida

Si la Teoría de la Decisión Racional ha sido habitualmente vista con buenos ojos por los filósofos de orientación «analítica», «empirista» o «positivista» (sobre todo por su aparente capacidad de transferir a las ciencias sociales la metodología matemática y experimental de las ciencias naturales), la Teoría de los Roles ha gozado de más simpatías entre otras corrientes filosóficas las que los anglosajones denominan «continentales», como

  • la hermenéutica (Dilthey, Gadamer…),
  • la fenomenología (Husserl, Merleau-Ponty),
  • el existencialismo (Heidegger, Ortega, Sartre…),
  • el estructuralismo (Levy-Strauss, Foucault…),
  • el marxismo (Bloch, Habermas) y
  • el deconstruccionismo (Derrida, Deleuze…).

Salvando todas las grandes diferencias que puede haber entre estos autores y enfoques filosóficos, un punto que, en nuestra opinión, suelen tener en común es la idea de que las realidades «humanas» son accesibles para nuestro conocimiento a través de algún método diferente a los que se utilizan en las ciencias de la naturaleza.

En éstas, el objeto del conocimiento es una realidad «externa», cuyas cualidades sólo podemos determinar «objetivamente» mediante su manipulación física (experimentos, mediciones) y mediante la construcción de modelos mentales abstractos, fruto de nuestra imaginación. En cambio, en las «ciencias humanas» tendríamos algún método de «acceso a la realidad» más directo, una especie de comprensión intuitiva de los significados.

El problema es que hay tal vez muchas opiniones contradictorias acerca de cuál puede ser este «método especial»; una de las respuestas más habituales es el que lo identifica con la hermenéutica; originalmente, este concepto designaba la técnica de interpretación de textos, en especial la de los libros sagrados, y, en general, la de textos antiguos, con cuyos autores no podemos «dialogar»;

  • Dilthey (segunda mitad del XIX) lo generalizó como un método para las «ciencias del espíritu» en general, y las «ciencias históricas» en particular, y más recientemente,
  • Gadamer y sus seguidores (años 60) lo propusieron como el método general para la mutua comprensión de los seres humanos y sus productos, considerando que los «prejuicios» de cada uno son tanto lo que permite iniciar ese proceso de comprensión como lo que determina sus límites.

En relación a esto último es importante señalar dos cosas:

  • Primera, no sólo los «científicos sociales» (o los filósofos) tienen un «acceso privilegiado» a la realidad que estudian (en relación con los científicos naturales), sino que las propias realidades sociales o culturales están constituidas gracias a la capacidad de las personas para comprender sus propias acciones y las de los otros; la realidad social y cultural, al contrario que la «naturaleza», está formada por «significados», «creencias», «valores», «subjetividad», etc., entidades que son por completo incomprensibles desde una metodología que las tome como «meros hechos objetivos», hacia los que hubiera que mantener una actitud «neutral», «libre de valores».
  • Segunda, estas corrientes de pensamiento no infieren a partir de aquí, de todas maneras, que la visión que tienen «las personas corrientes» de su situación y de la realidad social en su conjunto sea una visión necesariamente «correcta»; más bien, el papel de los filósofos, sociólogos, antropólogos, etc., sería el de descubrir la «verdadera» estructura de esas realidades, la forma como las instituciones sociales influyen sobre las percepciones y valores de unos sujetos, y viceversa…, o tal vez el objetivo sea mostrar la absoluta inexistencia de algo así como una «estructura verdadera de la realidad social», pese a las apariencias.
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Ya hablamos en la entrada anterior sobre el modelo clásico de racionalidad, que es el que se recoge bajo la la Teoría de la Decisión Racional

Vamos a discutir a continuación algunos problemas filosóficos que plantea dicha teoría.

¿Nuestros deseos son magnitudes?

En primer lugar, el hecho de que las preferencias de un sujeto racional tengan que poder ser expresadas mediante una función numérica, ¿significa algo así como que las preferencias se pueden medir como si fueran una magnitud física?

Esto no es necesariamente así; lo único que afirma el teorema de Savage es que, si las decisiones son racionales, habrá al menos una función u que pueda considerarse una función de utilidad, pero puede haber varias, y ninguna de ellas tendrá por qué ser más «correcta» que las demás.

En el caso de que el individuo esté seguro de las consecuencias que tendrán sus decisiones (de modo que podamos olvidarnos de las probabilidades, pues todos los resultados que puedan darse tendrán probabilidad igual a 1, y los que no puedan darse, probabilidad igual a 0), en este caso, lo único que exige la condición anterior es que, si el sujeto prefiere a a b y b a c, p. ej., entonces la función de utilidad u que elijamos debe ser tal que

u(a)> u(b) > u(c).

¡Pero esto puede ser válido tanto si

  • u(a)= 10, u(b)= 5 y u(c)=1,
  • como si u(a)= 200, u(b)= 3 y u(c)= 2!

Ninguna de las dos funciones es más apropiada que la otra en este caso, pues las dos cumplen el requisito necesario: ordenar los resultados del más preferido al menos preferido.

Ahora bien, cuando la situación es de incertidumbre, y por lo tanto sí que hemos de tener en cuenta las probabilidades, la conclusión es distinta. Imaginemos que el sujeto tiene que decidir bien el resultado b, o bien aceptar un sorteo entre los resultados a y c; supongamos también que podemos ir variando a nuestro gusto la probabilidad con la que se obtienen a o c en ese sorteo. El sujeto se enfrenta, pues, a una elección entre obtener u(b) con seguridad, u obtener la utilidad esperada del sorteo, igual a u(a)p(a) + u(c)p(c).

  • Supongamos, como antes, que u(a) > u(b) > u(c), y sea p(a)= 0,9.
    • En este caso, la utilidad esperada del sorteo es 0,9 u(a)+ 0,1 u(c), que puede ser mayor o menor que u(b).
    • Si es mayor, podemos ir disminuyendo la probabilidad de a (aumentando con ello la de c) hasta que u(b) =u(a)p(a) + u(c)p(c) (en cuyo caso, el sujeto será indiferente entre b y el sorteo), lo que necesariamente se cumplirá para algún valor de p(a) mayor que 0 (y, por tanto, un valor de p(c) menor que 1) pues cuando p(c) = 1, la utilidad esperada del sorteo será igual a u(c), que hemos supuesto que era menor que u(b).
  • Supongamos que la igualdad se cumple para p(a) = 0,4.
    • Entonces, u(b)= 0,4 u(a) +0,6u(c).

Ahora bien, u(b) = 0,4 u(b) + 0,6 u(b), y por lo tanto, 0,4 u(a) + 0,6 u(c) = 0,4 u(b)+ 0,6 u(b),

de donde podemos deducir que

u(a)–u(b)        0,6

————- = —– = 1,5

u(b)–u(c)        0,4

La conclusión de este razonamiento es la siguiente: las preferencias del sujeto de nuestro ejemplo no podrán ser representadas por cualquier función u que cumpla la condición de que u(a) > u(b) > u(c), sino sólo por funciones que cumplan, además, la condición de que la proporción entre la diferencia de utilidad entre a y b, y la diferencia entre la utilidad de b y c, sea exactamente igual a 1,5.

La utilidad no es una magnitud cuantitativa

Puede demostrarse que, si una función u representa correctamente las preferencias de un individuo racional, entonces también lo harán aquellas funciones v (y sólo aquellas) tales que existan dos números A y B (el primero de ellos mayor que 0) para los que se cumpla que v(x) = u(x)A + B, para cualquier resultado x (estas funciones v son las «transformaciones lineales» de u).

Pero…¿Significa esto que la utilidad es una magnitud cuantitativa, como la masa o la longitud?

No, porque en el caso de estas magnitudes tenemos una restricción adicional: si la función m mide correctamente la masa o la longitud de los objetos (p. ej., m(x) puede ser la masa de x en kilogramos, o su longitud en centímetros), entonces la función m’  la medirá también correctamente si y sólo si m(x)/m(y)=m’(x)/m’(y) para cualesquiera objetos x e y (p. ej., m’ puede ser la masa en libras, o la longitud en millas).

Esta condición equivale a presuponer que las afirmaciones del tipo «la masa de este objeto es cuatro veces igual a la masa de este otro objeto» son afirmaciones con un significado real (ya sean verdaderas o falsas); y esta condición no es necesario que la cumplan las funciones de utilidad (no tiene sentido afirmar «esta cosa me gusta cuatro veces más que aquélla»).

En cambio, las condiciones formales que deben satisfacer las funciones de utilidad coinciden, curiosamente, con las que deben satisfacer las funciones de temperatura (salvo las de temperatura absoluta): podemos elegir el 0 de la escala en el punto que queramos (esto equivale a la elección del número B citado más arriba), y también podemos elegir el «tamaño» que queramos para los grados (esto equivale a la elección del número A), siempre que las proporciones entre las diferencias de temperatura sean constantes.

Por ejemplo, si medimos la temperatura en Valencia y en Granada y la expresamos en grados Celsius, puede que resulte que la primera sea el doble de la segunda, pero eso dejará de ser verdad si expresamos ambas temperaturas en grados Farenheit; pero si decimos que la proporción entre la diferencia de temperatura entre Valencia y Granada, y la diferencia de tem-peratura entre Sevilla y Ávila, es de 2,6 cuando expresamos estas temperaturas en grados Celsius, entonces esa proporción entre las diferencias tendrá que ser necesariamente de 2,6 también si las expresamos en grados Farenheit.

Naturalmente, cabe plantear la cuestión de si este requisito no será demasiado fuerte: ¿puede realmente determinarse con tanta precisión la intensidad de nuestras preferencias (o, al menos, las diferencias de intensidad)? Tal vez los seres humanos de carne y hueso no seamos capaces de tomar decisiones de forma tan coherente como supone el modelo clásico de racionalidad.

No elegimos en función de la métrica…

Otro problema filosófico importante de la Teoría de la Decisión es la de cuál es la propia naturaleza de esta teoría: ¿se trata de un conjunto de hipótesis empíricas, cuya validez habría que determinar mediante la contrastación de sus predicciones con la experiencia?

Por un lado, a menudo los críticos de la teoría señalan a sus «fallos empíricos» como una razón para no aceptarla: especialmente en algunas situaciones experimentales diseñadas para poner a prueba la teoría, los sujetos parece que no eligen de forma coherente con aquellas hipótesis, sobre todo cuando la situación exige tener en cuenta probabilidades.

Los estudios psicológicos parecen sugerir más bien que los procedimientos mediante los que los individuos toman sus decisiones no pueden ni siquiera ser expresados en los términos de la Teoría de la Decisión: en lugar de meras preferencias por los resultados, creencias sobre la probabilidad de cada posible suceso, y cálculo de la utilidad esperada de cada alternativa, los sujetos suelen emplear mecanismos de razonamiento («heurísticas») de carácter más bien cualitativo, que, aunque no garantizan obtener un resultado óptimo todas las veces, por lo menos funcionan relativamente bien en un gran abanico de situaciones.

Por otro lado, los defensores del valor empírico de la teoría argumentan que, aunque no sea una descripción exacta de los procedimientos reales de toma de decisiones, la Teoría de la Decisión Racional genera predicciones bastante correctas en muchos casos, sobre todo en aquellas situaciones donde la presión competitiva entre los individuos es tan fuerte que, si alguno de ellos se comporta sistemáticamente en contra de los postulados de la Teoría, se verá forzado a cambiar de estrategia, o será expulsado por los demás competidores.

La teoría aspira a la idealización de nuestro comportamiento

Ahora bien, también es posible defender la Teoría de la Decisión con el argumento de que con ella no pretendemos hacer una descripción del comportamiento real de los individuos, sino tan sólo averiguar cuál sería la forma ideal de ese comportamiento.

Según esto, no se trataría de una teoría empírica (descriptiva o explicativa), sino más bien de una teoría normativa, que nos dice cómo deben actuar los individuos si quieren satisfacer sus preferencias.

La cuestión no sería, por lo tanto, si de hecho los sujetos se comportan o no de acuerdo con los postulados de la Teoría de la Decisión, sino simplemente que quienes no lo hagan, actuarán de modo irracional; lo cual quiere decir, como hemos visto, que estos sujetos tenían alguna alternativa que habría sido mejor para ellos, una alternativa que, dada la información que tenían en el momento de tomar la decisión, podían haber identificado «fácilmente».

Esta última expresión la hemos puesto entre comillas porque puede parecer que el realizar los cálculos exigidos para encontrar la opción que maximiza el valor de la utilidad esperada en cada situación, es algo que no está al alcance de todo el mundo; y si no fuese cierto que un sujeto tiene la capacidad de averiguar cuál es esa opción, entonces ¿cómo podemos afirmar que debería haberla elegido?

Los defensores del enfoque clásico de la racionalidad responden que esta teoría no pretende describir los procesos cognitivos que tienen lugar realmente en los cerebros de las personas. Es decir, la teoría no afirma que el procedimiento psicológico real por el que los sujetos racionales consiguen encontrar la alternativa óptima sea precisamente calculando la utilidad esperada de cada alternativa.

Lo que la teoría dice sería, tan sólo, que sean cuales sean esos procedimientos cognitivos, los sujetos que actuarán racionalmente serán los que usen mecanismos de deliberación que les conduzcan a decisiones que maximicen la utilidad esperada. Aunque, frente a esta respuesta, parece lógico formular la pregunta de cuáles pueden ser esos procesos cognitivos, y si de hecho hay o puede haber algunos que lleven efectivamente a esas decisiones.

¿Por qué preferimos lo que preferimos?

Otra cuestión relevante desde el punto de vista filosófico es la de cuál es la naturaleza de las «preferencias» o de la «función de utilidad» de los individuos.

Por una parte, se ha solido criticar el enfoque clásico con el argumento de que esta teoría representa a los seres humanos como preocupados únicamente por la maximización de «su propio» bienestar.

Esta crítica es sólo parcialmente válida: es cierto que en muchas aplicaciones concretas de la teoría, se supone que los individuos intentan maximizar su renta, o su nivel de consumo, o los beneficios de sus empresas, y eso es justificable en la medida en que, empíricamente, podamos mostrar que ese supuesto simplificador es relativamente aproximado a la verdad; pero la Teoría de la Decisión, entendida como un marco teórico general, solamente presupone que cada individuo tiene algunas preferencias bien definidas, y no hace absolutamente ninguna afirmación acerca de cuál sea el contenido de esas prefererencias; por así decir, ése es un problema de los sujetos: algunos preferirán la opción a a la opción b porque la primera les proporcione más renta, y otros preferirán la segunda opción porque sea más coherente con sus principios morales. Ambos tipos de preferencia son igual de válidos para la Teoría de la Decisión, con el único límite de su coherencia interna y de la coherencia de la conducta de los individuos con la optimización de dichas preferencias.

Por otro lado, un problema realmente serio es el de cómo averiguar cuáles son las verdaderas preferencias de los sujetos, cuál es su verdadera función de utilidad.

En muchos casos, al aplicar la Teoría de la Decisión simplemente hacemos una hipótesis acerca de dichas preferencias; esta hipótesis nos sirve para hacer predicciones sobre la conducta de los individuos, y luego habrá que contrastar dichas predicciones con la conducta realmente observada.

Pero, por el ya conocido problema de Duhem, si estas predicciones fallan, ¿será porque nos hemos equivocado al imaginar cierta función de utilidad, o será porque los sujetos no siguen realmente el principio de maximización de la utilidad esperada?…o tal vez por ambas cosas.

Afortunadamente para la Teoría, las predicciones son correctas en bastantes casos, y con lo que los críticos se verán obligados a presentar otras teorías alternativas que tengan al menos el mismo grado de éxito con sus propias predicciones. Esta situación es ventajosa para la Teoría de la Decisión Racional en la medida en que, al estar formulada matemáticamente, es mucho más fácil generar predicciones específicas a partir de ella, que a partir de otras teorías que se expresan en un marco puramente cualitativo.

La teoría de la decisión racional

Uno de los enfoques sobre la racionalidad más desarrollados es el que se conoce como Teoría de la Decisión Racional, o «Teoría de la Decisión». Esta teoría tiene la ventaja de que puede ser formulada matemáticamente, lo que permite, por un lado, discutir con precisión su estructura, sus presupuestos y sus implicaciones, y por otro lado, aplicarla a múltiples casos. El carácter matemático de la teoría la ha hecho especialmente adaptada a la ciencia económica, que es la rama de las ciencias sociales donde la Teoría de la Decisión Racional se ha aplicado más intensamente y donde ha encontrado menos oposición por parte de otros enfoques. De todas formas, como veremos, la teoría tiene algunos aspectos que pueden ser razonablemente criticados. Sin  ir muy lejos ya vemos que su aplicación en la teoría económica hace aguas por momentos, porque al parecer, no son tan racionales las decisiones que tomamos los seres humanos. Ahí están los mercados y la crisis del sistema económico para confirmarlo.

El núcleo básico de la Teoría de la Decisión es, en primer lugar, la descripción de las situaciones a las que se enfrentan los individuos, así como de sus preferencias y sus creencias, de la forma más clara posible, y en segundo lugar, la suposición de que estas creencias y preferencias son internamente coherentes, y coherentes con las acciones elegidas por los sujetos.

Con respecto a la situación, la representaremos indicando las diferentes opciones o alternativas que tiene el individuo (se trata, por supuesto, de las opciones que el individuo cree que tiene, aunque en general se asume que conoce todas las alternativas posibles); estas opciones serán incompatibles entre sí (es decir, el sujeto no podrá elegir más de una), y deben estar representadas todas las opciones posibles (es decir, el sujeto tendrá que elegir necesariamente alguna).

Las preferencias de los individuos no están definidas directamente sobre las opciones, sino sobre los resultados que se obtienen con cada posible elección. En el caso más sencillo, cada una de estas opciones conducirá a un resultado conocido de antemano por el sujeto (por ejemplo, ducharse con agua caliente, con agua fría, o no ducharse), y entonces podremos identificar «opción» con «resultado» en las preferencias de los individuos. Debemos tener en cuenta que el gusto o la molestia que le pueda causar al agente inmediatamente la propia realización de la acción, lo hemos de contar ya entre los «resultados» de la decisión.

De todas formas, lo normal será que el sujeto no sepa con total certeza qué resultado es el que va a ocurrir con cada una de sus posibles decisiones. Esto quiere decir que cada decisión tendrá generalmente más de un resultado posible. Además, en muchos casos el resultado de una decisión será una nueva situación en la que el individuo se vea obligado nuevamente a elegir entre varias alternativas (no necesariamente las mismas que antes). A la descripción de estas cadenas de opciones, decisiones y resultados, se le llama «árbol de decisión», aunque también suele representarse en forma de tabla, indicando en las filas cada una de las alternativas entre las que el sujeto debe elegir (si sólo tiene que hacerlo una vez, o cada posible combinación de alternativas, si tiene que hacerlo varias veces), e indicando en las columnas cada una de las posibles combinaciones de factores independientes de la propia decisión y que pueden afectar a los resultados (a cada una de estas combinaciones posibles de «otros factores» se le llama convencionalmente «estado de la naturaleza», aunque puede incluir acciones realizadas por otros individuos).

Ser racional es maximizar satisfacción, pero debemos ser coherentes

La Teoría de la Decisión Racional es, como toda teoría, no sólo un marco que nos permite describir la realidad, sino un conjunto de hipótesis sobre cómo están relacionadas las cosas entre sí. Pues bien, el principal supuesto de la teoría es el de que los individuos elegirán en cada caso aquella alternativa que sea más coherente con la máxima satisfacción posible de sus preferencias.

Dicho de otra manera, una vez tomada una decisión, los individuos no podrán encontrar después razones para pensar que (dada la información que poseían en aquel momento) habría sido mejor para ellos elegir una opción diferente. Por supuesto, es posible que después encuentren nueva información, que les revele que otra de las alternativas era mejor para ellos, pero lo importante es que, en cada caso, se tome la decisión que es la mejor según la información disponible.

Ahora bien, ¿qué significa exactamente que una opción sea «la mejor»? Para que este concepto tenga un sentido claro es necesario que las preferencias de los individuos cumplan al menos dos requisitos:

  • Deben ser completas: para cualquier par de resultados, a y b
    • o bien el individuo prefiere a o bien prefiere b
    • o bien es indiferente entre los dos (es decir, no puede suceder que el sujeto no sepa si prefiere a o b,
    • o si ambas cosas le dan igual)
  • Las preferencias deben ser transitivas: si un individuo prefiere x a y, y prefiere y a z, entonces preferirá necesariamente x a z.

Para entender por qué son razonables estos dos supuestos, imaginemos lo que sucedería si no se cumplieran.

Respecto al primero, será incluso difícil pensar cómo podría tomarse racionalmente una decisión entre varias opciones si no están definidas las relaciones de preferencia entre ellas (nótese que, si no se cumple la condición 1, ni siquiera estaría determinado si las dos opciones son igual de valoradas).

Respecto a lo segundo, consideremos este ejemplo: una persona está jugando en un concurso, cuyos posibles premios son un viaje, una moto, o un equipo de TV, y que el sujeto prefiere el viaje a la moto (es decir, si tuviera que elegir entre ambas cosas, elegiría la moto), prefiere la moto al equipo de TV, pero prefiere el equipo de TV al viaje. Además de que esta persona no tendría un argumento claro para elegir un premio entre los tres (aunque, para cualesquiera dos premios, sí tiene claro cuál elegir), puede mostrarse que sus preferencias le harían caer fácilmente en el siguiente timo: supongamos que ha ganado el equipo de TV; como prefiere la moto al equipo, seguramente habrá alguna pequeña cantidad de dinero (pongamos, un euro) tal que, si le ofrecemos cambiar el equipo por la moto si nos da un euro por el cambio, aceptará el trato, y se quedará con la moto; como prefiere el viaje a la moto, seguramente ahora también estará dispuesto a pagar un euro a cambio de que le dejemos cambiar la moto por el viaje; pero como prefiere el equipo al viaje, también estará dispuesto a pagar un euro por cambiar el viaje por el equipo. Así que, al final, volverá a estar como al principio (con el equipo de TV), pero con tres euros menos. Si sus preferencias no han cambiado en el proceso, podemos seguir repitiéndolo indefinidamente, sacándole más y más dinero sin ningún coste para nosotros. Un sujeto con preferencias intransitivas sería, por lo tanto, algo así como una «bomba de dinero» (entendiendo bomba en el sentido de «bombear»).

Por argumentos parecidos, aunque más complejos matemáticamente, puede mostrarse que las creencias de los individuos racionales sobre cómo de probables son los posibles resultados de las acciones, esas creencias, decíamos, deben satisfacer los axiomas de la teoría de la probabilidad. Esto significa que dichas creencias deben poder expresarse de forma numérica (para cada posible resultado de elegir una alternativa, la probabilidad de dicho resultado debe ser un número comprendido entre 0 y 1), la probabilidad de que se den dos resultados a la vez debe ser 0 (pues los resultados son incompatibles entre sí), la probabilidad de que se dé alguno de un conjunto de resultados es igual a la suma de las probabilidades de cada uno, y la probabilidad de que se dé algún resultado será iguala 1.

Además, la probabilidad con la que un individuo cree que sucederá cierto resultado si toma cierta decisión, no puede ser una probabilidad cualquiera, sino que debe ser consistente con toda la información de la que el sujeto dispone. Si para un individuo no se cumplieran estas condiciones, también podríamos «bombear» dinero de él, como en el caso anterior, pero esta vez haciéndole apostar.

Consecuencias de ser racionales

Se debe al matemático J. Savage la demostración del teorema fundamental de la Teoría de la Decisión, que afirma que, si la conducta de un individuo es «racional» (en el sentido de que sus decisiones no pueden llevarle a situaciones en las que necesariamente saldría perdiendo, como en los ejemplos que hemos visto), entonces se cumplirán las siguientes consecuencias:

  1. Las preferencias del sujeto se podrán representar mediante una función numérica,u, tal que, si a y b son dos resultados posibles, el sujeto preferirá a a b si y sólo sí u(a) > u(b), y será indiferente entre los dos resultados si y sólo si u(a) = u(b); a esta función la llamaremos «función de utilidad»;

  2. Las creencias del sujeto se podrán representar mediante una función de probabilidad, p, (la expresión «p(a/x)» significa la probabilidad de que se obtenga a, supuesto que se ha hecho x);

  3. En cada situación, el sujeto elegirá aquella opción x para la que sea máximo el valor de la utilidad esperada, definido como sigue: si a, a2, …, an son los posibles resultados de x, la utilidad esperada de x será igual a

u(a1)p(a1/x) + u(a2)p(a2 /x) + … + u(an )p(an /x).

Es decir, la utilidad esperada de x es la media ponderada de las utilidades de todos los resultados a los que puede conducir x, siendo la ponderación de cada resultado igual a su probabilidad.

Si interpretamos estas probabilidades como frecuencias (o, más bien, como hipótesis que hacen los sujetos sobre la frecuencia con la que ocurriría cada resultado si la decisión pudiera ser tomada en las mismas circunstancias innumerables veces), entonces el concepto de utilidad esperada significa que, si se toma la decisión x, se obtendrá la utilidad u(a1) con una frecuencia igual a p(a1 /x), la utilidad u(a2) con una frecuencia p(a2 /x), etc.